JOSÉ ANTONIO PASCUAL, VICEDIRECTOR DE LA RAE

Haz lo que te parezca: “Hay reglas que cumplir, pero no son las de la RAE”

Es habitual escuchar que las nuevas generaciones hablan y escriben cada vez peor, que la influencia del inglés está acabando con nuestro idioma, y que el
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Haz lo que te parezca: “Hay reglas que cumplir, pero no son las de la RAE”
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    Es habitual escuchar que las nuevas generaciones hablan y escriben cada vez peor, que la influencia del inglés está acabando con nuestro idioma, y que el español, pese a ser una lengua que hablan cada vez más personas, ha perdido gran parte de su encanto e identidad. José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia Española, y uno de los más grandes conocedores de la historia y el presente del léxico español, tendría muchas razones para defender estos argumentos, pero no los comparte. Al menos no de forma absoluta. En su opinión, tal como ha explicado a El Confidencial, “la gente habla tan bien y tal mal como siempre” y todo depende del entorno en que nos movamos. En conjunto, cuenta el académico, “no ha habido cambios graves”; de momento.

    Pascual acaba de publicar su nuevo libro, No es lo mismo ostentoso que ostentóreo (Espasa), una obra que, como él mismo indica, se encuentra a medio camino entre la novela y el ensayo, y tiene como única pretensión “aumentar la seguridad del lector en el uso del  léxico”. Aunque el académico no cree que, en conjunto, hablemos y escribamos peor, sí tiene claro que la lengua se trata cada vez con mayor desidia y un profundo desconocimiento. Y corremos el peligro de que ésta se empobrezca.

    “Lo que tú y yo estamos hablando”, comenta Pascual al otro lado del teléfono, “podemos resolverlo con unas cuantas palabras, sin usar el léxico pasivo, que no está presente en las conversaciones”. El léxico pasivo es aquel que forma parte de nuestra comprensión, un vocabulario que conocemos, pero no usamos habitualmente. “Este léxico”, explica Pascual, “sólo está presente en la literatura. Son signos culturales que se usan en las novelas, y en el campo, donde permanecen usos que han sido cortados por el asfalto. Todo esto influye. Es un cambio absoluto e irreversible. Yo creo que para mal”.

    ¿Está la tecnología empobreciendo el idioma?

    No cabe duda de que las nuevas tecnologías han supuesto un importante cambio en nuestros usos y costumbres en lo que respecta al lenguaje, pero no deja de ser paradójico que la generación que más escribe –estamos todo el día pegados a una pantalla, tecleando correos y mensajes– sea la que tiene un vocabulario más restringido. Pascual cree que esto se debe a la manera en que escribimos: “Hay un automatismo muy grande. Hay dos maneras de usar la comunicación: la obvia y la sorpresiva. La lengua sirve para comunicarnos, pero también para sorprender y jugar. Si no llamas la atención, nadie te va a atender. Cuando yo escribo un SMS el teléfono me propone aquello que uso más. En los mensajes de texto no hay sorpresas, suelen reducirse a lo obvio”.

    La realidad es que se lee poco y no tenemos interés por expresarnos con graciaLa tecnología puede hacer que nos acomodemos pero, al final, explica el académico, todo depende de cómo escribamos: “Que la lengua se empobrezca depende de todos nosotros. La realidad es que se lee poco y no tenemos interés por expresarnos con gracia. En la prensa hay cosas muy bien escritas, pero hay mucha altivez. Los periodistas se equivocan más por 'ponerse estupendos', como diría Valle-Inclán, que por ser excesivamente sencillos. La gente da mucha importancia al vulgarismo, pero lo peor es la cursilería”. Y los medios, cuenta el académico, tienen más importancia que nunca: “Antes, si uno hablaba mal se enteraban en su entorno. Ahora, si un comunicador escribe mal, 10.000 personas van a verlo, y muchos darán el error por bueno, pues es la gente que consideramos como modelo”.

    El problema, tal como explica Pascual, no es tanto que los periodistas o los escritores cometan errores, que los cometen, sino que los medios y editoriales cada vez descuidan más las cuestiones relativas al correcto uso del lenguaje: “No se puede comparar a quien escribe un libro con quien escribe una noticia. Yo trabajé en un programa de televisión y cometía equivocaciones porque era todo improvisado. La rapidez hace que aparezcan despistes, influye muchísimo. El problema es que estas equivocaciones, naturales, antes se subsanaban y ahora no. En España la figura del corrector ortotipográfico prácticamente ha desaparecido. Tenemos el corrector del ordenador y hay medios que antes no teníamos, pero hay cosas que no puede solucionar la tecnología. Antes en una editorial se hacían cientos de pruebas antes de publicar un libro. Se mandaban muchísimas correcciones y se discutían estas con el editor. Hoy se hace todo deprisa y corriendo”.

    Ya ni siquiera se hace caso a la RAE, cuyas últimas recomendaciones, como suprimir la tilde diacrítica en el adverbio solo o en los pronombres demostrativos, parecen haber caído en saco roto. A Pascual esto no parece importarle lo más mínimo: “Hay reglas que deben cumplirse, pero no éstas. Si te dicen que no puedes ir conduciendo a 120, no puedes ir, pero lo que dice la RAE son convenciones. Lo verdaderamente importante es que esto es lo que le van a explicar a los niños en la escuela. Al final la norma no se mide siquiera por el peso de sus razones, se mide por la aceptación, pero esta aparecerá por la educación, y esta la marca la norma. Si a los niños les enseñan que solo no lleva tilde da igual lo que tú hagas. Las cosas son como te las ha explicado tu maestro”. ¿Algún consejo, entonces, sobre cómo usar las tildes de la discordia? Haz lo que te parezca”, dice el académico. 

    La lengua, un ente en constante evolución

    En el libro, Pascual explica la procedencia de la palabra añorar. El vocablo, que parece tan profundamente español, es en realidad un extranjerismo, un préstamo del catalán enyorar, que se incorporó a finales del siglo XIX. El ejemplo sirve para ilustrar lo impuras que son por sistema todas las lenguas, y lo poco que deberíamos temer el influjo de otros idiomas.

    Llevamos demasiado tiempo fomentando el separatismo a la hora de crear nuevos términosEn opinión del académico, aunque hay usos de palabras extranjeras que no están justificados, hay que dejar el extremismo a un lado y dejar que la lengua evolucione de forma natural: “En los últimos tiempos es cuando se han creado más palabras. Es impensable que use palabras en inglés para algo que ya tiene su palabra en español. Nadie llamaría table a la mesa. Pero sí usamos con normalidad la palabra leasing. ¿No es bueno que el italiano, el francés y el español tengan la misma palabra para ello?”

    Pascual cree que llevamos demasiado tiempo fomentando el separatismo a la hora de crear nuevos términos. “Si digo una cosa en español”, explica el académico, “sólo por diferenciarse, el de al lado lo dirá de otra manera”. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con la palabra ordenador, que se impuso para evitar usar la palabra inglesa computer que, no obstante, fue la que acabó utilizándose en la mayoría de lenguas, incluido el español de latinoamericana. “¿Qué sentido tiene?”, apunta Pascual. “Lo importante es la palabra, no de donde venga. ¿Por qué no podemos hacer lo que hacen el resto de países? En México dicen computadora. ¿Hay algún problema? ¿Qué ganamos al empeñarnos en tener nuestra propia palabra para ordenador? Otras palabras si tiene sentido adaptarlas, porque tienen una buena alternativa en español, pero yo diría que todo aquello que tiene un sentido científico y técnico, y que se usa de forma internacional, se puede dejar como está. Hay palabras prestadas en todas las lenguas y no pasa nada”.

    El académico cree que se da más importancia al léxico de la que tiene y en realidad “es la parte más postiza de la lengua”. En su opinión, lo que realmente importa de un idioma es la gramática y la sintaxis, por lo que no tiene demasiado sentido enfrascarse en discusiones infinitas sobre si debemos usar una u otra palabra. “¿Por qué no voy a decir e-mail si lo dicen en todas partes?”, apostilla Pascual. Al fin y al cabo, tal como explica el académico, todos vamos a tener que hablar inglés: “En el Renacimiento todo el mundo hablaba su lengua y los cultos, además, hablaban latín. Ahora debería pasar lo mismo, pero con el inglés, que es el latín moderno, y es un idioma que va a tener que aprender todo el mundo. Vamos a estar obligados a tener dos lenguas: una personal y otra internacional”. El español, en cualquier caso, no corre peligro. “El inglés internacional no es un inglés culto”, apunta Pascual. “Sirve para manejarse, pero para jugar, para sorprender, tienes que usar tu lengua”. 

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