duodécimo título blanco con el técnico

Estabilidad y españolía: las claves para entender el éxito del Madrid de Laso

El Real Madrid llevaba años de irrelevancia en el panorama baloncestístico. Llegó el entrenador y cambió la filosofía del club para darle la vuelta, una vez más, a la historia

Foto: La sección de baloncesto del Madrid con Carmena (EFE)
La sección de baloncesto del Madrid con Carmena (EFE)

El baloncesto europeo tiene la marca de lo efímero. Cuando los jóvenes canteranos despuntan el aficionado piensa que no a mucho tardar el niño se irá buscando triunfar en el paraíso del baloncesto, la NBA. Son legión los hinchas que cuando ven prodigios como Nikola Mirotic o Luka Doncic piensan tanto en el presente como en el momento en el que en un futuro se evaporarán de su realidad.

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Es una cuestión a asumir. Desde que la liga estadounidense se abrió definitivamente al mundo los mejores jugadores ya no tienen espacio en una lugar como la ACB, que tiene que reformularse para seguir siendo atractiva. Ningún equipo lo ha entendido mejor que el Real Madrid, que ha sabido construir un equipo estable y bien trabajado. Al aficionado, especialmente al que no sigue el basket cada semana sino que se engancha en los grandes acontecimientos, le gusta ver una continuidad en los equipos, conocer gente y sentirse parte de algo que es propio. Y esa, precisamente, es la mayor fortaleza del Real Madrid de baloncesto. Tiene una identidad clara y unos rostros que se repiten en el tiempo, gente reconocible, de la casa, un proyecto que gana -sin resultados no hay nada que hacer- pero que además lo hace con unas maneras concretas.

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La clave de bóveda de todo este proyecto no es un jugador despampanante sino un entrenador bajito y gritón que ha devuelto todas las esencias a la sección de baloncesto del Real Madrid. Pablo Laso es de la casa, conoce los resortes del club y es un gran apasionado de su deporte. Esto último, que parecería un requisito para cualquier entrenador del mundo, es menos corriente de lo que se podría pensarse. Él lo tiene. Hoy puede sacar pecho y decir que triunfó donde nadie le esperaba. Era el técnico de bajo coste, el sucesor de Messina, uno de los generales del baloncesto europeo. Se le veía, en el mejor de los casos, como una solución temporal. En el peor, como el encargado de desmontar definitivamente una sección deficitaria tanto en resultados económicos como deportivos.

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Nada más lejos de la realidad, Pablo Laso dio con la tecla, encontró los jugadores sobre los que construir su proyecto y terminó devolviendo al club los laureles que siempre tuvo. Donde no estuvo su mano se concatenaron una serie de circunstancias siempre positivas para sus intereses.

Llull pelea con Navarro durante la final (EFE)
Llull pelea con Navarro durante la final (EFE)

Los jugadores

En el baloncesto actual las plantillas son álbumes de cromos que se van intercambiando con frecuencia. Hay traspasos, compras, despidos y repescas que generan un batiburrillo que pilla en fuera de juego a los aficionados casuales al deporte. Esto ha pasado también en el Madrid, pero en mucha menor medida que en otros clubes. Porque los blancos tenían una idea para reconstruir: la selección española. Pau y Marc Gasol no iban a jugar en Europa. Tampoco Ricky Rubio o José Manuel Calderón. Pero el resto… Los blancos sabían que en la cantera nacional había estrellas y que sobre ellos se podía construir un proyecto. A diferencia de lo que pasa en el fútbol, el Madrid de baloncesto no es el equipo más poderoso económicamente de su entorno. En Turquía y Rusia hay billeteras preparadas para pagar más por los mejores. Los blancos saben, sin embargo, que hay jugadores que están dispuestos a dejarse un poco de dinero por el camino si a cambio pueden vivir cerca de casa.

Llull y Felipe Reyes ya estaban allí cuando Laso llegó. Dos excelentes jugadores que suman a su calidad la capacidad de conectar con la grada. Junto a ellos ya estaba Sergio Rodríguez, que llegaó a Madrid un año antes que Laso con la confianza herida tras un paso dudoso por la NBA. Le habían aguado la creatividad, lo intentaron convertir en el triplista que nunca fue -tira bien, pero reducirle a eso es un espanto- y necesitaba reconstruirse como jugador. Messina no era el hombre para su alegre estilo de juego. Como le pasaba a Laso, con él las dudas eran grandes ¿podría dejar de ser una promesa? Hoy se sabe la respuesta a esa pregunta como una cuestión científica, no opinable.

Todavía había sitio para uno más, la cuarta pata española de un proyecto pensado para conectar con la afición. Era el caso más difícil pues, a diferencia de Sergio, Rudy Fernández había demostrado ser un jugador muy útil en la NBA. No era una estrella, pero sí un hombre válido en la rotación de cualquier equipo. Trasladado a Europa eso quiere decir uno de los baloncestistas más cotizados del continente. El Madrid aprovechó el cierre patronal de la liga en 2011 para traerle prestado y seducirle. Se fue, porque tenía contrato, unos meses después, pero era solo un paréntesis antes de volver a un proyecto que le ilusionaba.

Laso, Reyes, Rodríguez, Fernández y Llull, nombres que se convirtieron en el escudo del equipo, que se cosieron en la camiseta blanca para dar credibilidad al proyecto.

La grada agradeció conocer a los suyos, tenerlos como algo propio. Y también, y esto no es menos significativo, el estilo de juego que propuso el equipo. La desconexión de la afición con el deporte de la canasta venía de lejos. En el caso de Madrid a la depresión general se le sumaban los malos resultados, pero no solo eso. También estaba presente la extensión del baloncesto en exceso defensivo, esa escuela balcánica en la que la idea es que los partidos sean lentos y tediosos. Laso es la luz que iluminó el baloncesto de nuevo. Apostó por jugar a marcar más que el rival, no a que el rival marque menos. Y la diferencia no es menuda. De nuevo se aprovechó de que la columna vertebral del equipo es feliz corriendo ellos y no haciendo correr el segundero. Ir al Palacio de los Deportes ahora es abonarse a la velocidad y la estética. Eso siempre suma.

La estabilidad

También se ha ido acertando con los extranjeros, que están para cumplir roles concretos en el equipo pero que, en no pocos casos, se ha empapado tanto del club que han conseguido transmitir como sus compañeros nacionales. El caso más claro es el de Jaycee Carroll, un excelso tirador que en otros sitios podría ser la estrella absoluta pero que se ha convertido en un jugador de rotación importante y con una relación magnífica con la grada. El Madrid, que tiene un proyecto claro, gha sabido acertar con los fichajes. El caso más evidente es el de Gustavo Ayón, que se ha convertido en uno de los jugadores más cotizados del panorama europeo y fue un descubrimiento de la secretaría técnica blanca.

Ettore Messina, el fracaso al que tuvo que sobrevivir el Real Madrid antes del éxito, salió del club blanco echando pestes de la presión que existe en el entorno madridista. Pero no es cierto. La presión en el fútbol es grandísima, pero el baloncesto no sufre de esos mismos males. La prensa es más relajada, en el club se exige menos y la grada aceptó con filosofía incluso los días peores. Y eso, también, es clave para entender el éxito de Laso. En sus cinco años en el Madrid se ha hecho fotos con Mourinho, Ancelotti, Benítez y Zidane. Su estabilidad sería impensable en el Bernabéu, donde todo es escrutado al milímetro y no se permite ni el más mínimo fallo. Laso, en estos tiempos, ha tenido momentos en los que ha sido cuestionado, pero siempre se mantuvo. También porque, a diferencia de lo que pasa en el fútbol, en el basket sí existe una jerarquía, una cadena de mando en la que sus miembros tienen delimitadas las funciones y son solidarios en las penas y las alegrías.  

Ese aparato ya trabaja en el próximo año. El mercado va a ser aún más complicado. La NBA, previsiblemente, va a aumentar sus masas salariales y eso supondrá que muchas estrellas de Europa se vayan a hacer las américas, donde podrán cobrar más. Sergio Llull o Sergio Rodríguez pueden marcharse y eso supondría un problema para el club, pues son difícilmente sustituibles, tanto por su juego como por su aportación espiritual al proyecto. Se habla de Víctor Claver, que cuadra en la filosofía impuesta en la casa de construir sobre españoles. Será un verano difícil, pero entrarán en él con confianza: saben que su trabajo está dando frutos. 

ACB

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