SE SUBIRÁ AL RING DE NUEVO A LOS 45 AÑOS

Vuelve Maravilla Martínez, el millonario que entrena en un sótano de Villa de Vallecas

La mayoría de los boxeadores regresan por dinero, pero lo de Sergio es por ego, para ver si todavía puede mandar a sus rivales a la lona

Foto: Sergio 'Maravilla' Martínez. (Carmen Castellón)
Sergio 'Maravilla' Martínez. (Carmen Castellón)

Cuando hablamos de Vallecas, nos referimos al Puente de Vallecas. Más allá de la Avenida de la Albufera, rumbo sureste, está el casco histórico, que es la Vallecas original. Hasta 1950, la Villa de Vallecas era una localidad independiente de la capital. Hoy sigue siendo pueblito, con su iglesia en la plaza, sus terrazas y su entramado de callejuelas, solo que integrada en Madrid.

Cuesta relacionar la Villa de Vallecas con Madrid: aquí la vida sucede más despacio, el suelo vale un 67% menos y para llegar a Sol hay que pasarse casi una hora metido en el metro. A media tarde, durante esta tórrida semana de julio, no se ve un alma en la calle. Parece un pueblo fantasma salvo por una pequeña puertecita, en la calle Picos de Urbión, por la que no deja de entrar gente. Es el gimnasio Detroit, un lugar tan chapado a la antigua que sedujo a Garci para rodar un par de secuencias de 'El Crack Cero'.

Dentro, a una temperatura que asustaría a un beduino, varios púgiles entrenan como si peleasen mañana. Son un grupo heterodoxo: hay desde chavales del barrio fuera de forma, que vienen solo a sudar un poco, hasta estrellas del boxeo nacional como el vasco Jon Fernández. Entrenan juntos, pero no mezclados. "Ahora saltamos con los dos pies a la izquierda, luego en el centro, y después a la derecha. Después seguimos con el siguiente", dice el entrenador ante un circuito de resistencia que ha preparado. "¿Alguna pregunta?".

"Yo tengo una pregunta", resuena una voz desde el fondo. "Venía preguntándome de camino cuáles serán las velocidades de rotación y traslación de la Tierra, es una cuestión que me tiene loco, espero que me puedas ayudar". Risas en el gimnasio, todos miran hacia la puerta. Acaba de entrar en el edificio Sergio 'Maravilla' Martínez (Buenos Aires, 1975) y el ambiente no volverá a ser el mismo. Porque Maravilla no es uno más: durante casi una década, la de comienzos de siglo, fue considerado el tercer mejor boxeador del mundo, libra por libra, solo por detrás de Manny Pacquiao y Floyd Mayweather. Aunque no los lleva encima, todos saben que le preceden cuatro cinturones de campeón del mundo. Una leyenda del boxeo, idolatrado en Argentina, que se pasea por Villa de Vallecas sin llamar la atención.

Los boxeadores casi siempre regresan por dinero. En el caso de Maravilla Martínez es por puro ego

Se estima que Maravilla ganó en torno a 50 millones de dólares a lo largo de su carrera y, desde que se retiró en 2014, dirige varios negocios relacionados con el boxeo y se ha convertido en un actor de éxito en Argentina. ¿Que qué hace un empresario millonario en este sótano de Vallecas? Prepararse para volver a pelear. "Los boxeadores prefieren entrenar en este tipo de condiciones, mucho más duras de las que podrían conseguir, para no llegar acomodado al combate. Si entrenas en tu propio gimnasio, con aire acondicionado, un fisio dedicado y todas las comodidades, luego en el ring te matan", dicen desde su entorno.

En el mundo del boxeo, el regreso de los púgiles al ring, después de una larga época fuera, se toma un poco en broma. Es un deporte con tanta exigencia física y psicológica que, pasados unos meses de inactividad, el cuerpo y el cerebro cambian, se adaptan a un entorno mucho menos hostil. Se gana peso y se pierden instintos. El boxeo tolera los regresos porque son muy habituales y porque normalmente responden a motivos económicos.

No es el caso de Martínez. A sus 45 años, luce un físico imponente y ni se preocupa de mirar la cuenta corriente. "¿Cuál va a ser la bolsa por este combate? ¿10.000 euros? Como si fuera gratis, no tiene nada que ver con el dinero", dice a este periódico. Si no lo conoce, Maravilla es todo lo contrario al estereotipo de boxeador, ese tipo bruto, juerguista, que arrastra la lengua al hablar y es incapaz de encadenar varias frases. Por contra, Sergio es un tipo reflexivo con un cerebro inaudito, capaz de recordar cientos de fechas y detalles concretos, que escribe poesía y dedicó sus primeros ingresos a comprar libros de Cortázar. Dice que nunca ha probado el alcohol ni ha encendido un cigarrillo. Que no conoce la droga. Durante la conversación, mientras los demás pedimos cervezas, él disfruta de un agua mineral como si de un 'scottish on the rocks' se tratase, haciendo tintinear los hielos.

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PREGUNTA: Entonces, ¿por qué regresas?

RESPUESTA. Porque me fui muy asqueado del boxeo. Había una parte de mi equipo muy tóxica y ese mal ambiente, que yo no sabía de dónde venía, terminó por cansarme. Después de toda mi carrera con buen rollo en el equipo, los últimos tres años fueron terribles. Dejé el boxeo con muy mal sabor de boca, culpaba al deporte cuando en realidad la culpa era toda mía. Quise mantener un grupo humano, hacer una piña, cuando lo que necesitaba era un equipo profesional.

Quería darle una nueva oportunidad al boxeo, al deporte del que enamoré de chaval. No quería que todo acabase mal, tan feo...

P. Te cito textualmente de una entrevista tuya en 'Rolling Stone': "Yo no seré ese típico boxeador que se va y luego vuelve".

R. (Ríe). Dicen que un hombre es preso de sus palabras, pero afortunadamente no es mi caso. (Ríe)

P. ¿Cuánto llevas entrenando?

R. Más de dos años. Llegué a este gimnasio el 9 de abril de 2018 y he estado viniendo bastante desde entonces. Ese mismo año estuve a punto de regresar contra Julio César Chávez Jr. y al final no se dio, por motivos que tendrá Chávez y que yo desconozco. Ahora, por fin, el regreso es un hecho. Tengo rival (José Miguel Fandiño), fecha (21 de agosto) y lugar (Torrelavega). Estoy aquí otra vez.

Tinín venda a Maravilla Martínez. Es uno de los rituales más importantes del boxeo.
Tinín venda a Maravilla Martínez. Es uno de los rituales más importantes del boxeo.

P. ¿Cómo te encuentras?

R. Mucho mejor de lo que esperaba. No me esperaba estar así, rápido y fuerte, pero necesito recuperar sensaciones, ver cómo me voy a sentir cuando esté subido al ring y me mire a los ojos con Fandiño. Resistir esa mirada no es fácil. Es la mirada de un tío que sabes que te va a pegar. Al final, la gran duda es cómo reaccionará mi cuerpo al castigo después de seis años. Eso se pierde y nunca sabes si lo vas a recuperar. En los últimos años he perdido 23 kilos y he vuelto a someterme a entrenamientos dobles, mañana y tarde. Físicamente estoy bien, pero me queda por saber si estoy psicológica y emocionalmente preparado.

P. Los regresos en boxeo no son como en otros deportes, en los que uno puede hacer el ridículo e irse a casa de nuevo, como hizo Jordan en los Wizards. Un mal regreso sobre el ring implica recibir una paliza. ¿Sientes miedo?

R. No, miedo nunca. Sé que ese pibe pega duro, que me puede buscar un lío, pero ese reto es lo mejor de todo esto. De todos modos, no he conocido un boxeador que suba al ring pensando que va a perder... bueno, quizá algún rival de Tyson durante su buena época... (ríe) y lo diría en bajito, en la ducha, "hoy me matan", pero lo normal es que no tengamos miedo.

P. ¿Te arrepientes de ese último combate con Miguel Cotto en el que perdiste los títulos y te bajaste del ring? Dicen que llegaste lesionado, que nunca confiaste en ganar.

R. No, no. Yo no pongo excusas. En aquel momento yo era un cadáver y Cotto parecido: si no era otro cadáver, era un zombi, porque me ganó. Durante mucho tiempo, Cotto hizo las cosas bien y yo las hice mal: al final eso es lo que se plasmó sobre el ring. Fue la derrota más bonita de mi vida porque, según salí del ring, pude irme por fin a casa y descansar. Gané mi libertad.

P. ¿Tu casa en Buenos Aires?

R. No, no, en Madrid. Vivo aquí hace 19 años y estoy encantado. Cuando hablo de "mi casa", siempre me refiero a Madrid. "De aquí no me mueve nadie", como decía Fidel Castro (ríe).

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Sergio salió de Argentina en febrero de 2002, huyendo del corralito, con su pareja, 1.800 dólares en efectivo y la ambición de ser campeón del mundo de boxeo. Su objetivo siempre fue Madrid, pero compró un vuelo a Roma, porque Aerolíneas Argentinas tenía el trayecto a un tercio del precio habitual. "Yo pensé que lo importante era volar a Europa, que luego aquí todo estaría cerca. La realidad es que no tenía ni idea de la distancia entre Roma y Madrid", recuerda el púgil. Pasó tres días cambiando de un tren a otro, sin apenas dormir, hasta que llegó a Chamartín. "Salí un sábado y llegué el martes, sin parar de viajar, destrozado del cansancio", afirma.

Maravilla Martínez vivía en Azuqueca de Henares, en un piso compartido entre varios desconocidos

Nada más bajar del tren, descubrió que alguien había hurgado en sus maletas y le faltaban varias cosas, entre ellas una serie de carpetas con contactos y direcciones de argentinos en Madrid que iban a ayudarle a asentarse. Para colmo coincidió con la Pasarela Cibeles, estaban llenos todos los hoteles de la ciudad y, gracias a un taxista, encontró una habitación en el hostal Las Vegas, en Cuatro Caminos, a 31 euros la noche. "Estaba desesperado, no conocía a nadie ni sabía dónde acudir, así que me puse a revisar la ropa y la cartera otra vez a ver si encontraba algo. En unos pantalones de entrenamiento me topé con un teléfono de Azuqueca de Henares, Guadalajara, que me habían dado en el gimnasio de Buenos Aires un año antes, y del que ni me acordaba", continúa. Resultó ser el contacto de Pablo Sarmiento, un exboxeador argentino que le entrenaría durante los próximos doce años.

Sergio y su pareja se mudaron a Azuqueca, a un piso compartido con un ruso, un ecuatoriano, un rumano y un matrimonio colombiano. Por la mañana entrenaba, por las tardes alternaba entre varios trabajos. "Daba clases de boxeo a empresarios, hacía de portero en una discoteca... incluso hice de gogó, bailando en una tarima delante de cientos de personas. Como no tenía papeles, me pagaban muy poco y en mano, ni siquiera nos llegaba para pagar el alquiler, así que muchos domingos tenía que ir a Cáritas a por alimentos, porque no teníamos para comer", lamenta Sergio.

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PREGUNTA. Qué es más duro, ¿controlar a borrachos en una discoteca o subirse a un ring contra tipos que te pueden tumbar de un golpe?

RESPUESTA. Sin lugar a dudas, ser 'puerta' en una discoteca. En un combate es un solo pibe, lo ves venir, has estudiado sus movimientos, sabes que hay unas reglas. En la discoteca había días que se juntaban veinte tipos con ganas de armarla, incluso con botellas rotas. Ahí sí sientes miedo, no sabes qué va a pasar. Muchas veces no solo querían armarla, querían liármela a mí, supongo que me veían chiquito para ser un 'puerta'.

P. Alguno de esos borrachos se llevaría una sorpresa cuando entrases en acción.

R. Sí, más de uno se la llevó.

P. El Maravilla Martínez que deslumbró hace una década era un boxeador hambriento, tanto literal como metafóricamente, se palpaba en sus combates. Sin embargo ahora regresa otro Maravilla, un hombre rico que no tiene urgencias de ningún tipo. ¿Temes haberte dejado algo en el camino que necesitarás en el ring?

R. No es mala pregunta... (piensa unos segundos). Creo que no, porque además del hambre de ganar, está el ego. Es feo y suena fatal, pero los boxeadores tenemos que tener mucho ego. Piensa en este (se estira la camiseta, muestra una imprimación de Ali), que era todo ego. Yo, antes de un combate, siento que voy a destrozar a mi rival, que lo voy a pasar por encima. Les digo: "Vos vas a cobrar más que Michael Jackson cuando era chico". Se necesita esta prepotencia para encarar un combate, para hacer frente a una situación como esa. Por eso me sigue doliendo no haber llegado a lo más alto.

P. Ganaste cuatro cinturones de campeón mundial, fuiste varias veces boxeador del año, varios 'main event' en Las Vegas... mucho más alto no se puede llegar.

R. ¡Sí, joder, porque fui tercero del mundo! Estaban Pacquiao y Mayweather por encima, nunca los conseguí adelantar. Eso me jode.

P. Tu hoja de servicios impresiona: 51 victorias, 3 empates y 3 derrotas. Si a un boxeador le definen sus derrotas, las tuyas son de lo más ilustre: Paul Williams, Antonio Margarito y Miguel Cotto. Y la derrota con Williams fue muy polémica.

R. Yo siento que el combate con Williams no lo gané, me faltó convicción. Es verdad que a los puntos quizá debió ser un empate. Los jueces le quisieron echar una mano a Williams dándole un punto de más y su propio público los acabó abucheando. Quizá no fue un resultado justo, pero tampoco tengo la sensación de que mereciese ganar. Espero que él tampoco, porque desde luego no lo ganó.

P. Después vino la derrota con Margarito. Cerca de su retirada, se supo que el mexicano espolvoreaba yeso en los vendajes y, al sudar, sus manos se convertían en escayola sólida. ¿Notaste algo raro en sus golpes?

R. Vaya si lo noté. Cada golpe que me enganchaba, me mandaba al otro lado del ring. Fue una situación muy extraña porque la gente es normal, por muy fuertes que estén, todos tienen una fuerza parecida. Con Margarito era distinto: cada golpe, un corte, una fisura... en fin, son las cosas del boxeo. No quiero hablar más porque me caliento, pero eso debería ser delito, es muy peligroso para el rival.

P. ¿Por qué no te gusta la clásica vida de los ricos?

R. Vivo en un chalé que detrás tiene campo y con eso soy feliz. Le compré una casa a cada miembro de mi familia y ya está. Ni tengo un yate, ni como caviar. No siento que lo necesite.

P. Tampoco la fama.

R. No, es horrible, pierdes tu vida. En Argentina han llegado a reunirse 2.000 personas a las puertas de un restaurante donde estaba cenando, tuve que salir por el techo. Además, allí la prensa rosa y los paparazzi son muy lesivos, mucho más que aquí. En España puedo vivir una vida normal y tengo una buena relación con la prensa. Ya lo ves: me llamas, nos tomamos algo y hablamos de lo que quieras.

*****

En junio de 2003, mientras todavía comía de Cáritas, llegó la llamada que cambiaría su vida. "Me llamaron para combatir en Manchester con Richard Williams, un campeón superwelter inglés. A Williams se le había caído su rival a última hora y buscaron a un welter que tuviera buen record como yo. Me dieron nueve días para prepararme y viajar a Inglaterra, cuando yo no tenía ni dinero ni pasaporte", confiesa Martínez, que pasó ocho años viviendo en España como ilegal.

Cuando me tumbó Williams, sentí vergüenza porque mi padre me viese en ese estado, en la lona

Era una mala época para Sergio. Se había lesionado la mano izquierda en un combate previo y la policía española no dejaba de hostigarle. Le paraban a menudo, le pedían la documentación y se lo llevaban detenido unas horas. Un agente llegó a decirle: "Me voy a ocupar personalmente de que vuelvas a tu puto país". Martínez no les guarda rencor: "Era su trabajo, es para lo que les pagan. Lo único que me da rabia es que me tratasen como un delincuente, cuando yo iba siempre muy arreglado, con ropa de deporte pija... ¡si hasta tenía la casa limpísima! Yo he trabajado como portero de discoteca y todos éramos capaces de identificar a los que la iban a liar desde lejos, pues la policía mucho más", dice.

Maravilla consiguió llegar a Manchester y también su padre, desde Argentina, que tampoco tenía dinero ni pasaporte. "Fueron dos milagros", dice el argentino, "y ahí vi la luz, supe que estaba ante una oportunidad que no podía desaprovechar". A su gran oportunidad, Maravilla llegó mal alimentado y sin poder entrenar durante el último mes por una lesión en la mano.

El combate empezó de la peor manera. En el tercer asalto, Williams sacó un directo de derechas que tiró de culo a Sergio. "Empecé a verlo todo borroso, no sabía ni dónde estaba. Cuando mi cerebro se reconectó, vi al árbitro contándome y lo primero que hice fue mirar a la izquierda, a donde estaba mi padre (minuto 8:50 en el vídeo inferior). Sentí una vergüenza horrorosa, me sentía muy mal porque me viera así mi viejo, con lo que le había costado llegar hasta allí. Comprendí que tenía que cambiar de estilo, porque estaba haciendo un combate muy bonito, y a mí me interesaba hacer un combate más bueno que bonito", afirma.

Martínez se levantó y siguió adelante, como ha hecho siempre. Richard Williams le desencajó la mandíbula, le rompió dos costillas y la mano que acababa de recuperar. Golpeó tanto con la mano rota que, en la cirugía posterior, tuvieron que acortarle un dedo para que no perdiese el nudillo. Para colmo, llevaba un protector bucal de tres euros, el que pudo permitirse, que le hizo un corte longitudinal en la encía que necesitó de 200 puntos de sutura.

Pero Sergio ganó, y siguió haciéndolo durante la siguiente década con un solo tachón, el polémico combate con Paul Williams en 2009. Durante doce rounds, Williams y Martínez se golpearon hasta la extenuación, en un combate de los que crean afición. En la revancha, un año después en el Caesar's Palace de Las Vegas, Maravilla consiguió uno de los nocauts más espectaculares que se recuerdan en el boxeo. "Recuerdo esa mano", relata Sergio, "me dije 'uyyy, le enganché bien', se ve en el vídeo. Tú notas que ese golpe es un nocaut porque el rival pierde la tensión, es como golpear un saco vacío".

*****

P. Tú también has sido noqueado en varias ocasiones ¿Qué se siente?

R. Es una sensación placentera, en absoluto sientes dolor. Después del golpe, tu cerebro se apaga por unos segundos para evitar más daño. Cuando recuperas la consciencia, el cerebro ha segregado serotonina y endorfinas y estás evadido en la realidad. Cuando el árbitro está contando, la sensación que tienes es de tranquilidad, como de estar soñando.

Ser noqueado es una sensación placentera, parecida a estar soñando

P. ¿Te das cuenta de que te han noqueado en el momento?

R. Normalmente sí, sueles ser consciente de lo que está pasando. Ahora, si es una mano como la que le llegó a Williams, entonces ni sabes qué te ha pasado. Te lo tienen que contar cuando te despiertes. Pobre Williams.

P. Los golpes en la cabeza son los que te tumban, pero no los que más duelen.

R. La cara no duele. Si acaso, al día siguiente cuando te la lavas y notas las zonas hinchadas. Lo que duelen son los golpes al cuerpo: en la boca del estómago, en el bazo y, sobre todo, en el hígado. Te duele por dentro, te quieres morir. Es parecido a recibir un balonazo en los testículos, por citar un ejemplo más conocido. El dolor te sube hasta el pecho.

P. Estábamos hablando de la gestión de la fama. Otro problema asociado son los arribistas, la gente que se te acerca porque quiere algo de ti.

R. Sí, y a menudo no son desconocidos, sino tus propios familiares. Les pones una empresa, los cuidas y te sale un 'martes 13' donde menos te esperabas. El problema de la gente es que no quiere esforzarse, solo rascarte a ver qué pueden sacar. Con el tiempo, la mayoría de deportistas populares se hacen muy desconfiados, recelan de todos. Yo no quiero ser así, prefiero confiar en las personas y que me engañen. Además, una persona desconfiada me produce desconfianza.

P. Siguiendo esta línea, en España hay una máxima que dice que no te fíes de quien no bebe.

R. ¡Qué putada! Pues no, yo no lo probé nunca, ni siquiera un cigarrillo. Yo me crie en un barrio muy conflictivo, muy pesado como nosotros decimos: Florencio Varela. Un porcentaje grande de mis amigos se quedaban por el camino, ya fuera por disparos de la policía o por enfermedades relacionadas con las drogas. Cuando yo tenía diez años, algunos compañeros ya esnifaban pegamento en una bolsa. Ahí me dije que no pensaba tomar estas cosas nunca y he aguantado hasta hoy. Cabeza dura.

P. Me llama la atención la ingente cantidad de esfuerzo y determinación que has empleado para todo en su vida. ¿Esto te viene de sus padres?

R. No. Yo empecé a trabajar a los trece años, arreglando techos con mi padre, y entendí que la vida era esto, esfuerzo y recompensa. Y vi que, cuanto más me esforzaba, mejor era la recompensa. Me aboqué a los deportes desde pequeño, porque tengo una buena genética y buena predisposición para casi todos ellos. Mi sueño era ser futbolista.

P. Y tu gran frustración.

R. Sin duda. Era bueno, pero no lo suficiente para ser profesional. Además, yo venía de hacer deportes individuales, y no me acostumbraba a los juegos de equipo como el fútbol. Me enfadaba mucho con mis compañeros cuando lo hacían mal y me volvía loco cuando perdíamos por falta de temperamento. Era siempre el capitán, un capitán que casi no hablaba y que era insoportable cuando perdía. A los veinte descubrí el boxeo, donde podía ser mi propio capitán, y me tiré de cabeza.

P. Tenías experiencia en las peleas callejeras.

R. Sí, pero para recibir siempre. Desde pequeño sufrí 'bullying' en mi barrio, me iba todos los días a casa con más hostias que un obispo. Yo no hablaba casi nunca, me llamaban 'El mudo', y me pegaba todo el que quería. Ahora no paro de hablar y las hostias las doy yo (ríe).

P. Hasta que llegó el boxeo. ¿Qué viste en este deporte?

R. Que se me daba bien. Veía que entendía mejor los conceptos que púgiles que llevaban ya cinco años entrenando, que me salía muy natural todo. Aparte, incluso en mis primeros combates, siempre he subido al ring muy tranquilo, con el pulso por debajo de los 60 latidos. Nunca me tensioné de más antes de un combate, incluso en los campeonatos del mundo.

De pequeño sufría 'bullying', me iba a casa con más hostias que un obispo

P. Pero has confesado que después de ganar, en la ducha, te tirabas un rato llorando desconsolado. ¿No es esto una forma de sacar la tensión?

R. No, era por la satisfacción de haber logrado mi objetivo. Después de tanto sacrificio, de tantas horas de entrenamiento, había conseguido que en torno a 1.200 personas, contando cámaras, entrenadores, personal del pabellón... coman gracias a mí, alegrar a 35 millones de argentinos, conseguir una vida mejor para mí y mi familia... eran lágrimas de felicidad. Otros boxeadores, cuando ganan, piden varias botellas de champán y se van de putas, yo prefiero comprarme un kilo de helado y pasármela llorando en la habitación. ¡Como una piba! Es la forma que tengo de decirme: "Todo lo que hiciste hasta ahora valió la pena".

P. Vamos, que te emocionan tus propios éxitos.

R. Totalmente.

P. A diferencia de otros deportistas, que acuden a un entrenamiento colectivo y obedecen órdenes casi como autómatas, la preparación de los boxeadores es personal, solitaria. ¿Se piensa mucho en si estará entrenando el rival?

R. Mira, esta mañana he entrenado muy fuerte y me están dando guerra la cervicales, porque tengo dos hernias de disco. Estaba a punto de llamar a Tinín, mi entrenador, y decirle que me tomaba la tarde libre, pero he puesto la tele y he visto a Fandiño. Me he dicho "este cabrón está entrenando", así que me he tomado el café rápido y para el gimnasio.

P. ¿Por qué has elegido a Fandiño, apodado 'El traumatólogo', para tu regreso?

R. Porque tiene una mano pesada, es un púgil que no te deja relajarte. Viene de noquear al Kaiser Fernández en dos asaltos y además tiene que estar preparándose a conciencia, porque es la oportunidad de su vida. Pero también lo es de la mía: depende de lo que haga en este combate, mi futuro en el boxeo será o no será. Es el combate más importante de nuestra vida para ambos.

P. ¿Qué podemos esperar del regreso de Maravilla?

R. Ya veremos. Lo mismo Fandiño me mete una mano y me manda para casa, lo mismo hago un buen combate y sigo dándole. Si las sensaciones son buenas, no me pongo ningún límite.

P. ¿Seguirás peleando con la guardia baja, como antes?

R. Sí, sí. La defensa no está en las manos, sino en las piernas. Recuerda mi combate contra Julio César Chávez Jr.: él siempre con las manos en la cara y yo abajo. ¡Lo cagué a guantadas! Acabó con la cara llena de cortes, los ojos hinchados... yo tenía la cara mucho mejor sin habérmela cubierto tanto. En defensa, la clave es la distancia y la velocidad que tengas, no cómo te cubras.

P. Llevas tatuada la palabra "resistencia" en el antebrazo. ¿Vivir es resistir?

R. Cada minuto, desde que naces hasta que mueres.

Boxeo y Artes Marciales
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