sigue influyendo 52 años después de su muerte

El Che Guevara, contra las joyas de la 'primera dama' en Cuba

Una visita del presidente cubano a Venezuela habría pasado a la hemeroteca de no haber sido por una decisión del nuevo mandatario que rápidamente robó protagonismo a la agenda oficial

Foto: Un estudiante sostiene una vela en una vigilia en Cuba. (Reuters)
Un estudiante sostiene una vela en una vigilia en Cuba. (Reuters)

En abril del año pasado, solo unos días después de haberse convertido en presidente de los consejos de Estado y de Ministros de Cuba, Miguel Díaz-Canel viajó a Venezuela. Para los analistas se trataba de una visita lógica, atendiendo a la magnitud de las relaciones entre La Habana y Caracas. Y como tal habría pasado a la hemeroteca de no haber sido por una decisión del nuevo mandatario que rápidamente robó protagonismo a la agenda oficial.

Los primeros en reseñarla fueron los medios de la prensa extranjera pero, poco a poco, también lo hizo la televisión estatal de la Isla: el presidente cubano viajaba "en compañía de la Primera Dama, Lis Cuesta Peraza". Lo que siguió fue uno de esos terremotos subterráneos que cada tanto estremecen la nación caribeña y casi siempre pasan desapercibidos al observador inexperto. El pulso se extendió por meses. En un extremo del ring, el propio Díaz-Canel y, al otro, un importante segmento de sus conciudadanos. Hasta finales de año, Díaz-Canel mantuvo la visibilidad de su cónyuge en actividades protocolarias dentro y fuera del país, pese a las crecientes críticas en cuanto corrillo viniera a cuento de que "para eso" no se había hecho la Revolución.

Conscientes como decía Ignacio de Loyola de que "en una fortaleza sitiada toda disidencia es traición", los cubanos han hecho del rumor una institución nacional. Las autoridades lo saben. Por eso, tanto el Partido Comunista como su red de organizaciones subsidiarias y el poderoso Ministerio del Interior dedican constantes esfuerzos a para recoger lo que en el argot burocrático local es designado como "estados de opinión".

Poco importa si son habladurías de barrio, chistes a costa de las figuras públicas o asuntos de un cariz más serio. Cuanto se dice es escuchado y transmitido por miles de informantes anónimos, compilado por departamentos creados al efecto, y presentado a los dirigentes en cada nivel. En teoría, todas sus decisiones deben partir de un estudio de las inquietudes ciudadanas.

Desde la alta jerarquía que todavía ocupa como primer secretario del Partido, Raúl Castro tiene acceso preferente a ese cúmulo de informaciones. Con seguridad, entre las que recibió durante el año pasado sobresalieron las relacionadas con la esposa de su sucesor en la primera magistratura. No resulta aventurado suponer qué opinó al respecto.

Tras acompañar a Díaz-Canel durante una extensa gira por Rusia, China y otras naciones europeas y asiáticas a finales del año pasado, la sonriente 'Primera Dama' comenzó a desaparecer de las pantallas. En lo que va de 2019 su presencia se ha hecho incluso menos relevante, con muy ocasionales apariciones y ninguna referencia al título que en principio se le adjudicó. Para los registros, Lis Cuesta Peraza ha vuelto ser solo la directora de una agencia dedicada al turismo cultural.

De jornalero a 'souvenir'

A su llegada al poder, en enero de 1959, Fidel Castro y sus seguidores cuestionaron la utilidad de cargos como el de 'Primera Dama', y de tradiciones como la de los bailes de gala que en fechas solemnes se organizaban en Palacio. Precisamente las elevadas partidas de gastos que se habían autoasignado, y las que habían establecido para uso de su esposa y mantenimiento de la casa presidencial, terminarían convirtiéndose en un arma decisiva contra Manuel Urrutia, el primer mandatario de la isla tras el triunfo de la Revolución Cubana, cuando pretendió enfrentarse al carismático líder guerrillero.

Aquella confrontación no podía tener más resultado que la renuncia del antiguo juez de provincias y la radicalización de la ortodoxia revolucionaria. Lo que siguió fue una campaña moralizadora que durante más de tres décadas defendió el estoicismo como filosofía de Estado. Su paradigma sería el Che Guevara, el comunista argentino que tres años antes se había unido en calidad de médico a la expedición contra el dictador pro estadounidense y cleptómano Fulgencio Batista.

Terminada la guerra, Guevara adoptó el estilo de vida de un asceta, con jornadas laborales que alcanzaban las 20 horas y fines de semana dedicados al trabajo voluntario. "Nos la pasábamos añorando que llegara el domingo para irnos con papá a un corte de caña o a visitar una fábrica. Eran las únicas ocasiones en que podíamos estar con él por más que unos cuantos minutos", recordaría su hija Aleida, ya siendo adulta.

En una ocasión, al inaugurar una planta productora de bicicletas, alguien intentó regalarle a la niña uno de los primeros modelos salidos de la línea de ensamblaje. El Che atajó la propuesta con una pregunta incontestable: "¿Y a usted quién lo autorizó a disponer de la propiedad del Estado?". "Esa tarde papá nos explicó con paciencia por qué había rechazado aquel 'regalo'. No fue sino hasta muchos meses después, cuando pudo pagarla con su salario, que trajo a casa la dichosa bicicleta".

Se trataba, por demás, del magro salario de un comandante del Ejército Rebelde, pues el argentino siempre se negó a cobrar los honorarios establecidos para los altos cargos que desempeñó hasta su partida de Cuba. En una monografía sobre el tema, el historiador británico Alan Woods resalta que el Che desarrolló una aversión crónica hacia la burocracia y a los privilegios que comenzaban a disfrutar algunos dirigentes y sus acólitos. En ese sentido, llama la atención el interés del ministro-guerrillero por las ideas de Trotsky, que "aumentaba en el mismo grado en que se desilusionaba con los regímenes burocráticos de Rusia y Europa del Este".

Sin embargo, tras el asesinato en Bolivia del guerrillero, el discurso oficial simplificó cuanto pudo la compleja personalidad del Che y lo rebautizó como "Guerrillero Heroico", convirtiéndolo en el icono más importante del panteón revolucionario. Funcionarios de entonces aseguran que la idea partió de la oficina de Fidel Castro, quien con su proverbial capacidad de anticipación habría calibrado el quijotesco atractivo de su excompañero de armas.

El tiempo le dio la razón. Hoy, la inconfundible silueta guevariana es el motivo más recurrente en los bazares turísticos de la Isla. En una extraña ironía de la historia, hasta el pasado junio –cuando Donald Trump volvió a prohibir los viajes de sus compatriotas a Cuba–, miles estadounidenses visitaban cada semana el mausoleo que preserva los restos del Che en la ciudad de Santa Clara.

Vuelve la burocracia burguesa

Este 10 de octubre la Asamblea Nacional cubana se reunirá para elegir al primer Presidente de la República en más de cuatro décadas. Pese a que siempre fue tratado como tal, Fidel Castro nunca ostentó ese título. Tampoco su hermano Raúl, ni –hasta ahora– Díaz-Canel.

Fiel al espíritu "sovietista", la Constitución de 1976 había establecido un complejo sistema de consejos y órganos asesores que, en teoría, descentralizaba el poder haciendo que las decisiones fueran de carácter colegiado. En la práctica, ocurrió lo contrario. Al amparo de una interpretación sesgada, Fidel terminó concentrando en sus manos todos los resortes del Estado, que unidos a los del Partido Comunista, lo hicieron virtualmente incuestionable. La larga relación de dignidades que antecedía su nombre en cualquier documento (Comandante en Jefe, Primer Secretario del Comité Central del Partido, Presidente de los consejos de Estado y de Ministros…) eran reflejo de la magnitud de las potestades que llegó ejercer.

Animado por una filosofía más pragmática, Raúl Castro dedicó buena parte de sus doce años de gobierno a reformar el entramado público. Resultado de tales esfuerzos fue la Constitución promulgada en abril de este año, la cual –significativamente– restableció jerarquías que en otros tiempos eran consideradas "burguesas".

Aunque los promotores del texto restaron importancia a la cuestión, miles de ciudadanos insistieron en manifestar su inquietud ante el hecho de que el país volviera a ser dirigido por un Presidente de la República y un Primer Ministro, y que las provincias cambiaran sus asambleas territoriales por gobernadores enviados desde la capital. "Ya de paso, que acaben de reponer a los alcaldes y ahorramos tiempo", ironizó un internauta.

El motivo de la polémica no era baladí. Tres de cada cuatro cubanos han vivido toda su existencia bajo la Revolución, aprendiendo en las escuelas que "la República" (la denominación que en los libros escolares reciben las seis primeras décadas del siglo XX) fue una etapa de corrupción y desigualdad rampantes, en buena medida a causa de políticos investidos con jerarquías como las que se están reinstaurarondo.

En una coincidencia poco feliz, por estas mismas fechas Lis Cuesta lucía en telediarios y noticieros vestidos y joyas de dudoso buen gusto pero ostensiblemente caras.

El rechazo hacia la clase dirigente es una de las actitudes más generalizadas en la Isla. Al punto que se ha convertido en 'leitmotiv' para diferentes manifestaciones culturales. Entre todas, el humorismo ha sido el que mejor ha sabido explotar la figura de "el cuadro" (funcionario) siempre tan atento a satisfacer los deseos de sus superiores como ignorante a las necesidades de sus conciudadanos.

Las burlas llegaron al punto de que en julio el diario Granma –vocero oficial del Comité Central del Partido– publicó un artículo sobre lo que definió como "humor en un solo sentido", cuestionando las intenciones de quienes lo ejercían. Pese a las voces que se alzaron en contra, el comentario quedó como aviso de navegantes para el futuro cercano.

Plaza sitiada

La elección del "Presidente de la República" este 10 de octubre, de hecho, tendrá lugar en medio de la "coyuntura" admitida por Díaz-Canel el pasado septiembre: la última crisis que asola la isla debido a las dificultades para trasladar combustible desde Venezuela.

El presidente Miguel Díaz-Canel y ministros cubanos insisten en culpar de la crisis al Gobierno de Estados Unidos, al que acusan de tratar de impedir la llegada de combustible a la isla mediante presiones a las navieras que transportan crudo desde Venezuela, el mayor socio de Cuba. La intención declarada de la Casa Blanca es que ninguna naviera o empresa aseguradora se aventure a hacer negocios con ambas naciones.

Además de las dificultades materiales que la crisis del combustible provoca, el nuevo escenario ha servido para avivar la radicalización retórica y práctica de La Habana, amén de justificación para retomar la premisa de "plaza sitiada" que por más de medio siglo marcó la política cubana. Ante tales circunstancias, no cabe esperar sorpresas en los comicios inminentes, ni resulta oportuno cuestionar privilegios que alguien pudiera haber calificado de concesión al capitalismo. No son tiempos para disidencias, proclaman con íntima satisfacción los burócratas.

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