El hedor: ¿cuánto aguantarías en un mundo donde nadie se duchara?
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El hedor: ¿cuánto aguantarías en un mundo donde nadie se duchara?

No podemos imaginar cómo apestaba la gente del pasado, como cuenta Federico Kukso en un librazo: 'Odorama. Historia cultural del olor'

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Detalle de portada de 'Odorama' (Taurus), de Federico Kukso.

Aquellos bárbaros hedían. Para los higiénicos romanos, afines habituales de los baños públicos y de toda clase de perfumes, los invasores germanos despedían un hedor insoportable, no tanto por no bañarse nunca como porque además tenían la desagradable costumbre de usar enormes cantidades de manteca rancia para fijar su cabello. Imaginen. Y solo fue el principio, la generalización de los reinos medievales cristianos para los que afeites, abluciones y colonias constituían un signo claro de pagana depravación —cuando no una señal inequívoca de la presencia del Maligno— liquidó toda una época clásica mucho más fragante: "Fue el comienzo de una de las eras más oscuras y pestilentes jamás conocidas".

Según narra el periodista científico argentino Federico Kukso en 'Odoroma. Historia cultural del olor' (Taurus), los buenos cristianos estaban orgullosos de su hedor, la suciedad era el camino de la perfección y aquellos que olían a orina, sudor o inmundicia —como atufaban especialmente eremitas y ascetas de aliento repugnante— debían ser, sin duda, los más virtuosos. Los imperios de la Antigüedad habrían sido paraísos perfumados y corruptores del lujo y el vicio. Y aunque es verdad que nuestra moderna sensibilidad no podría contener un mohín de disgusto al saber que los romanos se limpiaban después de defecar con una esponja ceñida a un palo que compartían sin mayor problema... en fin, durante los 1.500 años que vendrían, se acabarían las esponjas y los culos (más o menos) limpios.

'Odorama' es un catálogo espectacular de pestes, deyecciones, íntimos hedores o gigantescas miasmas que abrazan metrópolis enteras

'Odorama' es un catálogo espectacular, apabullante y escrito en estado de gracia —y a lo largo de bastantes páginas, también hipnóticamente desagradable— de pestes, deyecciones, efluvios, íntimos hedores o gigantescas miasmas que abrazan metrópolis desbaratadas de calles por las que corren ríos de excrementos. También del hercúleo esfuerzo civilizatorio por ocultar todo esto, pues el olor, según Kukso, ha sido por definición hurtado de la mayoría de las crónicas del pasado y de los libros de historia. No puede usted imaginar cómo apestaban el París medieval o el Londres decimonónico. Su fina nariz desentrenada a golpe de desodorante, perfume y ducha diaria no aguantaría un asalto.

A la caza del hedor

"Conocer antiguas historias olfativas", asegura Kukso, "nos sirve para ver con nuevos ojos (y narices) nuestro actual mundo olfativo. Pensar en olores de ayer y de hoy es pensar en nosotros —en quiénes somos— y en quienes amamos y despreciamos de una manera distinta. Nos permite desidealizar y mundanizar la historia al dejar de imaginar a sus figuras —a los recordados y a los millones de olvidados— como ángeles sin sexo, próceres inodoros, así como nos ayuda a valorar nuestras actuales y complejas ciudades el hecho de saber que hace ciento cincuenta años —antes de la invención de los antitranspirantes, del champú, del dentífrico, de los purificadores de aire y los desodorantes de ambientes— las personas y las calles colmadas de montañas de estiércol generadas a diario por miles de caballos apestaban".

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'Odorama'. (Taurus)

Pasa por estas páginas Aristóteles, que se preguntaba por qué la axila emite un olor peor que otras partes del cuerpo y, en un maravilloso arranque cuasi onírico, por qué todos los animales huelen... menos las panteras. También las cruzan los apestados de la Muerte Negra, los comerciantes de las especias destinadas a camuflar los efluvios de los alimentos podridos o los higienistas del hediondo Londres victoriano que iniciaron una caza violenta y bastante exitosa de los tufos urbanos. Pero no solo de hálitos abominables se aprovisiona esta historia. 'Odorama' alcanza momentos maravillosamente poéticos, casi de ciencia ficción, cuando se atreve a imaginar a qué olían los dinosaurios, el primer fuego o la inmensidad del espacio exterior.

El autor certifica una muerte más, después de la de Dios o la novela: la del olor

Finalmente el autor certifica una muerte más, después de la de Dios, la novela o vaya usted a saber: la muerte del olor. ¿Por qué no? Concluye Kukso: "La marginación y la condena social del olor —como marca definitoria del 'hombre civilizado', como negación final de nuestros impulsos animales— no fueron inocuas y promovieron una importante represión sensorial: nos disciplinaron para permanecer en un estado de permanente alerta y vigilancia ante las rebeliones cotidianas de nuestra materialidad —la amenaza constante del mal aliento, el bochornoso olor corporal— que pudieran ofender a los demás o, peor, avergonzarnos y volvernos parias sociales. Por fuerzas invisibles que aún nos asolan y moldean nuestra sensibilidad, desde hace doscientos años, el olor se volvió mal olor".

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