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Cuanto peor, mejor: el festival con películas horribles para disfrutar en compañía
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Cuanto peor, mejor: el festival con películas horribles para disfrutar en compañía

Madrid exhibirá los filmes más cutres en la Complutense, la Cineteca, los Cines Paz y el Palacio de Hielo hasta el domingo 27 de febrero

Foto: Cutrecon
Cutrecon

La segunda acepción que el Diccionario de la Lengua Española da a “cutre” es la de algo “Pobre, descuidado, sucio o de mala calidad”. Todas esas características se reúnen en las películas seleccionadas por los responsables del festival Cutrecon, que entre el 23 y el 27 de febrero celebra su undécima edición en Madrid. ¿Por qué, entonces, pagar una entrada para verlas? Porque a veces un filme alcanza un grado tal de desfachatez que se convierte en un placer, no necesariamente acompañado del adjetivo “culpable”.

Cutrecon propone una alternativa en la lucha de las salas de cine por no vaciarse del todo ante el auge de las plataformas de streaming. El cine malo sólo adquiere su verdadera dimensión si se contempla en comunidad. Sume al grupo de amigos que le acompañe los restantes ocupantes de una sala con 200 localidades. “El espectáculo no está en la pantalla, sino en el patio de butacas”, recuerda Carlos Palencia –director del festival- que le dijo una vez un asistente. Los organizadores ponen aquí todas las facilidades. Olvide las más elementales normas de convivencia y civismo en un lugar público. Las proyecciones de Cutrecon están pensadas para que la audiencia participe en ellas activamente, vociferando ocurrencias, insultos a los creadores del filme que están contemplando o cualquier otra aportación que deje en cine-club de colegio de monjas un pase de madrugada de The Rocky horror picture show. Las sesiones se alternan en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense (gratuitas), Cineteca, Cine Paz y Palacio de Hielo (el precio varía según la sesión, con una media de 6’5 euros).

placeholder Espectadores en el festival.
Espectadores en el festival.

La oferta de este año ofrece la consabida mezcla de artes marciales, ciencia-ficción de saldo (cangrejos asesinos que devoran a los incautos turistas de una localidad costera), dinosaurios de cubo de juguetes de guardería y voluntariosos intentos de émulos españoles de Ed Wood que han comprometido a amigos y familiares y renunciado a su tiempo libre para poner en marcha proyectos con indudable acabado “amateur” que jamás serían exhibidos ante una sala llena de público dispuesto a pasarlo en grande con ellas –aunque sea a costa de sus errores- si no fuera por el festival.

"Es un auténtico delirio audiovisual", explica Palencia

El criterio para programar huye, por principio, de esas producciones voluntariamente casposas que han llegado a los canales de pago en la última década. Saga Sharknado y asimilados. Se trata, insiste Carlos Palencia, en dar con la comedia involuntaria. “Auténtico delirio audiovisual” que sea disfrutado por hasta el más profano en el análisis cinematográfico. Los patinazos son tan clamorosos –equipos técnicos reflejados en espejos o gafas de sol- que pueden ser percibidos y jaleados por cualquier asistente. Lo que en la soledad de un cuarto de estar doméstico podría ser una tortura, se torna en placer en una sala oscura acompañado de un par de centenares de almas. “Los traumas compartidos lo son menos”, apunta Palencia. Sara es una espectadora que lleva alrededor de cuatro años acudiendo a estas sesiones enloquecidas. Lo hace porque se divierte mucho “echando risas con los amigos” con películas que jamás habría pensado en ver de otro modo.

Star Wars turco

Pillamos a Pablo, informático, camino de la proyección de Dunyayi Kurtaran Adam (1982), más conocida como el Star Wars turco. El tráiler da a entender que pasará un buen rato. Insiste en que si ya es divertido ver uno de estos productos junto a un reducido grupo de amigos, el disfrute de multiplica exponencialmente si se hace en una sala repleta. “Si la ves tú solo, simplemente te fríes el cerebro”. Es todo un asiduo del Cutrecon. Recuerda Dangerous Men (2005) como su experiencia más alucinógena. Un proyecto delirante que su director tardó en desarrollar 26 años. Los mismos personajes son interpretados por actores diferentes a lo largo del metraje. Como Luis Buñuel con Ángela Molina y Carole Bouquet en Ese oscuro objeto de deseo (1977) pero por simple necesidad.

Todos los años se intenta dar cabida a alguna película de Hollywood capaz de producir el mismo bochorno que una realización casera rodada por cuatro amigos los fines de semana. Esta edición, el privilegio es para Power Rangers (1995). “Una aberración de gran estudio”, en palabras de Carlos Palencia.

El miércoles a las nueve de la noche tuvo lugar la sesión inaugural en la Cineteca del Matadero. Ni alfombra roja ni tiros largos. New York Ninja. Un filme dirigido y protagonizado en 1984 por el aspirante a estrella de las artes marciales John Liu. La presentación de los organizadores habla de “un ser despreciable”. Los denuestos son especialmente jaleados por la asistencia. El repaso al historial delictivo del cineasta, que incluye una huida de la cárcel de Zaragoza, desata el entusiasmo. El material rodado de New York Ninja pasó más de 35 años en un cajón hasta que una distribuidora independiente lo montó y dobló intentando darle coherencia. Quizá fuera misión imposible. Los subtítulos forman parte de la fiesta. La traducción, a cargo del youtuber Yulifero, apuesta siempre por la opción más jocosa dentro de la fidelidad al significado. Se llegan a leer expresiones tales como “coñetas”.

Aquí tienen el programa. Recuerden: se trata de elegir la peor de las opciones.

La segunda acepción que el Diccionario de la Lengua Española da a “cutre” es la de algo “Pobre, descuidado, sucio o de mala calidad”. Todas esas características se reúnen en las películas seleccionadas por los responsables del festival Cutrecon, que entre el 23 y el 27 de febrero celebra su undécima edición en Madrid. ¿Por qué, entonces, pagar una entrada para verlas? Porque a veces un filme alcanza un grado tal de desfachatez que se convierte en un placer, no necesariamente acompañado del adjetivo “culpable”.

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