tres años después, ¿qué había de cierto?

Refugiados para levantar Alemania: la teoría conspirativa que acecha a Angela Merkel

Hay quien argumenta que la Canciller quería provocar una revolución en el mercado laboral, en el que las empresas absorberían a los más cualificados y los otros servirían para tumbar los salarios

Foto: Angela Merkel se hace 'selfies' con refugiados de Siria e Irak en Berlín, en septiembre de 2015. (Reuters)
Angela Merkel se hace 'selfies' con refugiados de Siria e Irak en Berlín, en septiembre de 2015. (Reuters)

La teoría de la conspiración empezó a fraguarse poco después de que Angela Merkel decidiese mantener las fronteras abiertas a finales de 2015. La canciller, argumentaba este discurso, buscaba convertir la crisis de los refugiados en una auténtica revolución del mercado laboral. Porque veía a los recién llegados como potencial mano de obra. Entre ellos había profesionales de sectores muy demandados a los que las empresas se iban a rifar. El resto podría colocarse en puestos no cualificados, donde también hacían falta, tirando para abajo de los salarios. Azuzando el "boom" económico. Tres años después, ¿qué hay de cierto en estas elucubraciones?

Las largas filas de inmigrantes, cargados de maletas y de niños, cruzando la frontera alemana son cosa del pasado. Pero las consecuencias de la crisis que generó la llegada de casi un millón y medio de personas al país, la mayoría procedentes de Siria, Irak y Afganistán, están aún muy presentes. En la política, de forma más que evidente. La figura de Merkel, líder hasta entonces indiscutible de Alemania y Europa, se encuentra ahora muy erosionada, abocada a un abandono progresivo pero inexorable del escenario. Mientras tanto, la ultraderecha ha pasado de la irrelevancia a determinar el debate público y ser cabeza de la oposición.

También en la economía se han sentido los efectos de aquella crisis. En sus múltiples aristas. El gasto del Estado en los peticionarios de asilo, de alojamiento a ayudas sociales pasando por la educación de los menores y la sanidad para todos, ha supuesto decenas de miles de millones. Esto ha sido, según los economistas, un pequeño "paquete de estímulo" que ha contribuido vía consumo a dinamizar la mayor economía europea en los últimos ejercicios.

Luego está la cuestión laboral, la que ha dado lugar a tantas especulaciones. El presidente de la Agencia Federal de Empleo (BA), Detlef Scheele, apuntó recientemente que su departamento espera que este año entre 60.000 y 70.000 personas con estatus de refugiados -y que ahora aparecen como buscando trabajo o en paro- logren un empleo. "Creo que principalmente vamos a volver a lograr que muchos refugiados jóvenes entren en la formación profesional", aseguró al inaugurar una feria en Berlín sobre empleo para asilados. Hacía así referencia a la educación dual típica de los ciclos de FP en Alemania, en los que se dedica la mitad del tiempo de formación al trabajo remunerado en empresas, de tal forma que los jóvenes están estudiando, pero a la vez cobran y cotizan, por lo que computan como trabajadores.

Esas hasta 70.000 personas de 2019 vendrían a sumarse a los actualmente 370.000 refugiados que constan en las estadísticas de la BA como empleados, después de que el año pasado la cifra de asilados que accedieron por primera vez al mercado laboral alemán se incrementase en 100.000 individuos. Los datos apuntan a que, efectivamente, los refugiados están accediendo al mercado laboral alemán.

"Podemos estar muy contentos con la evolución", indica el economista Herbert Brücker, que publicó a finales de 2018 un estudio sobre la integración de los refugiados en el mercado laboral. El análisis, realizado por el Instituto para la Investigación del Mercado de Trabajo y el Empleo (IAB), el Instituto Alemán para la Investigación Económica (DIW) y la Oficina Federal para la Migración y los Refugiados (BAMF), situaba entonces la tasa de refugiados con empleo en un modesto 35 por ciento.

La anciana Elisabeth Grohmann es ayudada por la refugiada afgana Elahi Temori en Düsseldorf, en septiembre de 2018. (Reuters)
La anciana Elisabeth Grohmann es ayudada por la refugiada afgana Elahi Temori en Düsseldorf, en septiembre de 2018. (Reuters)

Dos tercios en paro pese a la demanda

La cuota es "muy buena", valoraba sin embargo el estudio, tratando de poner estas cifras en contexto. Recordaba que a finales de 2017 esta tasa se situaba aún en el 21 por ciento. Además, tenía en cuenta que estudios anteriores sobre otros episodios de grandes migraciones calculaban que eran precisos al menos cinco años para que la mitad de los recién llegados al país accediese al mercado laboral. Es decir, que Alemania va bien encaminada para poder cumplir esta regla.

Efectivamente se ven avances significativos. No obstante, la clave para evaluar hasta qué punto de enganche con la realidad tiene aquella teoría de la conspiración es comparar estas cifras de incorporación al mercado laboral con la potencial población activa máxima del colectivo asilado -unos 600.000 dados de alta en la BA- y, sobre todo, con la cifra total de personas que han llegado al país desde 2015, que son cerca de millón y medio.

Pese al optimismo del estudio, el hecho de que dos de cada tres refugiados llegados al país desde 2015 y con interés en trabajar siguen en paro. La cosa no arranca. Y por varios motivos. De un lado están los problemas de encaje entre la oferta y la demanda. Entre los recién llegados hay algún médico sirio, pero también muchos afganos sin ninguna educación formal, cuyas perspectivas laborales son más bien escasas en Alemania.

La economía alemana estaría encantada de recibir nuevo personal cualificado, así lo han dicho en repetidas ocasiones la poderosa Asociación de la Industria Alemania (BDI) y la Asociación de la Patronal Alemania (BDA). Pero muchos de los refugiados llegados al país en los últimos años no encajan en sus necesidades. El país ha encadenado diez años de máximos consecutivos de población empleada y su tasa de desempleo se encuentra en la actualidad en mínimos desde la reunificación. Según Eurostat, en enero se situó en el 3,2 %. Además, según el IAB, el cuarto trimestre de 2018 se cerró con 1,5 millones de puestos de trabajo sin empleado, un máximo histórico.

Las previsiones apuntan además a que la demanda no va a decaer, sino todo lo contrario. Un estudio reciente de la fundación Bertelsmann estimaba que a medio y largo plazo la mayor economía europea precisará anualmente al menos 260.000 inmigrantes. La causa principal de esta presión será la fuerte caída de la población activa que se espera a partir de la próxima década, cuando empiece a jubilarse la generación de los "baby boomers" de la posguerra. El documento preveía que para 2060 la población activa alemana se hubiese reducido en unos 16 millones de personas con respecto a su volumen actual, una caída de casi un tercio.

Además, hay un problema estructural. La integración en el mercado laboral alemán no es fácil, incluso teniendo las capacidades demandadas. Eso lo saben los miles de jóvenes del sur de Europa -españoles, italianos y griegos, principalmente- que probaron suerte en el país durante la crisis de la deuda, especialmente entre 2011 y 2014. Muchos fueron cargados de ilusión, motivados por las aparentemente mínimas barreras de entrada; pero pocos acabaron encontrado lo que buscaban. Los más regresaron a sus países cuando en casa las economías empezaron, mal que bien, a repuntar.

El inmigrante sirio Haidar Darwish frente a la tienda en la que trabaja en Berlín, en julio de 2018. (Reuters)
El inmigrante sirio Haidar Darwish frente a la tienda en la que trabaja en Berlín, en julio de 2018. (Reuters)

​Idioma y cualificaciones

El primer escollo, para unos y otros, es la lengua. Muy pocos inmigrantes y refugiados llegan sabiendo alemán y éste es de forma indiscutible el idioma de trabajo en el país. Muy pocas empresas -algunos grandes bancos en Fráncfort, ciertas multinacionales en Múnich y Hamburgo, unas pocas start-ups en Berlín- utilizan el inglés como lengua franca en sus reuniones y correos. Además, la mayoría de las vacantes del país se encuentran en las pequeñas y medianas empresas situadas en localidades de tamaño medio, donde exclusivamente se habla alemán.

Esto cierra muchas puertas. "Es difícil llegar a Berlín y encontrar un trabajo. Especialmente si no hablas muy bien el alemán", explica al Berliner Kurier Anas Hamad, un cocinero sirio de 25 años llegado hace tres a Alemania desde Damasco. El estudio del IAB, el DIW y la BA lo atestigua. Los expertos aseguran que una mejora en el desempeño con el idioma se traduce inmediatamente en "mejoradas opciones" de lograr empleo, pero que la barrera de entrada sigue siendo elevada.

El otro gran problema para la integración laboral es el reconocimiento de títulos. La cuestión es ya espinosa dentro de la UE -a pesar del Proceso de Bolonia para crear el espacio europeo de educación superior-, pero se convierte en un muro invisible para muchos ciudadanos de terceros países. "Tengo que volver a estudiar aquí. No me reconocen muchos de mis títulos", asegura Nada Murad, iraquí de 45 años, exempleada de una guardería. Eso por no hablar de los profesionales de oficios con experiencia pero sin una formación reglada, que no pueden ejercer en Alemania porque no tienen un título que acredite su capacitación.

Consciente de estos problemas, el Gobierno alemán está dando pasos para tratar de paliar esta situación. Uno de los más significativos está siendo la actual tramitación de la primera ley de inmigración del país, que pretende fomentar la llegada de personal cualificado. Un salto cualitativo -y no exento de polémica- cuyos resultados no se podrán evaluar hasta dentro de unos años.

Nadie sabe realmente qué pasó por la cabeza de Merkel en septiembre de 2015. Pero las dificultades con que está topando Alemania para integrar laboralmente a los refugiados no son nada novedoso, nada que no se haya descrito en casos anteriores. Las fronteras abiertas para todos no resuelven los cuellos de botella específicos de un mercado de trabajo. Y eso lo sabía ya entonces la canciller. Seguro. Digan lo que digan los conspiradores.

Europa

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