¿Qué fue de los KLF? Los músicos locos que quemaron un millón de libras (reales)
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¿Qué fue de los KLF? Los músicos locos que quemaron un millón de libras (reales)

Los británicos consiguieron llegar al número uno, pero la prensa se rindió con sus performances

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Los KLF (TIM COLLINS)

¿Pueden seguir siendo un misterio las acciones de unos tipos que conceden entrevistas, lograron que sus canciones fueran número uno a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando aquello todavía lo significaba todo (prestigio, dinero y atención), han escrito varios ensayos, han colaborado en 'The Guardian' y exponen en galerías de arte del centro de Londres? Parece complicado, pero es el insólito caso de Bill Drummond y Jimmy Cauty, compañeros en The KLF y The Justified Ancients of Mu Mu (las dos bandas que fundaron, las marcas con las que presentan sus trabajos) y protagonistas de varios episodios en la frontera entre la música y el arte contemporáneo (¡y cerca de la magia!) sobre los que todavía se escribe —es uno de sus temas favoritos— en las páginas de la prensa cultural británica, en cientos de foros, en publicaciones artesanales que —precisamente como el dinero— viajan de mano en mano desde 1994. Aquel 23 de agosto, Bill y Jimmy hicieron una hoguera en el interior de un cobertizo en un pueblo recóndito de Escocia y quemaron billetes en ella hasta que lograron destruir un millón de libras (una cantidad que, según la calculadora del Banco de Inglaterra, equivaldría justo al doble en 2020).

Bill y Jimmy hicieron una hoguera y quemaron billetes hasta que lograron destruir un millón de libras

Hoy sería extraño —por la determinación necesaria para renunciar a tanto dinero— que un artista hiciera algo así, pero no resultaría incomprensible o irritante: estaríamos ante otra crítica hacia el sistema financiero, ante el enésimo —y no precisamente el más sutil— mensaje contra el capitalismo. Sin embargo, el periodista John Higgs considera que en 1994, una acción así escapaba por completo de los marcos culturales del momento: entonces el situacionismo (y el dadaísmo) eran corrientes desguazadas y todavía no habían surgido los movimientos antiglobalización en Occidente (al contrario: comenzaban los excesos de la “cool Britannia”, que tan bien encarnaron Tony Blair y el britpop).

Así que nos encontramos ante dos músicos que, después de una carrera fugaz llena de referencias extrañas, boicotean sus actuaciones en un momento de éxito indiscutible y además queman en una hoguera el resultado económico de su trabajo. Después, exponen la desconcertante grabación en la que aparecen arrojando billetes al fuego con la esperanza de que alguien pueda darles a ellos —y no al revés— las claves de lo que acaban de hacer. Uno de los espectadores de esta película fue Alan Moore, el escritor experto en ocultismo que, tras conocer a Drummond, declaró: “me cae muy bien pero está completamente loco”. Esto no es lo que opina Higgs, que encuentra en este batiburrillo de extravagancias, apropiaciones y pastiches un estimulante material con el que elaborar ‘The KLF: Caos y magia’ (en España, Libros Walden, 2016). Este libro aprovecha la accidentada historia de la banda para profundizar en sus conexiones con el esoterismo paródico, las religiones absurdas y las teorías de la conspiración surgidas en la segunda mitad del s. XX. ¿Son casualidades (“sincronicidades”) o son caóticas pistas elaboradas por Bill y Jimmy? El autor plantea la pregunta pero prefiere que juzgue el lector.

placeholder El dúo en una de sus performances (JANE MACNEILL)
El dúo en una de sus performances (JANE MACNEILL)

Bill Drummond (1953), estudió arte en la Universidad de Southampton, y trabajó como escenógrafo en un pequeño teatro de Liverpool. Para preparar su montaje, leyó ‘The Illuminatus! Trilogy’ (1975), una saga de novelas de fantasía escrita por los americanos Robert Shea y Robert Anton Wilson. Después, lideró el grupo de punk Big in Japan, trabajó para varias discográficas, fue mánager de Echo & the Bunnymen (la banda de Liverpool más exitosa desde los Beatles) y grabó un disco de folk. Era, cuando se encontró con Jimmy en 1986, un veterano del negocio de la música que nunca había alcanzado su sueño: grabar un single de éxito. Jimmy, por su parte, llevaba años viviendo en una casa okupa y era experto en producir canciones mediante sintetizadores y cajas de ritmos. Fundan The Justified Ancients of Mu Mu y lanzan un disco de hip-hop en cuyas canciones samplean (aprovechan el sonido, al que superponen sus voces) sin remilgos a ABBA, cuyos abogados los denunciarán enseguida: el proceso terminó con un viaje en vano a Suecia y la destrucción de los discos.

Tras este primer contratiempo todo se acelera. Es 1988 y Reino Unido vive su “segundo verano del amor”: la música acid-house conquista las pistas de baile y por todas partes se organizan raves en las que se consume éxtasis y se baila al aire libre durante horas. El crítico Simon Reynolds usa la palabra “titilante” decenas de veces en ‘Energy Flash’, su crónica de aquellos años. Bill y Jimmy abandonan el hip-hop primitivo, se centran en la música house y comienzan a hacerse llamar The KLF. Su canción ‘Doctorin’ the TARDIS’, sobre ‘Doctor Who’, la serie de la BBC, llega al número uno y ellos publican un manual para triunfar en la música.

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Otra de sus performances (STEVE DOUBLE)

En 1990 lanzan ‘Chill Out’, un LP de música ambiental que apenas vende aunque sigue siendo muy apreciado por los aficionados. Entonces, se proponen componer solo éxitos y logran consolidar varias canciones en las listas (entre ellas ‘Justified and ancient’, con la voz de la estrella del country Tammy Wynette). Consiguen una actuación en la gala de los ‘Brit Awards’ de 1992 (la más importante para la industria del entretenimiento británica) que será un escándalo: primero, propusieron amputar una pata a un elefante en directo, algo que les denegaron; después, Bill quiso amputarse una mano; y, finalmente, actuaron junto a una banda de death metal que interpretó una música gutural muy alejada del estilo de los KLF, a los que apenas se pudo escuchar.

Desde entonces: la retirada de su catálogo (al menos, de todos los discos que esperaban a ser distribuidos o vendidos), la transformación de la banda en colectivo artístico, The K Foundation, varias ceremonias —hicieron arder un gigante de paja— cubiertas con entusiasmo por la prensa musical, la quema del millón de libras y la firma de un contrato privado, escrito sobre el capó de un viejo Nissan que arrojaron por un acantilado, en el que se comprometían a no grabar más música o hablar en nombre de The KLF durante 23 años (este silencio autoimpuesto podría romperse —y lo hizo— en agosto de 2017).

Consporaciones y sociedades secretas

La estrategia más útil para dotar de algún de sentido a esta serie de disparates consiste en tirar de sus hilos más visibles. ¿De dónde viene ese nombre tan raro “Ancients of Mu Mu” que Bill —con su aspecto de profesor de instituto— y Jimmy —con su pinta de tarado— no paran de repetir? ¿Qué significan símbolos como la pirámide, que aparece en cada videoclip y en el logo del grupo?

“The Ancients of Mummu” son una sociedad secreta que opera en las novelas de la ‘Illuminatus! Trilogy’, aquellas en cuya adaptación teatral Drummond había trabajado. Estas novelas son la semilla de buena parte de las teorías de la conspiración que tanto se han extendido por Internet, reproducidas por “escépticos” que han olvidado que su principal referencia es una ficción que también inspiró, por ejemplo, ‘El Código Da Vinci’. Drummond se obsesionaría con estos personajes —los adoradores del dios babilónico Mummu— cuya misión consistía en desmantelar mediante el caos y la anarquía el sistema basado en la usura que trataban de imponer sus enemigos. Las novelas, que parten de una supuesta investigación sobre el asesinato de Kennedy, toman, a su vez, muchos de sus elementos del “discordianismo”, una religión paródica fundada en 1957 por Greg Hill (un aburrido empleado de Western Union).

¿De dónde viene ese nombre que Bill —con su aspecto de profesor de instituto— y Jimmy —con su pinta de tarado— no paran de repetir?


Los textos del discordianismo (que venera a la diosa griega del caos, Eris) se popularizaron durante los ochenta entre figuras centrales de la contracultura como Alan Moore y su rival, el también guionista de cómic Grant Morrison y, según la tesis de Higgs, marcarían la trayectoria de los KLF y sus estrategias de comunicación.

A partir de aquí, la cuestión —los motivos, fines y herramientas de Drummond y Cauty— se difumina todavía más. Si bien Drummond nunca se ha declarado seguidor del discordianismo, ni ha aludido explícitamente a ninguna cuestión esotérica, todos los pasos y acciones del músico y artista, por cierto, hijo de un pastor presbiteriano, parecen encajar bajo esta mirada. De nuevo, según ‘Caos y magia’, el libro de Higgs, Drummond actuaría de acuerdo con las teorías más rebuscadas (y desmentidas por la ciencia) de Carl Jung. Como el propio Alan Moore, si bien no creería en la existencia de fuerzas sobrenaturales, consideraría que es necesario para un artista (magia y arte serían idénticas: manipulación de símbolos), otorgar importancia a las zonas menos iluminadas de la conciencia, aquellas a las que solo se accede mediante experiencias extáticas. En este sentido, Moore llegaría a decir que “aunque el discordianismo es una religión falsa, es capaz de proporcionar experiencias religiosas reales”.

Cildo Meirelles modificó dólares; o, en España, Karmelo Bermejo, enterró en una calle de Vigo los diez mil euros de una beca

Otra estrategia posible para abordar el curioso caso de los KLF es hacerlo desde la crítica de arte (al fin y al cabo, no sabemos si Bill y Jimmy se consideran magos, pero sí sabemos que ya no se consideran músicos sino artistas). Ante el episodio del millón de libras, Miguel Ángel Hernández, Profesor de Historia del Arte, señala que esa “subversión del signo, ese hackeo del propio sistema al que pertenece el arte es muy propio de lo contemporáneo” y aporta ejemplos de obras similares como las del célebre Cildo Meirelles, que modificó dólares y denunció la superinflación; o, en España, la de Karmelo Bermejo, que enterró en una calle de Vigo los diez mil euros de una beca. Miguel Ángel indica: “Creo que el origen de todo esto está en el arte conceptual, en la obra de los artistas de la «crítica institucional»: Michael Asher y sobre todo Hans Haacke, que mostraron que debajo del mundo del arte estaba el dinero”.

placeholder KLF en acción (PA IMAGES)
KLF en acción (PA IMAGES)

En cualquier caso, el verano de 2017 prometía, con la extinción del contrato del Nissan, novedades espectaculares, como la posible resurrección de la banda. Algunos fans se sintieron decepcionados cuando los artistas, en lugar de nuevas canciones, anunciaron un proyecto que mezcla —a la vista de las imágenes— las exequias con un festival de música y baile. El hermano de Jimmy se suicidó en 2016 y con sus cenizas, el dúo fabricó un ladrillo que sería el primero de los que formarán una pirámide que deberá construirse con 34592 ladrillos similares (cada uno contendrá los restos de alguien que en vida compre el pack y firme el contrato que aparece en la web “mumufication.com”). Un documental reciente, ‘Welcome to the dark ages’, recoge parte de proceso y los ritos que los KLF celebran cada 23 de noviembre en el barrio de Toxteth (Liverpool): un grupo de gente disfrazada canta éxitos de los ochenta, lee poemas y acompaña los nuevos ladrillos hasta la base de la pirámide. Para terminar, Jarvis Cocker, líder de PULP, interpreta una canción de los KLF acompañado por un coro en el interior de una iglesia.

Por su parte, la noticia musical se produjo hace poco. Desde el 1 de enero y por primera vez desde que borraron su catálogo, es posible acceder de manera legal a las viejas canciones de los KLF. Un recopilatorio de sus temas más conocidos ha aparecido en Spotify, han subido varios de sus videoclips a Youtube y varios pósters en Londres anuncian el inminente regreso de los KLF a la música.

Desde el 1 de enero y por primera vez desde que borraron su catálogo, es posible acceder de manera legal a las viejas canciones de los KLF

Basta —ahora que por fin es posible— con revisar sus videoclips para saber que los KLF, antes que artistas, músicos, magos o locos, son los autores de una de las bromas más duraderas, complejas y caras —sobre todo para ellos— que se han gastado nunca a la industria del entretenimiento. Por su talento para el escándalo y por su capacidad para apropiarse de cualquier material misterioso o solemne y convertirlo en caricatura, por su conexión con los paranoicos y los freaks, The KLF condensan en su carrera la esencia de la cultura pop. Puede que quemando un millón de libras y mencionando a ficticias organizaciones contra la usura se adelantaran a la crisis financiera de 2008, puede que aquella hoguera solo fuera una llamada de atención de dos descerebrados; quizá sus farsas representen la mala resaca que dejaron los “veranos del amor” y la contracultura (convertida en espectáculo ridículo; ni siquiera este es el peor destino posible para una de tantas utopías fracasadas durante el s. XX) o quizá de verdad creen en lo que hacen. Lo único seguro es que han sabido explorar como nadie la tensión entre improvisación y premeditación y que, mientras algunos rebuscamos en sus canciones, otros suben el volumen y las bailan.

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