AUTOR DE su bIOGRAFÍA NO AUTORIZADa

José Manuel Vidal: “Rouco Varela ha sabido conservar muy pocos amigos”

El nombramiento de Carlos Osoro como arzobispo de Madrid supone el punto y final a casi dos décadas de poder omnímodo del cardenal Antonio María Rouco.

Foto: José Antonio María Rouco Varela, cardenal y arzobispo de Madrid (EFE).
José Antonio María Rouco Varela, cardenal y arzobispo de Madrid (EFE).

El nombramiento de Carlos Osoro como arzobispo de Madrid supone el punto y final a casi dos décadas de poder omnímodo del cardenal Antonio María Rouco Varela, el ‘vicepapa’ español, dentro de la Iglesia. Para el periodista y religioso José Manuel Vidal es el hombre que ha amasado más poder desde la época del cardenal Cisneros.

Con más de 30 años de experiencia en la información religiosa, Vidal (Sobrado del Obispo, 1952), comenzó a redactar, con la aquiescencia del propio Rouco, una biografía autorizada del  para la que mantuvo con el cardenal varias largas entrevistas en su palacio de la calle San Justo. A la vuelta de la esquina, aquello acabó como el rosario de la aurora y el escrito, en un cajón. “Aquel episodio supuso mi entrada en la lista negra de Rouco” y fue el germen de una biografía que, ahora, años después, y en el ocaso del personaje, ve la luz con Ediciones B.

José Manuel Vidal
José Manuel Vidal

Huérfano de padre a los siete a años y de madre, que falleció de ELA, poco después, para el periodista en esa infancia atormentada se halla la explicación de buena parte del carácter impenetrable y rocoso de Rouco Varela, el hombre que se hizo con el favor de Juan Pablo II, primero, y de Benedicto XVI, después, para gobernar la Iglesia española durante casi dos décadas.

P.- ¿Es imposible salir de la lista negra de Rouco Varela?

R.- Se rompió una relación de confianza mutua y una relación…. Él nunca supo entender bien la relación con la prensa. No sólo conmigo sino con toda la prensa en general. Siempre ha considerado que los periodistas son enemigos de la iglesia, enemigos de la jerarquía y nunca ha facilitado el acceso. Siempre hemos tenido que entrar en la iglesia en la que él ha mandado por la puerta de atrás para poder informar. Él ha concebido siempre la información religiosa como un apéndice, como una catequesis, como una propaganda.  Y eso, lógicamente, se rompió cuando empezamos a hablar de su biografía autorizada. Incluso al principio, cuando aún no había aún grandes cosas negativas. Inmediatamente se quebró la relación.

P.- ¿Y no ha habido manera de apelar a esa virtud cristiana del perdón y de la reconciliación? Cuenta en el libro que Rouco maniobró incluso para impedir que usted presentase, el año pasado, su libro sobre el papa Francisco en la embajada española en Roma

R.- Ésa es mi experiencia personal y la de otra mucha gente. Él, realmente, tiene muy pocos amigos y ha sabido conservar muy pocos amigos a lo largo de la historia. No sólo amigos periodistas sino que también amigos teólogos, amigos obispos… Ha ido perdiendo todos los amigos que tenía a lo largo de su historia personal. Yo creo que, precisamente, porque sus carencias afectivas, que vienen desde la infancia, le hicieron construirse como persona muy huidiza, como con los sentimientos abarrotados, siempre a la defensiva y sin dejar penetrar en su corazón a nadie o a casi nadie. Nosotros no es que a partir de ese momento nos convirtiésemos en enemigos declarados ni mucho menos. Después ha habido una relación profesional con sus altibajos pero nunca una relación normalizada. Una relación tensa y, por su parte, siempre a la defensiva.

P.- ¿El libro es un ajuste de cuentas?

R.- No. Yo no soy quien para ajustar cuentas con nadie y menos con Rouco y menos para vengarme de él, tal y como digo en la presentación del libro. Lo que sí quiero con este libro es tener memoria histórica. Estoy convencido de que este hombre ha marcado a fondo y a fuego -muy poco para bien y mucho para mal- la historia de las últimas décadas de la iglesia española y que ha dejado muchos cadáveres por el camino. Quiero rehabilitar a mucha gente que, a pesar de los pesares, a pesar del omnímodo poder que ha tenido este hombre durante muchos años, ha sabido mantener en pie un modelo de iglesia contra el que Rouco luchó abiertamente. Echó por tierra el modelo del Concilio Vaticano II y hubo mucha gente que se quedó herida por el camino, que sufrió mucho por querer mantener vivo ese modelo que ahora vuelve con el papa Francisco. Con Francisco se recupera la primavera que habían mantenido muchos teólogos, muchos obispos, muchos frailes, muchas monjas… la iglesia de base en España.

Benedicto XVI, en una audicencia con el cardenal de madrid, Rouco Varela (EFE).
Benedicto XVI, en una audicencia con el cardenal de madrid, Rouco Varela (EFE).

P.- Con la renuncia de Ratzinger y la elección de Francisco comienza el declive de Rouco. ¿El cambio en el Vaticano le pilla con el pie cambiado?

R.- Rouco ha pasado del todo a la nada. La iglesia funciona por ciclos y después de un largo ciclo conservador con Juan Pablo II y Benedicto XVI  y antes habíamos tenido un ciclo progresista y moderado con Pablo VI y Juan XXIII. Ese último ciclo conservador se rompe con la llegada de Francisco, con quien se vuelve a recuperar el espíritu del Concilio que había estado congelado durante la etapa de Juan Pablo y Benedicto. Eso significa la muerte religiosa y eclesiástica de Rouco, que había sido el gran adalid, el ‘vicepapa’ español durante toda esa larga etapa. El cambio le pilla absolutamente fuera de juego. Él tenía en la mente y había hablado con Benedicto XVI que su modelo era el cardenal Meisner, que se retiró a los 80 años.

Él tenía toda su planificación vital hecha para retirarse a los 80. Por eso no había pedido un arzobispo coadjutor con derecho a sucesión y ahí se equivoca. Porque si lo hubiese pedido en aquella época, en 2011, en pleno éxito de la Jornada Mundial de la Juventud, Benedicto le hubiera dado lo que hubiera querido. Si hubiera pedido que a su fiel obispo auxiliar, Fidel Herráez, le nombrasen arzobispo coadjutor, hoy estaría mandando a través de Fidel Herráez y la transición hubiera sido otra. Como aquello no lo pidió, se encontró absolutamente descolocado y sin posibilidad de poder jugar sus cartas. Sin estrategia posible. En Roma se le cortaron todos los canales posibles. La gente lo siguió tratando con respeto porque siempre hizo gala de tener mucho poder en Roma, pero ya perdió la posibilidad estratégica y ni siquiera ha podido decidir el momento de su salida. Esperó tanto, apuró tanto el vaso del poder, que al final se le atragantó.

P.- Pero durante casi dos décadas ha sido, como dice usted, un ‘vicepapa’ con el permiso y los votos de sus compañeros obispos. ¿Le han tenido miedo esos obispos o se resignaban porque sabían que era el favorito de Roma?

R.- Yo creo que se han juntado varios factores. Rouco nunca tuvo un gran carisma. Los obispos españoles no le siguieron por su ‘autoritas’ moral. No era un Tarancón, pero sí era un gran estratega y un hombre de control absoluto. Supo manejar muy bien los hilos del poder. ¿Cómo? A través del miedo. El miedo hacía que, al controlar los resortes del nombramiento de obispos y del cambio de obispos, tuviese a todo el episcopado sometido. Además de eso, lógicamente, los obispos también sabían que él estaba bendecido por el dedo de Roma y que era el aplicador en España -y en eso sí que fue muy obediente y eficiente- del modelo involucionista y de congelación del Concilio Vaticano II. Era el diseño que estaba montado y nadie se movía porque, primero, él lo tenía todo controlado y, segundo, porque todos sabían que estaba bendecido desde Roma.

P.- Parece la descripción de un Calvino a la española…

R.- Yo creo que la comparación es con Cisneros. Desde Cisneros no ha habido en España un hombre que tuviese tanto poder como el que tuvo este cardenal en la reciente Iglesia española. Porque el control y el miedo no solo lo impuso a las obispos. Por ósmosis, ese miedo fue calando en todos los estratos de la iglesia española. Por ejemplo, hasta en las congregaciones religiosas, que suelen ser bastante independientes porque no dependen de los obispos. Cualquier fraile o cualquier monja que dijera cualquier cosa que no estuviera en lo preestablecido y eclesialmente correcto en aquella época, inmediatamente recibía una llamada al canto por parte suya o por parte de su entorno, de Martínez Camino y de todos los que le rodearon.

P.- Rouco ha sido el hombre que ha sacado a los católicos a la calle contra el matrimonio homosexual o contra la ley educativa de Zapatero y que más ha posicionado a la Iglesia del lado del PP…

R.- Rouco se inserta en un movimiento involutivo de la iglesia universal y de la iglesia española. Su predecesor, su padrino, el que le pone el poder en bandeja es el cardenal Suquía. Y con el cardenal Suquía y, después, con Rouco, empieza a cambiar el posicionamiento de la iglesia tanto a nivel interno como a nivel externo. A nivel interno, con el control de los obispos. Hay que echar a todos los obispos de la época de Tarancón y lo van a haciendo sistemáticamente. Se echa a todos los obispos de la época de Tarancón, que son los más progresistas, los más avanzados, los más conciliares, y se eligen obispos medianos, grises pero doctrinalmente muy seguros y muy amigos de los que le nombran. Así tienen dominado el interior de la iglesia y, hacia afuera, presentan a la iglesia como un poder. Un poder en lucha contra otro poder, el poder político, o que le echa continuamente pulsos al poder político para no perder sus privilegios.

Zapatero y Rouco Varela (EFE).
Zapatero y Rouco Varela (EFE).

La iglesia viene liderando, desde los acuerdos de 1978, una serie de privilegios: la clase de religión, el sistema de financiación, la presencia de capellanes en las fuerzas armadas… Y no consiente que se le toque lo más mínimo de eso. Para defender esos privilegios, están dispuestos, como dice Rouco, en salir a la calle en la defensa de esos privilegios y en la defensa de la iglesia como autoridad moral. Lo que estaba en juego cuando salen a la calle en contra del matrimonio homosexual es algo que ellos consideraban en aquella época como las cuestiones incuestionables. Y una de ellas era el matrimonio homosexual. Por ahí no pasaban y para demostrar al Estado que tenían el poder suficiente como para hacerle recular o, al menos, para que se lo pensase hicieron, por primera vez en la historia, una manifestación con la presencia de obispos en la calle. Entraba todo dentro de una estrategia y una visión político-eclesiástica: la iglesia en España es una gran potencia y para demostrarle a los políticos que somos una gran potencia salimos a la calle esporádicamente y sacamos a nuestras huestes todos los años a la plaza de Colón en la fiesta de la famialia.

P.- Y, sin embargo, Rajoy nunca le ha recibido en Moncloa como presidente. ¿Por qué´?

R.- Rajoy y Rouco nunca se han llevado bien. Se conocen mucho. Ambos son gallegos y Rajoy no perdona a Rouco que en la pugna con Esperanza Aguirre anterior al Congreso de Valencia, Rouco  tomase partido abiertamente por la presidenta madrileña. Había una simpatía política por Esperanza que se demostraba en todas partes y eso Rajoy nunca se lo perdonó. Por eso, nunca le recibió como presidente del episcopado. Las relaciones nunca fueron cordiales.

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