icono feminista en la corte

Jueza, 86 años... y estrella pop: así es RBG, el azote 'progre' en el Supremo de EEUU

Protagonista de memes, gifs, chapas, tatuajes, camisetas e imitaciones en los 'late night' de la televisión norteamericana, Ginsburg es una figura poco usual para el alto tribunal

Foto: Imagen de archivo de Ruth Bader Ginsburg. (Reuters)
Imagen de archivo de Ruth Bader Ginsburg. (Reuters)

Tiene la voz quebrada y con tono agudo. Camina levemente encorvada. Sufre caídas en casa y de vez en cuando pasa por el hospital. Es la más longeva de su tribunal y es abuela. Hasta ahí todo podría considerarse “corriente” para una magistrada que este viernes cumplió 86 años. Pero Ruth Bader Ginsburg (RBG) se aleja de cualquier atisbo de normalidad.

El azote progresista en el Supremo de EEUU ha protagonizado recientemente una película, libros y un documental que ha terminado en los Oscar y que le ha encumbrado como una estrella pop. Ginsburg (Nueva York, 1933) es, sobre todo, un icono feminista que en 1993 llegó al alto tribunal, la segunda mujer en lograrlo. Antes, se había elevado frente a esta corte como una abogada defensora de las mujeres.

Protagonista de memes, gifs, chapas, tatuajes, camisetas -que ella misma regala a sus amigos-, e imitaciones en los ‘late night’ de la televisión norteamericana, Ginsburg es una figura poco usual para el alto tribunal del país, caracterizado por la sobriedad y alejado históricamente de la vida política y mediática. Un personaje que sería impensable para un magistrado del Supremo en España o en cualquier otro país.

Figura de Ginsburg. (Reuters)
Figura de Ginsburg. (Reuters)

A Ginsburg le apodan ‘Notorious RBG’, como al conocido rapero ‘Notorious BIG’. Ambos son de Brooklyn y tienen, según la jueza, “mucho en común”. Si el cantante llevaba medallones de oro, ella adorna su toga con distintos collares en función de la ocasión: unos para disentir y otros para ser la voz de la mayoría del tribunal. Ambos adoran la música, aunque ella es más de ópera.

La mayor parte del merchandising relacionado con RBG juega con ese apodo de 'Notorious', pero también con alguna de sus frases más icónicas cuando ejercía como abogada para causas feministas y que luego ha mantenido en el Supremo. ‘I dissent’ (disiento), ‘There is no tRuth without Ruth’ (no hay verdad sin Ruth) o ‘On the basis of sex’ (una cuestión de género) son solo algunas de las consignas más repetidas. Esta última es también el título del largometraje que pretende narrar su vida y en la que la magistrada es interpretada por Felicity Jones.

El caso de Ginsburg es emblemático en EEUU, donde no había ocurrido nada similar pese a la cultura del espectáculo que inunda todo lo vinculado a la política. Así lo asegura a El Confidencial Ilya Shapiro, director de Estudios Constitucionales del conservador Instituto Cato, con sede en Washington. “Nunca ha habido tanto merchandising o películas sobre un juez”. Esto se debe a varias cuestiones.

Por un lado, argumenta Shapiro, por el entorno de redes sociales e internet que facilita la consolidación de iconos, pero también porque el Supremo “parece estar más vinculado al mundo político ahora que nunca antes en el pasado”. ¿Por qué ella y no otro juez? Porque, según el experto estadounidense, “su historial feminista resuena en la política de identidades actual”, una condición que se añade a su veteranía dentro de la bancada progresista de la corte.

Necesidad de un referente

Pero no es solo por eso. El progresismo estadounidense estaba en horas bajas tras la debacle de Hillary Clinton en 2016. Roger Senserrich, politólogo de la plataforma Politikon afincado en Connecticut (EEUU), cree que, además de su papel de pionera en causas feministas, “en parte, el movimiento empezó con cierta ironía, poniendo a una mujer bajita y de voz quebrada como un superhéroe”. “La explosión RBG de estos dos últimos años es, probablemente, derivados de la derrota de Clinton el 2016, y la frustración del movimiento feminista americano entonces. Ginsburg era, a todos los efectos, la mujer más poderosa del país”, comenta a El Confidencial. Senserrich añade entre las causas la necesidad del progresismo estadounidense de encontrar referentes en la era post Obama.

Por lo trascendente que es en EEUU el nombramiento de un juez del alto tribunal, la salud de Ginsburg tiene en vilo al progresismo de la nación. Cada vez que tiene alguna caída o alguna intervención médica, saltan las alarmas en la sociedad norteamericana y en los medios, que probablemente tengan ya listo su obituario. ¿La razón? Los jueces de esta sala -conformada por nueve magistrados- son elegidos por el presidente, por lo que en caso de que Ginsburg falleciera o se jubilara antes de que Trump abandonara la Casa Blanca, el mandatario ultraderechista podría ampliar la hegemonía conservadora en la corte. El magnate ya ha nombrado a dos jueces para el Supremo, un ritmo poco usual, aunque lejos del que siguió Franklin Roosevelt (1933-1945), con un total de 9 magistrados, récord histórico, en 12 años.

Cartel del documental 'RBG' en los preparativos de los Oscar 2019. (Reuters)
Cartel del documental 'RBG' en los preparativos de los Oscar 2019. (Reuters)

La última vez que pasó por el hospital, abría informativos y tuvo pendiente a medio país. Su leyenda crece aún más cuando se conocen detalles de su dedicación. El pasado diciembre, cuando estaba ingresada para que le extirparan dos tumores malignos -ha superado tres cánceres-, estuvo trabajando desde la cama del hospital y votó desde allí en contra de las nuevas restricciones al asilo impulsadas por Trump. Poco antes, ya había pasado por el hospital después de romperse tres costillas en una caída doméstica.

Pero Ginsburg es conocedora de su trascendencia y es consciente de que debe cuidarse para poder mantenerse en su puesto de trabajo más allá de 2020. La jueza se calza sus Adidas blancas para ir al gimnasio con un entrenador personal, tal y como recoge el documental biográfico ‘RBG’, que recibió dos nominaciones a los Oscar. En los últimos años de mandato de Obama, voces progresistas le pedían que dimitiera para que el presidente pudiera nominar a un magistrado progresista. Ginsburg siempre ha sostenido que ejercerá hasta que ya no pueda hacerlo.

En este documental también queda patente la marcada seriedad y timidez de la magistrada, una condición que no le impide llenar salas con centenares de personas cuando ofrece una conferencia. Tampoco le frena a la hora de leer sus apasionadas opiniones ante los casos clave del tribunal, sea la opinión mayoritaria o en desacuerdo. Su voz quebrada sigue retumbando en las paredes de la suntuosa sala del Supremo, donde en cada sesión resuena la misma llamada: “Oyez, oyez, oyez. Se sienta el tribunal”.

La jueza, sin embargo, también comete errores. En la campaña de las elecciones presidenciales de 2016, las que ganó Trump, RBG tuvo una de las pocas manchas que se le recuerdan en su expediente. Entonces, la jueza calificó al magnate como “farsante”. A lo que el actual mandatario respondió diciendo que era una “vergüenza para el tribunal” y que debía dimitir. Ginsburg pidió perdón poco después y fue muy criticada por esta acción. Un año antes, la magistrada se quedó dormida en la Cámara de Representantes mientras Obama ofrecía el Discurso sobre el Estado de la Unión. “No estaba cien por cien sobria”, dijo entonces.

Ginsburg, hija de padre inmigrante, se crió en el humilde barrio de Brooklyn y se terminó graduando como la primera de su clase en la Universidad de Cornell en 1954, año en el que también se casó con su marido, Martin Ginsburg. A RBG, según cuenta ella misma, le gustaba hacer “las cosas que hacían los chicos”. La futura jueza, siendo ya madre, se cambió a Harvard para seguir cursando sus estudios en una clase de 500 personas en la que solo nueve eran mujeres.

Posteriormente, se trasladó a la prestigiosa Universidad de Columbia, donde también se graduó con excelencia, una condición que no le eximió de las barreras por discriminación de género a la hora de buscar trabajo. “Ni una sola firma de abogados de Nueva York me contrataba”, recuerda la magistrada, que se mudó a la Gran Manzana por motivos de trabajo de su marido.

Fue en su paso por la universidad cuando vivió uno de los momentos que marcaron su lucha por la igualdad. Acudió a la biblioteca para realizar una consulta, pero el segurata de la misma le dijo que no podía entrar porque era mujer, situación calcada a la narrada por Virginia Woolf en ‘Una habitación propia’.

Acudió a la biblioteca para realizar una consulta, pero el segurata de la misma le dijo que no podía entrar porque era mujer

Más tarde terminaría siendo pionera como profesora en la misma Universidad de Columbia. Durante los años 70 fue la cofundadora y directora de la sección de Derechos de las Mujeres dentro de ACLU, un poderoso sindicato estadounidense en el que se curtiría como ferviente defensora de la igualdad.

Lucha por la igualdad caso a caso

Fue, precisamente, esta organización la que le llevó al Supremo por primera vez como abogada en seis causas de discriminación por género. Ganó cinco. La historia de una mujer de las fuerzas aéreas a la que no pagaban su dieta de vivienda por el hecho de ser mujer fue su primera causa -y victoria- ante la sala, ‘Frontiero v. Richardson’ en 1973. Ginsburg apostaba por una lucha “paso a paso” para lograr la igualdad, un fin para el que necesitaba cimentar primero un 'suelo legal', construido caso a caso.

En ese empeño, la entonces letrada se encontró con un caso que le serviría para mostrar al alto tribunal que la desigualdad entre hombres y mujeres perjudicaba a ambos géneros: un padre al que denegaron ayudas sociales para poder cuidar de su hijo después de que la madre falleciera en el parto. ¿La razón? Estaban reservadas a las madres porque, presuponían, solo las madres trabajaban en casa. El demandante salió también victorioso.

Nominada por Bill Clinton en 1993, Ginsburg vivió uno de los casos clave de la historia de EEUU: el de ‘Bush v. Gore’, en el que se decidió de facto la presidencia del país en el año 2000. RBG se opuso a la sentencia que llevaba a Bush a la Casa Blanca. En aquel escrito, la jueza rompió con la fórmula tradicional para expresar un desacuerdo, “respetuosamente, disiento”, eliminando de esta el adverbio “respetuosamente”.

Cuatro años antes, Ginsburg había abordado su primer caso de discriminación de género en el Supremo. Se trataba de una prestigiosa academia militar que rechazaba a todas las mujeres que querían entrar. Las mujeres acabaron accediendo después de que la causa pasara por la corte. En 2015, se sumó a la mayoría para sellar la legalización del matrimonio homosexual. Antes, ya había sido la primera jueza del Supremo en oficiar una de estas ceremonias.

Hoy la sala está compuesta por seis hombres y tres mujeres, un 33%, la misma proporción de mujeres que hay en los tribunales estatales del país, según los últimos datos publicados por la Asociación Nacional de Mujeres Juezas de EEUU (NAWJ), de 2018. RBG cree que la proporción ideal de féminas en el alto tribunal es nueve de nueve porque, explica, nadie lo cuestionaba cuando todos eran hombres. Esto no cambió hasta la llegada en 1981 de Sandra O’Connor a la corte, que se ubica frente al Capitolio en el corazón de la institucional y cosmopolita capital estadounidense.

¿Una RBG española?

En España, algo similar parece casi imposible. Si en el Supremo se atisba complicado, tampoco suena plausible que cualquier otro juez o jueza se convirtiera en algo semejante al fenómeno de esta octogenaria. Pero, ¿podría suceder? Senserrich cree que no. “No del mismo modo. España ha tenido jueces estrella (léase Garzón), pero la cultura política en España es mucho más ácrata que en Estados Unidos”, comenta el experto. La sociedad española, dice, tiende a alejarse de este tipo de figuras: “No tenemos esta tendencia americana a construir ídolos o hacer panegíricos de nadie. La adulación excesiva es vista con sorna”.

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