consecuencias del covid

Desesperación entre los trabajadores del espectáculo: "Lo peor está por llegar"

Después de medio año sin ingresos ni trabajo, la situación es crítica: tres trabajadores del espectáculo lo cuentan en primera persona

Foto: Una mascarilla cuelga de uno de los micrófonos del grupo Arde Bogotá, durante el concierto del festival Live Mar Menor de Los Alcázares, en Murcia. (EFE)
Una mascarilla cuelga de uno de los micrófonos del grupo Arde Bogotá, durante el concierto del festival "Live Mar Menor" de Los Alcázares, en Murcia. (EFE)

Medio año es mucho tiempo para estar sin ingresos ni trabajo. También para recibir pequeñas dosis de cada uno en forma de cuentagotas. Y la cosa empeora cuando los planes de futuro son inexistentes y no se recibe ningún tipo de ayuda. Es la situación en la que están los trabajadores del mundo del espectáculo desde que comenzara la pandemia. Si la desescalada parecía que podía dar un respiro, al final, todo ha sido un espejismo: el final del verano ha llegado con una segunda ola de cancelaciones que hacen presagiar lo peor.

Las exiguas apariciones del ministro de Cultura, Rodríguez Uribes, y las aún más exiguas ayudas específicas para el sector han sido las gotas que han colmado el vaso. En una acción excepcional —se trata de un gremio bastante disperso—, los profesionales del sector se han unido bajo la plataforma Movilización Unida de Trabajadores del Espectáculo (el acrónimo, MUTE, ya dice bastante de lo que puede ocurrir de cara al futuro).

En su manifiesto fundacional, denuncian que padecen "una fragilidad estructural y en una inseguridad jurídica alarmante que se está haciendo patente ahora más que nunca" y demandan "un esfuerzo complejo para abordar una reglamentación homogeneizada, específica y adaptada a las especiales circunstancias y particularidades en las que se desarrolla la actividad, marcada por la estacionalidad e intermitencia". Hay prevista una gran movilización en distintas ciudades de España para el próximo 17 de septiembre, aunque los detalles están aún por confirmar.

El Confidencial habla con distintos perfiles profesionales que componen el sector y que han quedado en cierta medida invisibilizados ante esta crisis, como es el caso de técnicos, gerentes o grupos emergentes.

El técnico de sonido sin conciertos

"Yo venía de un año con mucho trabajo, como muchos compañeros, y este año pintaba aún mejor. Es una profesión de la que se puede vivir, tampoco mucho más, pero se puede", responde con lamento Andreu Hernández, que ha sido técnico de sonido en todo tipo de eventos, aunque desde hace tiempo decidió centrarse en el mundo de la música. Solo en marzo y abril suspendió medio centenar de conciertos, "más todo lo que hubiese salido después", apostilla.

Andreu Hernández, técnico de sonido.
Andreu Hernández, técnico de sonido.

Las comparaciones son odiosas, pero inevitables en estas circunstancias: de los 170 bolos en los que trabajó el año pasado ha pasado a no alcanzar la decena en 2020. "Se canceló todo, luego se recuperó alguna pequeña cosa y ahora ha vuelto a cancelarse. No creo que haga más de 15 conciertos este año", relata para incidir que en agosto ha trabajado el 20% de lo habitual: de 25 días a cinco. Sus condiciones laborales no han cambiado mucho, pero ha tenido casos cercanos en los que "ha sido peor, yendo incluso a taquilla".

Andreu lleva un cuarto de siglo dedicándose a esto y recuerda que la crisis de 2008 ya supuso un duro varapalo a su profesión: "Somos un sector muy precario, cada crisis a nosotros nos golpea muy fuerte, pero esta la que más, porque no podemos ni hacer nuestro trabajo". Él es miembro de Tecnicat, el sindicato de técnicos de Cataluña, y tiene claro de dónde viene gran parte de los males del gremio: la figura del autónomo, que "era la única manera de facturar como persona de forma legal, pero es más bien alegal".

Somos un sector muy precario, cada crisis a nosotros nos golpea muy fuerte, pero esta la que más

"La relación que tenemos con la gente que nos contrata, sean artistas o empresas, no es de autónomo. Nosotros trabajamos con su equipo, ellos ponen el precio, los horarios, tenemos que ir con su camiseta... Si de verdad fuéramos autónomos seríamos dos empresas que llegan a un pacto y firman un contrato, y eso no pasa. Aquí te llama la empresa y te dice que tal día tienes un concierto y vas a cobrar tanto", relata para clarificarlo con ejemplo: "Si tú llamas al fontanero para que venga a casa, lleva sus herramientas, sus materiales, te dirá cuánto vale y cuándo lo hace, pero lo nuestro es una relación de dependencia y tendríamos que ser contratados".

Unas condiciones que se arrastran desde mucho antes de la pandemia y que llevaban tiempo tardando de negociar ante la falta de "cualquier tipo de protección". En este sentido, otro de los motivos de protesta son la falta de seguridad ante las cancelaciones. En su caso, todos los conciertos previstos estaban cerrados, pero no había firmado nada, algo habitual en el sector. "Todo se cancela y como no hay nada firmado nadie tiene que pagar nada, así se queda".

"Todo se cancela y como no hay nada firmado nadie tiene que pagar nada, así se queda"

En momentos puntuales sí ha conseguido firmar algún contrato. Es lo que le ocurrió el 10 de marzo, cuando terminó un contrato por obra y servicio para un programa de televisión. "No tuve derecho a paro porque constaba que estaba sin trabajar cuando llegó el estado de alarma". Además, ha tenido que seguir pagando los 300 euros mensuales de cuota de autónomo, ya que las ayudas estatales para los trabajadores por cuenta propia han sido "un desastre" y "un mes hay gente a la que le cobran una parte, otra a la que le cobran todo".

El técnico ha conseguido recibir algunas ayudas para afrontar la coyuntura. Una del Servicio Especial de Empleo (SEPE) que era "ridícula". "Eran unos 600 euros para cuatro meses después de 30 años cotizando. Al mes y medio me la cortaron porque a principios de junio me salió un trabajo. A los días volví a estar de baja y debería haber vuelto la ayuda, pero como el SEPE ha dejado de contestar llamadas y atender, ha sido imposible, tanto para mí como para los compañeros a los que les ha pasado algo así". También recibió otra de la Generalitat y otra de la Sociedad de Artistas Intérpretes o Ejecutantes de España (AIE). "Desde marzo hasta ahora he recibido unos 2.300 euros, y casi la mitad son de una entidad particular", espeta.

"Hoy mismo me han cancelado tres conciertos más. El invierno va a ser largo y muy duro"

"Ahora se acaban las prestaciones, no hay nada de trabajo y el poco que había lo han vuelto a cancelar. Hoy mismo [miércoles 2] me han cancelado tres conciertos más. El invierno va a ser largo y muy duro", desarrolla. ¿Cómo espera salir adelante a partir de ahora? "He tenido suerte porque el año pasado conseguí ahorrar, pero de repente ves que todo se te va en vivir y es bastante triste. Hay gente que no tiene ahorros ni conciertos y muchos se han puesto a trabajar de camareros o vendimiar. Se buscan la vida como pueden fuera de la profesión", apunta antes de dejar algo claro: "Lo peor está por llegar. Los ahorros se acabarán, llegaremos a octubre y no habrá ni ahorros ni trabajo. ¿Cómo llegamos hasta el año que viene? Tampoco van a aguantar muchas empresas, que tienen créditos para pagar equipos, camiones, furgonetas... Y llevan con un concierto o dos desde marzo. Mucha gente va a caer".

Por último, Andreu denuncia que el papel del ministerio de Cultura, que considera que les "ha hundido más en la miseria: cuando lanzó ayudas para artistas ya dejó claro que técnicos de sonido o iluminación no entraba en las ayudas, y así ha sido". La situación es similar en Cataluña. "Hemos tenido reuniones con todos los partidos políticos y no tienen ni idea de quienes somos, no quieren saber o les da igual. En Cataluña se dio una ayuda a los artistas de 280.000 euros que llegó a unas 270 personas, aunque ahora han ampliado un poco. ¿Con eso se puede apañar a todo el sector? Es ridículo. Nos han olvidado absolutamente", zanja.

La gerente sin nada que gestionar

Celia prefiere que su apellido no aparezca en este reportaje. Desde hace cuatro años trabaja en el sector del teatro y, puntualmente, en algún proyecto audiovisual. Desempeña dos funciones en el mundo de las tablas: la regiduría de escenario —"un nexo entre los artistas y los técnicos"— y gerente de producción, encargándose la organización interna y logística de la compañía cuando salen a actuar. "Antes del confinamiento estaba muy contenta con mi situación laboral porque me había movido y tenido suerte", comenta en conversación con este periódico, aunque admite que "si te quieres dedicar a este mundo, tienes que saber llevarte bien con la incertidumbre".

Celia es regidora y gerente.
Celia es regidora y gerente.

Esta regidora y gerente, que siempre ha trabajado mediante contrato por proyecto, "no paraba de trabajar, con bolos cerrados casi todos los fines de semana y proyectos propios a diario", pero todo paró en seco: "Laboralmente, mi vida profesional ha desaparecido, más más allá de algún proyecto audiovisual puntual". Ella era relativamente optimista y pensó que la pandemia no llegaría a tanto, así que no pidió ninguna ayuda y prefirió tirar del colchón. Al final, tuvo que solicitar una prestación... Pero, claro, las prestaciones no son infinitas". La situación tuvo una consecuencia inmediata para ella. "Estaba viviendo en Madrid, pero no soy de allí ni tengo casa propia, así que me he tenido que volver a mi ciudad de origen hasta nuevo aviso, porque nadie sabía cómo iba a seguir todo esto", cuenta.

En medio año, Celia solo ha podido trabajar una vez en un teatro. "Hace unos días tuvimos la suerte de hacer una función y fue maravilloso. Subir a un teatro de nuevo y volver a sentir los nervios después de empezar... No hay palabras para explicarlo, han pasado muchos meses y casi había olvidado lo que es", explica emocionada. Eso sí, hay algo más de trabajo por la constante actualización de los protocolos, que "hay que conocerlos y estudiarlos para que todo salga bien". "Es algo nuevo para todo el mundo y hace que todo se modifique: los horarios, los tiempos, las tareas a realizar, nuevas tareas...".

"Estaba viviendo en Madrid, pero no soy de allí ni tengo casa propia, así que me he tenido que volver a mi ciudad de origen"

Esta regidora y gente prefiere pensar que ha invertido el confinamiento en "servir de inspiración para nuevos proyectos, aprovechar para descansar y tratar de adelantar e intuir hacia dónde van las cosas". "Mi situación no es de las peores. A veces intento mostrarme optimista y muchas veces lo consigo, pero otras muchas no", reconoce. Sin embargo, prefiere inclinar la balanza al primer lado y poner en valor que "tanto el teatro como la música en directo tienen un público muy fanático, que le gusta de verdad, y tarde o temprano podrá volver a disfrutar de los espectáculos". "Nos cueste más o menos, hay que seguir adelante", sostiene.

"Si tengo que sacarle algo bueno a todo esto, es que durante la cuarentena han estado trabajando un montón de mentes creativas que darán buenos proyectos en el futuro", asegura, pues muchos de sus compañeros "se están reinventando para resistir y a través de eso han conseguido sacar nuevos valores a su trabajo que ahora les están permitiendo aguantar". ¿Qué la ha parecido la actitud de Cultura con su sector? "Sinceramente, prefiero ni contestar", responde.

La banda... de camareros

Fizzy Soup es una banda peculiar. Naturales de Cuenca, llevan desde 2013 intentando hacerse un hueco en el mundo de la música con una propuesta que aúna folk, rock, electrónica y psicodelia, entre otros. Todo a través del modelo 'háztelo tu mismo' y la filosofía 'handmade': ellos mismos fabrican sus propios discos y 'merchandising' y se encargan de casi todo lo relacionado con el grupo. Aunque habían conseguido ampliar horizontes y públicos, seguían siendo un grupo que busca consolidarse y al que la pandemia les ha dejado en la estacada.

Su vida profesional ya era "muy precaria, pero no tan hiperprecaria como ahora", afirma Javier Corroto, cantante y encargado de las cuerdas en Fizzy Soup. Han probado casi todas las fórmulas habidas y por haber para que les saliera a cuenta dedicarse a la música. "Siempre se buscan vacíos legales, como las cooperativas, pero eso empezó a estar más vigilado por inspecciones y algunos colegas han acabado teniendo problemas por eso", sostiene antes de aclarar que ellos han tenido la suerte de que muchas veces les han dado de alta. "No podemos ser autónomos, porque la inestabilidad de este trabajo te puede dar para pagar la cuota o no, y por eso lo hemos evitado con otras vías, legales o alegales. Esto no es algo que hagamos solo nosotros: lo ha hecho cualquier músico que toque en España".

Una inestabilidad que hace que algunos meses puedan vivir de la música —han llegado a dar 70 conciertos en un año—, pero otros se tengan que buscar las castañas fuera. "A veces somos camareros, a veces diseñadores... Hay que tirar de todo lo que uno sabe hacer", cuenta al respecto. A su lado está Sonia García, vocalista principal de la banda, con quien convive: "Estos meses hemos podido echar algunas horas en el bar en el que trabajábamos antes de la pandemia, pero al final son pocas para vivir". El confinamiento les pilló buscando fechas para los meses siguientes. "Teníamos cosas cerradas pero no anunciadas y han pasado desapercibidas, pero muchísimas compañeras y compañeros tenían ya la gira anunciada, se habían gastado un dineral en publicidad y luego se les ha caído todo", enfatizan.

Muchos músicos tenían ya la gira anunciada, se habían gastado un dineral en publicidad y luego se les ha caído todo

"Dejé de contar", dice Sonia sobre el momento en el que las cancelaciones superaron la veintena. Algunos conciertos se han aplazado, pero otros parece complicado que puedan volver. Sobre las indemnizaciones, consideran que "se podían hacer las cosas de otra manera pero, tal y como están las cosas, muchas veces hay que arriesgarse para que el evento pueda salir". "Todo el mundo está muy jodido y no queremos exigir penalizaciones a quien también lo está. Preferimos confiar en que la gente con la que teníamos fechas nos haga un hueco cuando puedan volver a hacer conciertos... La putada es cuando el evento no se vuelve a hacer o las empresas desaparecen, y eso ya está pasando", aseguran. "Lo que más duele es que no sabes qué va a pasar con esos 'cachés' aplazados. Se pierde un año de trabajo previo y otro de trabajo entre bastidores, que hace mucha falta para un grupo como nosotros".

"Esperábamos un gran parón en verano, porque creíamos que solo llamarían ya a grupos que lo petan y que nos habíamos quedado fuera del mercado, pero el teléfono ha seguido sonando", celebra el cantante de Fizzy Soup. Han conseguido dar algunos conciertos estos meses, aunque otros se han vuelto a caer unos días antes. Al final, lo han acabado bautizando como 'Stranger Tour', "un tour que encoge en lugar de crecer". "Cuidaos e id con cuidado, no os vaya a morder un concierto", ironizaban tras añadir dos cancelaciones más.

Para un grupo de estas características, los conciertos eran la principal forma de ampliar público, cosa que también se ha complicado. "Si antes tocabas en una plaza que estaba llena, ahora te van a ver 100 personas o lo que se pueda. No es lo mismo, también porque no vendes la misma cantidad de discos, ni consigues la misma repercusión de gente nueva que te ha descubierto... Estamos descubriendo cuáles son las pegas de la nueva normalidad de nuestro trabajo", exponen sobre esta cuestión.

También aumentan los gastos de salir a tocar. "Hasta ahora no nos importaba hacinarnos en una habitación con tres literas, pero ahora ya no podemos hacerlo. Algunos componentes conviven con familiares de riesgo, y eso hace que reforcemos las medidas de seguridad. Antes dormíamos en una habitación y ahora necesitamos, mínimo, tres", ejemplifica Sonia, que agrega que, a su vez, "hay que adaptarse en cuanto a caché y condiciones económicas". "Hay menos patrocinadores, ya no se vende tanta cerveza... Cada rama que compone el evento afecta y todo se abarata para seguir realizándose". De momento, han prescindido de su local de ensayo —se apañan con una habitación de su casa— y, si hasta ahora "había un protocolo no escrito que era sacar disco, irte de gira y venderlo", la pandemia también ha cambiado el asunto: "Ahora mismo no nos gastaríamos dinero en publicar un disco para no poder pasearlo".

Sobre las medidas de apoyo a la Cultura, Javier y Sonia señalan que "se podría haber mucho más por los trabajadores: ya solo con que hubiesen rescatado a las salas para que no estuvieran paradas, como lo están la mayoría, nos habría ayudado; las salas que conocemos también están muy mal". Al igual que Andreu, ellos también recibieron una ayuda del AIE. "Se hizo al principio y desde entonces no hemos recibido nada relacionado con la música. A nivel individual nos ha llegado alguna pequeña ayuda vital para pagar el alquiler, pero no por ser músico, sino precarios", aclara Sonia. Tampoco hay rastro de subvenciones por parte de la Junta de Castilla-La Mancha, aunque “sí ha habido pequeñas ayudas locales, pero era complicado pillarlas porque no tenían sentido, como suele ocurrir". "El nivel de preocupación debería ser más alto: no es suficiente para quienes intentamos comer de esto", lamentan.

Por su parte, ya están promoviendo una asociación cultural en Cuenca junto a técnicos, promotores y otros grupos "para ir todos a una porque tenemos los mismos problemas" y celebran que, en líneas generales, "está habiendo cierta unión en todas las disciplinas, y eso que en la música era complicado porque todo el mundo iba a su bola". "La música siempre ha sobrevivido sin apoyo de las instituciones. Si la cultura ha salido adelante, ha sido por el empeño y amor a lo que hacemos quienes nos dedicamos a esto", reflexiona Sonia a modo de epílogo. Y es ahí cuando llega al corazón del asunto: "Nunca ha habido una preocupación real por las condiciones laborales en el sector y ahora, cuando hemos pedido lo que no ha habido nunca, es más difícil que se consiga".

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