LUCHAR CONTRA JERARQUÍA RELIGIOSA DE TAILANDIA

Yo lo que quiero es ser monja

Un buen día, la profesora de universidad, la mujer exitosa que tenía incluso su propio programa de televisión semanal, decidió transformar su vida

Foto: Chatsumarn es la primera monja budista en Tailandia tras siete siglos en los que su ordenación ha estado prohibida (Biel Calderón)
Chatsumarn es la primera monja budista en Tailandia tras siete siglos en los que su ordenación ha estado prohibida (Biel Calderón)

Un buen día, la profesora de universidad, la mujer exitosa que tenía incluso su propio programa de televisión semanal, decidió transformar su vida. Desde entonces, Chatsumarn, la primera monja budista en el país asiático, lucha contra una ley que prohíbe a las mujeres ser ordenadas religiosas.

Desde el exterior, el templo Songdhammakalyani parece un monasterio budista más. Situado en Nakhon Pathom, una pequeña ciudad provincial en el centro de Tailandia, a poco más de 50 kilómetros de la capital, Bangkok, sus estupas y estatuas no tienen nada de excepcional. En su interior, sin embargo, una decena de mujeres se ha atrevido a desafiar la jerarquía religiosa del país y a vestirse con la túnica de color azafrán que diferencia a la orden monástica budista, una prenda que las mujeres han tenido prohibida en Tailandia durante más de siete siglos. Hace apenas dos semanas dieron un paso más en su desafío e invitaron a Tailandia a monjas de Sri Lanka para realizar lo que para ellas está prohibido: ordenar a nuevas religiosas.

La jerarquía ha pasado décadas intentando frenar la vuelta de las religiosas en Tailandia. En 1928, se aprobó una norma que prohibía a cualquier monje ordenar a mujeres, impidiendo de facto su existenciaEl budismo fue la primera religión que otorgó a la mujeres la misma posición en la jerarquía eclesiástica que a los hombres. En el siglo V a.C., el propio Buda ordenó a las primeras bhikkhunis, como se conoce a las mujeres-monje en el Budismo (en Tailandia hay otra figura de categoría inferior, las mae-chi, que es la que habitualmente se suele comparar con las monjas católicas), y recalcó que las religiosas conformaban uno de los cuatro pilares del Budismo (junto a los monjes y la comunidad laica femenina y masculina).

La sociedad no aceptó, sin embargo, que las mujeres abandonaran el hogar y las bhikkhunis fueron desaparecieron paulatinamente hasta extinguirse en el siglo XIII en la mayor parte de Asia, salvo en China. La religión pasó entonces a estar dominada por los hombres, que ahora se niegan a devolver a las mujeres su posición en la jerarquía. “Ahora es como si el Budismo tuviera sólo tres patas. Está cojo. Tenemos que recuperar la cuarta”, asegura a este diario Pook Tiantong, una de las mujeres laicas que apoya la iniciativa.

De la televisión a raparse la cabeza

Chatsumarn Kabilsingh, una antigua profesora de universidad, lidera la lucha. En el año 2000, Chatsumarn era una mujer exitosa que tenía incluso su propio programa de televisión semanal en el que hablaba del Budismo y de su relación con los derechos de las mujeres o la ecología. Muchas de las fotos que cuelgan a la entrada del templo aún muestran a la Chatsumarn de esa época, con una cabellera ligeramente rizada que le llegaba a los hombros y los labios y los ojos pintados. “Todos las mañanas me maquillaba y (un día) pensé ¿hasta cuándo tendré que hacer esto? ¡Ya basta!”, explica con su rostro ahora impoluto y la cabeza y las cejas rapadas. En ese momento, Chatsumarn decidió dejar sus clases y partir hacia Taiwán para emprender un camino que ya había iniciado décadas antes su madre, que había sido la primera mujer tailandesa en ser ordenada en siglos, aunque bajo la tradición Mahayana.

En el sur de Asia, hay dos corrientes principales de Budismo. La Theravada, mayoritaria en países como Tailandia, Camboya o Birmania, predica que el monacato es el principal vehículo para alcanzar el nirvana. Ser monje al menos una vez en la vida es, por tanto, fundamental para esta comunidad y la mayoría de los niños pasan al menos una semana de sus vidas en un templo. El Mahayana, predominante en Vietnam y Taiwán, no considera la ordenación tan importante y es menos estricto con las reglas que atañen a los monjes.

Novicias se colocan sus túnicas azafrán antes de salir a pedir ofrendas (Biel Calderón).
Novicias se colocan sus túnicas azafrán antes de salir a pedir ofrendas (Biel Calderón).

La jerarquía ha pasado décadas intentando frenar la vuelta de las religiosas en Tailandia. En 1928, el Sangha aprobó una norma que prohibía a cualquier monje ordenar a mujeres, impidiendo de facto su existencia. La madre de Chatsumarn fue acosada por las autoridades, que intentaron cerrar el templo de Songdhammakalyani que ella misma había fundado y que ahora dirige su hija. El hecho de que ella perteneciera a otra tradición budista les otorgó además una excusa para marginarla de la actividad religiosa.

Chatsumarn, sin embargo, decidió dar un paso más allá y viajar hasta Sri Lanka para acogerse a la misma tradición Theravada, lo que fue considerado como un enfrentamiento directo. “La primera vez cuando me ordené hubo muchas protestas (…). Pero después de dos años, todas murieron. En parte porque se dieron cuenta de que estábamos haciendo algo bueno para la sociedad”, asegura Dhammananda, el nombre eclesiástico que adoptó Chatsumarn tras ser ordenada.

La “ronda de las almas”

La ‘ronda de las almas’ confirma que la población local las ha aceptado. Cuando el sol asoma, las monjas cogen sus cuencos, se colocan sus túnicas azafrán y salen a pedir comida. Decenas de personas las esperan a la puerta de sus casas con arroz, frutas y otras viandasLa “ronda de las almas” confirma que la población local las ha aceptado. Al igual que los miles de monjes que hay en Tailandia, las bhikkhunis se levantan antes del alba a meditar. Cuando el sol comienza a asomar, cogen sus grandes cuencos de plata o bronce, se colocan sus túnicas azafrán y salen a pedir comida y ofrendas a los lugareños. Decenas de personas esperan a la puerta de sus casas con arroz, frutas y otras viandas que depositan en los cuencos plateados. Muchas mujeres tocan repetidas veces a las bhikkhunis mientras reciben la melódica bendición, algo que tienen prohibido con los hombres ordenados pero que creen que da buena suerte.

Unas 150 mujeres han seguido su ejemplo y han fundado otra decena de templos de bhikkhunis a lo largo del país donde jóvenes, madres y abuelas se sienten al mismo nivel que los hombres. “Las mujeres suelen pensar que han nacido inferiores porque no pueden ser ordenadas”, asegura Chatsumarn. “En el Budismo, sin embargo, los hombres y las mujeres son tratados igual. Es la cultura tailandesa la que tiende a poner a la mujer en una posición inferior”. A pesar de sus mensajes, niega, sin embargo, que su lucha esté relacionada con los valores feministas. “De forma indirecta, lo que hago contribuye tal vez a la defensa (de los derechos de las mujeres), pero no tengo ninguna intención de hablar de derechos. Yo hablo de responsabilidad”, afirma con tono aleccionador. 

En febrero de 2015, Dhammananda cumplirá 12 años como bhikkhuni, lo que según la tradición budista le permitirá ordenar a otras mujeres-monje que por primera vez no tendrán que viajar a Sri Lanka para emprender su camino espiritual. Será, sin duda, la batalla final que permitirá  el retorno definitivo de las mujeres-monje en Tailandia.

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