Tres presidentes en una semana y un país a la deriva: en qué momento se jodió el Perú
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CRISIS EN EL PAÍS LATINOAMERICANO

Tres presidentes en una semana y un país a la deriva: en qué momento se jodió el Perú

Tres presidentes en una semana y un Parlamento poblado de truhanes: ¿necesita el país sudamericano una nueva Constitución para corregir el fracaso sistémico de sus instituciones?

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Tres presidentes en una semana y un país a la deriva: en qué momento se jodió el Perú

Perú cumple 200 años de vida en 2021 y, en estos días, pocas frases parecen tan adecuadas para plasmar una historia convulsa y accidentada como la célebre frase de Mario Vargas Llosa convertida en pregunta cíclica: ¿en qué momento se jodió el Perú? Por ahora, sabemos que se estrelló por última vez y hasta nuevo aviso la semana pasada, cuando 105 parlamentarios decidieron destituir a un presidente en plena pandemia y a pocos meses de que termine su mandato. Sobre sus razones o, mejor, sus excusas, hablamos más tarde.

La crisis que desató esa decisión ha sido un drama de varios actos. Ha sido trágica, en primer lugar, por la muerte de dos jóvenes de 22 y 24 años, abatidos por disparos con armas de fuego, al parecer de agentes de seguridad, durante fuertes protestas en Lima; además de varios heridos aún internados en hospitales de la capital peruana, la violenta represión policial ha dejado varios desaparecidos, según denuncian activistas de derechos humanos.

También ha sido épica, porque la indignación de la ciudadanía contra una clase política corrupta y venal desbordó desde la misma noche de la destitución las calles de Lima y otras ciudades del país. Jóvenes, sobre todo, bautizados con la poderosa etiqueta de 'generación del bicentenario' por sus exigencias de refundar el país, nada menos, y cambiar por fin el destino de esa alguna vez prometedora república del Nuevo Mundo tras 200 años de tropezones. Su arrojo y compromiso recuerdan el multitudinario movimiento de protestas en Chile. También por su capacidad para forzar cambios, porque en menos de una semana sacaron al nuevo ocupante del Palacio de Gobierno.

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Ha sido tragicómica, por último, por el fugaz paso de un personaje sombrío y mediocre como Manuel Merino por la presidencia interina tras la destitución de Martín Vizcarra. Cinco días estuvo Merino en el cargo, tras meses de esfuerzos indisimulados por sacar al anterior mandatario, costase lo que costase. Y, de paso, ocupar él su lugar, al ser el siguiente en la cadena de sucesión como presidente del Congreso. Merino se colgó la banda presidencial con el respaldo insignificante de los 5.000 votantes que lo llevaron al Parlamento y sin inmutarse por el desprecio posiblemente de millones. Si tomamos la temperatura actual de la opinión pública peruana, uno podría pensar que Merino pasará no al olvido, sino a una página destacada en la historia de la infamia en el Perú.

Tres presidentes en una semana

Con la llegada de Francisco Sagasti como nuevo jefe de Estado transitorio hasta julio de 2021, Perú habrá tenido tres presidentes en una semana, un escenario como en las épocas más confusas y turbulentas de América Latina. Desde 2016, han sido cuatro.

Ese año explica también el inicio de la crisis que ha dejado el país a la deriva. El economista Pedro Pablo Kuczynski ganó entonces la carrera por la presidencia tras superar en los últimos metros a Keiko Fujimori, pero el partido liderado por la hija de Alberto Fujimori se hizo con una mayoría absoluta en el Parlamento. Y el fujimorismo, herido por la derrota, no estaba dispuesto a pactar ni colaborar. Eso abrió un periodo de inestabilidad permanente que llevó a la salida de Kuczynski en 2018 y, por otro lado, a que su sucesor en la presidencia, Martín Vizcarra, disolviera el Congreso un año después. Pero ni así se calmaron las aguas.

El expresidente de Perú Pedro Pablo Kuczynsk. (EFE)
El expresidente de Perú Pedro Pablo Kuczynsk. (EFE)

Un factor decisivo para la crisis ha sido el abuso de la llamada 'moción de vacancia'. Este instrumento constitucional heredado del siglo XIX prevé la destitución del presidente para casos excepcionales como "la permanente incapacidad moral" del titular del cargo. La vaguedad jurídica (¿qué es en concreto "incapacidad moral permanente"? ¿Y quién la corrobora?) ha hecho que ese artículo de la Carta Magna se haya convertido en el último lustro en un arma arrojadiza para la batalla política más desleal. Lo demuestran los números: en los últimos tres años, el Congreso impulsó cuatro mociones de vacancia. En los últimos 40 años, solo se había empleado una vez.

La tradición de la corrupción

Su uso indebido queda también patente en el hecho de que, a diferencia de en democracias parlamentarias como las europeas, la moción de vacancia no está prevista en Perú como un mecanismo de control al Gobierno. Pero no ha sido este complejo debate jurídico lo que ha hecho explotar la indignación en las calles, sino la alianza dispar y de intereses mezquinos que sacó del cargo a Vizcarra el 9 de noviembre por acusaciones de corrupción.

Para muchos peruanos, es evidente que el grupo comandado por Merino y azuzado por algunos de los sectores políticos más radicales tenía motivos más oscuros y bajos que la lucha contra la corrupción para sacar al presidente: de los 105 parlamentarios que votaron por la destitución, casi 70 están siendo ellos mismos investigados o ya afrontan cargos por corrupción. La mayoría detesta a Vizcarra por impulsar reformas para eliminar la inmunidad parlamentaria o impedir la reelección de congresistas, y tienen mucho que perder si esos planes salen adelante.

Perú se echa a la calle tras la destitución del presidente Vizcarra

A ello se suman los intereses económicos de 'lobbies' que se han enriquecido, por ejemplo, con los abundantes centros de estudios 'basura' y que miran con malos ojos una reforma universitaria en marcha para regular ese sector privado. Cualquiera que haya paseado por las calles de Lima, sabe que la proliferación de supuestas universidades es ya un problema óptico: ¿cómo puede haber tantas?

Ni siquiera mermó la indignación popular el hecho paradójico de que Vizcarra también sea acusado de corrupción. En concreto, de haber recibido sobornos para la concesión de obras públicas cuando era presidente regional de Moguegua, en el sur del país, entre 2011 y 2014. Las investigaciones en su contra acaban de empezar. Aún es temprano para saber si las acusaciones vertidas por implicados dispuestos a colaborar con la Justicia ("colaboradores eficaces") prosperarán, pero que Vizcarra pueda ser declarado culpable confirmaría solo lo que ha sido una práctica habitual en las últimas dos décadas en Perú. La corrupción nacida de una tradición nefasta de mezclar política y negocios.

Facinerosos en el Congreso

Pero el hartazgo de los peruanos con su clase política es mucho más general, y se puede observar muy bien en la descomposición del legislativo en los últimos años. La falta de instituciones democráticas sólidas, de partidos políticos asentados y de leyes de financiación partidaria, así como el desinterés político de los ciudadanos heredado desde la década del régimen autoritario de Fujimori (1990-2000), han permitido que una horda de facinerosos se apoderase del Parlamento. Y el problema no es ideológico.

Alberto Fujimori. (Reuters)
Alberto Fujimori. (Reuters)

De la mano del fujimorismo y de partidos radicales de ideología dispar como Unión por el Perú, pero también de formaciones tradicionales como el conservador Acción Popular, han entrado a la política todo tipo de buscavidas y empresarios corruptos, gamonales provinciales de reputación dudosa e incluso matones y truhanes de poca monta. El que crea que se trata de una exageración puede buscar en YouTube algunos de los vídeos asociados a Esther Saavedra, Héctor Becerril o Jenny Vilcatoma.

Un Don Quijote para salvar el país

La tormenta parece estar amainando ahora con la elección de Sagasti como el presidente que debe llevar Perú a las elecciones convocadas para el 11 de abril de 2021 y para el cambio de mando previsto para el 28 de julio, el día en que se celebra el bicentenario.

El alivio que produjo su nombramiento se mostró también en los guiños que lo comparaban con Don Quijote en las redes sociales

Sagasti, un político de 76 años de talante liberal, fue uno de los pocos parlamentarios que no votaron por la destitución de Vizcarra y goza de una imagen de hombre serio e íntegro, a diferencia de gran parte de sus colegas. Por ahora, cuenta con el beneplácito de la calle. El alivio que produjo su nombramiento se mostró también en los guiños que lo comparaban con Don Quijote en las redes sociales, no solo por la desigual tarea que tiene por delante, sino también por su figura alargada y sus barbas frondosas y blancas.

El Gobierno interino ha sido fraguado con acuerdos mínimos y bajo presión popular, con manifestantes apostados literalmente a las puertas del Congreso para conseguir que los imprevisibles representantes del pueblo actuasen por fin con cordura el lunes, el día en que se eligió a Sagasti como nuevo presidente del Parlamento y en consecuencia como jefe de Estado interino. El nuevo presidente afronta desafíos enormes, porque las bancadas que sacaron a Vizcarra siguen ahí y él necesita tender puentes con un gabinete que refleje varias corrientes.

Además, debe ser consciente de que su mandato, en esencia, tiene dos únicas tareas: coordinar la lucha contra la pandemia para cuando llegue la segunda ola y garantizar unas elecciones limpias en abril. Eso implica que deje para el Gobierno que salga de las urnas decisiones importantes como el futuro de la reforma universitaria. Y que convenza al Parlamento de que la elección de varios jueces del Tribunal Constitucional, pendiente desde diciembre de 2019, le corresponde al próximo legislativo.

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De cara a futuro, quizá vuelva a servir una mirada hacia Chile. El vecino del sur elegirá en los próximos meses una Asamblea Constituyente con la tarea de elaborar una nueva Constitución, uno de los cambios impulsados por el movimiento de protestas. La Carta Magna de Perú fue aprobada en 1993 durante el régimen autoritario de Fujimori y en el país muchos reclaman un nuevo texto como salida a las últimas turbulencias políticas. ¿Ha llegado la hora de pensar en una nueva Constitución?

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