Weinstein contrató a exagentes del Mossad para vigilar a las actrices que acosó

El fundador de Miramax trató de detener la publicación de los artículos que detallaban su comportamiento a través de empresas de seguridad internacionales

Foto: Harvey Weinstein en una imagen de archivo. (Reuters)
Harvey Weinstein en una imagen de archivo. (Reuters)

Ha pasado un mes desde la publicación del reportaje del New York Times que destapó los abusos que Harvey Weinstein ha llevado a cabo en la industria del cine durante décadas, y las informaciones sobre su comportamiento siguen acaparando titulares. La última, el reportaje que Ronan Farrow ha publicado en el último número de The New Yorker, en el que se detalla la red de investigadores privados que el productor tejió para controlar y rastrear a las actrices y los periodistas dispuestos a denunciar o informar sobre su comportamiento.

Según el extenso trabajo periodístico, que supera las cinco mil palabras, en otoño de 2016 Weinstein se propuso suprimir las acusaciones de numerosas mujeres a las que había acosado o agredido sexualmente. Y para ello, según demuestran varios documentos y los testimonios de siete personas implicadas, contrató a dos empresas de seguridad, Kroll y Black Cube. La primera es conocida por ser una de las compañías de inteligencia corporativa más grandes del mundo. La segunda es una empresa dirigida por exoficiales del Mossad, el servicio de inteligencia israelí, que ofrece a sus clientes operarios "altamente experimentados y entrenados en unidades militares y de inteligencia gubernamental de Israel."

Entre los trabajos que llevaron a cabo ambas empresas se encuentran reuniones con algunas de las víctimas que en las últimas semanas han denunciado a Weinstein. El caso más llamativo es el de Rose McGowan, la actriz a la que dos investigadores se acercaron utilizando identidades falsas, y fingiendo ser defensores de los derechos de las mujeres. Un engaño que les facilitó reunirse en al menos cuatro ocasiones con McGowan, que desde el mes de mayo recibió correos electrónicos de supuestos profesionales interesados en su trabajo en contra de la discriminación laboral y en defensa de los derechos de las mujeres. Gracias a la investigación de Farrow ha trascendido que uno de los agentes que trató de engañar a la intérprete también mantuvo contactos con Ben Wallace, un reportero del New York Magazine que desde mediados de 2016 trabajaba en una historia sobre el polémico ejecutivo cinematográfico.

Ronan Farrow en la cena de corresponsales de la Casa Blanca en 2015. (Reuters)
Ronan Farrow en la cena de corresponsales de la Casa Blanca en 2015. (Reuters)

Incentivos económicos según objetivos

Las relaciones de Weinstein con las empresas de seguridad que contrató para intimidar a intérpretes y periodistas no eran directas, y se llevaban a cabo a través de los bufetes de abogados que lo representaban. Una estrategia que tenía como fin incluir los materiales de la investigación dentro del privilegio abogado-cliente, un escudo protector que incluso tiene cabida dentro de los tribunales de justicia.

Farrow trató de ponerse en contacto con Black Cube para obtener su versión de los hechos, pero la compañía se limitó a contestar que su política no le permite "hablar nunca de sus clientes" así como negar o confirmar cualquier especulación sobre su trabajo. Una labor que por cierto, y según las fuentes del periodista, pensaron que estaría dedicada a vigilar a los rivales comerciales de las empresas de Weinstein, no a actrices y periodistas.

El acuerdo económico entre el fundador de Miramax, o sus abogados, y Black Cube, incluía una bonificación de trescientos mil dólares si sus descubrimientos "contribuían directamente" a detener la publicación de cualquier tipo de artículos sobre su persona, y cincuenta mil dólares más si conseguían hacerse con el libro que ha escrito Rose McGowan y que, con el título de 'Brave', será publicado a finales del mes de enero.

Rose McGowan durante una convención de mujeres en Detroit (Reuters)
Rose McGowan durante una convención de mujeres en Detroit (Reuters)

El otro lado del periodismo

La investigación del The New Yorker también ha sacado a la luz el comportamiento de algunos medios de comunicación que, temerosos de que Weinstein dejase de contratar publicidad para sus producciones, han tapado cuanto han podido sus escándalos. En diciembre de 2016 Dylan Howard, jefe de contenido de la corporación American Media Inc., que entre otros publica el National Enquirer, y Weinstein intercambiaron una serie de correos en los que el primero incluía el material obtenido por uno de sus reporteros, en un intento de ayudar al productor a refutar la acusación de violación de McGowan. Un comportamiento que Howard ha justificado explicando que "tenía la obligación de proteger los intereses de la corporación buscando, pero no publicando, información veraz sobre las personas que el Sr. Weinstein insistió que hacían informaciones falsas contra él."

Una ética periodística que sin embargo no explica por qué uno de los reporteros de la compañía llamó insistentemente a Elizabeth Avellan, la esposa del director de cine Robert Rodríguez hasta que este le dejó para tener una relación sentimental con McGowan. Cuando Avellan accedió a hablar con el periodista, insistió en que todos sus comentarios eran "off the record". Pero la conversación también llegó a manos de Weinstein gracias a Howard. Según declaró la exmujer de Rodríguez a Farrow, en ningún momento quiso colaborar con los esfuerzos que el reportero realizaba para desacreditar a McGowan porque "no quiero avergonzar a la gente. No estaba interesada. Las mujeres deben estar juntas".

Harvey Weinstein en la alfombra roja de los últimos premios Óscar.
Harvey Weinstein en la alfombra roja de los últimos premios Óscar.

Estado de pánico

Este mismo año, con la excusa de escribir un libro sobre Miramax, Weinstein reclutó a Denise Doyle y Pamela Lubell, dos exempleadas de la compañía que creían estar recopilando información para documentar la futura obra literaria. Sin embargo, ambas estaban trabajando para hacer listas con los nombres de aquellos que podrían hablar del ejecutivo con la prensa, ya fuese por sus propias acusaciones o por las de otros. Una relación de nombres que posteriormente, llegó a manos de la empresa de seguridad Black Cube.

Según le contó Lubell a Farrow, el pasado 5 de octubre, horas antes de que la publicación del reportaje del Times, Weinstein convocó de urgencia a todo su equipo. "Estaba en estado de pánico" dijo la mujer sobre el ejecutivo que, conocedor de todo aquello que podía salir a la luz, les ordenaba a gritos que enviasen las imágenes en las que se mostraba un contacto continuo (y amistoso) con las mujeres que hicieron las primeras acusaciones a los miembros de la junta empresarial. Los mismos que no tardarían en despedirle de la compañía que él mismo había fundado, The Weinstein Company.

Los hermanos Weinstein en una imagen de archivo. (Reuters)
Los hermanos Weinstein en una imagen de archivo. (Reuters)

Grupos de apoyo post-Weinstein

El excelente reportaje de Ronan Farrow no es el único trabajo que la prensa estadounidense ha dedicado en los últimos días al productor de cintas como 'Shakespeare in Love', 'Pulp Fiction' o 'Juego de Lágrimas'. La revista de entretenimiento especializada Vulture publicó el lunes un artículo sobre "Mir-Anon", el grupo de apoyo secreto para exempleados de los hermanos Weinstein. "Cuando no te sentías aterrorizado, la gente con la que te encontrabas era extraordinaria", comenta Mark Tusk, un hombre que trabajó para Miramax entre los años 80 y 90. Según los entrevistados, lo que comenzó como una broma típica de compañeros de trabajo que se toman juntos una cerveza, se convirtió en un verdadero grupo de apoyo, en el que compartían "las humillaciones cotidianas, los berrinches y la presión implacable de los hermanos Weinstein".

La permanente fijación de Bob con los ingresos de taquilla, los arrebatos en los que llegaba a arrojar latas de refrescos a ejecutivas de la compañía, rompía ceniceros de marmol o tiraba cigarrillos encendidos a ejecutivos de renombre han sido durante décadas parte de la historia vital de secretarias, directivos y demás empleados de la compañía. "A medida que pasó el tiempo" reconoce Tusk "las reuniones se hicieron más oficiales. Creo que esto fue cosa de la oficina de la Costa Oeste; la gente de Nueva York solía tomárselo más a la ligera". Tal vez porque los hermanos Weinstein pasaban más tiempo en California, y sus empleados sufrían con mayor frecuencia su tiranía. Todos ellos reconocen ahora que eran conscientes de las malas formas de Harvey, pero nunca pensaron que el acoso sexual fuese tan habitual para él como cualquier otra bronca en la oficina. "Pasamos mucho más tiempo" finaliza Tusk "discutiendo si Harvey tenía atún o ketchup en su camisa que hablando de las cosas que se están publicando ahora".

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