MÁS DE 100 MÁQUINAS EXPUESTAS EN IBI

El primer museo del arcade de España es un éxito: "Llenamos todos los fines de semana"

Un grupo de aficionados a los arcades han creado el primer museo de España, adelantándose a megaproyectos municipales como el que anunció Carmena en 2017

Foto: Primer museo de Arcade en España.
Primer museo de Arcade en España.

Hace cuatro años, El Confidencial fue uno de los primeros medios en abordar la historia de José Litarte, un joven alicantino que, a base de ahorrar cada euro que ganaba como jardinero, había juntado una de las colecciones de máquinas recreativas más importantes de Europa. Poco a poco, a base de participar en subastas y cazar ofertas en contenedores marítimos, Litarte establació en Petrer el epicentro de los nostálgicos del arcade nacional. Pero para él no era suficiente, de modo que primero creó una asociación, Arcade Vintage, y, después de cinco años de trabajo conjunto, han conseguido crear el primer museo arcade de España.

Se encuentra en Ibi, una pequeña localidad a 40 kilómetros de Alicante y a 80 de Benidorm. El ayuntamiento les cedió la histórica fábrica de juguetes Ricó, en perfecto estado de conservación, para que montasen allí un museo cuyos equivalentes europeos están en ciudades como Berlín o Londres. Litarte y su asociación se han adelantado, por ejemplo, a megaproyectos con financiación municipal como el Museo del Videojuego de Madrid. "Precisamente el pasado juguetero de Ibi nos ayudó", dice José Litarte, "porque conseguimos hacerle ver al ayuntamiento que los videojuegos, en cierto modo, son también un juguete".

En estos cuatro años, Litarte y otros quince miembros de la asociación se han afanado en preparar un dossier para 'venderle' el proyecto a los ayuntamientos. Lo presentaron en Elda, en Alicante y en Murcia, y en todos obtuvieron la misma respuesta: "Les gustaba la idea de una exposición arcade, pero lo veían como una muestra temporal más que como un museo", dice Litarte. Por el momento no reciben subvenciones, tan solo la cesión de la nave y el coste de la factura eléctrica, que no es moco de pavo con más de 300 máquinas funcionando al tiempo.

"Tenemos en torno a 120 máquinas, tipo arcade, pinball... otros cien ordenadores y luego están las consolas. Este no es un museo de ver, sino de tocar. Todos pueden ser utilizados por los visitantes", dice Eduardo, uno de los encargado de la recepción. Cobran 15 euros por pasar un día completo o 10 si es solo el turno de mañana o tarde. Incluye partidas ilimitadas y acceso a las exposiciones y charlas. "No nos quedamos un euro", advierte Litarte, "todo lo reinvertimos en el museo". A las 6 de la tarde, con 39 grados en el exterior, la fábrica de Ricó está hasta la bandera. Destacan dos perfiles de visitante: el treintañero-cuarentón que va con los niños, estos mayoría, y los jóvenes que, acostumbrados a otro tipo de videojuegos, se acercan con mucha curiosidad a máquinas que existen antes que ellos.

Hay máquinas de todas las épocas, desde el Gunfight de 1975, el primer arcade en utilizar un microprocesador, hasta las modernas máquinas de baile que siguen teniendo su público en Asia. Los visitantes saltan de una a otra y solo se hacen colas en los simuladores de conducción, ubicados al fondo de la nave. Como en cualquier museo, algunos padres, incapaces de seguir el ritmo de sus niños, se sientan donde pueden para descansar las piernas. La particularidad es que aquí lo hacen en las cabinas del Out Run World y el Daytona USA.

Mantener 300 máquinas obsoletas se convierte en un trabajo a tiempo completo

Siempre hay cinco o seis voluntarios de la organización recorriendo el museo, porque el mantenimiento es su caballo de batalla. Los visitantes desconfiguran a menudo los ordenadores retro en exposición, pero lo más habitual es que sean los arcades se fundan. Los circuitos y las placas han superado su esperanza de vida y caen como moscas: "Hay que tener en cuenta que intentamos que todas las piezas sean originales y nos cuesta mucho encontrar recambios. No digo que esté mal en una pantalla plana o con un emulador, pero esto es un museo", dice Litarte.

Junto a los arcades, en Ibi también disponen de cien modelos de ordenador, desde el Spectrum hasta el Amstrad CPC, además de todas las videoconsolas lanzadas desde los años 70. "Papá, ¿cómo se juega a esto?", le dice un niño a su padre, mostrándole la primera pantalla del dificilísimo Manic Miner. El padre ni siquiera sabe cómo mover el personaje: "La verdad es que yo tampoco lo he sabido nunca", le responde. Es en los ordenadores donde más se nota el salto generacional: con los estándares de hoy, mucho más bajos que en los 80, la dificultad de estos juegos espanta a cualquiera que no se haya templado su paciencia en la época de los microordenadores. Junto a ellos, una exhibición temporal del trabajo de Alfonso Azpiri, icónico ilustrador de carátulas de videojuego, pone la nota emotiva al museo. Recientemente fallecido, el trazo de Azpiri estimuló la imaginación de millones de españoles y dotó de identidad a la Edad de oro del 'software' español.

El museo solo abre un día a la semana, el sábado, pero los voluntarios le dedican varios días más para tenerlo todo a punto cuando se abran las puertas. Los problemas derivados de manejar tanta maquinaria obsoleta son obvios: el pasado sábado, sin ir más lejos, en torno a veinte máquinas acabaron la jornada estropeadas. Es aquí donde se va la mayor parte de los ingresos: "Intentamos arreglar las máquinas nosotros, porque tenemos bastante experiencia con ellas, pero hay veces que las tenemos que enviar a un especialista", dice Eduardo. A veces las mandan a Alemania o a Francia, otras entra en escena Ricardo Fernández, un informático segoviano que, arreglando arcades por 'hobby', se ha convertido en una referencia nacional. "Él nos lo arregla todo. Ricardo es el mejor técnico de arcades sin lugar a dudas, una profesión de la que cada vez hay menos expertos", lamenta Litarte, que en total calcula haber gastado 250.000 euros en adquirir y mantener la colección.

"Estamos encantados con la recepción que ha tenido el museo", dice el alicantino. "Lo estamos llenando cada fin de semana. Ibi no es un centro turístico, al menos no como las ciudades de la costa, pero la gente viene hasta aquí igualmente. Han venido grupos de Cantabria, de País Vasco, de Asturias... solo para venir al museo. No pasan por Benidorm ni por ningún otro sitio de playa: vienen, comen y duermen en Ibi, es fabuloso", concluye Litarte.

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