Es noticia
Menú
La filtración que destapó un yacimiento: "Hay fósiles para una generación de paleontólogos"
  1. Tecnología
  2. Ciencia
30 AÑOS DEL CERRO BATALLONES

La filtración que destapó un yacimiento: "Hay fósiles para una generación de paleontólogos"

En 1991, un anónimo dio el chivatazo de que una empresa minera encontró unos huesos cerca de Madrid. Así surgió Batallones, el mejor yacimiento mundial del Mioceno superior

Foto: Trabajos en el yacimiento de Batallones, en Torrejón de Velasco, Madrid. (EFE)
Trabajos en el yacimiento de Batallones, en Torrejón de Velasco, Madrid. (EFE)

Hace mucho, mucho tiempo, un perro-oso gigantesco subió una loma y se asomó a inspeccionar la entrada de una gruta en busca de un poco de agua que echarse al gaznate. En el promontorio, este hipercarnívoro introdujo el hocico, atraído por la humedad o el olor a cadáver, en la cavidad sombría y cometió un error fatal. El anficiónido, uno de los mayores depredadores de su era, acabó con sus huesos en el fondo de la cueva sin posibilidad de escapar. En los alrededores de esta trampa, una desértica sabana que nueve millones de años más tarde se convertiría en los alrededores de Valdemoro, al sur de Madrid.

Tras él cayeron otros muchos ejemplares: tigres dientes de sable, mastodontes, leopardos, jirafas, rinocerontes y muchos pequeños vertebrados fueron acumulándose en estas cuevas durante miles de años. Entre medias, el agua entraba transportando materiales que, tras evaporarse el líquido, se quedaban dentro conformando un barro cohesivo que mantuvo los huesos perfectamente conservados durante millones de años. Un día, esta y otras cuevas fueron definitivamente sepultadas y preservadas en arcilla.

Esto era, precisamente, lo que buscaban las excavadoras de la empresa Tolsa S.A. en el verano de 1991. Cierto día empezaron a aparecer restos óseos y los responsables de la empresa ordenaron que se tendiera un velo de silencio sobre el descubrimiento, aduciendo que serían de burro, remanentes de una antigua granja. Un empleado de la compañía minera, escandalizado ante la reacción de sus superiores, se hizo con un trozo de mandíbula y algunas falanges del citado perro-oso. El hombre las hizo llegar, a través de terceras personas, a manos de Vicente González Olaya, redactor del periódico 'El País' especializado en arqueología y patrimonio, que las trasladó a su vez al Museo Nacional de Ciencias Naturales, donde confirmaron el hallazgo.

placeholder Huesos de pene de perro-oso prehistórico de hace nueve millones de años hallados en el Cerro de los Batallones. (EFE / CSIC)
Huesos de pene de perro-oso prehistórico de hace nueve millones de años hallados en el Cerro de los Batallones. (EFE / CSIC)

El periodista acabó publicando la historia el 11 de julio y el secreto saltó por los aires. El silencio no podía durar un segundo más, la Comunidad de Madrid comenzó a presionar y la empresa finalmente decidió cooperar con los investigadores. Acababa de nacer el Cerro de los Batallones, un yacimiento de fósiles único en el mundo por acumular tantas y tan variadas especies de una misma época, el Mioceno superior —hace entre 9 y 14 millones de años— en un estado de conservación incomparable. Concretamente, se reveló el registro más completo del mundo en carnívoros de esta época.

Aquel directivo de Tolsa, que nunca salió del anonimato, es como el monumento al soldado desconocido de la paleontología española. Gracias a su traición, y a la posterior cooperación de la minera, algunos de cuyos operarios de excavadora acabaron desarrollando un ojo finísimo para identificar posibles cambios de color en el suelo, han podido identificar diez yacimientos distintos donde se han hallado 25 especies diferentes de vertebrados, algunas ya conocidas pero nunca antes encontradas al completo (solo aparecían fragmentos de huesecillos espolvoreados aquí y allá) y otras nuevas, como el llamado 'huargo de Madrid', una especie inédita de perro-oso ('Ammitocyon kainos') cuya identificación fue anunciada en junio de este año con un artículo en el 'Journal of Systematic Palaeontology'.

placeholder Reconstrucción de los huesos del anficiónido hallado en Batallones. (MNCN)
Reconstrucción de los huesos del anficiónido hallado en Batallones. (MNCN)

"Una de los principales hitos científicos de Batallones, y que más va a aportar en el futuro a la paleontología, es su modelo de los yacimientos, cómo se han formado", explica Jorge Morales, quien ha dirigido las excavaciones en Batallones durante tres décadas, era por entonces jefe del departamento de Paleobiología del MNCN. "En este caso todo parte de la erosión: al ser la capa superficial más resistente que el subsuelo, es este el que se erosiona más formando cavidades, pero no las típicas".

A diferencia de las cuevas 'duras' formadas con calizas, las de Batallones están hechas con sedimentos detríticos, principalmente arcillosos. Estas suelen ser menos resistentes y tarde o temprano suelen colapsar. En este caso concreto no lo hicieron, sino que se rellenaron con los cadáveres de animales atrapados a lo largo de muchos milenios en una 'stracciatella' mineral que los conservaba casi intactos. Las oquedades se formaron gracias a la sepiolita, un material que atrapa el agua pero no se deshace en barro: por eso precisamente se usa para las camas de los gatos.

Encontrar un 98% de carnívoros solo podía explicarse mediante la teoría de la trampa

El escenario era, por tanto, idóneo. Pero algo más tuvo que pasar. Lo habitual en paleontología es encontrar animales en proporciones parecidas a la pirámide trófica: una grandísima mayoría de herbívoros y algún carnívoro suelto. El lobo y las ovejas, el león y los antílopes. Sin embargo, encontrar un 98% de carnívoros solo podía explicarse mediante la teoría de la trampa.

"Para mí, el mayor hito científico que representa Batallones es que contiene una representación completa de todos los carnívoros que había en aquella época", dice Pablo Pelaez-Campomanes, paleobiólogo en el MNCN que lleva 20 años estudiando el yacimiento para tratar de reconstruir cómo murieron esos animales y acabaron dando lugar a un yacimiento tan enorme (hasta el momento llevan identificados más de 20.000 fósiles) para poder entender cómo vivían hace más de diez millones de años en lo que hoy es la meseta castellana. Los trabajos científicos sobre la tafonomía en Batallones han estado coordinados por la paleontóloga Soledad Domingo, de la Universidad Complutense, como responsable.

placeholder A la izquierda, el típico fósil que se encuentra en un yacimiento; a la derecha un fósil extraído de Batallones. (A. V.)
A la izquierda, el típico fósil que se encuentra en un yacimiento; a la derecha un fósil extraído de Batallones. (A. V.)

"Hay nueve 'batallones' en realidad se han excavado diez, pero en el número ocho no había nada dentro de la cavidad, y cada uno tiene una parte superior con una proporción normal de especies, es debajo cuando aparecen más del 90% de carnívoros", indica. Sus pesquisas también le han llevado a concluir que los carnívoros entraron en los agujeros a por agua, más que a por comida, "porque ahí abajo no hemos encontrado apenas restos de carroña".

"Los carnívoros entran pero no pueden salir porque la sepiolita húmeda es como jabón, son arcillas expansivas", explica el paleobiólogo. "Los carnívoros son más arriesgados para esas cosas, un herbívoro nunca entraría: piense en esos pasos canadienses que instalan para el ganado".

Siempre tiene que pasar algo

Otros yacimientos en el mundo como el de Messel en Alemania o el de Ashfall (Nebraska, Estados Unidos) fueron consecuencia de un evento trágico o un cataclismo que congeló esa instantánea de cómo era la fauna hace millones de años. En el yacimiento alemán o estadounidense la atribución corresponde a eventos volcánicos y la liberación súbita de gases o cenizas tóxicas cerca de un lago o un pozo en una cueva. Los animales que acudían a beber morían de inmediato y sus cuerpos se hundían en un agua pobre en oxígeno o bacterias —grandes especialistas en descomposición— y un barro idóneo para la preservación. Pero siempre solían ser de la misma especie, en un caso fueron cérvidos y en el otro un antepasado del rinoceronte. También sucede a veces con mamíferos como los osos, que se quedaron atrapados dentro de la cueva donde vivían al desmoronarse el techo.

Pero en muchos otros casos, los investigadores no lograban atribuir el por qué a un yacimiento, y el ejemplo de Batallones ha supuesto un auténtico tutorial de cómo grandes acumulaciones de diferentes especies pudieron converger en un punto concreto para quedar inmortalizadas. De esta mina de sepiolita en los alrededores han brotado, hasta el momento, entre 20.000 y 30.000 fósiles.

placeholder Un macairodontino o dientes de sable de Batallones expuesto en el MNCN. (A. V.)
Un macairodontino o dientes de sable de Batallones expuesto en el MNCN. (A. V.)

"En Batallones 1 todavía podría haber más fósiles", dice Morales, "luego hay otros dos yacimientos que excavarlos requiere mucha infraestructura y haría muy cara la excavación, otro que aún no hemos empezado... yo calculo que hay fósiles para otra generación de paleontólogos".

Cada verano, los investigadores y sus voluntariosos estudiantes solo son capaces de excavar entre 30 y 40 centímetros de suelo. Aún así, la extracción es mucho más rápida que la restauración y clasificación. Es más, quizás sean necesarias varias generaciones solo para tratar todo el material que ha salido hasta el momento y que aún aguarda su turno.

Algunas de las mejores piezas, como los cráneos de dientes de sable o incluso ejemplares al completo, pueden observarse tanto en el propio Museo Nacional de Ciencias Naturales, que este año cumple su 250 aniversario, como en el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid, que es la propietaria última de todos y cada uno de los huesos que han surgido de estos yacimientos de Torreón de Velasco.

Paquetes y sobres del pasado remoto

'In situ', estos naturalistas del pasado remoto hacen paquetes, algunos tan pequeños como sobres donde guardan pequeños huesecillos o incluso egagrópilas, las pelotas formadas por alimentos no digeridos que algunas aves regurgitaron dentro de las cavidades, hasta bloques enormes que esconden un rinoceronte por entregas. Todos son encofrados sobre el terreno con cartón y espuma de poliuretano, un trabajo que antiguamente se hacía con yeso.

Justo al final de ese cuello de botella está Enrique Cantero, del laboratorio de restauración del museo madrileño, que poco a poco y con denuedo trata de convertir los terrones minerales en fósiles impolutos. Para él, más allá de las especies descubiertas, el hito más importante de Batallones es "el estado de conservación" en que han llegado a sus manos huesos con hasta 14 millones de años, y lo dice mientras muestra el metápodo de un caballo de tres dedos.

placeholder Cantero, en el laboratorio de restauración del museo. (A. V.)
Cantero, en el laboratorio de restauración del museo. (A. V.)

A su lado está el fósil de un jiráfido, el 'Decennatherium rex'. Fue precisamente descrito como nuevo para la ciencia en este lugar al sur de Madrid. "El de Batallones 10 es el mejor yacimiento de jiráfidos, se han encontrado maxilares que por su fragilidad siempre suelen destruirse, pero gracias a esto ahora sabemos que tenia el morro largo, eso además de precisar su morfología, el aspecto que tenía, nos da pistas sobre el tipo de alimentación que llevaba o su respiración".

Como las cavidades de Batallones no se formaron todas al mismo tiempo, les ocurre a menudo que empiezan a ver cambios en una misma especie de un yacimiento a otro, y deben dilucidar si se trata de una especie diferente o simplemente que la evolución hizo de las suyas y forzó a un determinado pequeño mamífero a desarrollar una forma levemente diferente en las raíces de sus dientes.

Cantero abre un cajón y extrae una lámina gruesa que contiene los restos de una rana. Tiene varios millones de años encima y sin embargo es idéntica a la última que acaba de nacer en el arroyo más próximo. Sus compañeros de yacimiento están todos extintos o han evolucionado lenta pero salvajemente hacia versiones diferentes. La rana sigue exactamente igual que en el Mioceno superior. Quién necesita evolucionar cuando se adapta tan bien a vivir en el fondo de una charca.

Hace mucho, mucho tiempo, un perro-oso gigantesco subió una loma y se asomó a inspeccionar la entrada de una gruta en busca de un poco de agua que echarse al gaznate. En el promontorio, este hipercarnívoro introdujo el hocico, atraído por la humedad o el olor a cadáver, en la cavidad sombría y cometió un error fatal. El anficiónido, uno de los mayores depredadores de su era, acabó con sus huesos en el fondo de la cueva sin posibilidad de escapar. En los alrededores de esta trampa, una desértica sabana que nueve millones de años más tarde se convertiría en los alrededores de Valdemoro, al sur de Madrid.

CSIC