Dicen que la cara es el espejo del alma, pero ¿puede indicarnos también la puntuación que sacaría esa persona en un test de inteligencia? Según un estudio que acaba de publicar la revista PLOS One sí, pero sólo si es hombre.

El investigador checo Karel Kleisner, profesor de la Universidad Charles, de Praga, y autor principal del estudio, presentó a un grupo de 160 estudiantes las fotografías de 80 hombres y mujeres. Estos tuvieron que puntuar las imágenes de los rostros en función de su atractivo e inteligencia. Los investigadores compararon la valoración de los estudiantes con la puntuación que los fotografiados habían sacado previamente en un test para medir el cociente intelectual.

Su conclusión fue clara: tanto hombres como mujeres percibían correctamente la inteligencia de los hombres al ver las fotografías, pero nadie era capaz de valorar correctamente la inteligencia de las mujeres.

Inteligencia percibida vs. inteligencia real

Podríamos pensar, a raíz de los resultados del estudio, que las personas más inteligentes presentan rostros similares, pero lo cierto es que no existe una relación estadísticamente significativa entre la morfología de la cara y el cociente intelectual.

Cuando vemos fotografías de hombres acertamos de pleno al valorar su inteligencia realEsto no quita que haya rostros que nos parezcan más inteligentes. De hecho, los investigadores han realizado un retrato robot del tipo de caras que consideramos más o menos listas. Pero, por alguna razón que los científicos desconocen, al mirar fotografías de los hombres parece que nos olvidamos de estos patrones y acertamos de pleno al valorar su inteligencia real.

¿Estamos ante la primera evidencia de la existencia de un sexto sentido? ¿Tenemos algún tipo de percepción extrasensorial? No tan rápido. Según ha explicado el propio Kleisner a El Confidencial, su equipo descubrió que “las personas son capaces de evaluar con precisión la inteligencia de los hombres viendo sus caras, pero también que no es la forma de la cara masculina la que causa este efecto”. ¿Qué lo causa? Aunque no está claro Kleisner cree que podría tener que ver con otros atributos del rostro, independientes de la forma de éste, como son los ojos, la mirada, el pelo, o la piel. Y planea hacer futuras investigaciones para descubrirlo.

¿Por qué no conseguimos percibir la inteligencia de las mujeres?

Los investigadores no tienen claro por qué ambos sexos fallan al relacionar los rostros de las mujeres con su inteligencia, pero creen que podría explicarse por tres razones.

1. Los signos de inteligencia sólo se muestran en las caras de los hombres

“Si los indicadores faciales de la inteligencia son hereditarios y estos genes particulares no están situados en el cromosoma Y, tanto los hijos como las hijas de un padre con un rostro inteligente deberían obtener los alelos propios de una cara inteligente”, aventura Kleisner en el estudio. “Una posible explicación podría ser que los signos faciales que indican inteligencia tienen un dimorfismo sexual, y sólo aparecen en las caras de los hombres, debido, por ejemplo, a la actuación de alguna hormona esteroide durante la pubertad. Si esto fuera cierto, la atribución de inteligencia funcionaría igual en los rostros de los niños”.  

2. El atractivo de las mujeres nubla nuestro juicio

Otra posibilidad, explican los investigadores, es que todos juzgamos más a las mujeres en función de su atractivo: “El fuerte efecto halo del atractivo femenino nos impide realizar un juicio preciso de la inteligencia de las mujeres. Esto tendría sentido dada la alta correlación existente en la percepción de atractivo e inteligencia en las mujeres, mucho mayor que la de los hombres”.

3. Las mujeres necesitan saber si un hombre es inteligente, pero no al revés

La tercera explicación que ofrecen los autores del estudio es de tipo evolucionista. Podría ser que los hombres muestren físicamente su inteligencia dada la necesidad que las mujeres tenían de encontrar a alguien capaz de hacerse cargo de la descendencia, algo de lo que no tenían que preocuparse los hombres.