La Ética demostrada según el orden geométrico

El hijo de España y de la razón que fue el profeta de un nuevo Dios

Pensador holandés considerado uno de los grandes racionalistas de la filosofía junto con Descartes, tiene hoy asiento vigente preferente en el mundo del pensamiento científico

Foto: Retrato de Baruch Spinoza realizado por un autor anónimo.
Retrato de Baruch Spinoza realizado por un autor anónimo.

"Lo mas terrible se aprende enseguida

y lo hermoso nos cuesta la vida"

- Silvio Rodríguez

Como tantos hijos de España, como tantas veces en la historia repetida, como tantas huellas perdidas tras la noche pirenaica, como tanta resignación mal digerida, como la aceptación de un sino o flagelo ininterrumpido; el judío sefardita Baruch Spinoza, hijo de hijos de esta patria desgarrada por el taimado filo del frío cuchillo devorador de esperanzas, fue centrifugado por la orfandad de miras de un país que entraba en el futuro arrastrando los pies.

Pensador holandés considerado uno de los grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII junto con el francés Descartes, hijo de la diáspora sefardita (hijos patrios desnaturalizados por el odio y la incomprensión), este judío universal, que le dio un sesgo al pensamiento crítico oxigenándolo de la vehemencia del oscurantismo secular, tiene hoy asiento vigente en fila preferente en el mundo del pensamiento científico mas allá de sus raíces humanistas.

Una divinidad heterodoxa

Baruch Spinoza, nacido un 24 de noviembre de 1642, fue un filósofo neerlandés, de origen judío sefardí que como buen judío estaba entrenado camaleonicamente para cualquier exigencia de adaptación por dura que fuera esta. Su muerte prematura acaecida el 21 de febrero de 1677 a la edad de 44 años truncó para el mundo de las ideas la proyección de una de las mentes mas brillantes de la filosofía. Su sobresaliente obra ‘Ética demostrada según el orden geométrico’ sería publicada póstumamente por sus incondicionales y casi inmediatamente, y para no perder la costumbre, sería censurada por el Vaticano al incluirlo en su ‘Index librorum prohibitorum’. Su filosofía parte o se instala en la identificación de Dios con la naturaleza y representa el mayor exponente moderno del panteísmo.

Su Dios no estaba en los lúgubres templos fríos ni en el oropel romano; estaba donde las olas se entregan a la tierra en un hermanamiento eterno

La enorme influencia de Descartes y Hobbes le alejaría del judaísmo ortodoxo, y por ello, su crítica racionalista de la Biblia provocaría que fuese excomulgado por sus afines de credo, los apolillados rabinos, allá por 1656. Agotado por el acoso de propios y extraños y enfermo de tuberculosis, se retiraría a cuestas con la enfermedad del desengaño, a las afueras de Ámsterdam, como pulidor de lentes, uno de los mas grandes pensadores de la historia.

Cuando las tres cuartas partes de la humanidad allá por las postrimerías del siglo XVII, todavía andaban en taparrabos y el hombre blanco impartía tesis doctorales ‘urbi et orbe’ sobre la supremacía de la ciencia y su destino manifiesto, este brillante filósofo judío, hijo sanguíneo de estos pagos, argumentaba que aquellos que adoraban al viento y al mar, al sol y a las flores, al río que fluye acariciando las piedras a su paso y a las piedras que se hermanan en su líquido fluido, eran las partes de un todo que un asombrado observador podía en su limitada comprensión entender como una sensación más que una percepción intelectual pura. Ese era el Dios de Spinoza, ubicuo e indetectable, presente y elusivo en su enorme fondo de armario panteísta.

Creo en el Dios de Spinoza que se revela en la armonía de lo existente, no en un Dios que se interesa por el destino

El Dios de Spinoza no estaba en los lúgubres templos fríos y oscuros ni en el oropel romano; estaba donde las olas remiten y se entregan a la tierra en un hermanamiento eterno, estaba en los montes y lagos, en las montañas y ríos y en sus pequeños habitantes, era un Dios de presencia invisible para ser observado desde el silencio y la contemplación. El Dios de Spinoza era alguien amigable y entretenido, que como en un fundido, era un ente unido íntimamente a lo humano y alejado del rigor de las mentes turbias y oscurantistas que sin ventilación impartían dogma en aquella época en que los atribulados creyentes se remitían a una fe atávica y temerosa lejos del gozo y cercana a un masoquismo resignado.

Baruch Spinoza proponía algo tan sencillo como abandonarse al propio amanecer y no depender de la cansina carga de culpabilidad que albergaban las herméticas y poco ventiladas paginas de las Sagradas Escrituras, de olvidar los mandamientos y su abrasivo abrazo, herramientas de control y manipulación y artimañas para anclar en la ignorancia a una humanidad que despertaba con la ilustración.

Una filosofía para la posteridad

Preguntado Albert Einstein por el rabino Herbert S. Goldstein sobre si creía o no en la existencia de Dios, el genial físico alemán le respondió: “Creo en el Dios de Spinoza, quien se revela así mismo en una armonía de lo existente, no en un Dios que se interesa por el destino y las acciones de los seres humanos”.

Einstein, como Spinoza, pensaba en un orden misterioso, inaccesible a la comprensión humana ante la cual solo cabía la mera, intuitiva y mágica sospecha de la aceptación admirada y rendida de lo grandioso. Quizás, ese fuera el camino y la actitud de la mente humana, incluso la más grande y culta, en la interpretación última del Invisible. Por ello, es más que probable que Spinoza dudara del atractivo del feroz Dios de los oligarcas tonsurados y por ello mismo, esa explícita condena de la perversión de los principios cristianos le condujo a integrar la enorme nomina de pensadores perseguidos hasta la tumba.

Amsterdam, la ciudad de Baruch Spinoza, en el siglo XVII.
Amsterdam, la ciudad de Baruch Spinoza, en el siglo XVII.

En los antiguos Uppanishad se define al creador y lo creado dentro de la famosa frase del “yo soy eso”, como la alquimia perfecta. Si Dios creó un ser con limitaciones, ese no es el Dios verdadero, solo aquel que esta integrado con lo observado es uno en ello y por lo tanto prolongación de ese todo. Así lo entendieron los amigos incondicionales de Spinoza y por ello y por él, cuando ya había emprendido su camino hacia la eternidad, se la jugaron.

Como tantos hijos de esta tierra exportadora de tragedias silenciadas, de cientos de miles de emigrantes y exiliados, de sueños arrojados a los perros de la historia; Baruch Spinoza no nació donde podía enriquecer la ignorancia si no allá donde la sabiduría florece y no hay guardianes del conocimiento.

Alma, Corazón, Vida

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