NO TIENEN ADÓNDE IR

Abandonadas en un burdel sin comida ni agua potable por el estado de alarma

Cuatro mujeres malviven en un club de alterne de Guadalajara desde el 15 de marzo. Han pasado hambre y sed y durante días estuvieron sin luz. Aguantan gracias a la caridad

Foto: Las cuatro mujeres atrapadas en el club Olimpo de Almadrones pasan las horas en la sala de estar. (David Brunat)
Las cuatro mujeres atrapadas en el club Olimpo de Almadrones pasan las horas en la sala de estar. (David Brunat)

Cuatro mujeres llevan más de dos meses malviviendo en el interior del club Olimpo, un local de alterne situado en un margen de la autovía A-2 a la altura de Almadrones (Guadalajara). En este tiempo se han alimentado de unos pocos vegetales, de carne en mal estado y de agua turbia procedente de un pozo agrícola que abastece el local. Han subsistido sin jabón y sin papel higiénico durante semanas. Durante varios días ni siquiera tuvieron electricidad. Se bañan con botellas que calientan en un radiador de aire. Las cuatro se sienten enfermas y exhaustas. Quieren salir de allí cuanto antes y olvidar esta pesadilla. Pero no tienen adónde ir y nadie les quiere dar trabajo.

Vivimos una situación muy triste, penosa, hemos sido abandonadas como si fuéramos basura

"Sabíamos que las prostitutas somos la escoria de la sociedad, pero nunca imaginamos que nos tratarían como animales por todo esto del coronavirus", relata Jessica, una de las mujeres atrapadas. "Vivimos una situación muy triste, penosa, hemos sido abandonadas como si fuéramos basura. Antes valíamos para trabajar para el dueño del club, porque él sacaba parte de sus ganancias de lo que hacemos, pero se cortó la fuente de dinero y aquí nos dejó tiradas sin agua, sin comida y sin luz".

El club Olimpo, en una vía paralela a la autovía A-2 a la altura de Almadrones (Guadalajara). (D.B.)
El club Olimpo, en una vía paralela a la autovía A-2 a la altura de Almadrones (Guadalajara). (D.B.)

El club Olimpo presenta hoy un aspecto cochambroso. El solar y los campos de alrededor están desiertos. Dentro, en la zona del bar, un par de botellas de cava barato sobre la barra y un montón de llaves de habitación tiradas en una mesa son los últimos vestigios del burdel, junto a unas esculturas griegas decadentes. Las luces de neón y la concurrencia previa al estado de alarma ya son historia.

Este relato de abandono y extorsión comienza el 15 de marzo a medianoche, en el preludio de la crisis del coronavirus. Así la narra Sandra, hecha un ovillo en el sofá del salón en el que las cuatro se dedican a matar las horas. Las ojeras le llegan a los pies. "No duermo nada", suspira. Sus compañeras escuchan. Tres son latinas y una de Europa del este. Apenas se conocían antes de la crisis, pues dos de ellas llevaban unas pocas semanas en el club. Ahora son como hermanas.

"Eran las doce de la noche cuando llegó una patrulla de la Guardia Civil. Sabíamos que iban a venir, lo habíamos visto por televisión: el miedo de la gente, los negocios cerrados…", arranca Sandra. Sus compañeras van añadiendo matices hasta que el relato es coral. "Un agente nos dijo 'díganle al jefe que esto se tiene que cerrar hasta nuevo aviso'. Éramos diez chicas trabajando, pero esa noche ya no vino ningún cliente. Seis chicas se fueron porque tenían un sitio donde dormir. Nosotras cuatro no. Acordamos quedarnos aquí 15 días hasta que levantaran el estado de alarma. Pero los días pasaban y la cosa empezaba a ponerse cada vez peor".

Dos mujeres bajan la escalera que une las habitaciones con el club Olimpo. (D.B.)
Dos mujeres bajan la escalera que une las habitaciones con el club Olimpo. (D.B.)


Extorsión y hambre

La poca comida de la despensa les duró menos de una semana. Desde el principio supieron que iban a pasar hambre porque se les prohibió el acceso a la cocina y se les racionó la comida. "Un encargado y la 'mami', que hacía de cocinera, se quedaron a controlar el negocio. Esperaban reabrir en 15 días y querían vigilarnos. Los primeros días estuvo el camarero también, pero luego lo echaron como a un perro. El muchacho es de Antequera. '¿Cómo quiere que me vaya a mi casa si no se puede viajar?', les decía desesperado. Un día lo metieron en el coche y desapareció, pobre chico".

Por supuesto, las cuatro mujeres tenían que seguir pagando su estancia en el club Olimpo. El encargado, de nombre José Luis, se lo dejó muy claro. La tarifa habitual para disponer de cama en el burdel es de 50 euros al día, que las mujeres abonan en dos pases de 25 euros. “Un día le dábamos 30, otro 25… él nos decía que era para comprar comida, pero apenas traía nada. Metía las bolsas en la cocina y luego nos daban lo que parecían las sobras: un poco de arroz, lechuga, alguna vez pollo que olía a podrido de tenerlo varios días descongelado… Tampoco nos dejaban beber agua embotellada, solo la del pozo que no es potable. Pasábamos mucha necesidad pero callábamos, nos daba miedo enfrentarnos tal como está la situación. No queríamos dormir bajo un puente o que nos hicieran daño".

La precariedad se convirtió en miseria al llegar abril. De pronto, una noche se fue la luz. "El encargado hizo una llamada y nos dijo que se había quemado un transformador. Pero pasó un día entero y la electricidad no volvía. Cada vez se ponía más nervioso. '¡Nos vamos a Toledo!', nos soltó de golpe. Nos querían llevar al otro club que tienen. Nos negamos. '¿Cómo vamos a ir hasta allí si no se puede viajar, y menos en un mismo coche?'. Luego supimos que a las chicas de Toledo las echaron a la calle y cerraron el local. Lo que querían era deshacerse de nosotras también".

Nos podíamos haber muerto aquí y nadie se habría dado cuenta

Evidentemente, lo del transformador era una excusa. Los propietarios tenían una deuda de 4.000 euros en facturas atrasadas. De eso se enteraron por su cuenta varios días más tarde. La electricidad no volvía y la situación era insostenible. La cocinera se había marchado. Fueron los peores días de esta pesadilla en el burdel. "Nos podíamos haber muerto aquí y nadie se habría dado cuenta", suelta Sara, quien asegura sentirse "muy enferma" y en un estado de "depresión".

En esos días dejaron de poder ducharse, se aseaban como podían con botellas que llenaban en el tanque de agua, el mismo que usaban para beber y del que manaba un líquido verde. "Al final llamamos nosotras a Iberdrola a ver qué pasaba. Nos dijeron que aquí ya no vivía nadie y habían cortado el suministro por las deudas. '¡Pero si somos seis personas aquí viviendo!', les dijimos. No se lo podían creer. 'Nos sale que esto es una empresa fantasma', respondieron. Nos aconsejaron que llamáramos a la Guardia Civil para que acreditara que aquí hay gente y con eso nos devolvían la electricidad, ya que en el estado de alarma está prohibido cortar el suministro. La Guardia Civil vino, tomó unas fotografías y nos dijo que ellos se encargarían de devolvernos la luz. Pero la luz no volvía. Al menos nos dejaron diez garrafas de agua de cinco litros para no morirnos de sed".

Despensa de las mujeres atrapadas en el club Olimpo. (D.B.)
Despensa de las mujeres atrapadas en el club Olimpo. (D.B.)

El jueves santo, pasada ya una semana sin electricidad, sin víveres ni enseres de higiene, las cuatro mujeres decidieron llamar al juzgado de guardia de Sigüenza. Solo habían comido caliente en una ocasión en esos días, un puchero que la cocinera preparó al calor de una vela que les provocó una gastroenteritis terrible. "Les contamos al juzgado cómo estábamos y no daban crédito. 'Veníos ahora mismo a poner una denuncia'. ¡Pero si no tenemos forma de llegar! Por suerte a los cinco minutos de colgar regresó la electricidad. El alivio fue tremendo".

Las mujeres, ya totalmente abandonadas a su suerte, obtuvieron una ayuda de Cruz Roja consistente en 80 euros en productos básicos para las cuatro. El encargado les cobraba 15 euros por llevar a una de ellas en su coche a por los alimentos de Cruz Roja y luego les racionaba la asignación. "Lo que nos hacía no tiene nombre. Empezamos a protestar, pero no servía para nada. Nos pasábamos el día en el patio o en las habitaciones para no verles. Teníamos una sensación de rabia y tristeza enormes".

Nadie les da trabajo

Las cuatro han intentado obtener un trabajo que les saque de esta situación miserable y, con suerte, las aparte de la prostitución. "Hemos llamado para dos trabajos en el campo. El primero mediante un contacto que nos dio una asistencia social. Necesitaban cuatro mujeres para recoger espárragos, era perfecto, pero cuando les dimos nuestra dirección para que pudieran hacer el certificado y venir a recogernos nos dieron de lado, no querían contratar a unas putas. Luego nos pasó lo mismo con una empresa en Zaragoza para trabajar el campo, cuando les dijimos dónde estamos no quisieron saber más. Si alguien sabe de un trabajo le pedimos que, por favor, nos ayude".

No estamos aquí por gusto, tenemos una familia. La gente cree que quien hace esto no sirve para otra cosa y se equivocan

"¿Qué creen, que me voy a ir al campo a prostituirme?", salta Jessica. "Aquí al lado en el parking de la gasolinera tengo a 200 camioneros cada día [el burdel está junto al Área 103 de la autovía A-2], pero he aguantado encerrada pasando hambre por mi integridad y porque no quiero jugarme la vida cogiendo el virus por 50 euros. No estamos aquí por gusto, tenemos una familia y responsabilidades en nuestros países. La gente cree que las mujeres que hacen esto son unas analfabetas que no sirven para otra cosa y se equivocan. Hay muchas mujeres con formación. Y ante todo somos personas a las que han abandonado aquí como animales".

Sara le secunda: "No podemos ejercer la prostitución porque los locales están cerrados y serán de los últimos en volver a abrir. Tampoco nos quieren en ninguna empresa porque somos putas. ¿Qué se supone que tenemos que hacer para vivir?".

Acceso al club Olimpo, cerrado desde el estado de alarma. (D.B.)
Acceso al club Olimpo, cerrado desde el estado de alarma. (D.B.)

Hace justo una semana, el encargado y la cocinera desaparecieron del club. No han vuelto. "Fue poco después de que viniera una asociación cristiana a traernos un montón de bolsas de alimentos y ayuda el sábado pasado", cuentan. Las mujeres se refieren al Centro de Ayuda Cristiano, primera entidad en alzar la voz sobre esta tragedia desconocida. "No sé si el encargado vio que aquí empezaba a venir gente o lo que fuera, pero nos subimos a echar un rato la siesta y al bajar ya no estaban. Se llevaron varias bolsas de comida que trajo la asociación. Desde entonces estamos solas, al menos tenemos algo de comida y podemos beber agua embotellada".

Dueños a la fuga

Vivieron los primeros días de esta semana con algo de miedo por si regresaba alguno de los dueños y las acusaba de haber robado alguna botella de licor o cualquier excusa para seguir extorsionándolas. Ahora ya saben, para gran alivio de todas, que probablemente sus explotadores no regresarán. Están literalmente a la fuga. El club Olimpo adeuda varios meses de alquiler al dueño del local, propietario también del taller contiguo. "Hemos hablado con el señor del taller. Nos conoce. Dice que nos podemos quedar el tiempo que necesitemos y que el club no abrirá más, que los dueños estaban esperando un desahucio y que estaban además defraudando a la Seguridad Social. Casi no queda nada dentro, el encargado se llevó lo que pudo".

La zona de copas del club Olimpo está totalmente abandonada. (D.B.)
La zona de copas del club Olimpo está totalmente abandonada. (D.B.)

Las cuatro mujeres tienen víveres para aguantar una semana más si los racionan bien. "Con los 80 euros de Cruz Roja podemos ir tirando", dicen para animarse. "Pero lo que queremos es salir de aquí cuanto antes. Y si podemos dejar la prostitución mucho mejor. Esto no es vida para nadie", dice Jessica, pedagoga de formación que llegó a España debido a la profunda crisis que estalló en su país, incapaz de ganar dinero para mantener a su hijo en su tierra. "En España empecé con trabajos precarios de ETT, hasta que acabé en un club. Cuando me salía un trabajo me iba, pero luego tenía que volver al club. Ojalá ahora no tenga que volver a prostituirme más".

En las últimas horas, los Servicios Sociales de Castilla-La Mancha se han interesado por su caso. Les han prometido que les encontrarán un piso de protección para mujeres en los próximos días. Incluso ayuda para obtener un trabajo en alguna de las empresas de logística de Guadalajara. Por primera vez en mucho tiempo tienen esperanza. "Yo lo que quiero es trabajar y olvidar todo esto", prosigue Jessica. "Me encanta leer, me he bajado todos lo libros gratis que he podido estos dos meses. Cuando esto termine quiero escribir un libro contando todo lo que hemos vivido aquí. ¿Sabes quién me podría ayudar?".

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