RETRATO DE UN PAÍS PROFUNDAMENTE DIVIDIDO

¿Quién saquea a quién en Venezuela?

Cientos de venezolanos se agolpan en las puertas de la tienda de electrodomésticos Daka en Valencia, al norte del país petrolero. La marabunta acude a la llamada del

Foto: Un niño sale de un supermercado intervenido por el Gobierno de Maduro en Caracas (Reuters).
Un niño sale de un supermercado intervenido por el Gobierno de Maduro en Caracas (Reuters).

Cientos de venezolanos se agolpan en las puertas de la tienda de electrodomésticos Daka en Valencia, al norte del país petrolero. La marabunta acude a la llamada del presidente Nicolás Maduro, quien al grito de “¡Que no quede nada en los anaqueles!”, ha prometido liquidar “a precios justos” los inventarios de varios comercios acusados de especulación. Excitación, nervios y risas tensas entre la concurrencia.

En el fragor del bullicio, unos exaltados rompen los vidrios del local y el caos se apodera del ambiente. Decenas de desvalijadores salen en tromba de la sucursal acarreando televisores de 55 pulgadas, reproductores “blueray” y otras chucherías electrónicas bajo el brazo. Sin bolsas, sin factura, sin pagar. Pareciera que se han tomado demasiado al pie de la letra el adelanto de la Navidad decretado por el mandatario hace unos días.

A las puertas del establecimiento, un puñado de compatriotas les increpan indignados por la bochornosa escena. “¡Ladrones!, ¡sinvergüenzas!, ¡sucios!”, gritan unos. “¿Esta es la Venezuela que queremos?”, se pregunta otro. Pero los saqueadores no se dan por aludidos. Como si la cosa no fuera con ellos, apuran el paso mirando desconfiados por encima del hombro. Algunos sonríen cándidamente aferrados a su presa.

La indignación crece entre un grupo testigos y los más osados plantan cara a los asaltantes. Gritos, insultos y empujones. Algunos incluso logran arrebatarles el botín de las manos para estamparlo contra el suelo y machacarlo a pisotonesEste es el vivo autorretrato de las dos Venezuelas antagónicas. No la del chavismo y la oposición, sino una mucho más antigua, tan vieja como el propio país. Los listos que se aprovechan del sistema para vivir a su costa y los pringados que trabajan honestamente para salir adelante. “Los vivos y los pendejos”, en criollo.

La indignación crece entre un grupo testigos y los más osados plantan cara a los asaltantes. Gritos, insultos y empujones. Algunos incluso logran arrebatarles el botín de las manos para estamparlo contra el suelo y machacarlo a pisotones. De fondo, los disparos de los militares tratando de sofocar el motín. Ese día no sólo restallaron las pantallas de plasma sobre el asfalto. Algo más profundo y sutil crujió en Venezuela.

El Gobierno consideró el allanamiento del Daka Valencia como un “pequeño percance”, parte un complot orquestado por la oposición para sembrar la anarquía y derrocar al heredero de Hugo Chávez. Pero los saqueos son como la sarna. Pica y se extiende. Flash mobs del vandalismo llegaron de Puerto la Cruz, Ciudad OjedaLos Teques, Puerto Cabello, San Félix… En las cuatro primeras jornadas del rebajas bolivarianas, el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social documentó nueve asaltos y una treintena de conatos. En la terminología militar al uso en el Gobierno, estos serían los “daños colaterales” en la guerra a muerte contra el especulador. Por si acaso, la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel) instó a los medios a cambiar la fea palabra “saqueo” por circunloquios más benignos y así evitar la zozobra en la población.

A tres semanas de las simbólicas elecciones municipales del 8 de diciembre –que la oposición quiere convertir en un plebiscito sobre el liderazgo de Maduro-, puede que la promesa de congelar la inflación rinda votos para los candidatos del oficialismo. Pero a mediano plazo, el resultado de la estrategia es menos promisorio. Los analistas advierten de quiebra masiva de comercios, despidos, escasez, inflación y puede que más… “percances”.

Arranca la campaña para las elecciones municipales en Venezuela en un clima crispado (Efe)
Arranca la campaña para las elecciones municipales en Venezuela en un clima crispado (Efe)

El dólar “Voldemort”

Pertrechados de mantas, sillas y mucho café, miles de venezolanos pernoctaron esta semana a las puertas de los almacenes de electrodomésticos acusados por el Gobierno de estafar a la población. Saben que la espera será larga, pero los precios “desgravados de especulación” harán que merezca la pena. Maduro asegura que estas cadenas venden neveras, aires acondicionados, televisores y lavadoras con recargos de más del 1200%, así que para los expectantes compradores puede que sean las 24 horas más rentables del año.

Al menos cinco minoristas fueron ocupadas por militares y forzados a vender sus existencias en estas improvisadas ferias de saldo, una medida sacada del viejo libro de jugadas de Chávez. Y esto es sólo un aviso. “La punta del iceberg”, jura el presidente, quien ya tiene lista una ley para regular los márgenes de beneficio en toda la economía. Electrodomésticos, calzado, ropa, automóviles, juguetes, ferretería, repuestos y coches se unirán a la cuarentena inflacionaria que desde hace años afecta a alimentos, medicinas y otros rubros de primera necesidad.

A tres semanas de las simbólicas elecciones municipales, puede que la promesa de congelar la inflación rinda votos para los candidatos del oficialismo. Pero a mediano plazo, el resultado de la estrategia es menos promisorio."La burguesía ha planificado un escenario de guerra económica, de desgaste y destrucción, para caotizar nuestro país", acusó el presidente. Es más, de los 1.400 comercios fiscalizados esta semana aseguró que “no hay ni uno que no haya robado al pueblo”. 

¿Ni uno? Sí. Probablemente ninguno. Y esto es porque la mayoría trabajan con el volátil dólar negro, algo que está prohibido por ley. De hecho, está castigado incluso difundir su valor públicamente. Como el villano de Harry Potter, es “aquel que no debe ser nombrado”. Tanto si el empresario compró su mercancía con dólares oficiales y la remarcó a precio paralelo, como si la compró a dólar negro y fijó consecuentemente los precios, está cometiendo un “ilícito cambiario”. 

Desde que hace unos años se acabó el chorro de dólares baratos, la tasa Voldemort ha escalado implacablemente hasta multiplicar por 10 la regulada y se ha convertido en referencia para la economía. Incluso los establecimientos estatales venden cuatro veces más caro que en Estados Unidos. Aún así, la demanda alimentada por un barril de crudo a 100 dólares y una expansión monetaria sin complejos, se muestra resistente.

Con una inflación que ya superó la barrera del 50 por ciento y la perenne amenaza de devaluación, los venezolanos están dispuestos a pagar lo que sea para proteger sus ahorros. Unos compran dólares; otros, televisores. Megáfono en mano, un militar va leyendo los nombres y cédulas de los que se anotaron tras la larga vigilia para entrar a la tienda con nuevos precios solidarios

Un televisor HD de 47 pulgadas que costaba 100.000 bolívares (16.000 dólares a tipo de cambio oficial o 33 salarios mínimos) ahora vale 22.500 bolívares (3.600 dólares). En otros productos, la reducción fue superior al 300%. Por eso se los llevaban a pares. Las gangas socialistas generaron una bacanal de consumismo inmortalizada en instantáneas que pasarán -para vergüenza de muchos- a la memoria colectiva de la nación.

El control estatal de precios abarcará la totalidad de bienes y servicios en Venezuela (Efe).
El control estatal de precios abarcará la totalidad de bienes y servicios en Venezuela (Efe).

Alquimia antiinflacionaria

El sueño de “prohibir” la inflación es tan viejo como la propia inflación. Pero los milenarios ensayos para hallar la piedra filosofal de la economía que doblegue la ley de la oferta y la demanda se cuentan por fracasos. Hace 4.000 años, el Código de Hammurabi ya contemplaba la fijación de ciertas remuneraciones en Babilonia, como cuánto cobrar por el alquiler de un buey o cuánta cebada pagarle al jornalero. Según los analistas de la época, la pesada losa legal lastró el desempeño del reino por centurias. Igual sucedió en el antiguo Egipto, cuando los campesinos comenzaron a abandonaron sus granjas por la sofocante regulación estatal. Un siglo después, la economía se desmoronaba y con ella, el imperio. 

En la Grecia clásica, el empeño por domar el costo de los cereales derivó en el primer juicio anti-trust de la historia. Primero, se impuso la pena de muerte a los comerciantes. Como no funcionó, decidieron ejecutar a los sitophylakes, encargados de supervisar la “justa remuneración” marcada desde Atenas. El sueño antiinflacionario continuó en los albores de la Edad Contemporánea. El ejército rebelde de George W. Washington estuvo a punto de morir de hambre por el control de precios en algunas colonias y la revolución francesa cometió el mismo error con su “Ley del Máximo”, que arrasó con las existencias básicas y las cabezas de bastantes comerciantes. Los controles de precios han sobrepasado eras, fronteras e ideologías. El nazismo alemán, el fascismo italiano, el socialismo soviético y el capitalismo estadounidense lo probaron con distintos fines y en diferentes versiones, pero todos con idénticos resultados. No hubo panacea.

Desde 1958, seis gobiernos acumularon rotundos fiascos tratando de encauzar los precios. En 2003, Chávez puso más de productos de la canasta básica bajo la lupa estatal. Quizás el ejemplo más exótico y aleccionador sea la “policía antiinflación” zimbabuense, una peregrina idea de Robert Mugabe para sacudirse un alza de precios que en 2008 alcanzó la esperpéntica cifra interanual de 231.000.000.000%. Tras el procedimiento habitual -supervisión draconiana, comerciantes presos y rebajas forzadas-, los productos se evaporaron de los anaqueles y el anciano Mugabe tuvo que recurrir a su archienemigo, el FMI, para sacar los pies del barro.

La propia experiencia venezolana no es más alentadora. Desde 1958, seis gobiernos acumularon rotundos fiascos tratando de encauzar los precios. En 2003, Chávez puso más de productos de la canasta básica bajo la lupa estatal. Diez años después, la harina, el aceite, el azúcar, el café o el papel higiénico juegan al escondite con el desesperado consumidor.

¿Quién saquea a quién?

Hakim Riffai llora como un niño. Su cara, enrojecida y congestionada por las lágrimas, es un poema cuando agentes de la Guardia Nacional se lo llevan bajo custodia para que rinda explicaciones sobre supuestos sobreprecios de casi el 300 por ciento en su local de electrodomésticos “Los 777” en El Tigre, al este del país sudamericano.

“¡Por Dios, esto es un irrespeto, es nuestro dinero! ¡No me dejen sin nada!”, suplicaba lastimosamente el hombre con su marcado acento árabe. Riffai es uno de los “presuntos especuladores” que están detenidos preventivamente. La acusación es “usura genérica”, un delito medieval que está de moda en Venezuela. No han sido los primeros empresarios en ver los barrotes en Venezuela, ni serán los últimos. Los estantes pelados de los comercios caídos en desgracia son un aviso para navegantes y un claro indicio de que los radicales están ganando la partida a los pragmáticos en el Palacio de Miraflores. 

Maduro tomará la ruta radical, probablemente pensando qué hubiera hecho el “Comandante Supremo”. Reforzar el aparato cambiario con más controles, ampliar las regulaciones de precios a otros sectores y expropiar a todo aquel que se salga del redilPara la oposición, el camino para salir de este lío es claro. Suprimir el agujero negro de la corrupción (tan sólo en 2012, se aprobaron 20.000 millones de dólares oficiales para empresas fantasma, un tercio del total asignado ese año, según el Gobierno), levantar los controles de precios que lastran la enclenque producción nacional y detener las nacionalizaciones para recuperar la confianza de los inversores. 

Pero Maduro tomará la ruta radical, probablemente pensando qué hubiera hecho el “Comandante Supremo”. Reforzar el aparato cambiario con más controles, ampliar las regulaciones de precios a otros sectores y expropiar a todo aquel que se salga del redil siguiendo el axioma económico esencial del socialismo del siglo XXI: “tanto Estado como sea posible, tanto mercado como sea inevitable”.

Maduro saluda desde el interior de un tanque en Cojedes (Reuters).
Maduro saluda desde el interior de un tanque en Cojedes (Reuters).

La burguesía parasitaria contra los que viven de subsidios

Mientras, el país, intoxicado por el feroz virus de la polarización, se ha sumido de nuevo en el estéril debate de “quién saquea a quién”. En el el imaginario chavista, la burguesía parásita y sus políticos mercenarios son la quintaesencia de la “viveza criolla”. Una codiciosa casta por encima de la ley que desde hace generaciones exprime los dólares de la nación, infla los precios y hambrea al pueblo. Cuando las cosas se ponen feas, huyen del país a fondear sus lujosos yates en los puertos de Miami. 

La versión opositora retrata a otros bandidos: los viven de los subsidios sin dar palo al agua, los desconocidos empresarios que hicieron florecer fortunas de la noche a la mañana coreando consignas socialistas, los defensores filosofía política que, a su parecer, es el iceberg de un Titanic llamado Venezuela. 

La triste realidad es que los aprovechados medran, hoy como ayer, a lo largo y ancho de todo el espectro político, social y económico. A los “honestos pendejos” los convencieron de que el malvado siempre milita en el otro bando y que la solución pasa necesariamente por las urnas. Pero, hagan lo que hagan, el “vivo” se camufla, muta y se sale con la suya.

“Son unos ladrones”, clama una mujer con la voz temblorosa ante el impune robo del Daka en Valencia. “Unos ladrones de mierda, eso es lo que son”, repite encolerizada. Un hombre se le acerca, y con tono amable, casi paternal, la manda callar con la proverbial fórmula que enseñó los venezolanos cómo tragar duro durante décadas: “Sí, yo sé que da rabia. Da rabia. Pero cálmate…”. En ese silencio está el verdadero drama de una nación saqueada.

Mundo
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
7 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios