sí, tu compañero de trabajo también puede ser un acosador

Diario de un acosador 'online': "Esa sonrisa te la voy a romper con un bate de béisbol"

¿Alguna vez has pensado quién está tras ese Twitter que acosa e insulta a todo el mundo? No te confundas, no es ningún psicópata, sino una persona normal y corriente, como tu amigo o tu familiar

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En su faceta profesional, Javi (nombre ficticio) trabaja en un reconocido bufete de abogados de la capital. Lo que quizá no sepan en su trabajo es que, además, su empleado es uno de los tuiteros más polémicos de nuestro país. Y su perfil es anónimo.

En los más de seis años que lleva registrado en Twitter, Javi ha conseguido más de 10.000 seguidores. A ellos los ha lanzado en ocasiones a unirse a sus ataques hacia mujeres del ámbito político, profesionales de varios sectores y, especialmente, activistas y feministas. Es medianamente prudente y no recurre al ataque o insulto agresivo, sino a la burla y el posible acoso: ha hecho comentarios sexuales insistentes a Rita Maestre, ha ridiculizado a periodistas españolas e incluso ha compartido montajes fotográficos a partir de las fotos privadas de tuiteras con las que ha cosechado enemistad. En los últimos meses, Javi ha rebajado su tono: es un tuitero irónico, crítico y seguramente molesto, pero ya no suele ir más allá. Es por eso que este periódico ha decidido no revelar su perfil de Twitter.

El acoso en redes sociales no es nuevo, pero se ha vuelto tan recurrente que ha acabado llegando hasta el 'prime time'. Tanto que el programa Salvados de este domingo rescata una grave situación que en las redes sociales ha encontrado un efecto multiplicador: la vejación, los insultos e incluso las amenazas anónimas y sin apenas consecuencias legales.

"Anda que no te queda por mamar rabo"

La sutileza de Javi contrasta con la agresividad de Jonas, quien parece tener el gatillo fácil a la hora de insultar a personas de relevancia pública: ha mandado 'a mamar rabo' al periodista Julián Ruiz, al que también ha llamado 'bastardo' y 'degenerado'. Además, ha insultado a Gerard Piqué y toda su familia y llamado 'zorra' a Rita Maestre.

Pero no se acaba ahí la cosa, ya que a Jonas tampoco parece caerle demasiado bien el independentismo catalán: en este tiempo ha llamado 'hijo de puta' y 'malparido' a Carles Puigdemont y 'bastarda' a Marta Pascal, la coordinadora general del PdeCat.

En la misma tónica se mantiene Dolores: prácticamente el 100% de sus publicaciones en Twitter son para insultar a personajes televisivos. Ha tenido para todos: ha llamado 'gilipollas' al periodista Jesús Maraña y 'zorra' a Belén Esteban. También parece tener ciertos problemas con los homosexuales.

La lista podría ser infinita: a Ana Pastor la amenazan con una violación, a Rita Maestre la llaman 'zorra', al periodista Francisco Marhuenda 'chupapollas, lameculos e hijo de puta', a María Dolores de Cospedal 'zorra mayor de Castilla' y un larguísimo etcétera que parece haber encontrado una suerte de barra libre en las redes sociales.

Anónimos y (casi siempre) impunes

En la mayoría de casos los personajes públicos de nuestro país han asumido una cuestionable realidad: poco o nada pueden hacer ante este hilo infinito de insultos, vejaciones o incluso amenazas. Siendo prácticos, casi resulta más sano bloquear a este tipo de usuarios que intentar denunciarlos.

Eso fue lo que le pasó a la periodista Ana Pastor. Tras varios meses de sufrir una lluvia de insultos (no tardaremos mucho en encontrar uno, dos, tres y hasta cuatro), decidió acudir a la Policía. Ella misma recopiló y publicó tuits con amenazas, algunas con frases como (sic) "Esa sonrisa de puta mierda y esos ojos cambaos que tienes te los voy a romper con un bate de béisbol, luego te arrancaré la cabeza, puta asquerosa":

¿La respuesta a su caso? "'Puta' no es un insulto", concluyó el juez que evaluó su denuncia.

En ocasiones hay casos que sí prosperan, aunque todos tenían un denominador común: los trols ya no estaban en Twitter, sino que pasaron a la vida 'offline'. Es lo que les pasó a las periodistas Lara Siscar y América Valenzuela, que sufrieron dentro y fuera de las redes sociales el acoso y las amenazas sistemáticas de algunos usuarios. En el caso de Valenzuela, su acosador llegó a seguirla por la calle hasta que, en mayo de 2015, le fue impuesta una orden de alejamiento.

Pero estos casos son excepcionales: la mayoría de veces, los acosadores no solo no sufren las consecuencias legales de sus actos, sino que ni siquiera son identificados. La identificación de un usuario anónimo de Twitter solo parece entretenida cuando, además del acoso, hay un componente ideológico de por medio, como en el caso de José Miguel Aspas, el alcalde del PP que se ocultaba tras el usuario de Twitter @JosPastr.

"Una cosa es troleo y otra es acoso"

En el imaginario colectivo, a menudo llamamos 'troleo' a este tipo de prácticas, concediéndoles una importancia mínima o, como poco, limitada. Para la periodista y activista Jessica Fillol, que está acostumbrada a este tipo de ataques, no se deben mezclar conceptos.

"El troleo es un tipo de ironía, de sarcasmo, en ocasiones incluso de diversión, de ver hasta dónde puedes llevar a una persona para sacarla de sus casillas", asegura. "Es un divertimento cuestionable, pero puntual: puede durarte una o dos tardes, pero tiene su fin".

El troleo es cuestionable, pero puntual; el acoso es mucho más grave y afecta a la vida privada de la persona acosada

Sin embargo, "el acoso es algo mucho más serio. Tiene una duración mucho más prolongada en el tiempo, te obsesionas con una persona, se te pone entre ceja y ceja y la acosas constantemente: entras en su vida personal, te enteras de todo lo que hace y vas a por ella. El troleo puede ser cuestionable, pero no más; el acoso es mucho más grave y afecta a la vida privada de la persona acosada".

La abogada Ruth Sala nos da dos ingredientes para identificar el acoso: los ataques deben ser "insistentes y reiterados" y "han de provocar una alteración grave del desarrollo de la vida cotidiana" de la víctima".

¿Es delito que alguien incite a sus seguidores a machacar a otro? ¿Cuál es el delito? ¿Contra quién tiene que ir la víctima?

Además, "deberán tener como objetivo alguna de las acciones del artículo 172 ter del Código Penal": que el acosador "vigile a la víctima, la persiga o busque su cercanía física; establezca o intente establecer contacto con ella, haga que terceras personas se pongan en contacto con ella” o “atente contra su libertad o contra su patrimonio, o contra la libertad o patrimonio de otra persona próxima a ella".

Por otro lado, la abogada lanza una nueva tipología que debería ser tenida en cuenta: "¿Es delito que una persona con un tuit incite a sus cientos de miles de seguidores a machacar a otra? ¿Cuál es el delito? Incitación al odio no, porque el artículo 510 del Código Penal va vinculado a determinados parámetros como la etnia, religión, política, condición sexual... ¿Contra quién tiene que ir la víctima? Contra el incitador del troleo? Para mí hay debate".

Ataques masivos: el 'linchamiento digital'

En los últimos años, la popularización de las redes sociales ha traído consigo otro posible concepto: el linchamiento digital o ataque colectivo hacia una sola persona o empresa, por lo general del ámbito público. En ello se ha especializado el autor del libro 'Arden las redes' y columnista de este periódico Juan Soto Ivars: "El linchamiento digital produce una poscensura que afecta no solo al linchado: cuando este tipo de movimientos son tan frecuentes, cualquier otra persona se acobarda a la hora de manifestar sus opiniones. Y eso polariza el debate público y lo perjudica".

En su opinión, eso sí, "hay que diferenciar si se trata de una persona pública o no. En el caso de la mujer que deseó una violación a Inés Arrimadas, la despidieron en dos horas. En el caso de una gran figura, lo más probable es que no le despidan y las críticas incluso no le afecten en absoluto". Sin embargo, puede haber unas consecuencias tapadas: "Habrá personas que estén de acuerdo con el linchado y se lo digan de manera privada, pero no pública, porque temen las consecuencias de mostrar ese apoyo ante los demás".

El linchamiento digital produce una poscensura que polariza el debate público y lo perjudica

En cualquier caso, Soto Ivars no pone el foco tanto en el linchado cuanto en el linchador: "Para mí lo más importante no son las consecuencias que sufra la gran figura, sino la libertad que siente el 'mindundi' para decir cualquier cosa que se le ocurra. Da igual que sean Javier Marías o Barbijaputa: el linchamiento hace que cualquier persona a la que le caigan mal Javier Marías o Barbijaputa sienta esa libertad de hacer lo que quiera".

Jessica Fillol lo ve de distinta manera: "A algunos como a Pérez-Reverte, Javier Marías o el propio Soto Ivars les encanta jugar el papel de 'soy un enfant terrible, me quieren linchar', pero los artículos y la visibilidad de estas personas tienen mucho más alcance que el que puede tener la gente que les critique. No se puede llamar a eso linchamiento cuando las personas que les critican están ejerciendo la misma libertad de expresión que ellos mismos, pero con muchísima menor repercusión".

Van con ese discurso de 'enfant terrible', pero ninguno ha perdido un trabajo por sus opiniones

Fillol, por tanto, no está demasiado de acuerdo con la filosofía de este concepto: "Es la actitud típica de quien nunca hasta ahora se había visto cuestionado y no distingue crítica de censura, ni argumento de ataque. Pueden ir con ese discurso de 'Me quieren callar, me quieren censurar', pero se pueden contar con los dedos de una mano los que han perdido un puesto de columnista por sus opiniones, y a quienes les ha ocurrido es porque en su última columna, creyéndose a salvo por la impunidad de la que habían gozado hasta el momento, estaban realmente pasados de rosca".

Sin embargo, "si yo mañana opto a un nuevo puesto de trabajo y mi jefe me busca en Google, sí estaré marcada por culpa de quienes han escrito sobre mí en foros y blogs que estoy loca, que soy una histérica amargada, desquiciada o problemática, entre otras muchas barbaridades. Y eso se sale de los márgenes de crítica legítima y de la libertad de expresión".

Y es que "la posición social modifica la relevancia del acto", asegura a este periódico el neurólogo y profesor de la Complutense Javier Cabanyes Truffino. "Cuanto más desprotegida está la persona que lo sufre, más grave es el acto de denigrar o atemorizar. Cuanto más poder (físico, penal, político, social, etc.) tiene quién lo lleva a cabo, más grave es su acción. Cuantas más consecuencias (psicológicas, sociales, profesionales, políticas, económicas, etc.) tiene en quien lo sufre, más grave es el insulto o el acoso".

Los matices, por tanto, pertenecen a cada cual, pero el diagnóstico general parece evidente: si toda la vida ya se hna producido críticas, ataques o incluso acosos de todo tipo, el auge de las redes sociales ha traído consigo un efecto multiplicador que, por desgracia, va dejando víctimas por el camino.

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