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la bolsa según martin scorsese

Sexo, cocaína y un lobo en Wall Street

Martin Scorsese recupera su mejor forma en una comedia salvaje sobre los excesos de Wall Street. La película está nominada a cinco premios Oscar

Foto: Leonardo DiCaprio es 'El lobo de Wall Street'
Leonardo DiCaprio es 'El lobo de Wall Street'

Que el hombre viene del mono es algo asumido por (casi) todos. Ahora bien: ¿Y si los mercados de valores también vienen del mono? En 1973, el profesor Burton Gordon Malkiel realizó el siguiente experimento: comparar las predicciones de varios brokers de prestigio con las de un simio con los ojos vendados que lanzaba dardos a lo loco a la página de acciones del Wall Street Journal. Conclusión: si hubiéramos invertido nuestro dinero siguiendo los azarosos consejos del mono, habríamos ganado un 85% más de dinero. Este experimento clásico sobre el comportamiento aleatorio de los mercados planea inconscientemente sobre El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, solo que la película va un poco más allá: una cosa es que nadie sepa a ciencia cierta cómo se comportan los mercados y otra es la estafa financiera organizada.

El filme, de hecho, incluye una secuencia antológica de una turbamulta de brokers chillando y golpeándose el pecho, cual gorilas fuera de sí, mientras sus jefes les instan a timar al personal porque ser pobre da mal rollo. Todo ello bajo los efectos euforizantes de la mayor cantidad de cocaína esnifada nunca por el hombre. Y les advertimos que El lobo de Wall Street está basada en un caso real: el de Jordan Belfort, broker de éxito condenado en los años noventa por estafar a miles de inversores. La pregunta clave del filme es la siguiente: ¿Qué opina Scorsese del comportamiento de Belfort? ¿Le parece bien, mal o regular?


Batalla de significados

El significado de las imágenes del filme de Scorsese ha dado ya lugar a una guerra de interpretaciones que podría resumirse con una pregunta: ¿Glorificación o denuncia?

1) Denuncia: Hay quien cree que la película es una andanada contra los excesos de Wall Street. Como si Scorsese nos quisiera advertir de lo siguiente: la próxima vez que visite usted el zoológico, quizás debería poner su cartera de valores en manos de un simio real: ni le cobrará comisión ni le timará conscientemente.

2) Glorificación: Dado que Scorsese se limita a poner la cámara delante de los brokers sin hacer valoraciones y opta por la comedia para narrar la historia, algunos creen que El lobo de Wall Street le ríe las gracias a sus protagonistas. El mayor tortazo al director se lo ha dado la hija (Christina McDowell) de uno de los compinches de Belfort: en una carta abierta a los medios, acusó al director de haber sido timado por el broker.

Primero por dejarse engatusar por su discurso: El lobo de Wall Street sería, según McDowell, una glamourización del fraude financiero y una apología de un estilo de vida con sexo y coca a discreción.

Segundo porque Belfort, que aún debe mucho dinero por sus fechorías, se lucró a lo grande con la película: se dice que ha cobrado alrededor de 1,5 millones de dólares por los derechos cinematográficos de su autobiografía.  

La película es, ante todo, una parodia salvaje de un tema clave de la política contemporáneaRepetimos: ¿Denuncia o glorificación? La respuesta correcta es: ambas. Aunque, si atendemos al sentido final del filme, hay más de lo primero que de lo segundo. Eso sí, siempre teniendo en cuenta que Scorsese no hace películas de denuncia, lo que no significa que no haga películas políticas. Porque El lobo de Wall Street es, ante todo, una parodia salvaje de un tema clave de la política contemporánea.

Ambiguo, no, lo siguiente

Scorsese ha adaptado fielmente la autobiografía de Belfort, cuyo libro y trayectoria como broker arrepentido son algo más que ambiguos. Tras convertirse en un joven multimillonario a principios de los noventa con sus agresivas y engañosas estrategias bursátiles, Belfort fue enchironado por malversar cerca de 150 millones de euros de pequeños y grandes inversores.

El empresario colaboró con la justica para reducir su condena y aprovechó para reinventarse como broker que ha visto por fin la luz. Escribió dos libros sobre su ascenso y caída y se convirtió en un orador motivacional que cobra un pico por sus charlas sobre... cómo triunfar en la vida y en las finanzas. Aquí le tienen en acción:


En efecto, el broker condenado por timo dedicado a dar consejos sobre técnicas de venta (que se dice pronto). Aquí está otra vez Belfort dando otro de esos seminarios a los que uno puede asistir previo pago de 3.500 euros:

Pero no se vayan todavía, porque aún hay más: Belfort se ha subido ahora a la ola de la película de Scorsese y está en negociaciones para protagonizar un reality televisivo para ayudar a rehacer sus vidas a gente que ha tocado fondo. Superen eso, amigos.

Belfort sería, por tanto, una parodia viviente del sueño americano y las segundas oportunidades. El gran estafador de Wall Street reconvertido en gurú financiero californiano. La gracia es que a Scorsese no sólo no se le ha pasado por alto esta gigantesca paradoja, sino que la utiliza para dar sentido final a las tres horas de la película. Por ahí es donde El lobo de Wall Street acaba por convertirse en una bomba política, pero no nos adelantemos y sigamos un poco más con las andanzas de Belfort.

Cuesta abajo y sin frenos

La ambivalencia preside el primer libro de memorias de Belfort, El lobo de Wall Street, publicado en España por Deusto. Su intención era escribir su historia desde la perspectiva del broker caído en desgracia dispuesto a contar la verdad sobre Wall Street. Un repaso a los trucos de ingeniería financiera que utilizó para alterar los precios de las acciones y lucrarse a lo bestia a costa del dinero ajeno.

Que todos estafen a todos es la naturaleza del capitalismo del siglo XXOcurre que Belfort no puede evitar adornarse cada vez que intenta denunciar sus abusos. "Que todos estafen a todos es la naturaleza del capitalismo del siglo XX, y el que estafa a más gente era, en última instancia, el que ganaba el juego. En ese sentido, yo era el campeón mundial invicto". En tres palabras: el puto amo.

En efecto, Belfort no puede evitar venirse arriba (escritura vibrante) cada vez que rememora sus proezas bursátiles, sexuales y toxicómanas. Un poco en plan: sí, todo eso estaba muy mal, pero a lo mejor lo echo un poco de menos. Que el tono del libro sea tirando a cómico (hay que reconocer que Belfort tiene su gracia) no ayuda precisamente a quitarse la duda de si es un timador arrepentido, o de lo que se arrepiente es de haber dejado de timar y pasarlo en grande, dado el entusiasmo con que describe los cacharros que una vez poseyó:

"La limusina era de las superlargas, con un bar bien provisto, televisor y reproductor de vídeo, y un asiento trasero que se transformaba en cama doble al pulsar un interruptor. Lo de la cama había sido añadido para aliviar mi dolor de espalda, pero tuvo el efecto no buscado de transformar la limusina en un burdel sobre ruedas de noventa y seis mil dólares".

O el fervor con el que describe el ambiente de trabajo en su empresa y el vigor de los cachorros a sus órdenes: "De las mil personas que ocupaban la sala de negocios, apenas si había alguno que llegara a los treinta años. Lucían bien, en su explosiva vanidad, y la tensión sexual era tan espesa que podía, literalmente, olerse... Todos eran jóvenes y guapos y aprovechaban el momento: ése era el mantra corporativo que ardía como un fuego y vibraba en los hiperactivos centros de placer de esos mil cerebros... Ante tanto éxito, ¿quién hubiera sido capaz de reprocharles algo? La cantidad de dinero que se ganaba era impresionante... Si, para el segundo año, ganabas menos de quinientos mil dólares, se te consideraba débil e inútil. Y, para el tercer año, más te valía estar ganando un millón si no querías ser un patético hazmerreír".


Belfort habla de la "Disneylandia de los corredores de bolsa" y recuerda que sus brokers "estaban borrachos de juventud, los impulsaba la codicia y estaban tan drogados que volaban". ¿No suena esto a pura nostalgia por los maravillosos años perdidos de una juventud dedicada, ay, a la estafa organizada? ¿Cómo ha logrado Scorsese ser tan fiel a la voz de Belfort y, sin embargo, acabar contando otra cosa?

Confusión cultural

Pensar que El lobo de Wall Street, la película, es una glorificación de los excesos de Wall Street tiene algo de equívoco cultural. Una confusión parecida a la ocurrida cuando se estrenó Wall Street (Oliver Stone, 1987). Oliver Stone aún se pregunta hoy día cómo es posible que el personaje del broker Gordon Gekko, que decía aquello de que la codicia era buena, se tomará como una celebración de la voracidad financiera y sirviera para alimentar más de una vocación rapaz, como la del mismísimo Jordan Belfort, que llegó a Wall Street el año en que se estrenó el filme de Stone, y que en su época gloriosa se ganó un doble apodo: "el lobo de Wall Street" y "Gordon Gekko".

Este no sería el único ejemplo de gloriosa malinterpretación cultural protagonizada por Belfort. Cuando su empresa empezó a despuntar, la revista Forbes sacó un artículo en el que se le acusaba directamente de ser un estafador (mucho antes de que el FBI le echara el guante). ¿Efectos del artículo? Hordas de jóvenes agolpados en las oficinas de Belfort deseosos de trabajar a sus órdenes. Belfort era el nuevo héroe del Wall Street canalla, una imparable máquina de hacer dinero (que lo hiciera más allá de la legalidad era irrelevante).

Martin cogió su fusil

El lobo de Wall Street es la típica película de Scorsese: una historia criminal de ascenso y caída narrada (a todo trapo) con una voz en off en primera persona. Se podría decir, de hecho, que el director ha vuelto a hacer la misma película de siempre; algo que no es necesariamente una buena noticia, dado que, pese a su impresionante legión de aduladores, el Scorsese tardío no está a la altura del primer Scorsese. Pero hete aquí que el director tenía todavía balas en la recámara.

Jonah Hill es una escena de 'El lobo de Wall Street'
Jonah Hill es una escena de 'El lobo de Wall Street'

Aunque todas las apariencias formales apuntan a que El lobo de Wall Street vendría a ser una réplica de Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995), la diferencia fundamental está en el tono. El lobo de Wall Street ha revitalizado la carrera de Scorsese por la vía de la comedia desatada (no es de extrañar, por tanto, que el secundario Jonah Hill, uno de los iconos de la comedia adolescente escatológica del siglo XXI, acabe convirtiéndose en el rey de la función en su papel de mano derecha de Belfort. Suyos son los momentos más hilarantes del filme más divertido de Scorsese desde ¡Jo, qué noche!, 1985).

Scorsese, de hecho, replica con gran precisión el tono eufórico y cómico del libro de Belfort. Solo que va un poco más allá. Tanto que le acaba dando la vuelta a la tortilla. El lobo de Wall Street es una comedia tan desaforada, tan a calzón quitado, que no es fácil recordar una película de Hollywood en la que se hable tan claro sobre el lado oscuro del business. Gordon Gekko parece una hermanita de la caridad al lado de los brokers de Scorsese.  

Las cosas que hacía Belfort no sólo están bien vistas por la sociedad, sino que muchas veces se nos marcan como objetivos a conseguirLa locura de Wall Street ha conseguido que Scorsese saque una acidez política poco habitual en él. Como en estas declaraciones a Fotogramas en las que el director matiza los parecidos entre los mafiosos de Uno de los nuestros y los brokers de El lobo de Wall Street: "La comparación es peligrosa, porque, aunque tanto la mafia como estos tipos son criminales, la codicia de Belfort o los 21 millones de euros que era capaz de amasar en sólo tres horas en sus mejores jornadas, son el tipo de cosas que no sólo están bien vistas por la sociedad en que vivimos, sino que muchas veces se nos marcan como objetivos a conseguir". En otras palabras: como la mafia, no, peor.  

Guerra de clases

Es cierto que Scorsese parece sentir cierta fascinación por los excesos de sus brokers. Igual que había una ambigua glamourización en el retrato de los matones de Uno de los nuestros y Casino. Pero la ambivalencia política le sienta bien a El lobo de Wall Street: al evitar hacer la típica película progresista de denuncia con moraleja, Scorsese acaba por ser más salvaje que nadie en su descripción de uno de los motores históricos del capitalismo estadounidense. El director se ha empleado tan a fondo en transformar la degeneración de Wall Street en comedia que ha acabado haciendo, quizás de un modo inconsciente, una película sobre la lucha de clases.

Los brokers de Scorsese se pasan media película gritando 'que les jodan a los clientes'Los brokers de Scorsese, especialistas en vender acciones basura vía telefónica, se pasan media película gritando "que les jodan a los clientes", califican su trabajo de "terrorismo telefónico" y se ríen de los pobres delante de sus narices. Que Scorsese no solo no entre en denuncias reconfortantes sino que monte un circo paródico con todo ello, obliga al espectador a valorar por sí mismo si la juerga de las finanzas es cosa o no de risa mientras se carcajea en la butaca del cine.

El lobo de Wall Street es una película sobre el arte de vender humo, histórica tradición estadounidense que va del vendedor de crecepelos del salvaje oeste al broker despiadado de Wall Street. Que el epílogo llegue de la mano del Belfort renacido en una de sus charlas motivaciones, donde repite las mismas técnicas que utilizó para engañar a miles de inversores, da idea de lo lejos que ha llegado el director con la propuesta política del filme: el capitalismo de casino como un bucle de timos sin fin. La conclusión de Scorsese, por tanto, no puede ser más demoledora: La cabra tira al monte por mucho que intentemos reformarla. 

Resumiendo: decir que El lobo de Wall Street es una apología de la rapiña financiera puede tener algo de verdad, pero es un poco como aquello del árbol que no deja ver el bosque. Martin Scorsese ha rodado un filme sobre la lucha de clases (de los ricos) al desnudo. Aireando la clase de basura que el sistema prefiere ocultar para evitar insurrecciones. 

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