comenzó en apple en 1983

La publicista que convirtió al Mac en objeto de deseo: "Jobs me despidió varias veces"

Las lecciones que aprendió gracias a él le fueron de gran ayuda en su carrera y le abrieron muchas puertas, porque todas las empresas "querían hacer lo que él había hecho"

Foto: Andy Cunningham trabajaba para la firma de relaciones públicas encargada del lanzamiento del Macintosh. (Andy Cunningham)
Andy Cunningham trabajaba para la firma de relaciones públicas encargada del lanzamiento del Macintosh. (Andy Cunningham)

"IBM quiere todo y apunta sus armas al último obstáculo para el control de la industria, Apple. ¿Dominará el gigante azul toda la industria informática? ¿Toda la era de la información? ¿Estaba George Orwell en lo cierto?". El 24 de enero de 1984, Steve Jobs pronunciaba esas palabras con un tono dramático en el Flint Center de Cupertino. En la pantalla, una deportista lanzaba un martillo para destruir al Gran Hermano. '1984', aquel mítico anuncio presentado en la Super Bowl unos días antes, precedió al momento en que Jobs mostró al mundo su innovadora creación: el primer Macintosh.

Andrea ('Andy') Cunningham también había trabajado duro para ese lanzamiento. Así que, cuando volvió a casa después de esa junta de accionistas, se alegró al escuchar cómo en la radio se hacían eco de las palabras que había escrito sobre aquel "ordenador personal sofisticado y de precio accesible, diseñado para empresarios, profesionales y estudiantes", según rezaba la nota de prensa.

"Me encantaba Apple, me encantaba Steve Jobs. Era exigente, pero logró que hiciera mejor lo que hacía. Estaba cambiando el mundo y pude ayudarle", rememora Cunningham en su charla con Teknautas. Trabajaba entonces como ejecutiva de cuentas para la firma de relaciones públicas de Regis McKenna, un reputado experto en 'marketing' que había colaborado con Jobs desde los comienzos de Apple.

Su compañera Jane Anderson y ella desarrollaron una ambiciosa campaña de lanzamiento para conquistar a los medios y contribuyeron a que difundieran una y otra vez aquel distópico anuncio dirigido por Ridley Scott. Durante cuatro meses, invitaron a un centenar de periodistas que consideraban influyentes a descubrir el Macintosh en persona.

Cada reportero disponía de seis horas para charlar con Steve Jobs, John Sculley (el por entonces CEO de Apple) o con parte del equipo. Además, tenían la oportunidad de sentarse delante del Macintosh y experimentar con él. "Estaban hipnotizados y sus ojos brillaban. Se involucraban con el producto, y eso era exactamente lo que queríamos", recuerda Cunningham.

Estaban convencidos de que los periodistas debían usar su ratón y desplazarse por su innovadora interfaz gráfica para sentir la magia. El malogrado Apple Lisa ya incluía esos atributos previamente (Jobs los diseñó partiendo de los que vio en Xerox PARC), pero el innovador 'software' de aquel pequeño Macintosh, que tan solo tenía 128 kilobytes de memoria RAM, o el hecho de que costara la cuarta parte que su predecesor (2.500 dólares, unos 5.000 euros teniendo en cuenta la inflación) eran las bazas de la firma de la manzana mordida para intentar conquistar de nuevo a los medios y al mercado.

Cumpliendo los deseos del obsesivo Jobs

"Rara vez me emociono con un nuevo ordenador. Pero el Macintosh de Apple, presentado oficialmente el pasado martes, ha empezado una fiebre en Silicon Valley de la que es difícil no contagiarse [...] En el momento en que puse mis manos sobre el pequeño ordenador y su omnipresente ratón, me enganché".

El periodista Larry Magid describía con esas palabras en 'Los Angeles Times' el ordenador con el que la firma de la manzana mordida pretendía hacer frente al IBM PC tras "perder la primer batalla" con el Lisa, como recalcaba 'The New York Times'. 'Newsweek' o 'Rolling Stone' fueron algunos de los medios que publicaron extensos reportajes sobre el lanzamiento.

La interfaz gráfica y el ratón eran dos de los atractivos del pequeño Macintosh. (Wikimedia Commons)
La interfaz gráfica y el ratón eran dos de los atractivos del pequeño Macintosh. (Wikimedia Commons)

Cunningham comenzó a trabajar en Apple para conseguir ese impacto allá por 1983. Durante meses, llegaba a Cupertino a las siete de la mañana y se quedaba allí hasta "las 11 o las 12 cada noche". "Estaba apasionada por el producto y apasionada por trabajar con Steve Jobs y tener esa oportunidad", recuerda. Todo el equipo trabajaba duro, y hasta los desarrolladores llevaban una camiseta con el lema ‘90 hours a week and loving it!’ (¡90 horas a la semana y disfrutándolo!).

La pasión era uno de los criterios de Jobs para fichar a los artífices del Macintosh, según él mismo contó a Cunningham. Algunas veces, llevaba a un candidato a una sala y le mostraba un prototipo del Mac. "Él decía, 'si sus ojos empezaban a brillar, sabía que era la persona correcta para mi equipo'. Era algo asombroso, quería contratar a gente que estuviera apasionada por el producto".

Pese a que trabajar mano a mano con él fue una experiencia positiva y aprendió mucho del "genio del 'marketing", no siempre era fácil lidiar con la obsesión por los detalles y el carácter de su jefe. Ella misma desveló un episodio que lo demuestra en 'Steve Jobs', la biografía de Walter Isaacson.

Aquel enero de 1984, Jobs realizó otra ronda de entrevistas en el lujoso hotel Carlyle de Nueva York. El equipo llegó la noche anterior y Jobs se empeñó en que había que redecorar la 'suite' por completo: debían colocar el piano en el lugar correcto y adornar la sala con otras flores, ya que él decía querer calas. Cunningham, que tenía que encargarse de todos los detalles, acabó discutiendo con él por ese tema, y Jobs llegó a llamarla "estúpida" por no saber cómo eran.

"Cuando me estaba chillando sobre las flores, sabía que estaba equivocado porque yo me acababa de casar y tenía calas en mi boda", recuerda Cunningham entre risas. Armada de paciencia, buscó los brotes que Jobs deseaba a medianoche. "Era extremadamente meticuloso con el entorno, creía que el entorno tenía una influencia muy profunda en el entendimiento y la pasión por el producto".

En ocasiones, Jobs arremetía incluso contra el atuendo de Andy. La noche anterior a una sesión de fotos para una importante revista económica, la experta en relaciones públicas entró a su despacho para recordarle la cita y recomendarle que llevara un atuendo apropiado. Sentado en el suelo y con los pies descalzos situados sobre la mesa, Jobs le dijo que no pensaba ponerse “algo estúpido” como lo que ella llevaba encima. "Estaba insultando mi ropa, pero le ignoré y dije: 'Steve, si queremos posicionar el Macintosh como un ordenador orientado a los negocios, ayudaría mucho que vistieras de forma un poco más ejecutiva".

Según Andy, Jobs "nunca pedía disculpas" y en contadas ocasiones daba las gracias si algo salía bien. Cuando se pasaba de la raya con sus comentarios, los trabajadores se limitaban a centrarse en lo que estaban haciendo, conscientes de que era una persona "muy emocional cuando algo le enfadaba" y de que su único objetivo era, en realidad, desarrollar el mejor producto. "La mayoría de nosotros le ignorábamos, era parte de lo que tenías que hacer para tratar con él. No hería tus sentimientos realmente, porque la recompensa era tan grande…".

Pese a aquel intenso trabajo, lo cierto es que el primer Macintosh no fue el éxito comercial que esperaban, al menos en los primeros meses. Según la obra de Walter Isaacson, Jobs culpó al precio del ordenador de las bajas ventas: Sculley decidió que tenían que aumentarlo considerablemente en el último momento, debido al elevado coste de la campaña publicitaria. Los fallos provocados por la ausencia de ventiladores —el Macintosh fue apodado la “tostadora beis”— tampoco aumentaron su popularidad.

El ordenador de Apple no reemplazaría al IBM PC, por lo que Cunningham y su equipo tuvieron que reorientar la campaña. Aunque habían intentado posicionarlo como el ordenador “para el resto de nosotros”, se dieron cuenta de que era el ordenador "para los mejores de nosotros". Por eso, comenzaría a aterrizar en las empresas a través de los departamentos creativos.

Trabajar en Apple abrió muchas puertas a Cunningham. (Andy Cunningham)
Trabajar en Apple abrió muchas puertas a Cunningham. (Andy Cunningham)

"Fuimos capaces de crear conocimiento global y pasión por el producto [...] Lo que necesitas cuando lanzas algo revolucionario como esto es un mercado que sea paciente", defiende esta experta en relaciones públicas. Pese al indudable legado que dejó aquel Macintosh, el primero de muchos, Steve Jobs salió de la compañía que había cofundado unos meses después de su lanzamiento.

De Apple a NeXT… y a trabajar con gigantes

John Sculley convenció a los inversores para que despidieran a Steve Jobs en 1985, lo que dejaba a Cunningham en el "lado equivocado de la ecuación política" dentro de Apple. Aquel despido la animó a montar su propia empresa de relaciones públicas. Sin embargo, su camino no se separó del de Jobs en ese momento.

Pocas semanas después, el cofundador de Apple la llamó para decirle que pensaba organizar una rueda de prensa en su propia casa para lanzar su nueva empresa de informática, NeXT, aun sin tener ningún producto listo. Su único objetivo parecía ser arremeter contra Sculley, así que Cunningham le disuadió. "Le dije: 'Steve, no estás listo para lanzar una nueva compañía y no deberías hablar de Apple en esos términos, debes reconsiderarlo".

Cunningham continuó trabajando para Jobs en NeXT y en Pixar, tras comprársela a Lucasfilm. "Esa fue la situación en que él me despidió varias veces", apunta. Esta experta en comunicación y 'marketing' recuerda especialmente la primera ocasión en que el visionario decidió prescindir de sus servicios diciéndole que no estaba haciendo un buen trabajo.

Cunningham nos cuenta que le reclamó entonces los 35.000 dólares (unos 70.000 euros al cambio actual, teniendo en cuenta la inflación) que le debía. "No voy a pagarte porque tu trabajo no merece la pena" le replicó Steve Jobs. Desolada, decidió llamar a su exjefe Regis McKenna. Este le dio un buen consejo. Debía negociar con Steve Jobs con algo que solo ella tenía: contactos y buena relación con la prensa.

Jobs despidió en varias ocasiones a Cunningham e incluso pretendió no pagarle por sus servicios. (A. C.)
Jobs despidió en varias ocasiones a Cunningham e incluso pretendió no pagarle por sus servicios. (A. C.)

Tras conseguir concertar otra reunión con él, le puso las cartas sobre la mesa. "Tengo entre 30 y 40 llamadas de periodistas a la semana preguntándome por ti y sobre qué tipo de hombre eres a la hora de trabajar, y siempre intento decirles cosas buenas", le espetó. Jobs le extendió un cheque para saldar sus deudas. Es más, volvió a llamarla y a despedirla en diferentes ocasiones en tres años. La última vez que contactó con ella, se vio obligada a rechazar su propuesta: uno de sus clientes era competencia directa.

Nunca volvió a trabajar con Steve Jobs, pero las lecciones que aprendió gracias a él le fueron de gran ayuda en su carrera y le abrieron muchas puertas, porque todas las empresas "querían hacer lo que él había hecho". De hecho, ha conseguido tener entre sus clientes a numerosas empresas tecnológicas, como Cisco, HP o IBM.

Desde hace unos años, lleva las riendas de su última empresa, Cunningham Collective, una firma de 'marketing' y comunicación estratégica. Además, acaba de publicar un libro sobre esas materias, 'Get to Aha!: Discover Your Positioning DNA and Dominate Your Competition'. A día de hoy, Andy Cunningham sigue de cerca los movimientos de Apple. "Con Tim Cook, la compañía se está alejando de su esencia visionaria para ser más una empresa mecánica, como yo las califico, o un empresa orientada a producto", opina.

Su paso por la firma en los años ochenta quedó inmortalizado en la gran pantalla (la actriz Sarah Snook la retrató en ‘Steve Jobs’, el filme dirigido por Danny Boyle) y ella aún sigue recordando a aquel jefe malhumorado que tanto le enseñó. "Estaba en el lugar adecuado y en el momento adecuado. Fue increíble y cambió mi vida completamente. Para mejor".

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