ligar era posible sin usar WhatsApp

Los Tinder y Meetic del pasado: breve historia de las citas antes de internet

Una máquina expendedora de amantes, un test de compatibilidad basado en tarjetas perforadas o pruebas para comprobar si las parejas soportan su olor: el cortejo no siempre fue como lo conocemos

Foto: Johny Lai | Flickr
Johny Lai | Flickr

Cuando las sonrisas de medio lado, las miradas furtivas o las frases ingeniosas quedaron atrás para dejar paso a unas tarjetas llenas de preguntas, Lewis Altfest supo que el arte del cortejo había cambiado para siempre. El flirteo había entrado en una nueva dimensión. No sabemos la suerte que este joven contable tenía con las mujeres cuando visitó la Feria Mundial de Nueva York de 1964, pero sí que allí descubrió un sistema que empleaba formularios para asignar amigos por correspondencia y supo ver que el futuro del ligoteo estaba en los test de compatibilidad.

Tras la epifanía, Altfest llamó a su amigo Robert Ross, desarrollador en IBM, que le ayudó a diseñar un método para encontrar gente compatible que no estuviera en otro país, como los contactos epistolares, sino al lado de casa. Un año más tarde lograron presentar el primer prototipo de lo que llamaron Proyecto TACT, un acrónimo de Technical Automated Compatibility Testing. En 1965, fueran o no conscientes de ello, habían creado el primer servicio informatizado para buscar pareja.

Los pretendientes debían pagar cinco dólares por responder a un cuestionario con unas cien preguntas de respuesta múltiple y temáticas muy variadas. Los chicos podían elegir su peinado de chica favorito y ellas dónde preferirían encontrar al hombre de sus sueños: en un campamento cortando madera, en un estudio pintando sobre un lienzo o trabajando con un taladro en un garaje.

Propusieron rellenar un formulario con 135 preguntas que un ordenador casamentero usaría después para emparejarlos con sus medias naranjas

También había cuestiones comunes, que dejaban entrever la filosofía de vida de los candidatos y candidatas (o eso pensaban sus creadores). Por ejemplo, "si tuviera la habilidad necesaria, me gustaría desempeñar la labor de: 1) Schweitzer, 2) Einstein o 3) Picasso". Después, las respuestas se transferían mediante una tarjeta perforada a un ordenador de la serie IBM 1400 que, tras aplicar un algoritmo, proponía una serie de parejas. Cinco cartas azules para las chicas, en las que aparecían los chicos más compatibles, y cinco cartas rosas para ellos.

Para saber si el método resultó efectivó, no había más que preguntar a uno de sus creadores. Al cabo de un año, cuando TACT se había convertido en una auténtica revolución en Nueva York, la reportera de una emisora local se interesó por el proyecto. La periodista Patricia Lahrmer pidió hablar con Lewis Altfest, pero se tuvo que conformar con Robert Ross. En el primer intento, la grabadora se quedó sin batería. Acordaron una segunda cita, pero esta vez sería una cena para dos. Al cabo de un par de años pasaron por el altar para darse el "sí, quiero".

Antes de ponerse manos a la obra, Altfest y Ross tenían constancia de otro experimento que había realizado un dúo de estudiantes de la Universidad de Harvard, la llamada Operation Match. Para hacer del flirteo pura estadística, y de paso aumentar sus posibilidades con las chicas, Jeff Tarr y Vaughn Morrill idearon un sistema muy similar al que tantas alegrías dio a los creadores de TACT. Propusieron a sus compañeros rellenar un formulario con hasta 135 preguntas que un ordenador casamentero usaría después para emparejarlos con sus medias naranjas.

En apenas unos meses, 100.000 estudiantes habían abonado los tres dólares que cobraban Tarr y Morril por responder a cuestiones como "¿La actividad sexual frecuente antes del matrimonio es un signo de madurez?" y recibir a cambio el nombre de cinco candidatos a futuras parejas. De cada 100 participantes, 52 fueron mujeres. Una ratio envidiable que se aleja de todos los estereotipos, probablemente gracias a un planteamiento que guarda muchas similitudes con el de Tinder, éxito de masas en la actualidad.

El sistema sólo emparejaba cuando la compatibilidad era perfecta hacía ambos lados: no presentaba a un varón la que podía ser la chica de sus sueños si él no era el tipo de hombre por el que ella suspiraba. La idea funcionó en algunos casos, pero los frecuentes y lamentables errores acabaron empañando el resultado de la Operación Match. Mujeres que acaban citándose con sus hermanos, con los novios de sus amigas... Incluso hubo parejas que retomaron su relación después de un tiempo y trataron de autoconvencerse de que estaban hechos el uno para el otro porque el ordenador así lo había dictaminado.

La máquina expendedora de amantes

Incluso antes de que Tarr y Morrill revolucionaran el arte del cortejo, allá por los años 50, una máquina ya hacía las veces de celestina en un pequeño pueblo de Alemania. Igual que las máquinas expendedoras de hoy en día ofrecen chocolatinas o refrescos, en aquel artilugio encontraban las mujeres de la época imágenes de hombres en busca de una relación. Si alguno de los pretendientes les hacía tilín, solo tenían que introducir una moneda para que, por una ranura, igual que hoy aparecen las bolsas de patatas fritas, surgiera más información sobre aquel chico tan apuesto.

Si el perfil de la tarjeta acababa por embelesar a la muchacha, el siguiente paso era acudir a un profesional encargado de mediar entre las partes. Un agente del amor con cara de pocos amigos que haría las veces de alcahuete y pondría en contacto a la muchacha con el caballero que la había conquistado.

Según los estudiosos de principios del S.XX, si una pareja se asustaba al disparar al aire junto a ellos, el matrimonio no debía tener lugar

En ningún momento del proceso se aplicaban, eso sí, las sofisticadas técnicas científicas que algunas décadas antes se habían empleado para predecir si las relaciones serían duraderas. Análisis para determinar si las pulsaciones aumentaban cuando el ser amado estaba cerca, si podían soportar sus respectivos olores corporales o si eran capaces de mantener la calma en una situación tensa. Según los estudiosos de principios del S.XX, si una pareja se asustaba demasiado al disparar al aire junto a ellos, "el matrimonio no debía tener lugar".

Ahora, generalmente sin ciencia de por medio, seguimos teniendo que superar pruebas para saber si estamos ante el hombre o la mujer de nuestras vidas. También rellenamos formularios, como en 1964 propusieron Lewis Altfest y Robert Ross, sólo que ahora lo hacemos en la red.

Aunque nos cueste admitirlo, hace tiempo que las sonrisas de medio lado, las miradas furtivas y las frases ingeniosas quedaron atrás. El flirteó nunca regresó de aquella nueva dimensión.

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