¿Quién hablará europeo? El tabú de la lengua común en la UE
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ADELANTO DEL LIBRO

¿Quién hablará europeo? El tabú de la lengua común en la UE

En la voluntad de quienes sentarn las bases de la Comunidad Europea durante la posguerra estaba el dejarla al margen de cualquier controversia identitaria. Y el idioma era una de ellas

placeholder Foto: Bandera de la Unión Europea en Bruselas. (Reuters)
Bandera de la Unión Europea en Bruselas. (Reuters)

Extracto del libro '¿Quién hablará europeo?' de Arman Basurto y Marta Domínguez Jiménez publicado en la editorial Clave Intelectual

Una de las cuestiones que más nos sorprendió cuando empezamos a trabajar en este ensayo fue lo difícil que resulta encontrar textos que traten de la cuestión lingüística en el seno de la Unión Europea. Las fuentes que existen son muy escasas, y en la mayoría de los casos se refieren a cómo la realidad europea incide en problemáticas nacionales (desde la cuestión del gaélico a la del catalán, pasando por la eterna disputa belga o las lenguas regionales francesas). Así, al tiempo que se incrementaba nuestro entusiasmo al ser conscientes de estar abordando un tema poco tratado, también nos surgía cierta inquietud al internarnos por un camino que muy pocos habían transitado. Pero, sobre todo, ya en las primeras fases de escritura nos asaltó una pregunta: ¿cómo era posible que en el debate sobre el futuro de Europa y sobre su viabilidad como comunidad política y espacio público ni siquiera se hubiese planteado el papel que juega la inmensa diversidad lingüística del continente?

Si nos remontamos a los orígenes de la Unión Europea, no resulta descabellado sugerir que la experiencia de las dos guerras mundiales y del auge nacionalista que medió entre ellas fue un condicionante decisivo a la hora de determinar qué clase de instrumento político iban a ser las Comunidades Europeas. Así, el relato preponderante desde el establecimiento de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1952 consistió en hermanar a través de la producción industrial (primero) y del comercio (después) lo que las identidades nacionales habían separado. Dentro de esa dialéctica, es lógico que las cuestiones de índole lingüística o identitaria no solo fuesen obviadas, sino que se las considerase un obstáculo.

Se buscaba crear un espacio posnacional en el cual lo identitario no jugase un papel destacado. Y, en este sentido, el hecho de que se tratase de una organización internacional facilitaba enormemente las cosas. A medida que se iban integrando nuevos Estados a la CEE, la imposibilidad de utilizar los idiomas de todos ellos en el día a día de las instituciones hizo que la distinción entre lenguas oficiales y lenguas de trabajo se volviese más relevante. Hoy, la Unión sigue teniendo formalmente el mismo número de lenguas oficiales que de trabajo (veinticuatro), pero la Comisión Europea utiliza de facto tres de ellas como lenguas de trabajo: el francés, el inglés y el alemán.

Las lenguas diplomáticas y el inglés

¿Es descabellado afirmar, por tanto, que ha existido (y aún existe) un tabú en torno a esta cuestión? Es evidente que en la voluntad de quienes sentaron las bases de la Comunidad Europea durante la posguerra estaba el dejarla al margen de cualquier controversia identitaria. Y es indudable que se logró el objetivo: como organización global, la Unión Europea goza de un gran prestigio en áreas como la promoción de los derechos humanos o el fortalecimiento de la democracia, y ha operado durante décadas de acuerdo con un modelo que combinaba la preponderancia de las lenguas diplomáticas con el reconocimiento de la oficialidad de la lengua de los Estados.

Sin embargo, ya desde los años ochenta se han venido produciendo dos fenómenos paralelos:

Por un lado, con la adopción del Acta Única Europea (1987) y el impulso para crear un verdadero mercado común, muchos se dieron cuenta de que la Unión Europea tenía vocación de poder y no era una mera organización internacional. En ese sentido, la crisis de la deuda soberana de la pasada década destapó un sentimiento que llevaba tiempo larvado: la forma en que la Unión y los Estados más solventes manejaron la crisis contribuyó a visibilizar a Bruselas (pocas cosas simbolizan mejor la percepción de poder que tener tu propia metonimia) como una entidad con capacidad de agencia, cuyas decisiones podían afectar la vida cotidiana de los ciudadanos.

Y, por otro lado, el francés fue perdiendo progresivamente el estatus preponderante que ostentaba en el seno de las instituciones comunitarias. A pesar de que las sedes de estas se hallaban en zonas francófonas, y a pesar también del papel que jugaba el francés en el funcionamiento diario de todas ellas, el auge del inglés en el ámbito internacional y el incremento en el número de personas que participaban en los asuntos europeos fueron produciendo un gradual abandono del francés como lengua de trabajo. La ampliación de la Unión en 2004 y la integración de los países del Este fue solo la puntilla: el francés tenía perdida la batalla desde hacía tiempo. En la actualidad, resiste mal que bien como lengua de uso en el Consejo (la única institución de la UE que es verdaderamente intergubernamental y se compone de miembros del cuerpo diplomático), y en el Tribunal de Justicia, toda vez que Bruselas es cada vez menos una capital diplomática y más un núcleo administrativo que se mira en el espejo de ciudades como Washington D. C. o Canberra.

Cabe plantearse, en consecuencia, si el momento para que surja un verdadero espacio público europeo ha llegado, y si el ecosistema lingüístico de la Unión es un obstáculo salvable. El inglés ha avanzado posiciones hasta convertirse en una lingua franca para la burbuja bruselense y, de forma cada vez más destacada, juega un rol preponderante en la comunicación de instituciones como la Comisión Europea o el Parlamento. Los tuits en inglés de sus líderes (ahí están los del expresidente del Consejo Europeo Donald Tusk, muchos de los cuales se han hecho virales), la abismal diferencia entre el número de seguidores de las cuentas oficiales en inglés y en el resto de idiomas, e incluso el hecho de que el primer periódico dedicado íntegramente a la política comunitaria (la versión europea de Politico) esté en inglés, son circunstancias que marcan una tendencia clara. Aunque Bruselas sea una ciudad francófona, en el 'quartier européen' no es difícil que te sirvan un café en inglés, el idioma de la burbuja europea.

Sin embargo, Europa sigue siendo un continente donde amplísimas capas de la población disponen de una competencia limitada en inglés, e incluso quienes lo hablan con soltura suelen inclinarse por informarse (o entretenerse) en su propia lengua, ya que les resulta más cómodo. De la misma forma, el hecho de que el inglés no sea la lengua materna del emisor del mensaje en la mayoría de los casos hace que este sea menos vistoso. ¿Son estas las razones detrás de los fallos comunicativos que se reprochan con frecuencia a la Unión? Es posible que así sea, pero también intervienen otros factores, como el hecho de que los agentes que dirigen la conversación pública (las cadenas de televisión entre otros) estén limitados por un marco nacional, la complejidad de las cuestiones que se debaten en el seno de la Unión o el hecho de que sea difícil encuadrar sus instituciones en estructuras de análisis constitucional hechas a medida de la política nacional.

Sea como fuere, es indudable que la falta de una lengua compartida por la mayoría de la población es un obstáculo que impide la creación de una esfera pública común, levanta una barrera invisible entre gobernantes y gobernados y, en último término, puede llegar incluso a imposibilitar la accountability. Si la barrera lingüística ya hace difícil que se sigan los asuntospúblicos, todavía entorpece más la rendición de cuentas de los líderes ante la opinión pública. Difícil aspirar así a una verdadera esfera pública a nivel europeo.

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