EN BUSCA DE LA 'NUEVA NORMALIDAD'

La incógnita de la inmunidad del covid-19: por qué podría desarrollarse en varias fases

Muchos factores pueden influir en la eficacia y la duración de esa inmunidad y no todos tienen que ver con el virus, sino con nuestras características personales

Foto: Foto: EFE.
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Superar el coronavirus nos inmuniza. Sobre esta suposición se asientan muchas de las acciones y de las políticas que proponen los expertos de cara a recuperar nuestra vida anterior a la pandemia o a dar paso a la 'nueva normalidad' tras ella. Por eso se organizan las encuestas serológicas, con el objetivo de saber qué porcentaje de la población ha pasado la enfermedad. Por eso se calcula el porcentaje de inmunidad de rebaño que frenaría la expansión del virus entre la población. Por eso se proponen los pasaportes serológicos que podrían permitir más movimientos a los curados.

Sin embargo, desde el principio, la inmunidad relacionada con el covid-19 ha generado muchas incógnitas e incluso ha sido puesta en duda por los casos de reinfección de Corea del Sur (aunque recientemente parece haberse demostrado que fueron el resultado de falsos positivos). Los estudios están aclarando que pasar la enfermedad deja anticuerpos y todos los indicios apuntan a que podrían ser protectores y neutralizantes ante una segunda infección, pero se desconoce en qué medida y durante cuánto tiempo. ¿Por qué tantas dudas? En realidad, la inmunidad es un asunto muy complejo que depende de muchos factores, tanto en el SARS-CoV-2 como en otras muchas infecciones.

“Por el momento, no hay estudios científicos rotundos que aseguren que toda persona infectada desarrolla una respuesta inmune celular eficaz, de forma que genere anticuerpos que neutralicen el virus y lo erradiquen del organismo, y con adquisición de memoria”, explica a Teknautas Agustín Valenzuela Fernández, virólogo y director del Grupo Inmunología Celular y Viral de la Universidad de La Laguna.

Foto: EFE.
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De hecho, los investigadores están tratando de identificar anticuerpos que neutralicen el virus SARS-CoV-2 en los pacientes que han superado el covid-19, no solo como herramienta diagnóstica —para comprobar que la persona se ha curado y está protegida— sino también para emplearlo como terapia a través de la transfusión de plasma de convalecientes a enfermos.

Sin respuesta rotunda

En cualquier caso, cada vez parece más claro que la pregunta sobre si los pacientes curados son inmunes no se resolverá con un sí o con un no rotundos, que no será blanco o negro, sino que habrá muchos matices. “Seguro que la respuesta es más compleja, porque comprobar si tenemos anticuerpos solo es una parte del problema”, afirma Marcos López Hoyos, jefe del Servicio de Inmunología del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla (Santander).

Ante la agresión de un virus, las células T y B reconocen al invasor y producen anticuerpos. En teoría, dentro de la respuesta inmune adaptativa del cuerpo humano, las inmunoglobulinas G (IgG) estarían listas para responder ante una segunda infección, pero no se sabe si realmente tienen una capacidad neutralizante del virus. Además, hay que tener en cuenta que la respuesta no solo llega por parte de esos anticuerpos, sino que las propias células T y B son “células de memoria” que recuerdan al patógeno para producir anticuerpos más rápido si vuelve a aparecer. Por lo tanto, “seguro que nos va a garantizar un nivel de inmunización”, apunta el experto, “pero no sabemos hasta qué punto”.

Foto: Reuters.
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En las anteriores epidemias de coronavirus, el SARS y el MERS, se comprobó que había respuesta inmune humoral (de anticuerpos) que podía durar de dos a cuatro años, pero también “un componente de respuesta celular, en concreto, linfocitos T CD8+ que duraban unos meses y hasta casi un año”. En el caso del virus que causa el covid-19, “aún no podemos decir lo que dura, pero en buena lógica, si se parece a los anteriores, debería generar también esa doble respuesta”, según López Hoyos. “Al exponernos de nuevo al virus, las células de memoria generadas en la primera exposición se activan rápidamente, al reconocer de nuevo el virus, y liberan grandes cantidades del anticuerpo neutralizante generado en la primera exposición al virus”, apunta Valenzuela.

¿Una segunda infección te hace más fuerte?

“Si una persona ha pasado la varicela, le quedan células de memoria y cuando vuelve el virus ya no desarrolla la enfermedad. Eso es lo que ocurre la mayor parte de las veces y lo que se pretende con las vacunas, que incluyen elementos del patógeno atenuados”, comenta África González, presidenta de la Sociedad Española de Inmunología (SEI). Por eso, “antes de la vacuna de la varicela yo preguntaba a mis alumnos cuántos la habían pasado y levantaban casi todos la mano. Luego preguntaba cuántos la habían tenido dos veces y eran muy pocos”, indica la experta.

Algunos expertos apuntan a la inmunidad por fases y que estemos ante una vacuna con varias dosis

No obstante, una de las posibilidades que apuntan algunos expertos es que una segunda infección podría reforzar la inmunidad, como ocurre en otras enfermedades. Es decir, que de alguna manera se produciría una inmunización en varias fases. “Podemos ir mejorando la respuesta inmune. De hecho, hay algunas vacunas en las que se ponen varias dosis. En la del sarampión era una sola, y luego se vio que dar una segunda era más adecuado; en otras vacunas, son tres dosis”. Del mismo modo, “podría darse el caso de que una determinada infección no haya generado suficiente inmunidad, y que la segunda infección sea más leve y genere células de memoria más eficaces. Eso está estudiado, los linfocitos B pueden mejorar sus anticuerpos, es como si tuvieran una llave y pudieran limarla y hacer que encaje mejor con el virus la segunda vez”.

Foto: EFE.
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No obstante, eso no significa que sea totalmente necesaria una segunda infección para ser inmunes. “Si con un primer contagio hemos sido capaces de activar la respuesta adaptativa, se supone que generamos una memoria y ya estamos preparados para un segundo contacto con el virus. Lo que ignoramos es el nivel de anticuerpos, lo que duran y la capacidad de protección”, aclara López Hoyos.

La importancia de los factores personales

Una misma infección puede generar mayor o menor inmunidad en función de cada persona. “En algunas, el sistema inmune puede reaccionar contra el virus reconociendo partes del antígeno viral que no son importantes, de forma que se genera un repertorio celular de memoria y anticuerpos que no son eficaces neutralizando la infección por el virus y, por tanto, no consiguen eliminarlo”, comenta Valenzuela. En otras, “puede que su sistema inmune no consiga reconocer correctamente el virus y no se active”, añade.

“En cualquier respuesta inmune está el factor ambiental, que en este caso es el virus, y está el factor individual, para el que influye el componente genético”, apunta López Hoyos. Así, para el funcionamiento del sistema inmunitario, son fundamentales las moléculas HLA, que se encuentran en la superficie de las células y diferencian lo propio de lo ajeno, ya que se encargan de “presentar el virus al sistema inmunitario”. Su eficacia puede ser distinta en cada paciente.

Foto: EFE.
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Asimismo, hay otros componentes genéticos que hacen que la respuesta sea más o menos potente, por ejemplo, el receptor TLR7 de la respuesta inmune innata. “Sabemos que induce una primera respuesta antiviral y se codifica en el cromosoma X”. Como las mujeres tienen dos cromosomas X y los hombres un cromosoma X y otro Y, una hipótesis apunta a que la mayor cantidad de cromosomas X de las mujeres haría que tuvieran una mayor cantidad de TLR7 y, por eso, la infección les estaría afectando menos que a los hombres. No obstante, esto “solo es una hipótesis”, advierte el especialista, pero sirve de ejemplo para explicar cómo los factores genéticos tienen una gran influencia en la respuesta del sistema inmune.

Aparte de los genes, la respuesta inmune se ve afectada por muchas otras razones de índole personal. “La edad es una de las más importantes, lo que se conoce como inmunosenescencia”, señala África González. Algunas de las células T “se cansan” y se producen menos nuevas. Así, el sistema “es menos flexible, no se adapta a las cosas nuevas”.

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El estilo de vida también afecta. “Hay elementos que debilitan el sistema inmunitario, el alcohol, el tabaco o una mala nutrición” y, por supuesto, “influyen los tratamientos inmunosupresores” —por ejemplo, tras un trasplante— o “si tenemos alguna inmunodeficiencia”, añade la presidenta de la SEI.

Carga viral

Agustín Valenzuela destaca también la influencia de otros condicionantes personales, pero que no son intrínsecos sino que tienen que ver con la casualidad: la carga viral a la que se expone el individuo infectado. “Puede condicionar que no se active correctamente el sistema inmune o que no se consiga activar la respuesta inmune a la velocidad requerida para compensar la cantidad de virus que se produce durante la rápida infección y replicación viral”.

La carga y la variante viral a la que nos exponemos también son claves a la hora de ser inmunes

Del mismo modo, dependería de la variante viral a la que nos podemos exponer en un futuro si el virus muta. “El virus puede generar cepas que escapen mejor a la respuesta inmune y sean más difíciles de neutralizar por anticuerpos, incluso en personas que en una primera exposición a una cepa previa pudieron neutralizarla”, señala el virólogo de la Universidad de La Laguna.

En su opinión, comprender estos aspectos relacionados con la inmunidad va a ser esencial también para el desarrollo de posibles vacunas. “Entender cómo un virus infecta o qué parte del virus es la que se debe reconocer para conseguir activar al sistema inmune de forma eficaz y que se genere un repertorio celular y de anticuerpos que lo neutralicen y erradiquen del organismo es la clave para el desarrollo de vacunas exitosas y universales”, asegura.

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