Dolor traicionado: los olvidados de la matanza de Atocha
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Dolor traicionado: los olvidados de la matanza de Atocha

Este martes se estrena en el Teatro del Barrio la primera obra de teatro sobre la matanza de los abogados de Atocha en 1977 basada en las memorias de uno de sus supervivientes

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Una de las escenas de 'Atocha: el revés de la luz'

Alejandro Ruíz-Huerta estaba allí aquel día. Era uno de los abogados laboralistas del despacho de la calle Atocha número 55 cuando entraron los pistoleros de extrema derecha José Fernández Cerrá, Carlos García Juliá y Fernando Lerdo de Tejada y acabaron con la vida de sus compañeros el 24 de enero de 1977. A él le salvó un bolígrafo que le había dado poco antes un colega y que llevaba en el bolsillo izquierdo de su camisa. Después de los disparos vio los charcos de sangre y a los muertos. Pasó por el hospital, después por un psicólogo. Y finalmente lo contó en el libro ‘La memoria incómoda’ (Utopía Libros), que ahora se ha reconvertido en la obra de teatro ‘Atocha: el revés de la luz’ gracias al texto y la dirección de Javier Durán. Si nada lo impide -ni el hielo ni un confinamiento, como sucedió el año pasado cuando tenía que haber llegado a los escenarios- se estrenará este martes en el Teatro del Barrio en Madrid. El estreno coincide con la conmutación de la pena a García Juliá -estuvo 20 años en búsqueda y captura- el pasado mes de noviembre, algo que, como señala Durán a este periódico, "no ha gustado nada a quienes vivieron aquello. Ha sido una decepción".

“El primer manuscrito que terminé estaba lleno de mentiras”, dice Ruíz-Huerta. Le costó contar aquello: “perdí mi identidad en Atocha”. Y así, precisamente, es como comienza la obra al son de ‘Todo cambia’, de Mercedes Sosa. La música tiene un especial protagonismo. La música de los cantautores de la época, de Sosa a Raimon, Labordeta o Lluís Llach. Una elección personal del dramaturgo, la banda sonora de los acontecimientos, todos ellos muy politizados.

La historia de una época

El Confidencial tuvo la semana pasada acceso a uno de los ensayos. Los actores -Nacho Laseca, Fátima Baeza, Alfredo Noval, Frantxa Arraiza y Luis Heras, todos interpretan varios personajes- van con mascarilla y todavía no se han dispuesto todos los elementos sobre el escenario. El ambiente está un poco gélido por las temperaturas que hay fuera y dentro del propio teatro. Pero poco a poco la obra rueda. Es la historia de unos jóvenes y de una época. Y es una narración cronológica que se inicia en 1967. “Me parecía un recurso interesante, muy cinematográfico. Además, donde comienza todo fue en la facultad, allí es donde se politizan y empiezan a hablar unos con otros, a leer muchos libros que a lo mejor no habían tenido acceso”, comenta Durán.

placeholder Fátima Baeza y Luis Heras como Lola González y Enrique Ruano
Fátima Baeza y Luis Heras como Lola González y Enrique Ruano

Unos estudiantes hablan de política. Son Lola González, Francisco Javier Sahuquillo y uno nuevo que llega, Enrique Ruano, que aunque no fue uno de los abogados de Atocha es parte importante en la historia. “Le mataron diez años antes, pero era la pareja de Lola y muestra cómo varios estudiantes murieron a manos de los policías y, de alguna manera, está vinculado con los abogados”, dice Durán. La historia de este trío y sus implicaciones políticas también la contó recientemente Javier Padilla en el ensayo ‘A finales de enero. La historia más trágica de la Transición’, con el que consiguió el premio Comillas de Biografía de Tusquets.

Se muestra la politización de estos estudiantes, algunos de ellos en el FLP (los Felipes) porque “los comunistas son demasiado conservadores”

En estas conversaciones se muestra la politización de estos estudiantes, algunos de ellos en el FLP (los Felipes) porque “los comunistas son demasiado conservadores”, como dice uno de ellos, las manifestaciones contra los grises, la relación con los curas rojos -hay un cierto hincapié en esa relación entre el cristianismo y el marxismo- y el concierto de Raimon en la facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Complutense -hoy es el edificio de Geografía e Historia- el 18 de mayo de 1968 como ese gran acto casi fundacional de la Transición en el que si no se estuvo parece que no se fue nadie.

Cristina Almeida y Manuela Carmena

La época estudiantil da paso a los años en los que empiezan a montar los despachos de abogados. Por ahí aparecen Cristina Almeida y Manuela Carmena, que narran con cierta comicidad cómo era tratar con las huelgas, los despidos, los cobros de las pensiones por aquel entonces, a comienzos de los setenta. “No miréis la jurisprudencia porque desamina. Lo bueno de ser tan jóvenes es que nos daba igual el pasado”, dice el personaje de Carmena, que pudo estar en ese despacho del número 55 y que un cambio de reunión a última hora le hizo estar en otro despacho.

“No miréis la jurisprudencia porque desamina. Lo bueno de ser tan jóvenes es que nos daba igual el pasado”, dice el personaje de Carmena

En una de estas escenas, quizá de las mejores de la obra, es el propio Ruíz-Huerta el que recuerda que las leyes franquistas tenían tintes paternalistas por lo que, normalmente, los empresarios salían perdiendo si se llegaba a juicio. “Ellos lo sabían y nosotros también, por eso nos aprovechamos”, sostiene este personaje.

“Cristina Almeida sabe que tiene un personaje. Es una parte cómica en la que se ve cómo se forman los despachos. Y a Alejandro le pareció que estaban bien retratadas. Además Cristina luego fue una de las abogadas del caso y ahora que han liberado a García Juliá ella lo ha retomado”, manifiesta Durán, que confirma que, en principio, la abogada tiene previsto acudir al estreno este martes.

“Se hizo lo que se pudo”

La obra da un salto y en las siguientes escenas vemos ya los homenajes. El 1987 del décimo aniversario y la inauguración de la estatua del abrazo, a apenas unos metros de donde se encuentra este teatro. Después el veinte, el treinta aniversario. Y, por ahí, se cuela una de las partes ficcionadas de la obra, posiblemente una de las más flojas, en las que la trama se lleva al presente y una chica recrimina la Transición a los militantes de izquierdas mientras cuenta que “borda coños” (sic). Una crítica, la que ha martilleado los últimos diez años, que Ruíz-Huerta zanja con el “se hizo lo que se pudo”.

placeholder El cortejo fúnebre de los abogados de Atocha (EFE)
El cortejo fúnebre de los abogados de Atocha (EFE)

“Me parecía que la obra tenía que conectar con el presente. Conocí a dos chicas que eran abogadas y el personaje de Anabel tiene un poco de las dos. Junté a Alejandro con estas chicas en una paella y lo que capté en la conversación fue ese debate de si en la Transición se hizo todo lo que se pudo o se pudo haber hecho más. Creo que es una pregunta que está entre la militancia actual”, mantiene Durán, que personalmente cree que su generación -nacida a finales de los setenta y principios de los ochenta, como muchos dirigentes actuales- debería hacer más autocrítica: “¿Y nosotros, qué estamos haciendo? Si miro a la generación de mis padres lo que militaron y lo que milito yo, desde luego salgo perdiendo”.

“¿Y nosotros, qué estamos haciendo? Si miro a la generación de mis padres lo que militaron y lo que milito yo, desde luego salgo perdiendo”

El texto también se detiene en la división de la izquierda, palpable ya en la Transición, entre los que aceptaron la democracia representativa y la monarquía parlamentaria, como Paquita Sauquillo -la hermana de Francisco Javier, uno de los asesinados- y Lola González, cuyo personaje critica que “se ha aceptado un rey y en unos años se irán a la mierda los movimiento vecinales. ¿Para eso hemos muerto?”. “Sí, es esa división que existe… A mí me parece que Lola, que pierde a su pareja y luego a la otra, es normal que tenga esa rabia. Pero también sabemos cómo funciona la política, uno tiene que creer cosas y luego lo que viene no es exactamente lo que uno quería”, apostilla Durán.

Los asesinatos

Finalmente, Ruíz-Huerta se atreve a contar el atentado. La jornada de trabajo había terminado ya, era tarde cuando entraron los pistoleros. Buscaban al sindicalista Joaquín Navarro, que en ese momento no estaba. Tras unas breves palabras, los disparos. En realidad, una ejecución. Varios minutos que al abogado le llevaron años poder relatarlo. “Creo que hay cierto paralelismo entre el trabajo que le cuesta contar su historia a Alejandro y el trabajo que nos cuesta a los países contar nuestra historia, Alejandro tiene un trauma y España tiene un trauma que le impide contar su historia con honestidad”, sostiene Durán, ya que lo cierto es que no ha habido tantas aproximaciones a este hecho, a excepción de libros. Esta es la primera obra de teatro y como película se recuerda ‘Siete días de enero’, de Juan Antonio Bardem, estrenada en 1979, una época en la que incluso llegó a tener amenazas de grupos de extrema derecha antes del estreno. “El propio [Jose] Sanchís Sinisterra hizo un ciclo sobre la memoria y se lamentaba de que nadie hubiera cogido como periodo el periodo posterior a la Transición, todo el mundo se iba a la Guerra Civil y posguerra”, añade el director.

"Alejandro tiene un trauma y España tiene un trauma que le impide contar su historia con honestidad"

Han pasado más de cuarenta años de estos asesinatos. Precisamente, ¿cómo se pueden entender unos asesinatos cometidos por militantes de la extrema derecha en el contexto actual cuando la extrema derecha está en los parlamentos? “Es un momento histórico interesante porque parece que ciertas cosas han venido gratis y tenemos democracia y libertad y muchas cosas. Pero no sabemos hasta qué punto está en peligro porque la creemos sólida y no es agradable que ciertas cosas amenacen con tambalearse. Aquí hubo vidas y gente que puso el cuerpo para que esto se convirtiera en lo que tenemos ahora. Por eso es fundamental que la gente sepa lo que costó esto”, manifiesta Durán. Es cierto que ya no es la época de Juan Antonio Bardem, pero habrá que ver si hay tregua climatológica y sanitaria para el estreno.

Extrema derecha Manuela Carmena Cristina Almeida