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Nuevo amanecer en Zarzuela: Felipe rompe definitivamente con la era Juan Carlos
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LA JUSTICIA persigue A LOS FAMILIARES DEL REY

Nuevo amanecer en Zarzuela: Felipe rompe definitivamente con la era Juan Carlos

En su primer discurso como Rey ante las Cortes , Felipe VI lo repitió como un mantra al que aferrarse: "una Monarquía renovada para un tiempo nuevo"

Foto: El rey Don Juan Carlos en una imagen de archivo (Gtres)
El rey Don Juan Carlos en una imagen de archivo (Gtres)

En su primer discurso como Rey ante las Cortes que lo acababan de proclamar, Felipe VI lo repitió en dos ocasiones como un mantra al que aferrarse. “Estas son, señorías, mis convicciones sobre la Corona que, desde hoy, encarno –advertía–: una Monarquía renovada para un tiempo nuevo”. Es la única frase que subrayaría de nuevo en su parlamento ante las Cámaras con el deseo de grabarla a fuego en su conciencia y que va más allá de un eslogan. Es el lema que impulsa la profunda y vertiginosa transformación que ha impreso dentro de la Jefatura del Estado y de su propia Casa y que implica, de facto, una ruptura con el pasado más inmediato legado por su padre y su familia durante los últimos años, en los que la institución entró en barrena. Casos que rebotan ahora contra la puerta de palacio en un 2015 que se presenta plagado de citas judiciales para los Borbones y de los que la Zarzuela se desentiende.

La cita más inmediata será la que deba resolver en el Supremo la posible paternidad del rey Juan Carlos sobre la ciudadana belga Ingrid Sartiau y que, de confirmarse, vendría a suponer otro penoso epílogo al largo reinado del padre de Felipe VI, enturbiado en sus últimos años por su relación semioficial con la alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein, su sucesivo declive físico y a sus descuidos personales, como el que le condujo a la aparatosa caída en Botsuana en abril de 2012 por la que tuvo que pedir perdón públicamente. La segunda cita, la que sentará, a finales de año, a la infanta Cristina en el banquillo. Sin lugar a dudas, el otro gran juicio del año –histórico–, en el que la hermana del Rey compartirá proceso con su marido, Iñaki Urdangarin, y otros acusados como su exsocio, Diego Torres, o el propio expresidente balear Jaume Matas.

Sobre cada uno de estos asuntos, la respuesta es siempre la misma en Zarzuela, que devuelve la pelota de cada uno de estos casos como un frontón de pelota vasca. Con la respuesta de manual que remite al respeto absoluto a la actuación de la justicia y con una alusión recurrente al discurso del 19 de junio, que contiene las líneas generales del nuevo reinado, o a las palabras, en idéntico sentido, que el monarca expresó también en los últimos Premios Príncipe de Asturias.

Para una institución que se transforma lentamente en el tiempo, los cambios se visualizan en sus pronunciamientos y en sus presencias. Por eso, ese mensaje de proclamación y esa fecha simbolizan para el nuevo staff de la Casa –remodelado tras la salida de Juan Carlos– algo así como un nuevo amanecer sobre El Pardo que rompe definitivamente con el lastre del pasado. Como si se hubiera cambiado de dinastía o de titular de una cartera ministerial. E incluye también ese mensaje, implícitamente, un deseo de alejarse de las conductas más polémicas que han ensombrecido la institución.

“Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda la razón que los principios morales y éticos inspiren –y la ejemplaridad presida– nuestra vida pública –exponía entonces don Felipe–. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no sólo un referente, sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia de todos los ciudadanos”.

Se trata de un proceso de “institucionalización” del jefe del Estado. Y en este proceso, ni siquiera la renuncia a los derechos sucesorios de doña Cristina, un gesto deseado en Zarzuela pero que no llega a materializarse, es un asunto que incumba –según este guion oficial– a la Casa. “Es una decisión personal de la hermana del Rey”, insisten machaconamente, como si esta fuera, precisamente, un satélite que orbita alrededor de Zarzuela sin ninguna relación con ella.

Revolución en el organigrama

Felipe se ha llevado consigo a los puestos de mayor relevancia de la Casa a quienes fueron sus hombres de confianza durante sus años como Príncipe. Ha sustituido al último jefe de la Casa de su padre, Rafael Spottorno, por su leal secretario de toda la vida, Jaime Alfonsín, el abogado del Estado que le acompaña desde que terminó su formación universitaria en Georgetown y al que todos definen por su enorme prudencia y gran capacidad intelectual. Un hombre al que difícilmente se le podrá ver envuelto en casos como el de las ‘tarjetas black de Caja Madrid que, finalmente, ha obligado a Spottorno a desligarse por completo de la Casa.

El nuevo Rey ha repescado también a quien estuviera a su lado durante 16 años como responsable de relación con los medios, el periodista Jordi Gutiérrez, que sustituyó a Javier Ayuso inmediatamente después de la proclamación y que siempre ha estado muy ligado a Felipe y Letizia. El nuevo jefe del Cuarto Militar, Juan Ruiz Casas, nombrado en julio, fue también ayudante de campo de Felipe hace dos décadas y el jefe de Planificación y Coordinación de Zarzuela, Emilio Tomé, fue uno de sus tutores durante su paso por la Academia de Zaragoza. Felipe quiere en su entorno más próximo a personas de su más estricta confianza. Y en este círculo no está, precisamente, quien fuera secretario de las infantas Elena y Cristina, Carlos García Revenga, testigo de las irregularidades del caso Nóos, y que esta misma semana se ha despedido de Zarzuela con un correo electrónico dirigido a toda la plantilla.

A todos los que han visitado el despacho del rey emérito en los últimos meses, don Juan Carlos les ha repetido lo mismo. Que está muy satisfecho con lo que ha hecho, con cómo se ha desarrollado la abdicación con cómo lo está haciendo su hijo. Encara, por su parte, una difícil jubilación para la que no hay guion alguno y en la que apenas tiene actos oficiales para no crear interferencias. Pero aunque sus presencias y sus pronunciamientos ya no estén en la agenda oficial, su deriva personal y, especialmente, esta nueva paternidad que se le podría atribuir en los tribunales, siguen generando titulares para una institución que, hoy por hoy, quiere dejar de copar titulares que no tengan que ver con su propia actividad oficial. Una monarquía renovada para un tiempo nuevo que quiere desentenderse de los escándalos, de las irregularidades y de los comportamientos poco ejemplares. Si le dejan.

En su primer discurso como Rey ante las Cortes que lo acababan de proclamar, Felipe VI lo repitió en dos ocasiones como un mantra al que aferrarse. “Estas son, señorías, mis convicciones sobre la Corona que, desde hoy, encarno –advertía–: una Monarquía renovada para un tiempo nuevo”. Es la única frase que subrayaría de nuevo en su parlamento ante las Cámaras con el deseo de grabarla a fuego en su conciencia y que va más allá de un eslogan. Es el lema que impulsa la profunda y vertiginosa transformación que ha impreso dentro de la Jefatura del Estado y de su propia Casa y que implica, de facto, una ruptura con el pasado más inmediato legado por su padre y su familia durante los últimos años, en los que la institución entró en barrena. Casos que rebotan ahora contra la puerta de palacio en un 2015 que se presenta plagado de citas judiciales para los Borbones y de los que la Zarzuela se desentiende.

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