HAY MÁS DE 3.000 EJEMPLARES EN LA SIERRA DE GUADARRAMA

A Madrid le sobran cabras

Ecologistas, cazadores, zoólogos e instituciones coinciden en la sobrepoblación de la cabra montés en Guadarrama, pero apenas se han aplicado medidas mientras la situación se agrava

Foto: Álvaro Oporto. (Flickr)
Álvaro Oporto. (Flickr)

Los meses de noviembre y diciembre son los mejores para avistar cabras monteses sin dejarse el alma en un risco. En esta época, la del apareamiento, machos y hembras descienden de las cumbres para reunirse en praderas y enfrentarse en esos combates a empellones que Félix Rodríguez de la Fuente convirtió en icono. Es en los meses cálidos cuando hacen honor a su apellido; entonces pueden trepar hasta los 3.000 metros de altitud para dar a luz entre los riscos, a salvo de depredadores, normalmente un par de chotos cada vez.

No siempre fueron tan fáciles de ver. A principios del siglo XX, la cabra montés se extinguía a causa de la caza, que consideraba a los machos con su apabullante cornamenta una pieza muy valiosa, más aún porque solo se podía encontrar en España. Alfonso XIII, gran aficionado a este deporte, decretó la creación del Refugio Real de Caza de la sierra de Gredos con la intención de conservar la especie, y a mediados de siglo se comenzaron a crear reservas para proteger y recuperar el animal.

Por el camino se quedaron algunas subespecies, como la cabra gallego-portuguesa (Capra pyrenaica lusitanica) o el bucardo (Capra pyrenaica pyrenaica). Para otras, en cambio, la situación se ha ido dando poco a poco la vuelta, y de estar al borde de la desaparición han pasado a convertirse en un riesgo ecológico debido a su abundancia.  

Entre 1989 y 1992, 67 cabras monteses hacían de la Sierra de Guadarrama su nuevo hogar. Capturadas en Gredos y Las Batuecas, los 26 machos y las 41 hembras pioneras suponían un esfuerzo por reintroducir el animal en un hábitat del que desapareció a finales del siglo XIX. Además de un proyecto medioambiental, la reintroducción tenía una intención de divulgación y concienciación del compromiso con la biodiversidad: la cabra montés es un animal endémico de la península Ibérica, imponente, apreciado y popular. Como decíamos, Rodríguez de la Fuente la convirtió en protagonista de algunas de las escenas de naturaleza más recordadas por generaciones de españoles, que tras la medida podrían avistarlas en La Pedriza, en lo alto de los riscos, y escuchar los característicos topetazos entre los machos en la época de celo.

En el año 2015, unos 25 años después, el éxito roza el caos: la reintroducción ha funcionado tan bien que la Sierra de Guadarrama tiene una sobrepoblación de cabras con difícil parangón en Europa. Sin depredadores naturales ni ninguna otra amenaza para la población, el número de animales se ha disparado: según los censos realizados por investigadores de la Universidad Complutense, en el año 2000 había unos 356 ejemplares, en 2007 había unos 1.520 y en 2014 superaban los 3.300. 

Además, tras un periodo inicial de equilibrio entre machos y hembras, las cifras a partir de 2007 se decantan a favor de estas últimas, algo que se ha observado anteriormente en otros ungulados, y cuya causa no está clara, pero se relaciona con la escasez de recursos por la sobreabundancia de ejemplares.

Unos ejemplares que se concentran en lugares muy específicos, explica Pablo Refoyo, zoólogo de la Universidad Complutense de Madrid. “La cuestión es que hay muchas cabras en un espacio muy concreto”. Refoyo relata que desde que se soltaron los animales a principios de los noventa en el Hueco de San Blas, un valle situado entre Miraflores de la Sierra y La Najarra, apenas se han dispersado de media unos tres kilómetros del punto de suelta. En algunos lugares, la densidad alcanza los 47 individuos por kilómetro cuadrado -se recomienda 10-, la más alta registrada nunca para estos animales. No cabe una cabra más.

Se debe, en gran medida, a las peculiaridades del entorno. La zona de La Pedriza se considera área protegida desde 1930, y en 2013 se declaró el Parque Nacional a la Sierra de Guadarrama. Los lugares elegidos por las cabras para establecerse son aquellos en los que se sienten más seguras, especialmente las hembras en los periodos de gestación y parto. Lejos del ruido, de las construcciones y del tráfico, no tienen ningún aliciente para desplazarse de allí.

Para cuando la población se autorregule podrían haber desaparecido unas cuantas especies vegetalesLa densidad, de no tomarse medidas, se terminará por regular de forma natural, ya sea porque el alimento comience a escasear cuando el número de ejemplares sea superior al que el territorio pueda sostener, ya sea porque surja una enfermedad que cause bajas. Esto ya ha ocurrido con anterioridad: en 1990, un brote de sarna terminó con el 90% de las cabras que poblaban la sierra de Cazorla, en Jaén, que pasó de albergar unos 8.000 animales a tener solo 1.000 en algo más de un año. El peligro de que esto ocurra tiene un riesgo añadido: que la enfermedad pueda contagiarse a otros animales, entre ellos el ganado de la zona, causando pérdidas económicas.

Cuantos más animales se concentran en un espacio concreto, más probable es que surja una enfermedad y se extienda con rapidez entre ellos, algo que de momento no ha ocurrido en Guadarrama, donde los animales “están sanísimos”, asegura Refoyo.

Amenaza a la flora

Otros elementos del ecosistema, sin embargo, sí notan ya los síntomas del exceso de bóvidos. Investigadores de la Universidad Politécnica de Madrid y de la Universidad de Stanford, publicaron una investigación, liderada por el ingeniero de Montes Ramón Perea, en 2014 sobre cómo la reintroducción de la cabra montés estaba afectando a la vegetación de la zona, y su conclusión era que la presión generada por la alta densidad de animales en la zona era tan alta que algunas especies estaban viendo gravemente amenazada su sostenibilidad.

El investigador Pablo Refoyo. (Teknautas)
El investigador Pablo Refoyo. (Teknautas)

En la zona de La Pedriza, y analizando los lugares en los que se encuentran las cabras, los científicos analizaron 32 especies vegetales, de las cuales cinco mostraban niveles insostenibles de consumo: el 50% de su biomasa había desaparecido y no mostraban señales de florecimiento o de estar formando frutos. Refoyo explica el problema con la siguiente frase: “Si las dejamos, las cabras terminarán por autorregularse, pero por el camino podríamos dejarnos tres o cuatro especies de flora protegidas”.

Por eso, tanto él como los investigadores de la Politécnica en su estudio, y otros miembros de la comunidad científica, señalan que es necesario comenzar un plan de gestión integral del espacio protegido lo antes posible, para asegurar la sostenibilidad del ecosistema y de todos sus integrantes, desde las vistosas cabras monteses hasta las especies vegetales que pasan desapercibidas y que tienen el mismo valor ecológico que las primeras.

Un plan que pasa irremediablemente por reducir el número de cabras hasta alcanzar una cifra aproximada de 1.500 y por mantener esa cifra de forma constante. "Una reducción del 50% en la presión ejercida por los ungulados aumentaría la probabilidad de regeneración exitosa [de la vegetación] en un 60%", concluía el estudio liderado por Perea.

Pero la senda del plan integral de gestión es tortuosa. Cazadores, ecologistas e instituciones coinciden en que el diagnóstico pasa por eliminar cabras, incluso en las cifras: han de quedar 1.500 ejemplares dentro de diez años. La clave está en cómo hacerlo. Sobre la mesa hay tres métodos y ninguno de ellos se libra de la polémica.

Jaulas, flechas y cartuchos

El primero consiste en capturar vivos a los animales y reubicarlos en otros enclaves, como se ha hecho en Sonsaz. Se trata de un sistema caro en tanto que requiere de transporte, seguimiento e instalaciones específicas, como los jaulones que se han de colocar sobre el terreno para que los animales pasen la cuarentena. Es la opción favorita de los ecologistas y también la más temida por los cazadores, especialmente cuando se nombra a Francia. El país vecino quiere repoblar los Pirineos de cabra montés después de la extinción del bucardo, endémico en la zona, y ya ha recibido 40 ejemplares de nuestro país.

Se da la circunstancia de que la cabra montés es el trofeo más valorado de la Península Ibérica, especialmente por los cazadores extranjeros, y solo se encuentra en España. Así pues, el sector cinegético teme perder el control de la especie: "Dicen que solo son 40 ejemplares y que no se pueden cazar.... ¿y qué pasará en unos años? Pues que la población de cabras se multiplirá cada año por cuatro y pasará como en La Pedriza, con la salvedad de que los franceses no van a ser tan tontos como nosotros y los abrirán para la caza", dice Luis Fernando Villanueva, de APROCA (Asociación de Propietarios Rurales para la gestión cinegética y la conservación del medio ambiente). "Entiendo que hay un interés comercial de España en este movimiento, pero mucho dinero tiene que ser para compensar a una industria que va a ser perjudicada", continua.

Álvaro Oporto (Flickr)
Álvaro Oporto (Flickr)

Para los cazadores sería ideal ser incluidos en el plan integral como método de extracción. Según sus cálculos generarían 3 millones de euros en trofeos, alojamiento, hostelería y gastos derivados de la caza en la región. Además, sostienen desde la Oficina Nacional de Caza, cuentan con expertos en la caza de alta montaña, una modalidad especialmente exigente en el plano físico que no está al alcance de cualquiera. La Comunidad de Madrid ha valorado esta opción en diversas ocasiones, pero quiere evitar a toda costa que se escuchen tiros en La Pedriza, una de las zonas verdes más concurridas de España. La medida implicaría cierres puntuales y, sobre el papel, está prohibida en los Parques Nacionales.

No obstante, en La Pedriza todavía se cazan jabalíes con arma de fuego gracias a una moratoria de diez años que le permitirá regirse por el PRUG (Plan Rector de Uso y Gestión) de cuando era Parque Regional hasta 2023. Hasta esa fecha, Madrid podría incluir a la cabra montés en la lista de especies cinegéticas del parque.

Ángeles Nieto, portavoz de Ecologistas en Acción, considera que matar cabras solo puede entenderse desde la perspectiva del control de la población, nunca como una vía de ingresos institucionales. "En realidad no sabemos nada. Estamos pidiéndole a la Comunidad de Madrid datos y estudios constantemente y no nos muestra nada. Pero sí, todo indica que hay que eliminar ejemplares, y asumimos que pueda ser con arma de fuego. Hay que comprender que no es una sola actuación: habrá que matar todos los años, por eso consideramos que es un trabajo que tienen que hacer los guardas y no los cazadores, para evitar que se convierta en un área de explotación cinegética", explica Nieto.

La caza con arco es un sistema demasiado lento: de 400 objetivos, los cazadores solo mataron 51 cabrasExiste una tercera modalidad que no convence a nadie y, sin embargo, es la que más se ha utilizado: la caza con arco. Desde la Comunidad de Madrid la ven como una opción silenciosa, más segura que el arma de fuego, que además no penaliza tanto en el madrileño, muy contrario a la caza como es habitual en la población urbana. Las cifras no son tan optimistas: durante el año pasado se dio acceso a diez arqueros para que abatiesen 400 ejemplares, pero solo pudieron cobrarse 51. A los cazadores no les entusiasma el arco porque no les permite obtener trofeos, y los ecologistas lo consideran un método cruel con los animales, ya que muchos animales huyen heridos y mueren después de una larga agonía.

Así las cosas, el borrador del plan de gestión que se maneja en la Comunidad de Madrid, y que será presentado al patronato del parque antes de marzo, gira en torno a un modelo de extracción mixto que busca contentarlos a todos. El 10% de las extracciones vendrían del traslado de bóvidos, entre el 15% y el 30% de la caza con arco y el resto, entre el 60% y el 75%, de la captura con arma de fuego. Sería el personal del parque el encargado de matar a los animales, si bien se deja una puerta abierta a colaborar con las asociaciones de caza locales.

Se han barajado tantas posibilidades que los ecologistas no se creen nada: "Lo dicen hoy y lo cambian mañana, no importa. Desde que detectamos el problema en 2009 no hemos tenido más que acciones puntuales de las que no se dan explicaciones. En diciembre del año pasado se debería haber presentado el plan integral ante el Consejo de Medioambiente y nos largaron dos diapositivas. Once meses después, en noviembre, en la reunión del patronato del parque, se nos ha vuelto a ofrecer otro powerpoint con ideas. No hay un documento aprobado con su memoria y su presupuesto, nada. Mientras, el problema se agrava cada día", indica Nieto.

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