Los clubes privados se aflojan la corbata
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NUEVAS ÉLITES: DIRIGEN 'START-UPS' Y TIENEN MENOS DE 40 AÑOS

Los clubes privados se aflojan la corbata

Los clásicos lugares de encuentro destinados a las élites relajan sus reglas para adaptarse a los nuevos tiempos y captar a los nuevos empresarios

Hacía ya tiempo que los directivos del Club Casino de Madrid venían observando que los socios no acudían al restaurante del club por las noches. Pero no había señales de que el menú no fuera del gusto de la clientela habitual, ni ningún otro indicio que explicase por qué la gente empezaba a esfumarse pasadas las siete de la tarde. El secretario del club, César Campuzano, acabó dándose de bruces con la respuesta cuando invitó a unos amigos a cenar y estos le respondieron con una pregunta: “¿Al club? ¿Con la corbata?”.

Los históricos clubes madrileños como el Casino, el Club Financiero Génova o la Gran Peña se encuentran en un momento difícil. Las nuevas élites empresariales han cambiado, dirigen 'start-ups' millonarias, a veces no tienen más de 40 años y algunos se permiten ir en zapatillas, sudadera y vaqueros. ¿Cómo encajar a esos tipos bajo los techos altos y el ornamento de estos edificios del XIX? ¿Cómo hacerlo además cuando otros clubes como El Matador surgen sin ese tipo de antiguas reglas de vestimenta?

“No hace falta descender de la pata derecha del caballo del Cid para ser socio del Casino“, dice su secretario, César Campuzano

Llevar chaqueta y corbata era una de las reglas inamovibles para traspasar las puertas de este club fundado en 1836 y que desde 1903 tiene su sede en la Calle de Alcalá, a unos pocos metros de la Puerta del Sol. Hace unos meses, los directivos decidieron relajar un poco la norma: la corbata no se exige ya en las noches de los jueves, viernes y sábado, y tampoco de junio a septiembre durante todo el día. Ha habido algunas reticencias de los socios de más edad, pero la mayoría de sus miembros y sus invitados han vuelto al restaurante.

“Era una barrera de entrada para venir. Mantenemos unas ciertas normas de decoro. No se puede entrar con zapatillas, hay que llevar un 'blazer'… pero no podemos estar anclados en el pasado”, dice Campuzano, un abogado que lleva unos 10 años como secretario y al que, quizás por su edad, 46 años, le ha tocado la complicada tarea de llevar un club del XIX destinado a las élites al siglo XXI. O eso o perecer.

Aflojarse la corbata simboliza la apertura que buscan hoy en día los clubes para atraer nuevos socios, rejuvenecer la media de edad de sus miembros y asegurarse que aún les queden muchos años de vida. Pero ese proceso es lento y Campuzano reconoce que a muchos madrileños les intimida todavía la imagen del club clásico, elitista, hermético y con una gran dosis de misterio. “Parece que es algo muy inaccesible. Pero aquí no hay castas. No hay que descender de la pata derecha del caballo del Cid para ser socio del Casino”.

Pertenecer al Casino da derecho a acceder a más de 250 clubes exclusivos en el extranjero

La cuota mensual es de unos 100 euros. Para entrar hay que conseguir el aval de dos socios y pagar una cuota de ingreso de 7.513 euros. “No es tanto si ves a todo lo que da derecho ser socio”, dice mientras repasa una larga lista de actividades, entre las que están el golf, el gimnasio, los foros culturales, la sala de billar y el acceso a 250 clubes exclusivos en el extranjero, bastante inaccesibles incluso para algunas autoridades. Campuzano narra la historia de cierto embajador que trataba de acceder sin éxito a un club en un país sudamericano. El diplomático encontró finalmente la forma de entrar haciéndose miembro del Casino.

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Si se le pregunta al director de un club para qué sirve un club hoy en día, enseguida sale en la respuesta un palabro de moda: 'networking'. Ese término inglés, que podría traducirse como “trabajarse la red de contactos”, parece ser uno de los reclamos para atraer a nuevos socios a la vieja costumbre de hundirse en un sillón de cuero y leer el 'Financial Times' mientras se resuelven los problemas de la nación y se reparten tarjetas de visita.

En los tiempos de las sociedades hiperconectadas y el ruido constante, algunos empresarios buscan ambientes como el del Casino para hacer negocios. Se presupone, o eso dicen los gurús del 'networking', que los ambientes relajados, fuera de las tensiones de las mesas de reunión, son más propicios para relacionarse.

En el Casino se habla en voz baja, en pequeños círculos en torno a una copa. Si uno se mete en uno de sus ascensores, en seguida tiene la sensación de viajar en el tiempo hacia el siglo XIX. Las puertas de las salas permanecen cerradas o entornadas, y en ellas, los hombres juegan al billar, departen en tertulias temáticas o de lo que se tercie mientras unos camareros les sirven café.

El personal del club guarda las maneras castizas y el orgullo de su profesión, desde quien sirve en la barra hasta el tipo encargado de llevar el catálogo de la magnífica biblioteca neogótica, construida en hierro en 1910 para reducir el riesgo de incendio, pues aún estaba reciente el incendio que arrasó la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos en 1851. Los títulos de todos los libros que entran se registran digitalmente, pero también se anotan escrupulosamente a mano en un catálogo que se guarda en una vieja vitrina para mantener la tradición.

Aquí se reunieron los padres de la Constitución; aquí se reunían algunos conciliábulos de poder

“Mantener todo esto vale mucho dinero”, dice una guía que enseña las estancias del edificio. “Si se rompe un pomo, no puedes ir a la ferretería de la esquina para que lo arreglen, sino a especialistas artesanos que saben lo que tienen que hacer”.

En esa búsqueda de un equilibrio entre las tradiciones y la modernidad se encuentran también los responsables del Club Financiero Génova, otro de los clubes señeros de la ciudad, donde los socios no se han aflojado la corbata pero sí han permitido que los periodistas vayan sin ella. “Entendemos que están trabajando, a veces de un lado para otro y no siempre pueden cumplir esa regla”, dice el presidente del club, Juan Pablo Lázaro, que también es presidente de la patronal madrileña CEIM.

El edificio, de los años setenta, es más funcional que el del Casino. En los muebles de madera y cristal todavía aparecen algunas figuras de porcelana fuera de sitio. Se respira todavía ese aire de la Transición, algo gastado. Se percibe el poder sin necesidad de que a uno le cuenten que es frecuente que dos ministros se crucen en el baño. Aquí se reunieron los padres de la Constitución; aquí se reunían algunos conciliábulos de poder; y por aquí pasan todos los días en foros, desayunos y demás encuentros escritores, cineastas, periodistas, empresarios y gobernantes.

Lázaro también se ha puesto como misión “sacar al club de las paredes del club”, darlo a conocer con otro tipo de actividades y, cómo no, impulsar el 'networking'. “Es la manera de hacer negocios. Aquí vienes a conocer gente y a que te conozcan”, dice en la inmensa terraza del club, un lugar que permite una vista de 360 grados de la ciudad y que confirma que Madrid es un enorme pueblo con algunos edificios altos.

“El networking es la manera de hacer negocios. Aquí vienes a conocer gente y a que te conozcan”, dice Juan Pablo Lázaro, presidente del Club Financiero Génova

Bajo la presidencia de Lázaro se ha cambiado la carta del restaurante, con una cocina basada en lo tradicional pero con toques más modernos. Es una manera de sacar al club de ese aire rancio con el que algunos lo describían. “Creo que eso está superado para siempre. Queremos traer aquí a todo tipo de empresas, a las 'start-ups', a Google. Y están viniendo”, señala el presidente. Para entrar en el club, hay que adquirir una acción de 12.000 euros, además de una cuota mensual de 100 euros. Ese precio lo podrían pagar gran parte de los 35 empleados del club. En 2014 les tocó la lotería. Pero usaron el dinero para pagar deudas.

“Este es el mejor club de Madrid”, dice un socio en la terraza. Cuando se le citan los demás, reconoce los méritos históricos del Casino y se detiene en La Gran Peña para hacer un comentario. “¿Esos? Esos son del siglo XV”.

El club La Gran Peña, en un emblemático edificio de la Gran Vía, no ha querido hablar con El Confidencial para hacer este reportaje. De orígenes militares, mantiene las puertas cerradas a cal y canto. Ni siquiera tienen página web: “He de manifestarle que por normas del club y al tratarse de un club privado no se conceden entrevistas a medios de comunicación”, contesta por 'email' una de las empleadas del club.

Tampoco han querido intervenir en este reportaje los responsables del Club Matador. El lugar se ha convertido en uno de los de moda en la capital para todo tipo de empresarios, artistas y aristócratas de los que no quieren ir con corbata. Abrieron hace dos años en un paso de carruajes de la calle Jorge Juan. Organizan fiestas, actos culturales, presentaciones y degustaciones gastronómicas. El club dice que quiere abrirse a la sociedad. Entrar cuesta 300 euros más una cuota de 1.200 euros anuales.

No se exige corbata pero tampoco se permiten los pantalones cortos o la ropa deportiva. Son nuevos, no tienen el lastre de un edificio de 200 años y, por ahora, pueden poner las normas que les dé la gana. No se puede hablar por teléfono, salvo en una sala, y tampoco hacer fotografías. Todos los clubes tienen reglas. Y todos, con el paso del tiempo, parecen tener problemas para cambiarlas.

Club Financiero Génova
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