una de las últimas áreas vírgenes del planeta

Así resiste el lugar más virgen del Amazonas a los devastadores incendios

La estación ecológica de Cocha Cashu es un caso único en la Amazonía. Gracias a su situación, decenas de investigadores acuden año tras año a descifrar los secretos de la naturaleza

Foto: Imagen de Cocha Cashu. (San Diego Zoo Global)
Imagen de Cocha Cashu. (San Diego Zoo Global)

Existe en lo más profundo de la selva de Perú, en plena Amazonía, un santuario en el que no hay madereros furtivos, prospectores de petróleo, mineros ilegales o constructores de carreteras: la estación ecológica de Cocha Cashu. Fue fundada hace exactamente 50 años por un grupo de biólogos que soñaban con preservar un lugar donde estudiar la flora y la fauna sin la alteración del ser humano. Y lo consiguieron.

El lugar se encuentra tan lejos de la civilización que ni siquiera llega el humo de los incendios que arrasan el Amazonas, alberga un gran lago de herradura, 52 kilómetros de senderos sinuosos, 60 especies de peces, 528 de aves, 82 de anfibios, 1.400 tipos de plantas y numerosas comunidades de mamíferos. Ahora acoge a una media de 50 investigadores que observan la naturaleza en su estado más salvaje. Auspiciada por la ONG San Diego Zoo Global y protegida por el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas (SERNANP), Cocha Cashu, ubicado dentro del Parque Nacional del Manu, es una de las últimas áreas vírgenes de la Amazonía peruana.

El director de la estación, César Flores, negocia su ruta de viaje en el puerto improvisado de Boca Manu, una humilde localidad donde el tiempo parece discurrir más despacio de lo normal. Su equipo partió hace días desde la ciudad andina de Cusco, navegó por el Madre de Dios y ahora se prepara para remontar el río Manu.

Tardarán horas en llegar a su destino y, cuando crucen la desembocadura, los vigilantes del puesto de Limonal comprobarán que entre los pasajeros solamente están los científicos destinados en la estación y los profesores que imparten clases en las remotas aldeas de Tayakomes y Yomibato. El acceso a esta zona está estrictamente regulado y únicamente entran aquellos que cuentan con permisos especiales.

La estación ecológica de Cocha Cashu. (Jorge Novoa)
La estación ecológica de Cocha Cashu. (Jorge Novoa)

“Los investigadores llevan una vida muy modesta. Viven en casetas de madera, duermen en tiendas de campaña y reducen al máximo su impacto en el medio ambiente”, explica Flores en conversación con Teknautas. Es tal su convicción de pasar desapercibidos que usan un tipo de baño diseñado específicamente para crear compost con sus excrementos y transportarlo lejos del campamento (las bacterias que portan en su interior podrían alterar el entorno). Los expertos calculan que el bosque de Cocha Cashu tiene entre 500 y 700 años de antiguedad y, sorprendentemente, no muestra cicatrices evidentes de interacción humana, ni tan siquiera durante la época del caucho. Desde su fundación es, además, un área liberada de caza.

Esta burbuja de naturaleza salvaje ha permitido desarrollar investigaciones únicas en el mundo, como los estudios del profesor John Terborgh, que invirtió 30 largos años analizando los animales de este lugar. Allí desarrolló su teoría de las 'cascadas tróficas', según la cual todo ecosistema necesita grandes depredadores que lo regulen (algo que quedó demostrado cuando la repoblación de lobos de Yellowstone devolvió la vida vegetal a una zona devastada por los ciervos).

Animales de la Cocha Cashu. (San Diego Zoo Global)
Animales de la Cocha Cashu. (San Diego Zoo Global)

A lo largo de los años, Cocha Cashu ha protagonizado más de 770 publicaciones científicas y unos 20 estudiantes peruanos han completado allí sus doctorados. Algunos observaron cómo los monos jugaban un papel importante en la polinización de la selva, arrastrando el polen de liana en liana; otros determinaron que durante los meses de lluvias bajas, todos los animales de la selva se alimentaban exclusivamente de 12 especies de plantas, cuando en la zona hay más de 1.000 especies diferentes.

Patrullas contra los madereros

Pese a su situación especial, Flores lamenta el momento crítico que enfrenta ahora el Amazonas. "Se nos acaba el tiempo. Para mantener nuestro modo de vida tal y como lo conocemos, deberíamos reducir la temperatura mundial antes de 2023. Ese era el Acuerdo de París y no lo estamos cumpliendo. Si eso falla, las consecuencias económicas pueden ser desastrosas".

El director observa con gravedad las barbaridades que se cometen alrededor, y teme que la sociedad no sea consciente de la gravedad de la situación. “En la selva, he descubierto lo pequeño e indefenso que es el ser humano, pero también el daño que hace a la naturaleza cuando olvida sus responsabilidades”.

Flores, junto a la estación de Cocha Cashu. (Martín Ibarrola)
Flores, junto a la estación de Cocha Cashu. (Martín Ibarrola)

Por eso, Cocha Cashu no solo se ha protegido de las grandes empresas extractivas, sino que también lucha activamente contra los atropellos que se cometen diariamente en el Amazonas. Flores está especialmente orgulloso de formar parte del programa Regenera, que vincula sus estudios científicos con las culturas nativas. “Es muy importante establecer un vínculo con las comunidades. Ellos son los auténticos guardianes del medio ambiente”. Y no lo dice en vano. El Gobierno peruano financia una serie de patrullas indígenas que vigilan las fronteras de su territorio y evitan las talas ilegales.

Otra toma del área de Cocha Cashu. (Dano Grayson)
Otra toma del área de Cocha Cashu. (Dano Grayson)

Una de ellas es la de Shipetiari, un asentamiento de 37 familias matsigenka que viven en el Alto Madre de Dios. "Nuestro territorio tiene 28.000 hectáreas y los patrullajes tardan varios días en dar la vuelta entera. Antes había bastantes invasiones, pero en los últimos años no hemos tenido ninguna", relata aliviada a este diario Rufina Rivera, actual presidenta de la comunidad.

Cuando se topaban con algún maderero ilegal, los matsigenka le "decomisaban" las motosierras y esperaban a que el encargado se pasara por la aldea para pagar la multa. En Shipetiari, se da la triste paradoja de que los nativos cuidan la salud de su tierra de manera férrea mientras el médico que los atiende a ellos se encuentra a dos horas de distancia en barca.

En cualquier caso, Cocha Cashu tampoco es un destino turístico. Su entorno virgen alberga los peligros propios de la selva. En el año 2000, el biólogo sudafricano Francis Bossuyt decidió refrescarse en un lago cercano al campamento. Había acudido allí para estudiar el comportamiento de unos minúsculos monos llamados titi y llevaba el día entero recorriendo las trochas selváticas. Poco antes de la cena, se sumergió en el agua y nunca más volvió a saberse de él. Organizaron partidas de rescate sin ningún éxito y, aunque las autoridades peruanas no llegaron a esclarecer el caso, algunos testimonios apuntaban a los caimanes de la zona que, según dicen, no habían conocido jamás al ser humano.

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