EUROPA GANÓ LA LAVER CUP

El torneo impulsado por Federer que amenaza con llevarse por delante a la Davis

El equipo de Europa, capitaneado por Borg y con Nadal y Federer, hacen buenos los pronósticos y se imponen al resto del mundo en un divertido fin de semana de tenis poco competitivo

Foto: Nadal y Federer celebran la victoria en la Laver Cup. (EFE)
Nadal y Federer celebran la victoria en la Laver Cup. (EFE)

Europa ganó y Roger Federer y Rafa Nadal se abrazaban y vitoreaban cuando todo había terminado. Son, según la estadística, los dos mejores jugadores de todos los tiempos, pero aún están a tiempo para sacudirse la púrpura y disfrutar como críos que juegan por primera vez a un deporte que aman. Ambos han sido la sensación del fin de semana en Praga porque rodeados de otros buenos -pero no tan buenos- jugadores han demostrado que la ilusión también es importante.

Rod Laver miraba desde la grada. A su nombre estaba el torneo que se disputaba. Él no tiene tantos títulos como los dos monstruos antes citados, pero en realidad es el único que puede mantenerles la mirada sin sentirse inferior. Eran otros tiempos, de cambio, y él se vio enganchado entre el profesionalismo y el amateurismo. Por eso, más que por nada, se quedó en 11 grandes. Mirando un poco más de cerca la cifra, ocho de ellos llegaron en solo dos años. Hizo el grand slam dos veces, una más que el resto de los hombres de la historia, pues solo Don Budge lo ha logrado más allá de él. Él también sonaba genuinamente feliz cuando hablaba.

La rivalidad de Nadal y Federer

En los banquillos se parapetaban los años 80 de un golpe de vista. De azul Bjorn Borg, un témpano de hielo. De rojo John McEnroe, dinamita y fuego. Amigos, a pesar de todo, a pesar de que se las tuvieron de todos los colores cuando ambos dominaban el tenis con puño de hierros. Ellos eran los más grandes, la pareja perfecta, al menos hasta la llegada de Federer y Nadal, que extremaron el concepto que puede tener una rivalidad.

Más gente: Cilic, Thiem, Zverev y Berdych, producto local, para el equipo europeo. Sock, Kyrgios, Isner, Querrey, Shapovalov y Tiafoe por el lado del resto del mundo. Los nombres no engañan demasiado, hoy en día este deporte es del viejo continente y nadie esperaba un desarrollo diferente a una victoria de las banderas azules. Y eso que no estaban, por lesión o desinterés, otros como Djokovic, Murray y Wawrinka. El pabellón O2, recoleto, lleno hasta la bandera. La pista negra, atractiva, única.

Todo esto ha sido la Copa Laver, y dicho así suena atractivo. Quizá algún día lo sea más, por el momento no deja de ser un invento de márketing muy bien desarrollado. No hay puntos de ATP en juego y, en realidad, la competición es moderada. La idea es hacer una Ryder Cup, una de las competiciones más carismáticas no solo del golf, sino del deporte en general. Los jugadores quieren disputar la Ryder, sueñan con ello. La Laver Cup, por el momento, necesita tiempo para que eso pueda llegar a ser así.

El hastío de la Davis

La idea de enfrentar a Europa contra el resto del mundo tiene varias motivaciones y un impulsor principal, Roger Federer. El dinero lo ha puesto Rolex, patrocinador del genio, encantado de apadrinar una iniciativa que quiere, en un futuro, llevarse por delante a la Copa Davis. Ha sido durante décadas la competición por equipos del tenis, ha tenido momentos brillantes y ha sido objetivo para todos los tenistas importantes.

Pero ha perdido ángel. Hace tiempo que los jugadores la ven con recelo. No les da dinero y sí mucho cansancio. Negarse a jugarla, como muchos han hecho, les da mala imagen. Así que la mejor manera de remediar ese problema es prescindir de la competición. No es sencillo, hay fuerzas del tenis que no quieren ni pensar en ese escenario, pero probablemente sea el final del proceso.

Tampoco debería engañarse nadie, el año que viene, en Chicago, esto no dejará de ser una pachanga con algo más de fuste que las exhibiciones normales. Queda bastante, de arraigo y de norma, para que se convierta realmente en el espectáculo con el que sueñan los organizadores. El problema del desequilibrio de ambos equipos es evidente aunque en el último encuentro, jugado por Federer, todas las opciones estuviesen abiertas. Solo fue así por un sistema de puntuación un poco retorcido que hacía que los partidos del último día valiesen tres veces más que los del primero. Todo con tal de que la competición siguiese viva al final, en realidad Europa ganó ocho partidos y el resto del mundo solo cuatro.

'Súper tie-break'

Bien están las pruebas del 'súper tie-break', esa manera de resolver a la ligera los terceros sets y que a los jugadores gustan para las exhibiciones porque cansa bastante menos que jugar un partido como tal. En el equipo del resto del mundo no estaban, lesionados o cansados, Del Potro o Nishikori. Su presencia igual hubiese hecho un equipo más resultón, aunque el que fue compitió por encima de sus posibilidades.

El deporte, sin competición, es menos deporte. Y eso no lo cambian los abrazos de Federer y Nadal, por más bonita que sea la imagen. Su presencia, como la de Laver, Borg o McEnroe, enriquece un torneo que, por el momento, es mucho más una ilusión que una realidad competitiva. El tiempo dirá si esta Laver Cup es la solución a esos problemas que, sin duda, tiene un deporte tan individual como el tenis en las competiciones por equipos.

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