la lucha fratricida en el kelme

La casa de los líos en La Vuelta o el juego de niños en el Movistar

Óscar Sevilla llegó como favorito a la Vuelta a España 2002, pero ni siquiera subió al podio. La carrera la ganó su compañero Aitor González, que se saltó las órdenes de equipo

Foto: Aitor González posa con una camiseta del Real Madrid en el podio final de la Vuelta a España 2002, en el Santiago Bernabéu. (Reuters)
Aitor González posa con una camiseta del Real Madrid en el podio final de la Vuelta a España 2002, en el Santiago Bernabéu. (Reuters)

Más allá de la boda de la hija de Aznar, del aniversario del 11-S y de los Zidanes y Pavones de Florentino Pérez, 2002 fue también el año de una de las historias más rocambolescas que se recuerdan en el ciclismo. Un thriller de guion incierto, una película de la Vuelta a España, una saga, para ser sinceros, que se inició en 1998, cuando Abraham Olano y el Chava Jiménez protagonizaron un duelo fratricida que casi acaba a tiros en la sucursal de Banesto y que, cuatro años después, iba a tener secuela. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero Aitor González y Óscar Sevilla, del equipo Kelme-Costa Blanca, rompieron el dicho. La controversia que genera la tricefalia del Movistar es un juego de niños comparado con aquello.

Cosas del destino, ambos corredores llegaron juntos a la estructura ilicitana en 1998. Crecieron a la par, pero sus caminos viraron en direcciones opuestas: la de Sevilla, hacia el éxito —devorando grandes carreras hasta convertirse en el líder del equipo—; la de Aitor, hacia el ostracismo por su falta de profesionalidad y su carácter indomable. Pero en 2002 todo cambió, Aitor explotó.

Antes de la Vuelta, Aitor González ganó dos etapas y fue sexto en el Giro. (Reuters)
Antes de la Vuelta, Aitor González ganó dos etapas y fue sexto en el Giro. (Reuters)

Aitor necesitaba lucirse

La explicación: su contrato expiraba y necesitaba lucirse. Dejó atrás el sobrepeso con el que solía aparecer en las concentraciones de pretemporada y se empeñó en ser importante. “Esta botella es Lanjarón, lo pone en la etiqueta, pero puede llegar él y decir que es Bezoya y a ver quién le convence de lo contrario”, decía Vicente Belda, el director de la formación. Aitor asumió la responsabilidad en el Giro de Italia y, en su estreno, se destapó: dos victorias de etapa y sexto en la clasificación general. No compitió en el Tour, pero llegó con el cuchillo afilado a la Vuelta.

En septiembre, la ronda patria arrancó en Valencia con récord de participantes y un perfil mucho menos escarpado que de costumbre, solo cuatro llegadas en alto, incluido el temido Angliru. Tras una preparación previa en Navacerrada, la asignación de roles parecía quedar clara en el Kelme: Óscar, primera baza y Aitor, segundo espada. Decidido el papel de cada uno, Belda alineó a un equipo de mucho nivel integrado, entre otros, por una joven promesa que empezaba a dar sus primeros pedales en profesionales, Alejandro Valverde. El objetivo: que Sevilla lograra su primera grande.

Las primeras etapas transcurrieron con normalidad entre los favoritos, pero en la quinta, en el corazón de las Alpujarras, se establecieron las primeras diferencias importantes. En un día de constantes subidas y bajadas, la Vuelta se convirtió en una carrera de juveniles, con un festival de ataques. En medio del desconcierto, y tras una atípica subida a Sierra Nevada, un corredor saltó del pelotón decidido a hacer sangre. Era Sevilla. El manchego llegó a meta con casi un minuto de ventaja sobre sus rivales. Aitor, pillo, también se movió y apenas perdió 11 segundos respecto a su compañero. “Juego a ganar (...) la carta de Aitor me viene de maravilla”, explicaba Sevilla en una entrevista cuando todavía no era consciente de la que se avecinaba.

Al día siguiente, en el puerto inédito de La Pandera, Aitor, todavía en las sombras, dio un paso más como candidato a la victoria. En un grupo con escaladores de renombre, demarró a falta de cuatro kilómetros para el final de la etapa y se fue en busca de Sevilla, que previamente había salido a por un Roberto Heras que ganó de forma incontestable. La jugada de Aitor la vio con recelo Belda, pero con dos corredores metidos de lleno en la pelea por la gloria y Sevilla ya de líder, el director motivó a sus hombres a dar un golpe de autoridad en las jornadas venideras. Dicho y hecho.

Tras ganar la octava en etapa, con final en Ubrique, Aitor González dijo que podía ganar la Vuelta. (Reuters)
Tras ganar la octava en etapa, con final en Ubrique, Aitor González dijo que podía ganar la Vuelta. (Reuters)

"Que gane el más fuerte"

En la octava etapa, con final en Ubrique, el equipo se desmelenó. Carlos García Quesada, el tercero en discordia, destrozó a la oposición con un ritmo infernal en Las Palomas. En el descenso, Aitor decidió hacer la guerra por su cuenta y se lanzó sin previo aviso a por el fugado que quedaba para alzar los brazos y estrenar su palmarés en la gran competición doméstica. Tras su exhibición, subió a la sala de prensa, agarró el micrófono y dijo: “Ganar la Vuelta es una posibilidad, tengo libertad”. Las declaraciones enfurecieron no solo a Belda, también a Sevilla. Aitor ya anunciaba a pecho descubierto su firme intención de ganar la Vuelta, un deseo que volvió a quedar de manifiesto en la contrarreloj individual de Córdoba.

Allí, en su terreno, sobre el asfalto de la ciudad de poetas como Juan Mena o Luis de Góngora, Aitor escribió su propio verso, libre y salvaje, en 36 kilómetros. Conquistó su segunda victoria y miró de frente a su compañero, un Óscar Sevilla que hizo la crono de su vida para salvar el liderato por apenas un segundo. Ahora sí, la batalla estaba servida: Aitor, el llaneador que escalaba como nadie, contra Sevilla, el escalador que llaneaba como ninguno. “Sí, me fastidiaría no ganar”, confesaba con rostro serio el de Osa de Montiel. “Ahora que lo haga el más fuerte”, sentenciaba. Siguiente parada, el Angliru.

Conscientes de la importancia de esta etapa, Vicente Belda y José Quiles, patrón de la empresa Kelme, se reunieron antes de la salida con los corredores para elaborar una estrategia sin fisuras. Las órdenes pasaban por controlar la carrera, imponer un ritmo favorable y no moverse hasta que lo hiciera Heras, el principal adversario. Sevilla y Aitor tenían libertad absoluta para jugar sus bazas una vez se produjera el ataque de corredor de Béjar. El equipo cumplió con su obligación y trabajó de sol a sol como el actual Sky de Chris Froome, pero en la dura ascensión al olimpo del ciclismo, la mecha prendió.

Óscar Sevilla perdió el jersey de líder en la etapa del Angliru. (Reuters)
Óscar Sevilla perdió el jersey de líder en la etapa del Angliru. (Reuters)

"¿¡Dónde vas, Aitor!?"

“Aitor ¿dónde vas? ¿¡dónde vas, Aitor!? ¡Aitor, que queda Quesada, que queda Manzano! ¡¡¡Aitooooooor!!!”. Pero Aitor no escuchó, hizo caso omiso de la radio por enésima vez mientras su técnico se desgañitaba desde el coche. El ciclista, fuera de sí, decidió que era su momento. Se sintió imbatible y atacó. “Aitor me ha eliminado”, confesaba molesto como pocas veces Sevilla. Y así fue, porque el alicantino aceleró a falta de siete kilómetros y se llevó consigo a Heras y a Beloki. Mientras, el manchego, el líder de la formación y de la carrera, se quedó cortado y con él, los compañeros a los que Aitor también dejó en la estacada, bajo la densa niebla asturiana. “¿A quién quería eliminar este tío? ¡No es escalador, tenía la orden de subir a rueda de los que sí lo son!”, gritaba enfurecido un Belda que no daba crédito.

Pero las duras rampas del Angliru pronto hicieron mella y Aitor empezó a perder fuelle. Lejos de hundirse, se sobrepuso y rebasó la meta con 2:16 perdidos respecto a Heras. Más tarde, sin apenas fuerzas, apareció Sevilla. Aitor no ganó la etapa ni el jersey al que aspiraba, pero sí la desconfianza de todo su equipo y el odio de los aficionados, que a partir de ese momento le llamaron traidor y le silbaron en cada control de firmas. “Si corro pensando que tengo al enemigo en casa, me retiro. Hasta hoy no lo pensaba, pero ahora…”, lamentaba Sevilla. “No es ético lo que ha pasado, pensaba que el líder era yo, si no lo soy tendré que buscar otras alternativas”.

Aitor salió de la carpa de los corredores como si la cosa no fuera con él, tranquilo y confiado. Era consciente de que tenía la carrera donde quería. Con tan solo una etapa de montaña más por disputarse, estaba muy cerca del nuevo líder, Heras, y había eliminado por completo a Sevilla, el único que podía defenderse relativamente bien en la contrarreloj final. “Así es imposible ganar la Vuelta, lo que había empezado como una historia de amor muy bonita para nuestro equipo, se ha transformado en una historia de celos”, resumía Belda, que reconocía que el ambiente era “un auténtico polvorín”. A Sevilla le molestaron las maneras de Aitor y a este el papel de víctima del manchego.

El cisma que se montó en Kelme dio esperanzas al resto. Tras ganar un nuevo Tour de Francia con Armstrong, el US Postal no quería desaprovechar la oportunidad de hacerse también con la Vuelta. Tenían a Heras en cabeza, pero al bejarano le faltaba equipo. Así que, a base de talonario, el conjunto americano negoció con corredores del Acqua & Sapone para que le ayudaran. La escuadra italiana arrastraba dificultades económicas y Rubén Lobato, Santos González y Martín Perdiguero no se lo pensaron. La maniobra no era nueva, la confluencia de intereses siempre ha existido en el ciclismo, lo curioso era que los tres tenían una amistad íntima con Aitor.

La banda de La Covatilla

La casa de los líos de la Vuelta buscaba nuevos inquilinos y aparecieron ellos. Por aquel entonces, los cuatro formaban la conocida como banda de la toalla, apodada así por su afición a pasarse mañanas enteras tumbados en la playa, combatiendo los males del moreno ciclista. Entrenaban y salían de fiesta juntos. Por eso, cuando la Vuelta anunció el ascenso a La Covatilla, Aitor no pudo sino mirar perplejo el panorama que tenía por delante. Un tren perfectamente compuesto con sus tres colegas protegiendo al del US Postal. Empezó la masacre: primero, Lobato, luego, Santos y al final, Perdiguero. Heras arrancó y a Aitor le visitó el karma. El traidor, traicionado. “Mira”, decía Belda señalando a Perdiguero con desprecio, “mira lo que le ha hecho ese a su amigo de copas. Ya puede presumir de amistad, pero un amigo no hace eso”.

A Aitor le pasó por encima Beloki y también hizo lo propio Óscar Sevilla, que ni le miró. Al cabo de un kilómetro, se topó con Quique Gutiérrez, otro compañero de Kelme que venía de la fuga, pero tampoco le socorrió. Al alicantino le había abandonado todo el mundo, unos por dinero, otros directamente por su individualismo. La venganza se estaba consumando con creces, pero Belda se negó a perder la Vuelta y por el pinganillo puso colorado a Sevilla y le obligó a parar. “¡Qué bien se trabaja en equipo!”, dijo el manchego con ironía en meta, “Obedecí a mi director y me paré a esperar. Me he sacrificado por Aitor”. Y contestó Aitor: “Óscar me ha echado una manilla y está bien. En lo que respecta a mis amigos, yo no doy de comer a nadie”. A partir de ese día, la banda de la toalla fue rebautizada como la banda de La Covatilla por los seguidores y también por ellos mismos, que decidieron quitarle hierro al asunto.

La crono del Bernabéu

Es muy posible que la cosa no fuera a mayores porque, a pesar de todo, Aitor no perdió mucho tiempo con Heras o porque directamente no le daba importancia a nada. Él mismo afirmaba que era ‘un poco tarambana’. La realidad decía que faltaba una crono larga, de 41 kilómetros, y el indómito corredor estaba a solo 1:12 del bejarano. Demasiado fácil. “Tengo la Vuelta en el bote, no estoy nervioso, sí debería estarlo Heras porque ahora llegamos a mi terreno”, manifestaba con su famosa risa floja.

El Santiago Bernabéu esperaba a los corredores en un final de fiesta emocionante. El club blanco celebraba su centenario, Aitor su consagración. Fue demoledor, una bestia. Dobló los brazos en paralelo, colocó el cuello, clavó su cuerpo al sillín y empezó a mover las piernas, solo las piernas. Heras aguantó 22 kilómetros. El alicantino llegó a los aledaños del Bernabéu como un bólido, giró, encaró el túnel que llevaba al césped y cruzó la meta ante el rugir de miles de aficionados. Le colocó casi dos minutos a los especialistas y un mundo a los escaladores, es decir, rompió la barrera del sonido.

Fue la cara. La cruz, Sevilla. En la carrera hubo lucha de poderes y un doble juego confuso, pero el manchego calló. Aitor se quitó el auricular en Sierra Nevada, en Ubrique y en el Angliru, desobedeció todas las indicaciones y ganó su primera grande abriendo fuego amigo. Sevilla fue respetuoso incluso en Madrid, cuando se jugó el bronce contra Beloki y una serie de averías mecánicas extrañísimas –hasta tres veces tuvo que cambiar de bicicleta– le hizo perder cualquier opción. Esto es aún un misterio sin resolver, no son pocos los que piensan que el Kelme se la jugó. El equipo estaba en serios apuros económicos, con retrasos en nóminas, y Sevilla tenía firmada una prima de 120.000 euros si lograba subir al cajón de la Vuelta. Con Aitor ya en él y el objetivo más que cumplido, igual alguien pensó que era mejor ahorrar gastos. Nunca en la historia una entrega de premios fue tan tensa.

Finalmente, Aitor se salió con la suya. Sobrevoló por encima de todos, de una carrera que le acusó de traidor, de un equipo que renegó de sus formas y de un pelotón que le retiró la palabra. Su victoria le valió para firmar un contrato millonario por dos temporadas con el Fassa Bortolo italiano –pasó de cobrar 61.000 euros anuales a algo más de 600.000– y se convirtió en la gran esperanza nacional para disputarle el Tour a Armstrong. Sin embargo, las expectativas nunca se cumplieron. Lo dijo Giancarlo Ferreti, su técnico en Italia: “Tiene la forma, tiene la clase, tiene las piernas, pero no tiene la voluntad”. El TerminAitor de la Vuelta se desvaneció poco a poco. Como Sevilla, como el Kelme.

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