POR LOS CORTES Y ATAQUES A CONDUCTORES DE VTC

Madrid se harta del taxi: "Nos estamos explicando como el culo"

La forma en que han llevado la comunicación es una catástrofe solo comparable a la del 98. Los madrileños han visto pinchar neumáticos, romper cristales y aterrorizar a turistas

Foto: Pintada de unos taxistas cerca de Ifema. (EFE)
Pintada de unos taxistas cerca de Ifema. (EFE)
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Calle Génova, Madrid, mediodía de este lunes. Miles de taxistas se manifiestan frente a la sede del Partido Popular en el octavo día de protestas por el conflicto con los VTC. Han cortado la calle. Llevan pancartas, banderas autonómicas y un ‘speaker’ que lanza constantemente soflamas que suelen empezar conla “compañeros” y acabar con “vergüenza”. Algunos, como Plácido el bombero, queman el carné del PP ante las cámaras. Otros, con bengalas y pitos, marcan la línea ofensiva frente al cordón policial. Estos guardianes del muro son cruciales porque, en cuanto la multitud se despista, la Policía avanza las vallas y abre un carril para los coches.

Aunque los miembros del PP lamentan en las redes sociales que no pueden salir de la sede por el acoso de los taxistas, en realidad es pura impostura: la Policía ha cerrado desde primera hora el acceso a Zurbano, la ‘otra’ calle del edificio de Génova, que a la postre es la única importante. En Zurbano es donde están las dos entradas al garaje y por allí entran y salen los políticos a su antojo. Si no miran, ni se enteran de que hay una manifestación frente a su sede.

En torno a 150.000 familias, el 5% de los madrileños, viven directamente del taxi

En Zurbano, detrás del cordón, dos señoras con abrigos elegantes observan el gentío. Son madre e hija. La joven le repite a la mayor, ya con el oído cansado, lo que dice la voz del megáfono: “Se están metiendo con Garrido, madre, el de la comunidad”. “¿Hijoputa ha dicho?”, le responde la madre, entre asustada y sorprendida. Lo ha dicho, y su hija se lo confirma. “¡Qué barbaridad! Con lo que yo he querido a los taxistas. Que te diga mi hija, si hemos estado yendo a Estepona con el mismo taxista 30 años. ¿Luis se llamaba? Qué pena ver esto”, dice la señora, en torno a 80 años, detrás de sus gafas de sol ‘cat eye’.

Los madrileños tienen una íntima relación con sus taxistas. Llevan en la ciudad casi desde la fundación, a finales del XVI, cuando eran carros de mulas en alquiler. Hoy, en torno a 50.000 vecinos viven directamente del taxi. Así, no hay madrileño que no pueda contar tres anécdotas positivas y otras tres negativas con un taxista. Van desde al que salvaron de un atraco hasta el que se dejó el móvil en el asiento de atrás y nunca más supo de él, pasando por partos, discusiones, vomitonas en la tapicería y algún que otro ‘simpa’.

Los taxistas no son como los controladores aéreos o los mineros, gremios que arquean las cejas del ciudadano cuando salen en el periódico. A los taxistas en Madrid se los ama y se los odia por igual, solo depende del momento histórico a tratar.

En este momento, podría decirse que los madrileños están hartos de sus queridos taxistas.

Y lo peor es que los taxistas tienen al menos gran parte de razón. “Solo pedimos que se cumpla la ley que establece que debe haber un VTC por cada 30 taxis”, dice Rafa, de 48 años y natural del barrio de la Estrella. Con él y otros seis compañeros “del rosco”, en relación al volante que les da de comer, caminamos entre Génova y Sol, donde se celebraba otra concentración a las cinco de la tarde. Rafa explica que no hay intención de cumplir el ratio porque se han seguido otorgando licencias después de que se aprobase el reglamento legal, aun cuando en estos momentos la relación entre taxistas y VTC es de siete a uno. “Y si no nos echamos a la calle seguiría bajando el ratio, porque los de siempre han visto que es un gran negocio”, dice. Los de siempre en realidad son los de ahora. “Estos son”, exclama Rafa señalando una fotocopia que va pegando en las paredes y en la que se puede ver al exministro De la Serna, al banquero Jaime Castellanos o al inversor Bernardo Hernández, todos ellos denunciados como grandes poseedores de licencias de transporte privado.

El cartel que los taxistas han ido pegando por todo Madrid. (EC)
El cartel que los taxistas han ido pegando por todo Madrid. (EC)

Cara a cara, el discurso de los taxistas es difícilmente reprochable. Frente al proteccionismo del que les acusan, muchos admiten como solución la tabla rasa, empezar de cero a legislar, ya que los jugadores han cambiado. No cierran la puerta a convivir con las VTC, pero quieren unas reglas para todos y recuerdan que habría que gastar mucho dinero público en indemnizaciones. “A la mayoría no les servía el modelo de Barcelona, y hoy te lo compra la mayoría de compañeros. Vamos adaptándonos a esta lucha”, dice Rafa.

Los vecinos de Chamberí contemplan silenciosos el paso de la fila de taxistas caminantes. Nadie les reprocha, quizá porque reprochar a una manada de conductores embravecidos es incompatible con la vida, pero sorprendentemente solo dos personas les jalean en un recorrido de media hora. Uno grita consignas contra “los americanos” y los taxistas lo celebran como si de un gol se tratase. A su paso, las televisiones de los bares de Fuencarral muestran a otro taxista, de abrigo naranja y gorro calado, marcarse un piscinazo en plena Castellana. Fingía haber sido agredido por un Policía Nacional. No lo emiten en el telediario, sino en un programa cómico de sobremesa, con los presentadores imitando los gestos del VAR futbolero.

La forma en que los taxistas han llevado la comunicación de esta huelga es una catástrofe solo comparable a la del 98. En los últimos ocho días, los madrileños han visto a sus conductores lanzarse sobre otros coches, pinchar neumáticos de ciudadanos cualquiera, romper los cristales del vehículo donde viajan sus hijos y aterrorizar turistas en el aeropuerto. También han encontrado un hueco, en plena vorágine de descrédito, para ofender a la comunidad homosexual a costa del ministro de Interior.

“Nos estamos explicando como el culo, no te lo voy a negar, pero es que también los medios os quedáis siempre con las hostias y las bengalas. Yo llevo desde las cinco de la mañana acampado en el paseo del Prado; he dormido en el coche y solo me he comido un sándwich de Rodilla. Y aquí estoy, sin haberme metido con nadie ni haber roto una miserable papelera. Pero aquí somos muchos, cada uno de su padre y de su madre, con opiniones distintas, con y sin jefe… Esto no se puede organizar como una empresa, que solo tiene un portavoz muy formalito”, concluye Rafa llegando a la manifestación de Sol.

Aquí cada uno es de su padre y de su madre, esto no se puede organizar como una empresa

En esta época en que lo emocional prima sobre el dato, incluso los principales valedores del taxi están comenzando a abandonar la causa. Miguel Ángel Revilla, presidente de Cantabria y conocido filántropo del taxi español, ha insistido en varias ocasiones durante la última semana en que, por mucha razón que tuviesen, las tácticas empleadas, cercanas a la violencia, estaban deslegitimando el mensaje. Mucho más allá ha ido el periodista Federico Jiménez Losantos, antaño niño bonito del dial taxista, que pese a declararse “un fanático del taxi”, estos días se ha referido a ellos con calificativos como gánsteres, salvajes y chantajistas.

Las protestas se desinflan

Perder la batalla por la opinión pública hace mella en las protestas. La Comunidad de Madrid está manteniendo una posición dura en este conflicto, en parte, porque sabe que cuenta con el apoyo de la mayor parte de los ciudadanos. También les duele leer en redes sociales insultos constantes, y hay debates internos para entrar o no al trapo en esas ocasiones. Por si fuera poco, la creciente politización de la cuestión del taxi está resquebrajando el grupo, ya que muchos no se sienten representados por Podemos, el único partido con un discurso abiertamente favorable. Y para colmo Manuela Carmena, su principal asidero, se ha puesto de lado en este asunto.

Este lunes por la mañana, en Castellana, el ministerio del Interior contabilizó entre 600 y 700 matrículas de huelguistas, apenas el 5% de la capacidad de movilización del taxi.

Por eso en Sol, más que reivindicaciones, el ‘speaker’ lanza consignas de unidad. Les dice que el final está cerca y que es el momento de dar lo que les quede. “Estamos cansados, compañeros, pero si ahora nos rajamos esto no ha valido para nada”, repite. Es un momento de relax: mientras unos grupitos charlan con la prensa, presente en todos los tamaños y colores, otros comentan el fichaje de Morata o increpan a Garrido. Se comen el bocata y guardan fuerzas para marchar al Palacio de los Deportes, donde van a celebrar una reunión y, acto seguido, procederán a seguir liándola por Madrid. Pero antes, en esta época en que lo emocional prima sobre el dato, todos guardaron un minuto de silencio por el niño que se cayó en un pozo.

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