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Bush ha muerto, ¿larga vida a Bush?
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Bush ha muerto, ¿larga vida a Bush?

Si algo pone de manifiesto esta cinta es que el cine anti americano, anti Bush, anti sistema, está definitivamente de moda. En realidad lo lleva estando

Si algo pone de manifiesto esta cinta es que el cine anti americano, anti Bush, anti sistema, está definitivamente de moda. En realidad lo lleva estando ya unos años; Muerte de un presidente recoge el testigo de filmes como Redacted, Fahrenheit 9/11 o Camino a Guantánamo. De hecho, las motivaciones que han llevado al británico Gabriel Range a filmar esta película son, en líneas generales, las mismas que cimentaron los trabajos antes mencionados de Brian De Palma, Michael Moore o Michael Winterbottom.

La historia se repite. Con este tipo de filmes siempre ocurre lo mismo: son absorbidos por la espiral del silencio en la Tierra de abundancia, que diría Win Wenders -otro de los realizadores rebeldes-, y alabados hasta la saciedad fuera del Imperio: Fahrenheit mereció la Palma de Oro en Cannes, Redacted fue premiada en Venecia, Camino a Guantánamo en Berlín y Muerte de un presidente en Toronto. En los grandes festivales siempre hay gente dispuesta a aplaudir cualquier manifestación artística medianamente subversiva y contestataria, signo de plenitud intelectual en el recién estrenado siglo XXI. Mas si dejamos de lado esa pretendida intención de poner de manifiesto los errores de la política exterior estadounidense -que los yanquis no quieren escuchar y los europeos estamos hartos de oír-, pocas cualidades técnico-artísticas reúne Muerte de un presidente para recibir un premio de cierta entidad.

Se trata de un falso documental hecho a tijeretazos, con imágenes de archivo en las que Bush ofrece discursos anodinos y materiales prefabricados en el laboratorio de efectos especiales que sirven para diseñar el asesinato del Presidente, circunstancia que es aprovechada por el director del filme para poner de manifiesto la paranoia anti árabe que sacude EEUU tras el 11 de septiembre. Hay que reconocer el talento de Range para el montaje, para la concepción formal, para trabajar con la cámara al hombro, imprimiendo movimiento. Sin embargo, la cinta se muestra eficaz durante aproximadamente media hora, el tiempo que tarda en morir George Bush, único personaje verdaderamente interesante de la película -quién lo iba a decir-.

Una vez abatido el Presidente, ya está todo el pescado vendido. El transvase del thriller político al meramente policial, que marca el tempo de la búsqueda del asesino, no desemboca en otro océano que en el del aburrimiento. Se intuye demasiado el guión en las entrevistas, no hay emoción ni suspense y el clímax, que haberlo haylo, provoca indiferencia en el espectador. Las infinitas pretensiones de verdad del discurso son lo de menos. El problema es que, a estas alturas, el trasfondo del film resulta tan manido que inevitablemente provoca rechazo.

LO MEJOR: Los primeros treinta minutos.

LO PEOR: Su discurso cerrado, didáctico, moralizante.