SIGNOS DE INTERROGACIÓN PARA DESBROZAR

¿Por qué las feministas aborrecen a las mujeres de derechas?

Douglas Murray plantea en 'La masa enfurecida' preguntas que sus oponentes no son capaces de responder sino con gritos y acusaciones sumarias

Foto: Irene Montero comparece ante la comisión de igualdad del congreso (EFE)
Irene Montero comparece ante la comisión de igualdad del congreso (EFE)

El escritor Douglas Murray reventó el debate sobre las políticas de la identidad en Reino Unido por la vía, siempre arriesgada y herética, de plantear en un libro preguntas que sus oponentes no eran capaces de responder sino con gritos y acusaciones sumarias. Reflexiona Murray que son precisamente las preguntas lo que se ha abolido en los debates relativos a la raza, la homosexualidad, el transgénero y el feminismo. Su libro 'La masa enfurecida', editado ahora por Península, utiliza los signos de interrogación como hoces para desbrozar el camino.

Algunas de sus preguntas: ¿Puede combatirse el racismo reprochando día y noche el “privilegio blanco”? ¿Hace falta ser de izquierdas para que te consideren parte de la tribu gay? ¿Por qué las feministas aborrecen a las mujeres de derechas? ¿Qué pretenden cuando pintan la vida de una mujer en Occidente como si fuera Afganistán? ¿Cabe la 'T' en las siglas LGTB? ¿Pelean los activistas 'queer' contra el patriarcado o contra la razón?

'La masa enfurecida' (Península)
'La masa enfurecida' (Península)

Más: ¿Debería ser cesado un profesor por sus ideas políticas? ¿Es realmente superior la moral de la izquierda? ¿Por qué el resentimiento está tan presente en una generación que vive mejor que ninguna otra en la historia de la humanidad? ¿Hace falta estar furioso para ser de izquierdas? ¿Cometemos un crimen al empujar a los niños con dudas sobre su identidad de género a tratamientos hormonales irreversibles? ¿Por qué el poder económico celebra los lemas de la izquierda cultural? Etcétera.

Como se ve, el autor se lanza de cabeza contra las espinas de nuestro tiempo. Parece traerle sin cuidado la reacción pese a que pasa buena parte de su libro narrando cómo otros han sido destruidos por plantear dudas como estas. No extrañará a nadie que su libro cayera como una bomba atómica al otro lado del Canal de la Mancha. Fue así en parte por su agudo ingenio, por su franqueza pero también por algo que estaba fuera del control del autor.

La sorpresa

Frente a otros títulos publicados en los últimos dos años que trabajan directa o tangencialmente el mismo asunto, como 'Neo-Inquisición' de Alex Kaiser, 'La ideología invisible' de Javier Benegas, 'Identidades' de Jean Claude Kaufmann o 'El síndrome de Woody Allen' de Edu Galán, Douglas Murray tiene algo que bastó para poner más frenéticos todavía a los activistas: resulta que es homosexual.

Esto debería ser irrelevante, razona el propio Murray, pero se ha convertido en algo muy importante. El autor critica que para ser considerado parte de un colectivo no baste con preferir un tipo de sexo a otro, con tener una tonalidad de piel más o menos oscura o unos determinados genitales, sino que haga falta ser de izquierdas. Esto le repatea, y más todavía: le parece un síntoma de la volatilidad y la hipocresía de los movimientos por la justicia social.

¿Qué es hoy una mujer, un negro, un homosexual? ¿Qué convierte a alguien en una persona trans? ¿'Software' o 'hardware'?

¿Qué es hoy una mujer, un negro, un homosexual? ¿Qué convierte a alguien en una persona trans? ¿Estamos hablando de cuestiones de 'software' o de 'hardware'? Esta distinción se convierte en la piedra de toque a lo largo de todo el libro, en el aro por el que hace pasar toda la política de la identidad, y por ahí llega a lugares interesantes. A lo largo de cuatro capítulos (HOMO, MUJER, RAZA y TRANS) el autor trata de averiguar a qué se están refiriendo realmente los activistas: si a lo que somos o a lo que decimos que somos.

Recoge a tal efecto casos asombrosos de negros convertidos en blancos, de gais convertidos en heteros y de mujeres convertidas en hombres no por un cambio repentino de la genética sino por sus opiniones o su ideología, es decir: de gente expulsada de su colectivo por anatema. A partir de esos casos, que le sirven de prueba de la falsedad de estos movimientos, Murray ataca con toda la artillería los pilares de una izquierda que ha traicionado aquello que dice defender, y que instrumentaliza a cuantos colectivos le son útiles.

Retórica violenta

Pecando quizás de conformismo, Murray se pregunta además por qué, en sociedades donde las mujeres, los homosexuales, los transgénero y la gente de razas distintas a la blanca han alcanzado un grado de derechos formales e igualdad real tan envidiables para cualquier otro momento de la historia o cualquier otro país, su retórica se ha vuelto tan violenta y sus eslóganes tan apocalípticos e incendiarios.

¿Por qué hablan como si los estuvieran matando como a conejos? ¿Por qué atacan con su relato peyorativo y sus lloros sentimentales los pilares del Estado de Derecho, que es el mecanismo que ha permitido el mayor grado de igualdad de la historia de la humanidad? ¿Están acaso aquejados del síndrome de San Jorge jubilado, que ha de inventar nuevas bestias después de derrotar al dragón, para seguir existiendo?

¿Por qué atacan los pilares del Estado de Derecho, el mecanismo que ha permitido el mayor grado de igualdad de la historia de la humanidad?

Es un libro lleno de preguntas como estas. Está repleto de ingenio, de agudeza y de casos estrafalarios, ridículos y abominables en que la supuesta justicia social se ha cobrado víctimas inocentes por los motivos más arbitrarios y tontos. Ataca a los pilares filosóficos del identitarismo, cuelga a Foucault y Judith Butler de los pulgares y se mofa de los fallos de lógica de todo el discurso interseccional. Divierte. Y sin embargo, pese a todo lo bueno que tiene su análisis, en mi opinión se queda a medio camino en la descripción del Gran Problema.

Hay elementos que nos han conducido a estas batallas identitarias que quedan fuera de la lente del autor. Centra todos sus dardos en la parte izquierda del identitarismo y hace diana muchas veces, pero me llama la atención que, a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas, las referencias de un británico al Brexit y otros fenómenos de identitarismo de derechas brillen por su ausencia.

Quizás lo reserva para otra ocasión. De cualquier forma, es un gran libro, y muy útil para restregar en la cara de quien siga sosteniendo que la izquierda cultural no censura, no cancela y no ha perdido el norte por completo.

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