la desidia política impide su crecimiento

La animación española triunfa en todo el mundo, menos en España

El talento y los productos nacionales están a la altura de las grandes compañías como Pixar o Dreamworks, pero el escaso apoyo institucional lastra su desarrollo

Foto: Fotograma de 'Chico y Rita', de Fernando Trueba
Fotograma de 'Chico y Rita', de Fernando Trueba

El primer gran aplauso y el más unánime en el reciente Festival de Cannes lo recibió la película Inside Out, cómo no, de la factoría Pixar. Buena continuadora del legado de Up, confirma el antes y el después que se ha producido en el cine de animación, especialmente en las edades del público: antes era impensable llenar una sala de cine en la sesión de noche con una película de animación. Up, como otras películas de Pixar, lo consiguió con un público adulto.

En cierto modo el cine de animación tal y como lo conocemos empezó en 1995 con el estreno de Toy Story. No sólo porque fue la primera película de animación realizada por ordenador del mundo, sino porque coincidió en el tiempo con la creación de Dreamworks y el éxito en Europa de películas de animación locales en Francia, Italia y España. El fin del monopolio de Disney terminó, en gran medida, gracias a la democratización de la tecnología, que permitió la animación por ordenador, y a que mucha gente se dio cuenta de que hacer películas de animación o videojuegos era difícil pero posible.

En España esta etapa empezó en 2001 con el estreno de El bosque animado, que no sólo fue la primera película europea que se hizo en animación por ordenador, sino que también fue el primer éxito de público, pues llegó a vender 600.000 entradas en España y 400.000 fuera. Hasta entonces la animación española había estado centrada en series de empresas como BRB o Cromosoma, que habían logrado vender en todo el mundo con D’Artacan, Willy Fogg o Las tres mellizas.

A partir de entonces las películas españolas de animación se hicieron habituales en los cines de todo el mundo; El Cid, Nocturna o El ratoncito Pérez, de Filmax, llegaron a venderse en 120 países, Planet 51 logró estrenar en Estados Unidos el Día de Acción de Gracias con 3.500 copias; la serie Pocoyó se convirtió en una sensación mundial con premio BAFTA incluido y Tadeo Jones fue la película de animación más taquillera en España en 2012, superando incluso a Pixar y a las majors.

El cine de animación español supo abrir nuevas vías narrativas y la multipremiada Arrugas de Ignacio Ferreras fue comprada en Japón por el mítico Studio Ghibli, mientras que Chico y Rita (producida y dirigida por Fernando Trueba) logró una nominación a los Oscar. Tecnológicamente, la compañía Next Limit obtuvo un Oscar técnico por su software de fluidos, Arnold es un software de render de referencia mundial y Mistika lo es de posproducción; tres ejemplos de empresas madrileñas. Tan llamativos éxitos se han conseguido porque la animación vive de exportar desde hace más de 40 años, es muy competitiva, y ha sabido aprovechar los apoyos disponibles y su desarrollo ha sido armónico... o casi.

Desidia política

Hoy en día la animación española es un pozo de petróleo sobre el que están sentados los responsables políticos sin dejar que se explote. Es la economía del conocimiento de la que tanto hablan y tan poco saben, una fuente de creación de empleo joven y cualificado que podría multiplicar su potencial si se adoptaran medidas que en lugares como Irlanda ya han demostrado su éxito. Básicamente dos, las desgravaciones fiscales y potenciar el papel de la televisión pública invirtiendo en animación, como ocurre en países cercanos territorial e industrialmente.

Seguro que el lector conoce Gru, mi villano favorito; lo que probablemente no sabe es que originalmente se iba a producir en España. La idea original es de un creador español, Sergio Pablos, nombre que en la industria de la animación mundial todo el mundo reconoce. Ya anteriormente dejó Disney y con un grupo de animadores de Los Ángeles se embarcó en la producción local de alto presupuesto Los tres Reyes Magos. Fue animador en Tarzán y diseñador de personajes en Rio, entre otras grandes producciones. Es un gran generador de proyectos, entre ellos el mencionado Gru.

A Universal le gustó la idea, y después de desarrollarla tomó la decisión de producirla: finalmente en París, porque la Administración francesa supo adecuar su marco normativo de manera ventajosa. España fue descartada por no poder competir con dicho marco, especialmente en el apartado fiscal. Fue lamentable que teniendo la idea original y los recursos técnicos y humanos de primer nivel se perdiera una gran oportunidad de hacer residir en nuestro país un polo de producción y animación complementario al norteamericano y muy competitivo en costes.

Igual que en la producción de cine de ficción, una de las primeras medidas que adoptar es la de establecer un marco de desgravaciones que atraiga inversores ajenos a la industria y rodajes, o producciones con capital foráneo. El Observatorio Audiovisual Europeo en su último informe concluye que el retorno local por cada euro invertido es de cuatro veces. No hablamos sólo de industria de animación, también de empresas de efectos visuales, videojuegos, aplicaciones, etc. Hablamos de I+D+I, pues no hay mejor laboratorio que la animación para experimentar efectos e innovaciones que luego se aplicarán en otros campos o sectores.

El segundo problema de la animación española es la ínfima cantidad que las televisiones destinan a la producción de obra nueva, a pesar de que se vende en todo el mundo. En ocasiones un proyecto internacional originado en España obtiene el 95% de los recursos necesarios fuera de nuestras fronteras.

La televisiones públicas francesas invierten cada año en animación 25 millones de euros, las alemanas unos 20, la RAI en Italia llega a los 15 millones de euros. Frente a esos números, TVE invierte en animación sólo 2,5 millones y debido a su creciente burocracia firmar un contrato ocupa más de un año de negociación, con lo que a veces se pierden oportunidades porque los ritmos de los coproductores son muy distintos.

Paradójico es que Pocoyó, la serie española de más éxito de los últimos años, se produjera porque una cadena privada británica apostara por ella mientras, que TVE la rechazó varias veces. No es extraño que una producción española se venda en todo el mundo menos en España y sigue siendo muy difícil salir a vender una serie al no tener el respaldo inicial de tu propia televisión, cosa que no ocurre con los productores británicos, franceses, italianos, escandinavos o alemanes, que van con su televisión de la mano. A este respecto es de destacar que TV3 y la Generalitat han tenido siempre una política incentivadora y profesional hacia la animación. Si hay voluntad, el camino se allana.

Este mes se celebra el Festival de Animación de Annecy, el más importante del mundo, y por primera vez España es el país invitado. No es casualidad: el reconocimiento internacional a los méritos de nuestra industria es unánime. Unánime si no incluimos a España, cuya visión sobre la animación sigue anclada en el pasado. Si se dieran una vuelta por EEUU o por la pujante zona del Pacífico, verían en las principales empresas de animación mucho talento español en primera línea.

Jóvenes creativos que retornarían encantados, siempre y cuando hubiera la inteligencia de crear condiciones para instalar estudios estables y competitivos en precio. La iniciativa privada ha hecho sus deberes. De hecho, en la actualidad un estudio americano ha encargado la producción de una de sus películas más ambiciosas a una compañía española. Tan sólo falta, como en el resto del cine, voluntad de los poderes públicos para competir originalmente en igualdad de condiciones con respecto a otros países. Ni se pide más ni se quiere menos que los cercanos.   

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