¿Se puede enseñar a ligar?

"Si quieres conquistarla, mírale los labios": nos colamos en un taller de seducción

Habla de sexo sin acosarla. Rétale a cumplir con lo que le pides. Son dos de los consejos para ellos y para ellas de un taller de seducción. Nos colamos tras las líneas enemigas

Foto: Luis Tejedor, fundador de la escuela de seducción Egoland, rodeado por sus alumnos
Luis Tejedor, fundador de la escuela de seducción Egoland, rodeado por sus alumnos

Cuando llega la primavera, el correcaminos macho se acerca a su futura pareja con una serpiente en el pico. Si ella acepta la ofrenda, tendrá lugar el apareamiento. Así de sencillo, así de rápido. En el otro lado de la escala se encuentra el ser humano, al que miles de años de evolución han hecho olvidar los principios básicos del bello arte del ligoteo. 

Son las cuatro de la tarde de un sábado lluvioso en Madrid y vamos a aprender a ligar o, mejor dicho, a ver cómo aprenden a ligarnos. En los últimos años han surgido varias 'escuelas' y 'profesores' que imparten esta materia. Elegimos Egoland porque dan talleres para ambos sexos. Hemos venido dos periodistas, chico y chica, y vamos a infiltrarnos en las clases opuestas para averiguar de qué va el negocio de enseñar a seducir.

Nos recibe el psicólogo y fundador de Egoland, Luis Tejedor, autor de '150 formas de iniciar una conversación', un libro que acompaña las lecciones y del que hemos extraído algunos ejemplos insertados en este texto. Luis lleva impartiendo estos talleres cinco años, y se desmarca desde el primer momento de otras iniciativas que quieren enseñar a ligar, herederas del personaje de Tom Cruise en 'Magnolia', que considera agresivas y cutres. Aquí, dice, no se enseñan trucos para conseguir sexo rápido ni se fomenta la idea de triunfar a toda costa. El objetivo es mejorar la seguridad de los alumnos, que sepan cuánto y por qué les gusta una mujer, darles estrategias para acercarse a ellas y conocerlas mejor y enseñarles a manejar el rechazo si este ocurre.

"Si quieres conquistarla, mírale los labios": nos colamos en un taller de seducción

Se puede acudir por libre a este taller, pero en realidad es el tercero de una serie de cuatro. A 120 euros cada uno (80 para las chicas), alcanzar la sabiduría completa del ligón sale por un pico. Los dos primeros trataron sobre construir la autoestima y superar la timidez, así como de sobrellevar el rechazo.

Rocío: Un vistazo a los alumnos confirma lo que nos esperaba: la timidez se los come. Se prestan a hablar con nosotros siempre que no mencionemos sus nombres reales. De fotos, ni hablar. Antonio tiene algo más de 40 años, acaba de salir de una relación duradera y la idea de volver al mercado le pone nervioso. Javier tiene 21 y lleva dos años probando distintas técnicas para ligar, analizándose y poniéndose nota al hablar con chicas. Max tiene 28 y es perfectamente capaz de hablar con cualquier chica hasta que llega la hora de decirle que le gusta, y entonces se bloquea. Mario tiene 28 y presume de que ligó con una desconocida el fin de semana pasado: “Y eso sin saber. ¡Con el curso ya me pongo morao!”.

Sergio: Entro en el aula de las mujeres rumiando la pregunta que cualquier hombre se haría: “¡Pero si las tías no necesitan aprender a ligar!”. El primer prejuicio que se me cae al suelo es el de la timidez de las alumnas, inexistente. Con una edad media de 40 años, mis compañeras de clase destacan por su extraversión. Una de ellas incluso es bailarina y actriz, aunque la mayoría se presenta como administrativa. Soy el periodista-espía de la clase, pero aun así voy a ser el tímido del grupo.

R.: En total son ocho alumnos, aunque algunos son repetidores: han hecho este curso antes y se prestan a venir de 'sparring'. Al fin y al cabo, alguien tiene que hacer de chica para practicar.

¿He dicho alguien? Me tocó, voy a ser yo. La presencia de una periodista en una esquina de la sala claramente distorsiona el ambiente de la clase, así que el profesor decide utilizarme como diana de sus lecciones. Todavía no lo sé pero en las próximas horas me voy a poner colorada hasta la raíz del pelo varias veces y voy a salir de aquí con la vanidad por las nubes.

Él: Me encanta tu forma de andar. ¿Es tu fuerte?
Ella: Gracias, pero creo que tengo otros fuertes.
Él: ¿Sabes decirlos de carrerilla?
Ella: Pues... ¿por qué te los tendría que decir?
Él: Por si acaso.
Ella: ¿Por si acaso qué?
Él: Por si acaso son los que más valoro en una mujer. Mis fuertes, ya que me lo preguntas, son el sexo, cuidar tortugas y comer marisco.
Ella: Ja, ja, ja... Está bien, eres original.
Él: Ser original es mi cuarto fuerte. Pero no quería que pareciese que me vendo demasiado.
Ella: Ja, ja, ja... Pues te estás vendiendo
Él: Venderme sin querer es otro de mis fuertes. Ja, ja, ja...
Ella: ¡Ja, ja, ja!
Él: Puede que uno de tus fuertes sea averiguar mis fuertes sin que lo parezca, ¿te lo has planteado?
Ella: Pues hasta ahora no.
Él: Pues te propongo algo: nos decimos los nombres, nos pedimos un mojito y nos pasamos toda la noche sacándonos fuertes.

S.: Las siete alumnas toman asiento y se presentan. El estereotipo “soltera y feliz” viene a mi mente enseguida: disfrutan de la vida y, sospecho, tienen menos problemas para conseguir rollos de una noche que los que todavía nos aferramos a la veintena. ¿Qué hacen aquí entonces? Algunas tienen dificultades para mantener relaciones, otras solo buscan consejo para que dure aquello que están iniciando. Conocen gente en viajes y por internet. Una de ellas menciona que “ya se ha terminado” todo su círculo de amistades y que no le importaría encontrar algo serio, pero sin prisas. Todos reímos ante su sinceridad.

R.: Comienza la clase, el profesor explica el planteamiento y dos ideas aparecen enseguida. La primera es el sexo, que menciona casi de casualidad y que parece un cebo. Al fin y al cabo, a eso hemos venido. La segunda es el respeto. Prohibido atosigar ni incomodar a nadie.

Llevo desde que entramos haciéndome una pregunta: ¿se puede enseñar a hablar con una chica? Resulta que sí. Por ejemplo, aquí van un par de trucos: elige un piropo concreto para una chica concreta y utiliza la subjetividad para evitar una respuesta cortante. Allá vamos: “Llevo un rato mirándote y me parece que ese vestido te sienta muy bien”. ¿Ven lo que he hecho ahí? La mención al vestido es concreta, y el “me parece” le da subjetividad. Nadie podría rechazar ese acercamiento. Impecable.

"Si quieres conquistarla, mírale los labios": nos colamos en un taller de seducción

S.: “¿Qué te conmueve?”, nos pregunta Laura, psicóloga, sexóloga y nuestra profesora esta tarde. Se trata de una de las tres ces elementales, junto al carisma (swag o flow, para que nos entendamos) y el arte de convencer al otro. Hoy trabajaremos cómo conmover.

Ellas no tienen problemas para expresar sus emociones, y como hombre confieso que en este sentido me encuentro en territorio enemigo. Al principio no entiendo nada, pero después de que una confiese las 'películas' que se monta en su cabeza por un WhatsApp no contestado comprendo la importancia que tiene para ellas compartir sus sentimientos.

La comunicación sexual les resulta más complicada. Alguna comenta sus fracasos a la hora de transmitir sus deseos de ir 'un paso más allá' tras una cita. Cuando sale a la palestra el nefasto “me siento muy femenina”, se vuelve evidente que ellas también tienen sus problemas a la hora de interesarnos. Sobre todo porque, como señala una mirándome algo acusadora, nuestro interés por una mujer tiende a ser inversamente proporcional a la atención que esta nos profesa.

Ella: Perdona, ¿sabes guiñar el ojo?
Él: Sí. 
Ella: Pues vamos a hacer una cosa: yo ahora me giro, tú pasas cerca de mí y me guiñas un ojo. Yo me hago la indignada, pero no mucho. Entonces te acercas y me preguntas el nombre. Te lo digo y empezamos a conocernos. ¿tienes algo mejor que hacernbsp;
Él: No.
Ella: Pues yo tampoco. Es que hoy me he puesto guapa y me hace ilusión que me lo demuestren. 

R.: Hay dos conceptos que aparecerán durante toda la lección y que son de vital importancia para la estrategia: cualificar y sexualizar. La primera consiste en halagar a la muchacha, siempre concretando ("guapa es cualquiera, una sonrisa simpática o unos ojos bonitos son únicos"). La segunda, en introducir la idea de la atracción sexual en la conversación, primero de forma sutil y luego ir avanzando, que aquí vamos a lo que vamos. Mencionar cómo le queda a ella el vestido puntúa doble. 

No es solo eso. La cualificación y sexualización tienen también el objetivo de hacer justicia: “Si una chica nos gusta y no se lo decimos, le estamos negando algo que es justo: que es que se sienta atractiva y deseada. Siempre con respeto y gradualmente”, explica el profesor. “Vaya, muchas gracias”, pienso yo.

S.: Las estrategias para interesar a un hombre parten de la base de nuestra faceta infantil y competitiva. Una de las herramientas es el desafío, el clásico “no hay cojones a...” que tanto nos gusta. El objetivo es retar a nuestra pareja con algo de psicología inversa. “Espero que no tardes lo mismo en besar a una chica que te gusta que en entrarle a una chica a la que miras”. Eso ha dolido.

R.: Aprendo que se puede sexualizar incluso sin palabras. Por ejemplo, mírala descaradamente a los labios mientras habla y sonríe ligeramente. ¿Funcionanbsp;

-Rocío, háblame de tu trabajo, ¿te gusta?
-La verdad es que sí. El Confidencial es un buen sitio para trabajar ahora mismo (me doy cuenta de que me está mirando a los labios, ya sabía que lo iba a hacer, me siento incómoda, miro hacia cualquier otro sitio). Creo que he tenido mucha suerte…

No ha funcionado pero no hay que desesperar. Inténtalo otra vez cuando el tema de conversación sea personal o conmueva a tu objetivo. Probamos de nuevo.

-Rocío, ¿qué opinas del problema de los desahucios?
-Es un tema complicado, que creo que se resume en gente pagando errores que... (me está mirando los labios de nuevo, y sonríe, mientras yo hablo de gente que se queda sin casa, es tan descolocante que me da la risa).

Fin del ejercicio. Seguro que en algún lugar, en algún momento, mirar a una chica a los labios y sonreír sí que funciona.

S.: La otra herramienta es la etiqueta, que consiste en poner una característica positiva que la otra persona no pueda rechazar para, a partir de ahí, estrechar el lazo en torno al cuello de la presa:

-Para ser un chico tímido tus posturas son muy sexis.
-No soy tímido…
-Pues deja de parecerlo y pregúntame mi nombre.

Disparo directo a la cabeza. Baja confirmada. He entrado en la clase pensando que mis compañeras, quizá por su género y edad, tendrían intereses más elevados que los chicos de la clase de al lado. Nada más lejano de la realidad: lamentan el tabú social que parece obligarlas a esperar el primer movimiento. También el estereotipo de que ellas siempre quieren algo más que sexo. Por lo que cuentan, diría que muchas están por encima de la búsqueda de príncipes azules.

Ella: Perdona, ¿has visto un pendiente?
Él: No.
Ella: ¡Mierda! Es como éste. Y es un regalo de mi madre...
Él: Lo siento. ¿Por dónde lo has perdido?
Ella: Pues por aquí (buscando por el suelo los dos). Desde luego, ¡si lo encuentras te invito a algo!
Él: No te preocupes...
Ella: Sí me preocupo, me estás ayudando. (Al minuto y sin encontrarlo) Bueno, pues no ha habido suerte. Pero déjame que te invite a algo. Podemos celebrar que he perdido un pendiente y que he encontrado un chico atento. Soy Mara. 

R.: Llega el momento de salir al escenario: me convierto en la chica a seducir en uno de los ejercicios de clase. Estoy sentada esperando al metro y uno de los alumnos quiere conocerme. Es Javier, el joven experto en técnicas para ligar.

Tres, dos, uno, ¡acción! “Hola, perdona que te moleste, pero te he visto aquí sola y me has parecido una chica muy interesante [mal, esto es poco concreto, pensaré que es una frase que le dice a cualquiera], y además me gusta mucho cómo vistes, con sencillez pero sabiendo exactamente lo que te favorece [mucho mejor, concreto y 'sexualizante', como le han explicado]. Además ahora que me estás mirando veo que tus ojos son casi del mismo color que tu pelo, me gustan mucho ¿eres pelirroja? [qué aplicado, ¿verdad?]. No quería molestarte pero estás esperando sola, y yo también, y me preguntaba si te parecería bien que espere aquí contigo y hablemos un poco”. Mi compañero de actuación dispara como una metralleta sin compasión y sin parar a tomar aliento. No hay espacio para nada más que un “Sí, claro”, muy bajito. Es muy eficaz, sin duda, y un poco abrumador. Me encuentro deseando que ese metro imaginario llegue cuanto antes.

S.: Una de ellas cuenta una anécdota personal muy reveladora que casi suena a chiste. Asegura que, durante una cena con su entonces novio, este se encontraba ausente, serio y distraído sin querer decir qué le sucedía. Después de que la chica se hubiera montado mil y una películas en su cabeza, este confiesa su preocupación: su equipo de fútbol ha perdido un partido importante y la liga se aleja sin remedio. Digno de un monólogo de Dani Rovira.

R.: Una vez roto el hielo, hay que dar y conseguir información. Esto debe ser recíproco o la conversación parecerá un monólogo o un interrogatorio, y ninguna de las opciones es demasiado sexi. Trabajos, aficiones, pequeñas pero encantadoras manías… Todo lo que sea útil para conocerse y encontrar puntos en común.

Por ejemplo, senderismo. ¿A quién no le apetece pasar los fines de semana haciendo senderismo por amor? Bueno, o por sexo. Y ya que estamos, sexualicemos. “Viendo cómo te quedan esos vaqueros, sería un placer caminar montaña arriba detrás de ti”. Es solo una sugerencia, cada uno que adapte la estrategia a sus ritmos. Yo de momento no pienso volver a ir delante en ninguna caminata.

Él: Disculpa, ¿te puedo hacer una pregunta?
Ella: Dime.
Él: Cuando un hombre te mira a los ojos y mantiene su mirada de interés en ti, ¿reaccionas?
Ella: No lo sé…
Él: Pues vamos a probarlo (mirándola a los ojos): me encanta la feminidad de tus movimientos y la timidez con la que de vez en cuando huyes de mi mirada.
Ella: Gracias.
Él: Ahora (le acercamos la mejilla), podrías darme un beso. Soy Luis. 

S.: La hora de la verdad, me toca convertirme en el conejillo de indias de la clase. Busco con la mirada la ventana más cercana y me pregunto si caeré sobre un coche si salto rompiendo el cristal. Como estamos en un bajo y no hay ventanas, respiro hondo y me levanto.

Durante un momento tengo una experiencia freudiana (decir freudiano siempre queda bien y me había propuesto escribirlo en este texto) y recuerdo los “qué guapo y qué mayor está” que todos hemos tenido que soportar alguna vez, con seis o 20 años. Pues eso es lo que me toca ahora, aunque intuyo que con intenciones menos puras. Comienzan los piropos.

Vale, este redactor se reserva para la intimidad los siguientes 10 minutos de la clase. Me siento en la silla con la moral muy alta y, por el ardor de mis orejas, algo colorado. El punto que estamos trabajando ahora es la “cualificación”: decirle a la otra persona qué atributos nos gustan de ella. Algunas evaluaciones que se hacen entre ellas rayan el surrealismo.“Tu mirada emite confianza”. “Tu pelo me transmite seguridad y aplomo”. No puedo ni imaginar lo que pensaría si una desconocida me dice algo así en una discoteca; quizá fingir un infarto, casi seguro atragantarme con mi copa.

R.: Los alumnos practican conversaciones entre sí, en el que uno de ellos hace de chica. Esto da lugar a situaciones muy cómicas, en las que 'ellas' dan respuestas rocambolescas que ellos intentan sortear siguiendo los consejos del profesor.

-Vamos a conocernos mejor, ¿cuál dirías que es tu animal preferido?
-El tigre.
-Vaya, ¿tú también eres una fiera?
-No, es que me gusta su color.
-Eh… ¡Seguro que estás muy guapa de amarillo!

S.: Pasamos a practicar el momento más difícil del proceso de ligue para ellas: el inicio de conversación. Es curioso, porque todas son espontáneas, simpáticas y extrovertidas, pero a la hora de la verdad tartamudean y tropiezan como un adolescente primerizo. Vuelvo a ser la cobaya, esta vez sentado. Alguna valiente voluntaria se acerca a hablar conmigo como si me hubiera visto en algún bar. Para desespero de la profesora, resulto ser demasiado fácil y no logro poner en aprietos a las estudiantes: en apenas dos minutos ya me he presentado y las he invitado a sentarse. Aun así, el simple reto que supone acercarse a hablar con un extraño sin asustarlo ya supone reunir una dosis de valentía encomiable. Chapó por ellas, ¿quién dijo que siempre debemos dar nosotros el primer paso?

R.: En el descanso hablo un poco más con los alumnos, que ya han tratado de ligar conmigo varias veces en ejercicios de clase y parecen más relajados. “El problema no es hablar con una chica, sino la parte de sexualizar, hacerle saber que te atrae. Y cuanto más te gusta, más difícil”, me explica uno de ellos. Otro, un antiguo alumno que ha venido a echar una mano al profesor, me cuenta que estos cursos no van solo de ligar, sino de ganar confianza en uno mismo, en cambiar cómo te relacionas con otras personas, en elegir a quién te gusta y no esperar siempre a ser elegido.

Él: Disculpa, tienes pinta de policía, ¿lo eres?
Ella: No, ¿por qué?
Él: ¿Por qué no eres policía o por qué el “disculpa”?
Ella: No… ¿Por qué dices que tengo pinta de policía?
Él: Porque la tienes. ¿Tengo yo la culpa?
Ella: ¡Ja, ja, ja! No, ¿pero en qué te basas para decir que tengo pinta de policía?
Él: En tu pinta de policía. Pero ¿piensas pasarte toda la noche con lo mismo, chica con pinta de policía atractiva, o nos decimos los nombres? Soy Luis. 

S.: Durante el descanso, dos alumnas se acercan y me dicen que les suena mi cara. No tiene pinta de que nos movamos por los mismos círculos y yo no salgo mucho por la tele, así que sospecho que están practicando algún tipo de técnica avanzada de ligue conmigo. Cambio de tercio y les pregunto qué hacen unas chicas como ellas en un lugar como este. La mayoría conocieron el curso por amigas que quedaron satisfechas. No es que esperen encontrar el amor de su vida por 80 euros, pero al menos conocerán gente, pasarán un rato divertido y con suerte aprenderán estrategias aplicables a otros campos de la vida.

R.: Volvemos a clase, son casi las siete. Aparecen otros dos conceptos que serán importantes en la estrategia: narración y consenso. Muy útiles cuando las señales de que la cosa marcha bien (o mal) son tenues y captarlas no es lo tuyo. La primera consiste en recopilar en voz alta todo lo que ha ido ocurriendo hasta ahora, y la segunda en acordar que lo estamos pasando bien. “Bueno, Rocío, pues me parece que nos estamos cayendo muy bien y nos está gustando mucho conocernos, ¿estás de acuerdo?”. Al parecer el flirteo sutil está sobrevalorado.

S.: Durante la última parte de la clase, aprendemos sobre la importancia de mantener tensos los tres “cables” de cualquier relación: el físico-sexual, el de la personalidad y las emociones y el racional (¿tiene trabajo? ¿vive en otra ciudad? ¿quiere tener hijos?). Aunque las alumnas han pulverizado ese estereotipo de que una mujer solo busca casarse, eso no quiere decir que no les preocupe el futuro. No parece que les falte sexo a ninguna, sino que más bien buscan equilibrio en sus vidas.

Ella: Tú debes ser Carlos.
Él: No, no lo soy.
Ella: ¿Ah no? ¿Y entonces quién es Carlos?
Él: No lo sé, ¿por?
Ella: Una amiga me había hablado de un chico que viene mucho por aquí y que había que estar en guardia.
Él: ¿Por qué?
Ella: Porque dicen que es muy seductor.
Él: Ja, ja, ja…
Ella: Soy Sofía.
Él: Álvaro. 

R.: Nos acercamos a la lección final: cómo conseguir una próxima primera cita. Que aquí la cosa va de sexo pero un 'aquí te pillo…' son palabras mayores. Mejor asegurar un próximo encuentro que desparramar las posibilidades con un movimiento demasiado atrevido. A estas alturas a ella no debe quedarle ninguna duda de que te gusta y de para qué te gusta, y habrá coincidido contigo varias veces en lo bien que lo está pasando y en cuánto le gustas tú a ella. ¿No lo tienes claro? Insiste y pregunta. Entonces, ¿quedamos?

Si la respuesta es sí, misión cumplida. Si es no, retírate con clase y prueba de nuevo. Si es un punto intermedio, tranquilo, chaval, la batalla no ha terminado aún. Cualquier razón o excusa puede superarse. ¿Se va de viaje? Quedad después. ¿Ya no le apetece el senderismo? Normal, después del comentario sobre los vaqueros… Propón otro plan, ¿qué tal ir al teatro? Ahí no podrás caminar detrás de ella, quizá la convenzas. ¿Que tiene novio? Eso tampoco es un problema…

“Seguro que eres tremendamente feliz con él y que yo no soy ninguna amenaza para tu relación, así que no creo que quedar conmigo para cenar otro día sea un problema, ¿no? Y si cenar no te apetece, ¿qué tal comer? ¿O un café?”. El que la sigue la consigue y rendirse no es una opción. Propón citas hasta que una sea aceptable. ¿Y si ella solo quiere ser tu amiga? “Yo me encargaré de ir llenando la conversación de imágenes sexuales que harán imposible que quiera ser solo mi amiga”. Quién podría resistirse.

S.: Al final queda demostrada la estupidez que suponen los roles de género. Ellas piensan que ellos solo quieren sexo. Ellos piensan que ellas solo quieren tener hijos. Quizá es porque esta clase tan femenina ha despertado mi cascada emocional interior, pero me da la impresión de que asistir a la clase del otro es lo más provechoso para comprender mejor qué buscan esos extraños e incomprensibles seres del sexo opuesto. Ojalá fuera un correcaminos.

R.: Termina la clase y pienso en lo valientes que son estos chicos, dispuestos a solucionar un problema que limita sus vidas, no importa el esfuerzo (y el dinero) que les cueste. Después de recibir estos consejos se sienten más preparados para salir a comerse el mundo. Es, pienso, un perfecto efecto placebo: todo lo que se ha oído en este aula podría habérselo dicho un amigo, pero el ambiente didáctico y la actitud profesional del profesor les da la seguridad que necesitan. Porque eso es lo único que importa para hablar con una chica, créanme.

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