SUS INVERSIONES ESTÁN EN MÁXIMOS

Hipocresía francoalemana: exigen a Europa sanciones a Rusia... y ellos invierten más

Los líderes políticos de Francia y Alemania predican una política de sanciones hacia Rusia por su anexión ilegal de Crimea, pero sus inversiones en el país han alcanzado un nuevo máximo

Foto: Vladimir Putin y Emmanuel Macron. (Reuters)
Vladimir Putin y Emmanuel Macron. (Reuters)

Es difícil encontrar un político del 'establishment' europeo que no haya criticado con dureza la deriva autoritaria de la Rusia de Putin, quien ha visto cómo Francia y Alemania han intensificado las sanciones económicas por la anexión ilegal rusa de Crimea en 2014. Sin embargo, pese a los discursos condenatorios, cinco años después las inversiones de estos países están en máximos de la última década. Algo está cambiando en el viejo continente.

Rusia y la Unión Europea han intensificado sus lazos de amor (y cierto odio) conforme Estados Unidos ha dejado de ser el mejor amigo de Europa, ayudado siempre por las amables palabras y actos de un Donald Trump empeñado en romper alianzas centenarias. También desde que Washington ve con mejores ojos que nunca la política de Moscú.

A nivel oficial las relaciones de Rusia con Occidente están en uno de sus peores momentos desde el fin de la Guerra Fría. Las sanciones sobre Moscú, que comenzaron en 2014 con la invasión y anexión de Crimea y fueron intensificadas con la guerra en el Dombás ucraniano, tienen, salvo excepciones, el apoyo incondicional de todos los aliados del oeste y no tienen visos de remitir. Tampoco las sanciones recíprocas de Rusia que han golpeado a varios países menos poderosos diplomáticamente como Lituania, España o Grecia.

No obstante ambos bandos no han dejado de relacionarse nunca, con canales abiertos al más alto nivel a pesar de los antagonismos políticos. Ninguno de esos choques es tan representativo como el de los que se reunieron este lunes en el sur de Francia: Vladimir Putin visitó la ciudad de Brégançon, lugar de la residencia veraniega de Emmanuel Macron.

Ambos iliberal y liberal, son los dos lados de un muro. Uno apoya a Le Pen y el otro a Navalny, principal opositor ruso, pero saben que están condenados a entenderse. Ambos saben que no hay salida a los problemas de Siria, Ucrania o Irán sin la colaboración del otro (entiéndase Macron como epítome de los occidentales, habiéndose borrado Trump del multilateralismo). En este escenario, el G7 de finales de mes en Biarritz tendrá en Macron el paradójico “emisario” de las opiniones de Rusia.

Es la economía, estúpido

Más allá del teatro político, Macron y Putin tienen demasiados lazos económicos para pincharse demasiado. Francia es, por ejemplo el primer empleador extranjero en Rusia, y las empresas francesas tienen millones invertidos en aquel país, sobre todo grandes compañías, como explicaba en una entrevista en LCI el economista Fabrice Lundy, en sectores clave como los hidrocarburos. Ambos juegan en el peligroso terreno de la injerencia en los asuntos privados si eso puede ayudar al “bien general”.

Lundy citaba el representativo caso del banquero francés Philippe Delpal, que ha estado desde febrero y hasta hace tres días en una cárcel rusa por su supuesta implicación en un caso de fraude relacionado con el fondo de inversión del que es director financiero, Baring Vostok. No es extraño que haya un directivo francés de este nivel en Rusia, Francia tiene muchos grupos financieros, como Societé General, involucrados en el mercado ruso.

Tras una conversación entre Putin y Macron, Delpal fue puesto en arresto domiciliario. Es falaz decir que una cosa llevó a la otra, pero no es falaz señalarlo como una coincidencia bastante sospechosa, una muestra de lo que se desarrolla bajo la superficie.

La paradoja no sería tan estridente si en esa superficie Francia, junto a Alemania, no fueran los países que más aboga por nuevas y reforzadas sanciones sobre productos y personalidades rusas. Por eso, como dicen muchos otros países, una cosa es tener relación y otra aplicar un descarado doble rasero.

Doble moral, consecuencias desiguales

Los países que han sufrido las consecuencias y han pagado el precio de las sanciones rusas, con duros golpes a sus exportaciones de alimentos, por ejemplo, se quejan de un doble juego de los países más poderosos de Europa. Países como Grecia, con una economía ya de por sí en una fase muy frágil, se vio obligada a apoyar las sanciones a Rusia -Atenas es conocida por ser prorrusa- y, como consecuencia uno de sus únicos sectores funcionales, la agricultura, perdió gran parte de su mercado, además de perder muchos turistas de aquel país por la tensión, otro daño en el otro mercado funcional.

¿Y la economía alemana y francesa? No solo no lo ha sufrido sino que goza de una salud inmejorable a nivel bilateral.

Las empresas alemanas y francesas incrementan, por una política de mutuo beneficio con Rusia, sus inversiones en aquel país año tras año. Las empresas germanas, por ejemplo, han invertido 3.300 millones de euros en Rusia en el último año, superando niveles de antes de la anexión de Crimea, según datos de la cámara de comercio ruso-alemana. Además, el comercio bilateral ha crecido un 8% hasta llegar a los 62.000 millones de euros.

Hace pocos meses Putin cortó la cinta a una fábrica de Mercedes en las afueras de Moscú. Uniper y Wintershall, dos grandes del sector de la energía, han invertido grandes sumas en el Nord Stream 2, de la estatal Gazprom, que conectará el suministro de gas de Rusia con Alemania, un proyecto en el que también está involucrada la francesa Engie.

La también francesa Total se ha involucrado en proyectos de gas en el ártico con Gazprom, sin duda una de las grandes representantes del proyecto nacionalista de Putin. También Francia y Rusia gozan de una relación económica excelente: en 2018 el comercio creció un 11% entre ambos, y las empresas galas han metido 20.000 millones en Rusia en el último año.

No es esperable que ni Macron ni Merkel (ni su sucesor) bajen el pistón de las sanciones contra Moscú, ni que Rusia siga tratando de minar el poder de sus contrarios. Sin embargo, lo que está claro es que lo que ni uno ni otro van a trastocar su dependencia económica. Ninguno de ellos podrá seguir en el puesto si su enemigo se “desenchufa” del todo económicamente.

Europa

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