CERVERA NO DA EXPLICACIONES, AUNQUE EL ESTADO PAGA LA CONSERVACIÓN DE SUS PINTURAS

Pelotazo ‘made in’ Tita

Carmen Cervera tiene un don: sabe cómo engañar al que engaña. Palacio de Villalón de Málaga, finales de marzo de 2011. Tita está a punto de
Foto: Pelotazo ‘made in’ Tita
Pelotazo ‘made in’ Tita

Carmen Cervera tiene un don: sabe cómo engañar al que engaña. Palacio de Villalón de Málaga, finales de marzo de 2011. Tita está a punto de firmar la tercera mayor operación de especulación artística que ha puesto en marcha en este país en once años. El claustro del edificio está abarrotado de periodistas, sólo falta Antonio Banderas. El Ayuntamiento paga 28 millones de euros por la ruina palatina que se rehabilitó para montar la nueva sede de una parte de la colección acumulada por la mujer de Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza a su fallecimiento. Lo llamará Museo Carmen Thyssen Málaga. A esos millones hay que sumarles otros cuatro más para mantener 230 pinturas anualmente. El compromiso de Cervera en toda esta costosa operación: 15 años, y luego ya se verá.

El regidor de Málaga, Francisco de la Torre, restaba valor a ese hecho porque esos son “flecos a los que yo no les doy importancia”. Tita volvía a marcarle un gol por toda la escuadra a la ignorancia de otro político cegado por el poder arrollador del apellido de una de las familias más poderosas de la industria alemana del siglo XX. “La oferta de la cultura nos permitirá ser muy competitivos tanto en conferencias como en centro de cruceros”, declaraba el alcalde, mientras miraba para otro lado en el mismo momento en que ardía el Ministerio de Cultura y Ángeles González-Sinde por el mismo motivo. Tita prefiere tener sus joyas bien conservadas en museos pagados con dinero público, cuidadas por especialistas y gestionadas por fundaciones en las que controla el patronato, mientras pasan los años, las pinturas se revalorizan, y maduran para la venta. 

El método Cervera lo aprendió de su marido y se repite desde 1999 por toda la geografía española, simulando los casos más sonados de fraude inmobiliario, pero con obras de arte –en aplastante mayoría- de tercera división. Porque las de primera ya ha empezado a colocarlas en el mercado por el doble del precio que las adquirió. El pasado julio retiró del préstamo al Estado La esclusa, de John Constable, y la vendió por 28 millones de euros en subasta. La joya había sido adquirida por ‘Heini’ Thyssen-Bornemisza en 1990, por 10,8 millones de euros, pero curiosamente no fue incluida en la colección que vendió a España por 43.000 millones de pesetas (después de haberla cedido por un periodo de 9 años, vieja táctica aprendida por ella) y que hoy forma el cuerpo del museo que lleva sus apellidos.  

Por amor al dinero

El pelotazo de Carmen Cervera se fraguó aquel día, que logró situarla ante la opinión pública como la vedette reconvertida en benefactora del patrimonio español capaz de convencer a su marido para que venda a nuestro país su impresionante colección de arte. Su negocio -insuficiente para sus necesidades de cash- se ha ramificado y crecido a base de firmas con cargo al pueblo español. Después de colocar la colección de su marido, reservándose piezas ejemplares como la de Constable, Mata Mua de Gauguin (tasado en 37.366.415 de euros), Idas y venidas del mismo pintor (14.946.566 euros) o El puente de Charing Cross de Monet (también tasado en 14.946.566 euros) logró negociar y presionar con ellas para que se compraran dos edificios adyacentes al museo, por los que se desembolsaron más de 3.000 millones de pesetas, además de su adaptación. El museo tenía una superficie de 16.000 metros cuadrados y con la ampliación se ganaron 8.300 más. 

Las nuevas instalaciones habilitan 16 salas en las que se expone su colección y que gozan del amparo de la garantía del Estado (no hay mejor seguro contra cualquier desperfecto artístico). En caso de desastre, Tita recibiría íntegramente el precio tasado por cada una de las obras dañadas. Pero, además, hay que contar con un fiel director artístico y un personal técnico del museo que además de sus funciones con las obras pertenecientes al Estado deben encargarse del exhaustivo mantenimiento y conservación de las pinturas que Cervera insiste en haber cedido gratuitamente, y que corren de un museo a otro por su cuenta y capricho. 

Por supuesto, tampoco las condiciones de las salas donde cuelgan las pinturas son las mismas que tendrían en las paredes de su casa de la Moraleja, por ejemplo, donde invita a cenar a Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, ministra de la Presidencia y Portavoz. Tita sabe estar en su sitio en las negociaciones de cada una de las renovaciones anuales de la cesión de su colección al Estado y fuera de ellas. Con motivo de la biografía que José Manuel Lara compró a Mariano Rajoy, tres meses antes de que se convirtiera en presidente, aunque con todas las papeletas adjudicadas, en la primera fila ella tenía silla reservada. Había muchas cosas en juego y el entonces líder de la oposición ya había demostrado su buen talante con la mujer de ‘Heini’ mientras fue ministro de Educación y Cultura con José María Aznar. A él le debe la firma del primer contrato ‘cojo’ de cesión por diez años, que dejaba sin atar el destino de la colección una vez se cumpliera el plazo. 

Ese pequeño detalle ha traído por la calle de la amargura a todo ministro de Cultura que se ha cruzado en la intimidad de una sala con ella y sus abogados. Lo tenía todo previsto para volver a colocar a costa de las arcas públicas otra remesa de pinturas al término del contrato de cesión, pero la misma aguja que pinchó la burbuja inmobiliaria arruinó sus planes altruistas.

Nuevos paraísos culturales

La reacción de Cervera fue cacarear su martirio a la causa cultural de este país por amor al arte, mientras recortaba sistemáticamente la cesión de sus obras al Estado y dejaba el préstamo de 655 en 485, y bajando. Toda aquella inversión pública para albergar su colección privada empieza a vaciarse en una imparable carrera que ahora le lleva a tierras catalanas. Su modesto centro de Sant Feliu de Guíxols se le ha quedado pequeño. En estos momentos trata de engatusar al Ayuntamiento de Barcelona para que le cedan los pabellones de la Fira anexos al Museo Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) y volver a colocar parte de sus pinturas. El museo formaría parte de la nueva montaña cultural en la que quieren convertir al Montjuïc, pero el consistorio tendría también que reformar por completo ese espacio dedicado a vender automóviles para convertirlo en sala de exposición de pinturas, a menos que recibiera la ayuda económica de La Caixa.

Si alimentó la fantasía pictórica de Málaga con una clase del más mediocre costumbrismo andaluz, ¿aceptará Barcelona una nueva remesa de modernismo catalán teniendo la colección del MNAC pared con pared, o se negocia el desembarco de las obras capitales de Madrid? Es una novela sin final, en la que Tita camela a políticos que, incapaces de gestionar con criterio el dinero público, sin dejarse asesorar por los especialistas que califican la colección de Cervera de “desigual”, prefieren adentrarse en una relación en la que ella campa a sus anchas. Como aseguró al diario El País, tras la dimisión de la directora del museo de Málaga y su colaborador de toda la vida, Tomás Llorens, a las tres semanas de arrancar el proyecto, “la colección es mía y hago con ella lo que quiero, soy la presidenta y el alcalde es el vicepresidente”. Carmen Cervera no necesita dar excusas, porque aunque todos paguemos la conservación de sus pinturas y sus fundaciones, ella siempre impondrá el favor del beneficio propio.

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