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Malcolm Gladwell: "Tenemos una debilidad fatal ante los déspotas carismáticos"

El divulgador superventas estadounidense publica 'Hablar con extraños' para explicar cómo transmitimos nuestras emociones a lo demás

Foto: Malcom Gladwell
Malcom Gladwell

Malcolm Gladwell es una estrella del periodismo estadounidense. Lo es de una manera que en Europa y en España resultaría impensable. No es un intelectual clásico, ni un investigador de noticias bomba, sino una especie de "traductor" que, a partir de investigaciones académicas, experimentos psicológicos y estudios de mercado es capaz de presentar tramas trepidantes sobre temas disparatados: de un grupo de espías estadounidenses en Cuba al éxito del kétchup perfecto, pasando por la delincuencia en Nueva York o por qué debemos dedicar 10.000 horas a una actividad para llegar a dominarla. A partir de todo ello, y con un estilo rápido y vibrante, establece vínculos y, dice, elabora teorías sobre el comportamiento humano con respaldo científico.

Esta manera de proceder le ha valido críticas —a veces, los científicos sociales de quienes obtiene datos y análisis creen que su divulgación va demasiado lejos—, pero también ventas millonarias, y le ha convertido en un conferenciante cotizado. A fin de cuentas, me dijo al principio de esta conversación por Skype entre Madrid y Nueva York, el intento de explicar nociones científicas al gran público "forma parte de la cultura literaria estadounidense desde hace mucho tiempo". Eso tradicionalmente ha sido más infrecuente aquí. Aunque ahora esté cambiando, en parte, por la influencia de escritores como él.

'Hablar con extraños'.
'Hablar con extraños'.

Gladwell publicó en España, justo antes del confinamiento, 'Hablar con extraños' (Taurus), un libro característicamente suyo en el que mezcla la serie 'Friends' con una tribu de unas islas cercanas a Nueva Guinea para explicar cómo transmitimos nuestras emociones, pero donde también cuenta detalles del sistema judicial estadounidense para ver la irracionalidad de sus decisiones o las relaciones de Adolf Hitler con el primer ministro británico Neville Chamberlain antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando el segundo salió convencido de una reunión con él convencido de que era un hombre de paz. Todo ello, para reflexionar sobre la confianza que depositamos unos en otros y las mentiras que somos capaces de creernos.

PREGUNTA. Usted empezó haciendo periodismo tradicional, primero en pequeñas revistas y más tarde en el 'Washington Post'. Luego, cuando pasó a la revista 'The New Yorker', comenzó a escribir otra clase de artículos, más basados en la psicología del comportamiento, en estudios sobre por qué los seres humanos nos comportamos como lo hacemos. En sus primeros libros explicaba, por ejemplo, por qué todos nos compramos unas mismas zapatillas, o por qué los expertos se fían de su intuición para detectar, por ejemplo, si una escultura es antigua o solo una copia. ¿El objetivo de lo que escribe es entender nuestro comportamiento?

RESPUESTA. Sí, probablemente en el plano conceptual más elevado eso es lo que intento hacer. Siempre he dicho que, como seres humanos, somos ricos en experiencias y pobres en teorías. Nos pasan muchas cosas que son fascinantes, misteriosas, que despiertan nuestra curiosidad, pero lo que no tenemos es la capacidad de organizar esas experiencias, darles un sentido, agruparlas, categorizarlas. De modo que mi trabajo consistiría en algo así como intentar hacer encajar todo eso, satisfacer esa necesidad, y dar a la gente teorías que sean útiles, que le ayuden a comprender su vida y a sí misma un poco mejor.

Los libros que se venden en Francia, llenos de teorías, nunca se venderían en Estados Unidos

P. En la tradición intelectual europea parece que tenemos el problema contrario. Un chiste que parodia la manera de pensar francesa dice que, a veces, algo "funciona en la teoría, pero por desgracia no en la práctica".

R. Sí. Eso es divertido. Basta con mirar los libros que se venden en Francia, llenos de teorías. Esos libros nunca se venderían en Estados Unidos. A nosotros nos encantan las anécdotas, las historias y las biografías individuales, contar con una base sólida. Y creo que esto es algo magnífico. Pero, una vez tenemos eso, ¿dónde estamos? ¿Qué hacemos con eso? Nos falta vincular todas esas historias. Y eso es lo que yo intento hacer.

P. En su último libro, 'Hablar con extraños', habla del "sesgo de veracidad". Según esta idea, la mayoría de nosotros tendemos a creer lo que la gente nos dice, los hechos que afirman que son ciertos. Sabemos que la gente miente constantemente, pero parece que nuestro cerebro es crédulo.

R. Sí, esa es una idea brillante del profesor Timothy Levine, en cuyo trabajo me baso mucho en este libro. Ese rasgo es fruto de la evolución, y en el 95% de los casos es increíblemente útil. En el pasado, los humanos vivíamos sobre todo en el seno de clanes muy pequeños, nos relacionábamos con gente con la que teníamos bastante intimidad. De modo que eso era muy útil. Pero es problemático cuando tratas con desconocidos, con personas a las que no conoces y en las que no puedes confiar. Se trata de otro vestigio que hemos heredado, como otros rasgos, tras un millón de años de evolución. Y, de repente, en los últimos doscientos o trescientos años queda claro que es algo problemático.

No somos todo lo escépticos que deberíamos cuando nos topamos con gente atractiva y con modales persuasivos

P. En parte, eso explica nuestra política. Nos fiamos de la gente, de los líderes, por el mero hecho de que son carismáticos o atractivos, pero sin saber sin son fiables de verdad. Usted habla de cómo Hitler fue capaz de engañar incluso a experimentados líderes políticos de otros países.

R. Eso explica hasta qué punto somos vulnerables a los estafadores. Tenemos una debilidad fatal ante los déspotas carismáticos. No somos todo lo escépticos que deberíamos cuando nos topamos con gente atractiva y con modales persuasivos. Con ella, bajamos la guardia, porque así es la manera en que estamos hechos los seres humanos. Y, como he dicho, la mayor parte de las veces funciona. Pero no lo hace en algunas, como con esa clase de personas.

P. En estos días de pandemia he pensado en otro de sus libros, 'La clave del éxito'. En él explicaba cómo algunas cosas —productos, tendencias, marcas— se hacen virales. Es un libro escrito antes de las redes sociales, pero que sirve para explicar muy bien cómo funcionan. Pero si he pensado en él ahora, es por la propia pandemia, por cómo nos cuesta entender el comportamiento del virus.

R. Uno de los argumentos de 'La clave del éxito' era que a los seres humanos nos cuesta mucho entender la noción de cambio exponencial. [En el libro, Gladwell explicaba cómo algunos productos u opiniones que se ponen de moda no siguen el tópico del boca oreja, sino que, a partir de cierto punto clave de generalización, crecen de manera exponencial.] Y vemos que la gente no entiende la dinámica de las epidemias, que consiste precisamente en que las infecciones pueden pasar de un número muy pequeño a afectar a toda una población. La noción de cambio exponencial es algo profundamente contraintuitivo respecto a la manera en que interpretamos el mundo. Y sí, los problemas que la gente tiene para entender lo peligrosa que es la pandemia están relacionados con esto.

La noción de cambio exponencial es algo profundamente contraintuitivo respecto a la manera en que interpretamos el mundo

P. En sus libros y artículos, usted recurre mucho a experimentos de psicología conductista: aquellos en los que se selecciona a un grupo de personas, con frecuencia también a un segundo grupo de control, muchas veces estudiantes universitarios a los que los investigadores dan clase, y se observa su respuesta a una situación que se les plantea. Muchas teorías psicológicas o económicas se basan en esos experimentos, en las decisiones que la gente adopta en ellos. No tengo dudas de que eso es útil para entender el comportamiento humano, pero ¿no cree que su utilización se ha llevado demasiado lejos? ¿No tiene ese mecanismo muchísimos límites?

R. Estoy de acuerdo. De hecho, en este último libro he intentado basarme menos en experimentos psicológicos. Cuento el caso de Sergio Jarillo y Carlos Crivelli, un antropólogo y un psicólogo. [Ambos estudiaron la manera en que las expresiones faciales transmiten emociones, y si las expresiones de felicidad, tristeza, alegría, etcétera, son reconocibles universalmente o tienen un fuerte elemento cultural. En el experimento que cuenta Gladwell, enseñaron a niños madrileños fotografías de personas con varias de esas expresiones, que los niños supieron identificar sin problemas. Después, enseñaron las mismas fotografías a los habitantes de las islas Trobriand, cerca de Nueva Guinea, que no acertaron a identificarlas.] Hacen un experimento, pero no es solo un experimento hecho con estudiantes en su universidad. También tienen en cuenta la tradición antropológica y van a esas islas a investigar, y uno de ellos hasta aprende el idioma de esa gente. Combinar la tradición antropológica y la psicológica en esa clase de investigación da un resultado mucho más consecuente. Esos resultados te los puedes tomar mucho más en serio que si escoges a diez sujetos de tu clase de psicología. Me fío menos. Puede ser interesante y útil, pero no voy a darle mucho peso. Uno debe ser selectivo con cómo utilizar las investigaciones.

Malcolm Gladwell: "Tenemos una debilidad fatal ante los déspotas carismáticos"

P. En su último libro, por ejemplo, recurre mucho más a la historia, que en cierto sentido es un experimento natural: en ella se ve cómo actúa realmente la gente ante dilemas u opciones distintas. Por qué, por ejemplo, se suicidó la poeta Sylvia Plath o por qué algunos militares que han ido a la guerra quedan traumatizados y otros no. Eso puede ser más útil para entender al ser humano.

R. Claro, es un experimento natural. En la historia sabemos cómo se comportó la gente. Y se pueden sacar lecciones de esas interacciones humanas libres, no constreñidas. También eso tiene límites. Pero creo que permite una clase de análisis que es interesante y, al mismo tiempo, tiene cierta credibilidad porque no me estoy inventando un resultado, estoy observando uno real. Y mejor aún es combinar esos experimentos del mundo real con experimentos formales y utilizar uno para explicar el otro. Ese para mí es el patrón oro.

P. Lleva veinte años estudiando el comportamiento humano y divulgando trabajos académicos sobre el asunto. ¿Siente que ahora comprende mejor a los humanos? Y, en ese caso, ¿ha influido eso de alguna manera en su comportamiento?

R. Diría que la diferencia entre mi yo de hace veinte años y el actual es que comprendo mucho mejor lo que no sé. Mucho mejor. Soy mucho más humilde con mis hallazgos. La gente me parece mucho más misteriosa de lo que me lo parecía hace veinte años. El efecto de todo este aprendizaje ha sido volverme mucho más cauto sobre las conclusiones que saco de las personas, cómo las interpreto. No me ha hecho más osado, sino lo contrario.

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