Turner vuelve a cruzar la tormenta clasista
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Mike Leigh firma un excelente retrato victoriano

Turner vuelve a cruzar la tormenta clasista

Todo lo que necesitas saber del pintor Joseph Mallord William Turner te lo explica Mike Leigh en los primeros treinta segundos de su película dedicada al

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Todo lo que necesitas saber del pintor Joseph Mallord William Turner te lo explica Mike Leigh en los primeros treinta segundos de su película dedicada al genio romántico: un molino de la campiña, a las afueras de Amberes, un atardecer pastel naranja sin nubes, el alboroto de los pájaros en medio del silencio y dos campesinas que charlan mientras caminan junto al canal. La cámara de Leigh se hace presa del pintoresquismo más recalcitrante, para encontrarse con el pintor y su cuaderno, en la otra orilla, mirando otro motivo y obviando el tópico que el director ha querido subrayar. Turner toma notas, ensimismado, ignorando el paseo y la presencia de las dos mujeres. Repudiando la cuadratura del bochorno de la mejor estampita de nevera.

Con ese breve plano secuencia, Leigh hace un concentrado de esencia Turner, para dedicarse el resto de las dos horas y media del largometraje, que se estrena mañana, a otra cosa. Ahí está el ensimismamiento del pintor ante la naturaleza, el asombro, la observación, la fascinación crepuscular y el menosprecio por el ser humano, su insignificancia ante la grandiosidad de un atardecer o el mar encrespado.

El retrato del artista romántico absorto ante el estallido de luz introduce, sin palabras, una de las categorías más escurridizas de la historia de las ideas estéticas: lo sublime. Que, sin duda, es la mecánica que mueve la mano de Turner. Lo sublime sustituyó a la belleza, cuando ésta se volvió insuficiente. Bello es un jarrón, sublime una tormenta marina. Así es el artista que mira a la naturaleza para hacer con ella una expresión de la tempestad interior. Y el cineasta lo firma con un gesto.

Hasta ahí la pintura. Luego, la lucha de clases, lo que ocurre al margen del lienzo. El retrato del artista como suvenir de los poderosos, que necesitan del genio para cubrir las paredes de su incultura. El pintor, pelele decorador de las vergüenzas de los despojos de una clase miserable, se presta a los protocolos palaciegos que le desclasan. Turner, hijo de barbero, protagonista de los salones de los ricos, cambia la suciedad de sus uñas y va de la mugre al óleo. De los cuchitriles a los paraninfos. Es Leigh en su salsa: Secretos y Mentiras, Chicas de hoy, Another Year:

El pintor es el pretexto

Turner es la excusa para volver a hablar de los desposeídos. Turner es el atajo para levantar un retrato de la execrable moral victoriana, la misma que llevó al crítico John Ruskin –máximo valedor del pintor, maravillosamente retratado en su pretencioso intelecto- a quemar los dibujos eróticos de Turner a su muerte, para no dejar rastro de aquel acercamiento sexual a la mujer. Leigh se mofa de la sensibilidad a la fuerza de las clases adineradas, del blanqueo de conciencia a través de la pintura, de las borrascas sociales que todo artista -incluso Leigh- está obligado a tragar para sobrevivir y seguir con su investigación.

La de Turner fue el mar. Investigación y obsesión, asunto capital que la crítica ha menospreciado por sistema y que Leigh reivindica como el protagonista de la otra vida del pintor inglés. Porque tuvo una doble vida:la pública, el trasiego burgués; la privada, el mar. Lo que le da de comer y lo que le alimenta.Más que ningún otro, éste es el lugar central de su creación, desde sus primeras acuarelas a la maraña feroz de gesto y color de sus óleos finales.

Independiente, discreto, comedido y huraño, muy huraño. Desordenado en sus ideas sobre el color, sobre la perspectiva, inútil en su oratoria. Mudo sobre la profundidad de sus planteamientos, incapaz de comunicarse con los hombres y las mujeres, diestro en el diálogo con la naturaleza. Y un egoísmo tan supino que le lleva a compararlo con un cerdo. Y a pesar de todo, mitifica al personaje que rechazó vender toda la obra de su estudio para donarla al pueblo de Inglaterra.

La opción de Leigh no ha sido retratar la acción pictórica, sino al pintor zarandeado por la marea victoriana. Convierte el proceso creativo en una anécdota pintoresca, que aparece a retazos para animar la narración. Este tipo de escenas predecibles en la recreación de la vida de un pintor no pasan del complemento. El cineasta evita la soledad del personaje, aunque queda claro lo que Turner decía de sí mismo: “Soy un trabajador en el fomento del arte”. Entendía que su oficio era producto del esmero, la voluntad y la perseverancia. Esfuerzo antes que genio.

A pesar de ello, la escena en la que pinta -tortura- ante sus compañeros académicos, seráuna referencia mitológica del proceso creativo: escupe sobre el lienzo, sopla el pigmento, usa sus manos y prescinde del cuidado. Timothy Spall encarna extraordinariamente el tópico romántico: individualista, libre y atrevido, entregado al dolor, el tormento y el peligro. Observador obsesionado. Y, finalmente, incomprendido y rechazado por llevar el movimiento de la naturaleza al extremo, al límite entre la figuración y la abstracción. Que los cuadros vibren lejos de los cuadros. No deja de ser unhomenaje irónico rodar unapelícula sobre quiense sintió impresionado por la velocidady el movimiento, pero no conoció el cine.

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