NO HABRÁ PAZ EN NAGORNO KARABAJ

Bienvenidos al conflicto más congelado del espacio post-soviético

El Este de Ucrania puede convertirse en otro conflicto congelado del espacio post-soviético: una cadena de repúblicas momificadas. 'El Confidencial' viaja a una de ellas: Nagorno Karabaj, la región militarizada que se disputan Armenia y Azerbaiyán.

Foto: Sida Gazaryan, 43, ante la tumba de su difunto marido, Ararat Gazaryan (d), en Stepanakert (Reuters).
Sida Gazaryan, 43, ante la tumba de su difunto marido, Ararat Gazaryan (d), en Stepanakert (Reuters).

La región del Donbás, en el Este de Ucrania, puede estar camino de convertirse en un conflicto congelado más del espacio postsoviético: una cadena de repúblicas momificadas, desde Osetia del Sur a Transnistria. El Confidencial publica las notas de un viaje realizado a una de ellas: Nagorno Karabaj, la región que se disputan Armenia y Azerbaiyán, para ver cómo se vive en una zona de posguerra, militarizada, sin reconocimiento internacional y dependiente de subsidios.

La única manera de acceder a Stepanakert, capital de la autoproclamada República de Nagorno Karabaj, es zigzaguear durante siete horas entre montañas áridas como la prosa de Lenin. A cada rato, un rebaño de vacas obstruye la estrecha carretera; pasan jeeps y camiones militares con antebrazos enrojecidos colgando de la ventanilla. Van directos a los muchos barracones blancos que pueblan la región: uno de los territorios más disputados del mundo.

Nagorno Karabaj, que significa “Alto Jardín Negro”, tiene el tamaño de Murcia y una población tres veces menor: 140.000 habitantes cuya parte masculina exhibe una barba gruesa como alambre de espino. El idioma oficial es el armenio; el dialecto, una mezcla de armenio y ruso. Los karabajos están muy orgullosos de sus montañas y de haber expulsado al ejército de Azerbaiyán en 1994.

Parte del conflicto se debe al trazo bolchevique de fronteras. En su idea de mezclar a los pueblos para desnacionalizarlos, dividirlos y acomodarlos mejor a la autoridad soviética, Moscú insertó en Azerbaiyán una región de mayoría armenia: Nagorno Karabaj. Corrían los años veinte. En 1988, cuando la URSS naufragaba, Nagorno se declaró independiente de Azerbaiyán y estalló la guerra.

Los azeríes de Nagorno huyeron a Azerbaiyán; los armenios de Azerbaiyán, a Nagorno. El teatro de operaciones ocupó cada pueblo, cada mezquita, cada monasterio. Fueron seis años de combates cuyas heridas siguen supurando dos décadas después. Una ciudad como Agdam, por ejemplo, pasó de ser la más grande de Nagorno a quedar completamente arrasada. Hoy no es más que un montón de piedras (a las que el ejército no deja acceder) sin mayor interés que el morbo.

Ciudadanos pasan ante el palacio presidencial en Stepanakert, Nagorno Karabaj (Reuters).
Ciudadanos pasan ante el palacio presidencial en Stepanakert, Nagorno Karabaj (Reuters).

A la destrucción en sí se añade la falta de recursos. “Esta universidad se supone que tiene que abrir en septiembre”, dice Aram señalando a un edificio nuevecito rodeado de devastación en Shushi. “¿Por qué una universidad, si aquí no hay jóvenes? ¿Por qué no reconstruyen las viviendas?”. Aram, un karabajo que estudia periodismo en Rusia, reconoce que Shushi le deprime profundamente. Ni siquiera la única estación de tren de Nagorno ha sido reconstruida; sigue en ruinas, con vagones tumbados y carteles oxidándose lentamente desde hace 20 años (el ejército no deja entrar).

Nagorno Karabaj es también la región más minada de la antigua URSS. Los dos bandos plantaron minas en carreteras, bosques y campos. Antipersona y antitanque. Desde que se firmó el alto el fuego en 1994, las minas han matado a 328 personas, normalmente campesinos. “Es el mayor ratio de muertes por mina en todo el mundo”, dice a El Confidencial Yuri Shahramanyan, director de la fundación HALO Trust en Nagorno. Me gustaría acompañarle para ver cómo su equipo de 200 artificieros desmina un campo, pero no puedo (el ejército no lo permite).

¿Cómo se vive rodeado de montañas, ignorado y con los soldados de Azerbaiyán apuntándote desde la frontera? Porque nadie, ni siquiera Armenia, reconoce a Nagorno. Sí lo reconoce la hermandad post-soviética de separatistas congelados en el tiempo: Abjasia, Osetia del Sur y Transnistria, pero a esos tampoco les invitan a ningún club. Sobre el papel, Nagorno sigue siendo Azerbaiyán, que, si descubre que has visitado su “zona ocupada”, te prohíbe la entrada de por vida.

Sin embargo, con la mayoría de azeríes expulsados, Nagorno y Armenia son como el mismo país: comparten etnia, lengua, historia y religión. Ereván apoyó a Nagorno durante la guerra y hoy en día lo sostiene económicamente. Tanto el actual presidente armenio, Serzh Sargsián, como su antecesor, Robert Kocharián, provienen de Nagorno Karabaj, que dirigieron política y militarmente. Los jóvenes armenios se vuelven hombres haciendo el servicio militar en Nagorno.

Soldados azeríes intentan conseguir una bebida caliente en Kelbajar, en una imagen de 1994 (Reuters).
Soldados azeríes intentan conseguir una bebida caliente en Kelbajar, en una imagen de 1994 (Reuters).

La defensa cristiana contra el empuje de Asia

Rafa Lyovson tiene 23 años y vive en Ereván; acaba de volver tras pasar dos años en las barracas. “Estamos en guerra”, dice parcamente. “Hay disparos casi cada noche. En algunos puntos los soldados de ambos países están apenas a unos centenares de metros de distancia. A veces charlan o intercambian cigarrillos, pero normalmente hay problemas”. En 2014 murieron alrededor de 60 personas en los tiroteos que jalonan los 260 kilómetros de “línea de contacto”.

Este conflicto refleja tímidamente la guerra fría. Armenia, miembro de la Unión Euroasiática, orbita económica y militarmente sobre Moscú. Azerbaiyán, donde hay 30.000 millones de euros en inversiones petrolíferas de corporaciones como BP, Exxon Mobil o Uniocal, es aliado de la OTAN. Azerbaiyán crece más deprisa que Armenia y su presupuesto militar es ocho veces mayor.

Para Armenia, Nagorno Karabaj es irrenunciable, una cuestión de honor. Los armenios siempre dicen que su país es hoy diez veces más pequeño de lo que solía ser. Exagerado o no, a su territorio se lo han comido las guerras, por eso hay casi cuatro veces más armenios en el extranjero que en la propia Armenia: once millones contra tres. Y es la diáspora quien financia muchas de las infraestructuras de Nagorno, como se esfuerzan en recordar carteles y placas conmemorativas.

La medieval defensa cristiana contra el empuje de Asia resulta motivo de orgullo entre los armenios, primer país en adoptar el cristianismo en el año 301. Sólo tienen que desplegar un mapa y señalar, a su izquierda, Turquía, debajo Irán, y Azerbaiyán a la derecha. Los tres de mayoría musulmana, los tres (especialmente Turquía y Azerbaiyán) enemigos históricos. Solo Georgia, en el norte, muestra un poco de compresión cristiana. De los cinco, Armenia es el único sin salida al mar.

Naturalmente, los karabajos han aprendido a vivir en un lugar aislado y semidestruido. Pese a que los turistas políticos quieren ver sobre todo escombros, los locales incluyen en las rutas viejas iglesias reconstruidas y castillos del rey Tigranes. Destacan mucho los coches, que lucen impolutos. Vayas donde vayas, siempre hay alguien frotando su Lada con un paño. Alrededor habrá ruinas y rebaños de cabras, soldados, tanques y zonas prohibidas, pero los coches brillan como un diamante.

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