Elizabeth Holmes y Theranos, timo histórico

Pobre niña rica: así cayó la abeja reina de los emprendedores

John Carreyrou —periodista del 'Wall Street Journal' que levantó el escándalo— analiza las claves en su libro sobre la 'startup' de análisis de sangre que engañó a todo un país

Foto: Elizabeth Holmes, antigua CEO de Theranos, en un tribunal el pasado julio. (Reuters)
Elizabeth Holmes, antigua CEO de Theranos, en un tribunal el pasado julio. (Reuters)

Durante una exitosa ronda de financiación de 32 millones de dólares, un director financiero detecta horrorizado que el aparato estrella de su compañía —que realiza análisis de sangre— podría ser un timo. “El Theranos 1.0 era en realidad una especie de juego de azar. Unas veces podía obtener un resultado y otras no… La imagen en la pantalla del ordenador, que mostraba cómo la sangre fluía a través del cartucho, era real. Pero nunca se sabía si se iba a obtener un resultado o no… Mosley estaba estupefacto. Pensaba que los resultados se extraían en tiempo real de la sangre que había dentro del cartucho. Eso era, ciertamente, lo que hacían creer a los inversores”.

Tras su caída del guindo, el director financiero se presenta en el despacho de la fundadora de la empresa y le espeta: “Hemos estado engañándolos. No podemos seguir haciendo eso”. Pero la dueña reacciona mal: “La expresión de Elizabeth cambió de repente. Su actitud alegre desapareció y dio paso a una cara de hostilidad. Era como si se hubiera pulsado un interruptor. Lanzó una mirada fría a su director financiero: ‘Henry, no eres un jugador de equipo’ —dijo en un tono helado—. ‘Creo que deberías irte ahora mismo’… Elizabeth no solo le estaba pidiendo que saliera de su despacho. Le estaba pidiendo que se fuera de la empresa, ‘inmediatamente’. Mosley acababa de ser despedido”.

Crearon una cultura corporativa de la intimidación y el miedo principalmente para esconder su gran secreto: su producto no funcionaba

Bienvenidos a la loca historia de una vendedora de crecepelos. O cómo la gran esperanza blanca de Silicon Valley —una emprendedora de 19 años llamada Elizabeth Holmes (1984)— presentó al mundo una ‘startup’ (Theranos) capaz de diseñar una máquina (Edison) que revolucionaría la industria médica: adiós a las agujas; hola a un artilugio doméstico para hacer analíticas con una sola gota de sangre. El iPhone de la sangre, sí, porque los medios vendieron a Elizabeth Holmes como la Steve Jobs femenina, la nueva niña bonita y mimada del Valle del Silicio.

Fondos de capital de riesgo y prohombres (de Henry Kissinger a Carlos Slim) pusieron una tonelada de dinero en sus manos. Theranos alcanzó los 9.000 millones de dólares de valoración antes de lanzar su producto al mercado, pero todo acabó saltando por los aires (otoño de 2015) tras una investigación de John Carreyrou (‘The Wall Street Journal’) en la que ex trabajadores de Theranos desvelaron el trampantojo. La máquina —que se había empezado a usar en ‘clínicas’ de grandes superficies— no funcionaba bien, Theranos hacía artimañas para analizar la sangre porque no contaba con tecnología propia para hacerlo; si uno se hacía un análisis con ellos, corría el riesgo de recibir un diagnóstico equivocado. Estábamos ante uno de los mayores fiascos de Silicon Valley en el siglo XXI. Era la hora de las demandas por fraude y de los cargos penales.

La historia completa la cuenta ahora John Carreyrou en el libro ‘Mala sangre’ (Capitán Swing, pronto en sus librerías), basado en más de 150 entrevistas (incluidos sesenta antiguos empleados de Theranos). HBO ha estrenado un documental sobre el caso: 'The Inventor. Out for Blood'.

Theranos convirtió en arte vender la piel del oso antes de matarla. Los jefes de la empresa “no tenían la capacidad, o la voluntad, de distinguir entre un prototipo y un producto terminado... La mayoría de las empresas pasaban por tres ciclos de creación de prototipos antes de salir al mercado con un producto. Pero [Theranos] ya estaba haciendo pedidos basados en un primer modelo no probado. Era como si Boeing construyera un avión y sin hacer una sola prueba de vuelo les dijera a los pasajeros de la aerolínea: ‘Suban a bordo’”, escribe Carreyrou.

La caída de Saigón

No estamos solo ante la clásica historia de una ‘startup’ que arranca fuerte, convierte en millonarios a sus jóvenes creadores y acaba despeñándose, sino ante algo mucho más salvaje. Theranos, que llegó a tener 800 empleados, tenía una violenta cultura empresarial. No había semana en la que no despidieran a alguien sin previo aviso y bajo el siguiente ritual: el trabajador abandonaba precipitadamente la sede, acompañado de un guardia de seguridad y un abogado amenazante. La empresa también vigilaba los correos electrónicos del personal y el historial de internet. En los retratos míticos de las empresas de Silicon Valley siempre hay una piscina de bolas para recreo de los empleados, pero el ambiente laboral en Theranos recordaba más a la caída de Saigón: miedo, locura y paranoia.

“Holmes y Balwani [Ramesh Balwani, expareja de Holmes y número dos de Theranos] crearon una cultura de la intimidación y el miedo principalmente para esconder su gran secreto: su producto no funcionaba. No querían que se desvelara el secreto, así que intimidaban a sus empleados para que permanecieran callados. Su mayor arma era amenazar con demandar a los trabajadores, pasados y presentes, por violar los acuerdos de confidencialidad. Fue una amenaza muy efectiva: los empleados temían acabar en bancarrota por tener que litigar (lo que podría acabar pasando, aunque las acusaciones de Theranos fueran falsas)”, explica John Carreyrou a este periódico.

Elizabeth Holmes, en un juzgado. (Reuters)
Elizabeth Holmes, en un juzgado. (Reuters)

Aunque los niveles de secretismo dentro la empresa eran más propios de la Stasi que de una simpática ‘startup’, los empleados clave se acababan enterando más tarde o más temprano del timo que tenían entre manos. Cuando la empresa empezó a hacer análisis de sangre a pacientes sin saber cómo hacerlo, el laboratorio de Theranos se convirtió en una película de terror. “Las cosas en el laboratorio se habían salido de madre... Habían aprobado una prueba de la hepatitis C en los Edison para uso clínico. Dar a los pacientes resultados inexactos de vitamina D era una cosa, pero el riesgo era mucho mayor cuando se realizaban pruebas para detectar enfermedades infecciosas. Había llegado una petición de un paciente para una prueba de la hepatitis C y Erika se había negado a analizar la muestra en los Edison... La joven se echó a llorar en su oficina”, cuenta el libro.

Las performances laborales eran, en efecto, dignas de los episodios más incómodos de ‘The Office’. Un día, tras la dimisión de unos empleados, reunieron a los trabajadores para una terapia colectiva. “Las dimisiones enfurecieron a Elizabeth y a Balwani. Al día siguiente, convocaron al personal para mantener una reunión con todo el equipo en la cafetería. Se colocaron en cada silla copias de 'El alquimista', la famosa novela de Paulo Coelho sobre un pastor andaluz que encuentra su destino en un viaje a Egipto. Todavía visiblemente enfadada, Elizabeth les dijo a los empleados que estaba creando una religión. Si alguno de ellos no creía en ella, debía irse. Balwani lo expresó sin rodeos: cualquier persona que no estuviese preparada para mostrar una total devoción y una absoluta lealtad a la empresa debía ‘irse a la mierda’”, escribe Carreyrou.

Cuando uno empieza contando mentiras, no es tan difícil acabar convertido en un estafador

La situación era de máxima esquizofrenia: medios e inversionistas no paraban de hinchar el globo y Elizabeth Holmes actuaba como una 'celebrity'; al mismo tiempo, el ambiente en la empresa era irrespirable porque la tecnología estaba a años luz de funcionar. ¿Qué cómo gestionaba la CEO semejante choque de opuestos? Subiendo la apuesta de las mentiras y el mesianismo. Durante una cena de Navidad, se dirigió a sus empleados en estos términos: “'Esto es lo más importante que la humanidad haya construido. Si no creéis que sea así, deberíais iros ahora'. Lo que Elizabeth acababa de decir confirmaba el psicoanálisis barato que algunos empleados hacían de su jefa: se veía a sí misma como una figura histórica mundial. Una Marie Curie moderna”, según el libro.

Pero Holmes no era una estafadora al uso; es decir, no creó la empresa con la intención de engañar a todo EEUU, sino que estaba convencida de ir por el buen camino, empezó a decir mentirijillas y la cosa derivó en bola de nieve fuera de control.

“Cuando uno empieza contando mentiras, no es tan difícil acabar convertido en un estafador. Elizabeth se habituó muy pronto a mentir. En su cabeza, probablemente lo racionalizó como si estuviera exagerando un poquito, y se dijo a sí misma: todo el mundo en Silicon Valley exagera cuando trata de convencer a los inversores de que invirtieran en sus empresas. Pero eso se convierte en un problema cuando las exageraciones son sobre un producto médico del que la gente depende para tomar decisiones de vida o muerte. Holmes no pareció registrar esa diferencia. O quizá sí lo hizo y simplemente no le importó. Fuera como fuese, mentir es siempre la antesala del fraude. Y exagerar —en otras palabras: mentir— es algo desafortunadamente endémico en Silicon Valley”, cuenta John Carreyrou a El Confidencial.

Había una vez un circo

Ahora que Elizabeth Holmes ha caído en desgracia, no es sencillo recrear el 'hype' que la envolvió sin quedarse corto. Tomemos un extracto de ‘Mala sangre’:

“Cuando se publicó el artículo de portada en ‘Fortune’, Elizabeth saltó al estrellato de forma instantánea. Su entrevista en el ‘Wall Street Journal’ había recibido algo de atención y también salió un artículo en ‘Wired’, pero no había nada como una portada de revista para captar el interés de la gente. Especialmente cuando esa portada mostraba a una atractiva joven que llevaba un jersey negro de cuello alto, rímel oscuro en torno a unos penetrantes ojos azules y unos labios color rojo brillante junto al llamativo titular ‘Esta directora ejecutiva está sedienta de sangre’… Dos meses después, apareció en una de las portadas de la edición anual número 400 de la revista 'Forbes' sobre las personas más ricas de los Estados Unidos… La revista ‘Time’ la nombró una de las cien personas más influyentes del mundo. El presidente Obama la nombró embajadora de los Estados Unidos para el emprendimiento global”.

Dentro de la historia de amor entre Holmes y los medios, hay un episodio especialmente morboso: las estrechas relaciones entre Theranos y ‘The Wall Street Journal’, medio que acabó hundiendo a la ‘startup’ con sus investigaciones... tras haberla encumbrado previamente. Suena contradictorio, en efecto, pero esto no era algo malo de por sí... “Hice una investigación preliminar sobre Theranos y encontré el artículo de la página editorial del ‘Wall Street Journal’ de diecisiete meses atrás. No lo había visto cuando se publicó. Aquello añadía un giro interesante, pensé: mi periódico había desempeñado un papel en el ascenso meteórico de la joven al ser la primera organización de medios de comunicación consolidada en dar a conocer sus supuestos logros. Se podía convertir en una situación incómoda, pero no me preocupaba demasiado. Había un cortafuegos entre el personal del editorial y el de la redacción del periódico. Si encontraba algún trapo sucio sobre Holmes, no sería la primera vez que los dos lados de la publicación se contradecían”, según Carreyrou.

Holmes, en 'Forbes'.
Holmes, en 'Forbes'.

Tras avisarles de que estaba investigándoles, enviarles varias preguntas y pedirles una entrevista con Elizabeth Holmes (que nunca consiguió), Carreyrou logró el compromiso de que “un representante” de la empresa se reuniría con él en la redacción del periódico. El hombre de Theranos no vino solo, sino escoltado por cuatro abogados; entre ellos, uno de los picapleitos más temidos, célebres y caros de EEUU, David Boies, al que Carreyrou describe así en el libro: “La leyenda de David Boies lo precedía. Había alcanzado importancia nacional en los años noventa cuando el Departamento de Justicia lo contrató para la demanda antimonopolio contra Microsoft. En su camino hacia una rotunda victoria en los tribunales, Boies había interrogado a Bill Gates durante veinte horas en una declaración grabada en vídeo que resultó ser devastadora para la defensa del gigante del software. Continuó después representando a Al Gore ante el Supremo durante las elecciones presidenciales de 2000, lo que consolidó su estatus de celebridad legal… Boies era un abogado magistral que podía ser despiadado cuando sentía que la situación lo requería”. Para colmo, Boies tenía motivos personales para ser especialmente despiadado en este caso: no solo era el representante legal de Theranos, también era accionista y acudía a las juntas de la empresa.

Cuatro horas a cara de perro: así transcurrió la reunión entre los periodistas del ‘Wall Street Journal’ y los abogados de Theranos, pero nada comparado con el hostigamiento al que la empresa sometió a varios empleados y ex empleados sospechosos de ser las gargantas profundas de Carreyrou.

"No diría que me intimidaron porque estaba seguro de que mi información era correcta. Pero sería justo recordar que los tres o cuatro meses previos a la publicación de mi investigación fueron muy estresantes. Holmes y [el abogado] David Boies golpearon con todo lo que tenían a mano. Me preocupaba que ‘The Wall Street Journal’ enterrara la historia. Pero el periódico me respaldó y la investigación se publicó. Estoy muy agradecido por todo ello", explica Carreyrou a este medio.

Hasta aquí podría sonar a la típica batallita de un periódico presionado para no publicar algo (malo) sobre una empresa bien relacionada (varios ex altos cargos políticos estaban en el consejo de Theranos). Pero es que la cosa era mucho más delicada. El principal inversor de Theranos —con 125 millones de dólares— era Rupert Murdoch. El mismo Rupert Murdoch dueño de, ejem, ‘The Wall Street Journal’. Una cosa era cargar contra una ‘startup’, y otra cargar contra una ‘startup’… en la que el dueño del periódico en el que trabajas ha invertido un dineral. Material (muy) inflamable.

Exagerar —en otras palabras: mentir— es algo desafortunadamente endémico en Silicon Valley

Elizabeth Holmes presionó a Murdoch para que la historia no se publicara. ¿La respuesta de Murdoch? Ponerse de perfil. No es poco para alguien que tiene tan mala prensa como él —recuerden el fabuloso escándalo del ‘News of the World’ británico—. Carreyrou detalla en el libro las reuniones entre Holmes y Murdoch previas a la publicación de su investigación: “La joven sacó a relucir mi artículo y le dijo que la información era falsa y que su publicación haría un gran daño a Theranos. Murdoch se mostró reacio a intervenir y dijo que confiaba en los editores del periódico para manejar el asunto de manera justa. Cuando estaba próxima la publicación, Holmes se reunió con Murdoch por cuarta vez en su oficina en el octavo piso del edificio de News Corporation en el centro de Manhattan. Mi mesa en la redacción del ‘Wall Street Journal’ estaba solo tres pisos más abajo, pero yo no tenía ni idea de que ella se hallaba en el edificio. Holmes sacó el tema de mi artículo con renovada urgencia, esperando que Murdoch se ofreciera a ponerle fin. Una vez más, a pesar de la inversión sustancial que tenía en juego, se negó a intervenir. Mientras Holmes intentaba, sin éxito, influir en el propietario del ‘Wall Street Journal’, Theranos continuaba su campaña de tierra quemada contra mis fuentes”.

La investigación se publicó el 15 de octubre de 2015. “El titular, ‘Las dificultades de una empresa respetada’. resultaba sutil, pero el artículo en sí era demoledor… y explicaba en profundidad lo que yo consideraba el punto más importante: el riesgo médico al que la empresa había expuesto a los pacientes. La historia provocó una tormenta de fuego”, zanja Carreyrou.

Elizabeth Holmes, este verano. (Reuters)
Elizabeth Holmes, este verano. (Reuters)

PD: Aún a riesgo de exagerar la importancia de la psicología infantil en cualquier trayectoria vital, es difícil resistirse a cerrar el artículo con esta anécdota sobre la Elizabeth Holmes niña narrada en el libro:

“Elizabeth Anne Holmes sabía desde muy temprana edad que quería ser una empresaria de éxito. Con siete años, se propuso diseñar una máquina del tiempo y llenó un cuaderno con detallados dibujos de ingeniería. Con nueve o 10, en una reunión familiar, uno de sus parientes le hizo la pregunta que, tarde o temprano, se les hace a todos los niños y niñas: ‘¿Qué quieres hacer cuando seas mayor?’. Elizabeth respondió sin titubear: 'Quiero ser multimillonaria'. '¿No preferirías ser presidenta?', preguntó el familiar. 'No, el presidente se casará conmigo porque tendré 1.000 millones de dólares'. Estas no eran las palabras ociosas de una niña. Elizabeth las pronunció con la mayor seriedad y determinación, según un miembro de la familia que presenció la escena”.

Criaturita. Pobre niña rica.

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