hay una fábrica por cada 40 habitantes

La 'aldea gala' de la industria española: "La gallina de los huevos de oro la tenemos aquí"

La Foia de Castalla, en Alicante, mantiene un tejido fabril sorprendentemente sano y vigoroso en un cuerpo moribundo. Ha logrado resistir la recesión mucho mejor que otras áreas industriales

Foto: Toni Miró, en la empresa de tubos Bornay. (Á. Villarino)
Toni Miró, en la empresa de tubos Bornay. (Á. Villarino)

Desde lo alto del castillo, el horizonte es una sucesión de naves pequeñas y medianas. En los cuatro pueblos que agrupa el valle que se abre a la vista —Ibi, Onil, Castalla y Tibi—, hay unas 1.000 empresas industriales en activo y algo más de 42.000 personas censadas. Es decir: una fábrica en funcionamiento por cada 42 habitantes. La Foia de Castalla, una subcomarca en el interior de Alicante, mantiene un tejido fabril sorprendentemente sano y vigoroso en un cuerpo moribundo. Porque quitando los polos tradicionales como el País Vasco, la actividad industrial en España está en caída libre y su valor añadido bruto ha caído al 14% del total, la mitad del que era en 1980.

“Aquí vivimos una situación opuesta porque podríamos seguir creciendo y no nos dejan. La gente está que se sube por las paredes”, se queja Héctor Torrente, director de IBIAE, la asociación de empresarios de Ibi, el más grande de estos cuatro pueblos. “Necesitamos más suelo industrial. Hay gente con proyectos parados, esperando a que habiliten los polígonos proyectados desde hace años. Todavía no se han abierto y ya están prácticamente repartidos”. Hace unos meses, dice, tuvieron que instalar una nueva subestación eléctrica porque se les había quedado corta la potencia instalada y varias empresas no podían aumentar su consumo para cumplir con sus clientes. “Otra cosa que nos hace falta es mano de obra cualificada. Hay entre 200 y 300 ofertas de trabajo que cuesta cubrir porque las empresas no encuentran gente”, añade Torrente. "Esto es el mundo al revés".

El tejido está sostenido por pymes familiares que rara vez superan los 250 empleados y no facturan más de 80 millones de euros

La Foia de Castalla presenta otras anomalías llamativas. Al revés de lo que ocurre en otros polos industriales que quedan en España, aquí no hay una gran empresa tractora, una multinacional o una gran instalación estratégica de la que vivan el resto. Al revés, su tejido está sostenido por pymes familiares que rara vez superan los 250 empleados y no facturan más de 80 millones de euros. La historia del empresariado ibense es casi siempre parecida a la que cuenta Bernardo Guillem en el interior de su nave, Plásticos Inden. Su padre, que era músico, creó una fábrica de instrumentos de juguete —guitarras, flautas, pianos— durante el boom industrial español. Cuando llegó la competencia asiática, tuvieron que reinventarse y probaron a vender unos soportes de plástico rojo para la cera que ahora llevan casi todos los velones de cera de las iglesias.

Bernardo Guillem, frente a una de las máquinas de Plásticos Inden.
Bernardo Guillem, frente a una de las máquinas de Plásticos Inden.

Lo compaginan con la fabricación de envases para bebidas, productos higiénicos y farmacéuticos. “En esto sí podemos competir con los países asiáticos gracias a las regulaciones sanitarias, que son estrictas. Y gracias al aire”, dice Guillem, a espaldas de unas máquinas que escupen botellas de plástico que acabarán alojando ginebra Larios. Los recipientes rígidos vacíos, detalla, ocupan mucho espacio en los 'container' de los barcos. “Si los traes de Asia acabas pagando más por los portes que por la mercancía porque abultan mucho y no tienen nada”. Gracias al aire, resume, varias empresas de la zona han conseguido encontrar un nicho blindado ante la mano de obra barata de otros países. La más exitosa, ITC, factura ya cerca de 60 millones de euros y se ha expandido comprando otra fábrica en el País Vasco. Empezaron diseñando sistemas de sonido y pequeños motores eléctricos para juguetes y hoy fabrican envases para la mitad de los helados que se consumen en España, así como decenas de productos alimenticios, cápsulas de café...

ITC ha invertido en almacenes inteligentes y maquinaria moderna.
ITC ha invertido en almacenes inteligentes y maquinaria moderna.

El de los envases de plástico es uno de tantos negocios, ni siquiera el principal. La industria de la Foia de Castalla no está especializada en nada concreto, como suele pasar en estos clústeres. Al contrario: de aquí han salido desde los asientos del estadio del Paris Saint-Germain hasta los muebles del Aeropuerto Adolfo Suárez-Barajas, pasando por los envases del analgésico infantil Dalsy. El inventario aproximado ocupa cinco folios por las dos caras, con letra apretada, en un informe del Ayuntamiento de Ibi. Alerones, alfombrillas, tubos, persianas, obleas, velas, bandejas, cajoneras, botones, cubiteras, colorantes, chucherías, envases, moldes, literas, pomos, rejas, portabebés, tapas de retrete, cascos de moto, tornillos, trofeos, triciclos… Ningún sector manda sobre el resto, aunque la actividad con la que empezó todo, el juguete, sigue siendo la primera, con el 11% del total.

Beatriz Valls, directora de relaciones institucionales de ITC y una de las herederas de la empresa familiar.
Beatriz Valls, directora de relaciones institucionales de ITC y una de las herederas de la empresa familiar.

Al principio fue el juguete

Los empresarios locales tienen una manera de narrar sus orígenes, una tradición oral ante la que los historiadores frucen un poco el ceño antes de darla por buena. La leyenda dice así: en el valle solo crecen almendros y olivos, y era muy dificil ganarse la vida en el campo y alimentar a la familia. La gente empezó a aprovechar lo único que les sobraba en invierno: la nieve. "Cavaban pozos donde compactaba la nieve con paja para hacer hielo y luego lo vendían el resto del año. Con el tiempo empezaron a añadirle sabores y producir helados, que se hicieron muy famosos en toda España. De hecho, en muchas ciudades y pueblos hay todavía heladerías La Ibense, que tampoco pertenecen a un mismo dueño, sino a familias originarias de Ibi. ¿Pero que tiene que ver esto con el juguete? Pues les hacían falta recipientes para los helados y algunos los empezaron a fabricar en sus propios talleres. De la hojalata de envasar helados nacería con el tiempo la mayor industria juguetera de España.

Los historiadores que han documentado el periodo dicen que fue más o menos así, aunque se ha novelado la causa-efecto de algunos hechos para hacerlo todo más redondo. En cualquier caso, de la pionera Payá Hermanos al gigante que llegó a ser Famosa, es totalmente cierto que desde el valle se dominó la industria juguetera durante décadas. El 'boom' económico se produjo, en realidad, en aquellos años. Por ejemplo, entre 1960 y 1980, la población de Ibi se triplicó, atrayendo miles de inmigrantes de Ciudad Real, Huelva y de otras comarcas de la Comunidad Valenciana. Después llegaron los problemas. "La zona lo pasó mal con las crisis de los años setenta y ochenta, pero el sector juguetero, basado en el plástico como materia prima, tenía relativamente fácil reinventarse en campos como la inyección de plásticos y la matricería, que son aptos para muchos otros sectores de consumo o de procesos industriales”, explica José Ramón Valero, profesor de la Universidad de Alicante, residente en Ibi y autor de varios libros sobre la historia de la zona y la industria del juguete.

Una de las viejas naves de famosas, hoy reconvertida en almacenes para otras empresas de Onil.
Una de las viejas naves de famosas, hoy reconvertida en almacenes para otras empresas de Onil.

La familia Miró y sus socios, por ejemplo, transformaron su fábrica de tubos para triciclos y carritos de juguete en una siderurgia (Grupo Bornay) que actualmente da servicio a varias multinacionales del automóvil, produciendo desde tubos de escape a varillas para los reposacabezas. Tienen 160 trabajadores y máquinas enormes para cortar y tratar el metal que cuestan varios millones de euros cada una. “Solemos tener problemas para cubrir puestos que requieren mano de obra cualificada, como determinados perfiles de FP e ingenieros. Aquí no abundan y no es fácil traerlos de fuera, convencerlos de que se vengan a trabajar a una empresa familiar en el interior de Alicante”, comenta Toni Miró, tercera generación al frente.

Este tejido de empresas familiares ha resistido la recesión mucho mejor que otras áreas industriales que en principio podían pensarse mejor preparadas. “El prestigio social se mide mucho aquí por las empresas que tienes, más que por las propiedades o el dinero”, comenta Torrente. “Así que cuando llegó la crisis, solo cerraron los que ya andaban mal. El resto aguantaron como pudieron. Si en tu fábrica trabajan tus primos, tus cuñados, tus amigos, tus tíos.... Es un drama social gordo si tienes que echarlos. La gente hace lo que puede para evitar cerrar. Si tienen que perder dinero unos años, lo pierden”.

Mejor en familia

Las empresas en la comarca son tan variadas y están tan imbricadas con el tejido social que resisten los golpes con una red invisible, cooperando cuando es necesario y buscando proveedores y clientes entre ellas. “Últimamente han venido varias grandes, de fuera, comprando cosas aquí. Que inviertan nos parece bien, pero no queremos que crezca demasiado porque cuando desvinculas a la empresa del territorio, te quedas a merced de decisiones que se toman fuera. Si las cosas se deciden fuera del pueblo y piensan que les van a ir las cosas mejor en Marruecos, pues se van. Mientras que las familias del pueblo es muy difícil que hagan eso", dice Torrente. Todos tienen en la retina lo ocurrido con Famosa, que se fue llevando la producción al extranjero y, finalmente, trasladó a Alicante lo poco que quedaba. Hoy, en las instalaciones de la mítica fábrica que daba trabajo a todo Onil, hay almacenes, un bazar chino y un supermercado. Al pueblo le ha costado mucho recuperarse, pero ya vuelve a estar en pie, produciendo.

Una de las naves del complejo industrial de Famosa.
Una de las naves del complejo industrial de Famosa.

Circulan muchas anécdotas y refranes sobre la dedicación al trabajo y habilidad fabril de los habitantes de la zona. Cuentan, por ejemplo, que un grupo de jóvenes consiguieron falsificar miles de monedas de 500 pesetas a finales de los años 80. “Los atraparon a ellos, pero las monedas nunca pudieron sacarlas de circulación de lo bien hechas que estaban”. También narran esa otra historia de un empresario al que le llegó una carta de un cliente extranjero. “El señor se compró un diccionario de inglés para traducirla entera. Y lo hubiese conseguido, pero la carta estaba en alemán”.

"Cuando desvinculas a la empresa del territorio, te quedas a merced de decisiones que se toman fuera"

“Además de la iniciativa empresarial”, dice Valero, “aquí el poder político siempre ha sido muy receptivo a las necesidades y ha existido un buen clima de colaboración. Por otra parte, y eso es muy importante, durante mucho tiempo funcionó el ascensor social que, por ejemplo, ha hecho que muchos industriales hayan sido previamente obreros o que muchos nuevos empresarios sean hijos de quienes protagonizaron el éxodo rural del final del franquismo”.

'Chill out' y un huerto

“Todos los municipios buscan su gallina de los huevos de oro. Nosotros la tenemos aquí”, desliza Torrente. Las voces más críticas sólo cuestionan los salarios no cualificados, que no son superiores a la media de la zona -aunque la tasa de paro es menor-. También se plantean qué ocurrirá si no se consigue dar el salto hacia modelos que no solo aporten piezas sueltas en la cadena de valor globalizada, ya que la abrumadora mayoría de lo que se fabrica en Ibi se vende a otras empresas, no a distribuidores ni clientes. "El salto consistiría en convertirnos en fabricantes de productos finalistas, en que el producto de Ibi llegue al consumidor", comenta Torrente. “Esta adaptación”, concuerda Valero, “pasa por integrar el conocimiento y acoger al talento. Eso tiene unos requisitos que no sé si todos estarán dispuestos a afrontar. Por ejemplo, pagar salarios más competitivos, aceptar que los mejores para la renovación de la empresa no siempre son los familiares…”.

La primera en invertir fuerte para dar el salto ha sido Actiu, una empresa de muebles para oficina de Castalla que vende en 95 países, tiene 420 empleados y ha construido un parque tecnológico que imita los 'headquarters' de las grandes compañías tecnológicas americanas, con huertos propios, un sistema de riego sostenible, la instalación fotovoltaica sobre una nave más grande de Europa, luz natural, fruta fresca, un diseño orientado a que la gente se mueva sin pausa, una terraza ‘chill out’ para los trabajadores

Soledad Berbegal frente al almacén del parque tecnológico de Actiu.
Soledad Berbegal frente al almacén del parque tecnológico de Actiu.

“Hay un cambio cultural al respecto y lo tenemos muy en cuenta al diseñar los espacios amueblados, que es nuestro servicio”, dice Soledad Berbegal, directora de comunicación e hija del dueño. “Si estamos convencidos de esa idea, tenemos que aplicarlo en nuestra empresa, donde además estamos atrayendo mucho talento. Están viniendo a trabajar con nosotros profesionales de Madrid, encantados de huir de la gran ciudad e instalarse en un sitio tan tranquilo como este y cerca del mar”.

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