Crónicas la edad de oro del boxeo español

La justicia del ring

Un libro reune las mejorés artículos de Manuel Alcántara sobre el deporte de las seis cuerdas

Foto: Manuel Alcántara, segundo por la derecha, en un combate de boxeo (Fundación Manuel Alcántara)
Manuel Alcántara, segundo por la derecha, en un combate de boxeo (Fundación Manuel Alcántara)

El buen cronista convierte el episodio en mitología, y Manuel Alcántara trasformaba el boxeo en un poema homérico. La editorial Libros del K.O. recoge los quince combates de la edad de oro del boxeo español narrados por este bardo malagueño. El libro, confeccionado por los periodistas Agustín Rivera y Teodoro León Gross, que explican el contexto de cada combate, añade epílogo de Garci y enjundiosa entrevista a un Manuel Alcántara de ochenta y seis años, en la que el decano del columnismo rememora los tiempos dorados, tira de Hemingway y Garcilaso y da homenaje a hombres valerosos que se dejaron la piel en el ring.

Todo ello, con la melancolía y la ironía que da la pócima del dry martini en la punta de los labios. En aquel entonces, con España bajo el Águila Imperial y un gallego panzudo a la batuta, "el boxeo era más popular que el fútbol", nos recuerda Agustín Rivera. Cada combate se seguía con una expectación enfermiza y gracias a la prohibición de las apuestas no se interesaba la mafia en las tajadas, como ocurría en Norteamérica. La historia de aquellos boxeadores recuerda a las de los toreros de la edad de oro de la tauromaquia: jóvenes nativos de las zonas degradadas, hijos y nietos de los pobres, que fortalecían su cuerpo y se metían en una pelea organizada para combatir a la pobreza.

Muchos vencían en la batalla. Manuel Alcántara lo celebra en las primeras crónicas del libro, teñidas de un encanto sentimental y de referencias, escritas con un pulso tan trepidante como el ritmo de un buen valls entre las cuerdas del ring. El campo del Gas, el Frontón de Recoletos, el campo de Ferroviaria o el Circo Price reaparecen con su esplendor castizo para servir de escenario a estas historias de sacrificio y de sufrimiento donde los golpes rara vez noquean a la deportividad.

El boxeo es duro, es un deporte pero no es ningún juego"Actualmente se entiende que el boxeo es una cosa cruel, pero ese es un análisis superficial", adelanta Rivera, y añade que "el boxeo es duro, es un deporte pero no es ningún juego. En medio de su violencia controlada se producen historias de una humanidad intensa, muy intensa". Son las historias que sabía condensar Manuel Alcántara.

El marqués de Queensberry, padre de un amante de Oscar Wilde, le puso los guantes al boxeo. Hay quien piensa que los guantes sirven para proteger la cara de los boxeadores, pero Alcántara explica que lo que defienden son los nudillos, pues protegerse la cara es responsabilidad del que recibe y en eso se basa la táctica pugilística.

Pero las relaciones entre boxeo y literatura no quedan en ese lío genealógico. Hablando de grandes cronistas, Agustín Rivera hace más énfasis en Joyce Carol Oates que en Ernest Hemingway: "Ha sido la mejor escritora deportiva de todos los tiempos y tuvo una sensibilidad especial para tirar de la hebra humana en medio de una tormenta de golpes de un combate".

Alcántara también reivindica a Carol Oates y guarda algún derechazo para la actual crónica deportiva: "El rango que ha llegado a tener la crónica taurina todavía no ha sido alcanzado aquí en las páginas deportivas. Lo que pasa es que no relatan..., y esa es la esencia. Escriben como especialistas para especialistas. Eso es lo que yo he intentado evitar en las crónicas de boxeo. Yo rehuía que le lector se sintiera rechazado pensando: vaya repipi, que cita a Quevedo y a Villamediana, aunque alguna vez haya incurrido en la literatura".

La relación del malagueño con el "noble arte" recuerda a la de un escritor de culto: el sobrino de Wilde, el loco Arthur Cravan que editó la revista Maintenant. Ambos fueron boxeadores frustrados que se decantaron por los libros, sin llegar a los extremos de trauma encefálico del malogrado Pedro Roca, pero con algún que otro puñetazo de recuerdo en la nariz. Alcántara pasó del fracaso en el ring a la gloria como cronista para Marca, y en sus textos era capaz de soltar un derechazo a cualquier boxeador que estuviera haciendo un mal trabajo.

Alcántara no se cegaba con patriotismos y siempre esgrimía la justicia"Manuel Alcántara escribía las crónicas con un solo guante", dice Rivera, que diferencia a Alcántara de otros cronistas en que no se cegaba con patriotismos y siempre esgrimía la justicia, hasta contra sus amigos boxeadores. Rivera añade que "cuando Alcántara empezó con sus crónicas de boxeo, ya había sido Premio Nacional de literatura.

Entre el boxeo y la literatura siempre hubo unos vasos comunicantes. Quizás sea porque, como admite él mismo, el boxeo está unido a la tragedia, fuente inagotable de literatura".

Pero sería una tragedia la que alejase a Alcántara de la crónica junto al ring, la del almeriense Juan Rubio Melero, púgil de 23 años, que falleció después de su combate contra el campeón canario Francis. Contado por Alcántara, el episodio cobraba una dimensión homérica: "La muerte jugó a las cuatro esquinas en el ring del Palacio, y no sé, a estas horas de la madrugada, si se ha llevado a un muchacho espigado y valeroso llamado Juan Rubio Melero al que los carteles anunciaban como 'gran promesa'. Salió en camilla, después de estar muchos minutos tendido en la lona. Estaba como muerto..."

Con la democracia, el boxeo fue convirtiéndose en un deporte minoritario, y un Alcántara dolorido y desencantado iría alejándose de él, paulatinamente. Sin embargo, hay algo en las historias de aquellos boxeadores que está queriendo establecer relación con nuestros días. Rivera se atreve con un vaticinio: "No es seguro, claro, pero es posible que en estos tiempos críticos resurja el boxeo. El boxeo es doloroso y en nuestra época hay mucho dolor. Cualquier día de estos, jóvenes boxeadores podrían hacerse un lugar en este mundo injusto convirtiéndose en campeones". Para que les machaquen las jornadas laborales y la precariedad, quizás prefieran machacarse con justicia en el ring, y con el árbitro cerca.

Lo dice Manuel Alcántara: "En conclusión, la vida es un ring".

 

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