entrevista

Javier Cid: "Me han llamado maricón mil veces, Rocío Monasterio no me da miedo"

El periodista y escritor factura una estupenda ópera prima literaria cuajada de sexo, soledad, y afectos desmedidos que se lee en un suspiro y tarda bastante más en olvidarse

Foto: Javier Cid
Javier Cid

La infancia es un país tan extranjero como nuestro civilizado orgullo. Piensen en España. La tercera nación en legalizar el matrimonio homosexual se ve hoy abismada en un abracadabrante debate mediático acerca de si hay que mandar a los gays a la Casa de Campo a que hagan sus mariconadas sin que nadie les vea. ¿Qué ha pasado? La nueva política, la irradiación dentro de nuestras fronteras de una extrema derecha populista frente a la que nos sentíamos invulnerables, de la noche a la mañana suma casi tres millones de papeletas en las urnas. Sí, hablamos de Vox, pero no solo. El movimiento homosexual, uno de los más revolucionariamente igualitarios de nuestro tiempo, firme heraldo de la Ilustración junto al movimiento feminista, de pronto parece un caos extraño , otro ariete más de la lucha partidista a cara de perro que emponzoña los nuevos y aciagos tiempos.

'Llamarás un domingo por la tarde'
'Llamarás un domingo por la tarde'

Por eso está bien que sea el hiperactivo Javier Cid (Zamora, 1979) el que nos sosiegue. No, aquí no pasa nada, relax, esa gente ya vivía al lado nuestro pero nos habíamos olvidado. Dejémoslos a un lado y hablemos de lo que importa. Hablemos del amor. Cid es periodista en El Mundo, autor de un mítico blog del paleolítico de la blogosfera que firmaba como Martín Lobo -continuado después en un libro- y una de esos tipos que saltan las costuras del estereotipo. ¿Cómo es posible que personalidad tan egocéntrica y necesitada de atención no sólo no resulte pesada sino que estimule una simpatía tan espontánea como arrolladora? Ahora publica su segundo libro y primera novela, 'Llamarás un domingo por la tarde' (Plaza & Janés). En sus páginas está él, cómo no, pero también la lucha entre el deseo y la realidad, entre Grindr y la necesidad de afecto, entre la promiscuidad adictiva tan propia de la comunidad gay y la aspiración al amor. Sea eso lo que sea. Una estupenda ópera prima literaria cuajada de soledad, sexo y afectos desmedidos que se lee en un suspiro y tarda bastante más en olvidarse

PREGUNTA. Hace diez años heteros y gays buscábamos cada mañana el blog de Martín Lobo, lo compartíamos y nos fascinábamos con sus pasajes más escabrosos. Hoy los blogs no existen y Martín Lobo cumple 40 años y se llama Javier Cid. Me cuentan que más de un día BlogBack Mountain era lo más leído de toda el periódico. ¿Hasta a exhibicionistas natos como tú puede superarles algo así?

RESPUESTA. Para mí aquello fue un subidón muy bestia, toda una inyección de ego. Yo no era nadie entonces, en el periódico era el último mono. Entonces me marqué una cosa diferente en un momento en el que apenas había blogs en El Mundo. Y, de pronto, como dices, mi blog era lo más leído cada vez que salía. Incluso hoy, tantos años después, alguno de aquellos posts -como el de los penes más grandes- se cuela entre lo más leído. Y claro, a Pedro J. no le hacía mucha gracia comprobar que las tres cosas más leídas del día salían del blog del maricón. De pronto todo el mundo conocía a Martín Lobo, me abrió muchas puertas, la posibilidad de escribir un libro, ir a la tele... No le quiero quitar mérito, publicar aquello en un medio generalista conservador no fue fácil, pero también me estigmatizó como frívolo, desde entonces me ha costado que se me tome en serio periodísticamente hablando. Y otra cosa, me arrepiento mucho de haber utilizado un seudónimo, era muy joven, no quería que mis padres se enteraran... pero luego me ha costado mucho quitarme el sambenito de Martín Lobo. Ahora ya, por fin, con esta nueva novela, puedo ser Javier Cid.

A Pedro J. no le hacía mucha gracia comprobar que las tres cosas más leídas del día salían del blog del maricón

P. He visto que en alguna entrevista te preguntan por qué has tardado una década en escribir otro libro pero a mí lo que me asombra es lo contrario. ¿Por qué después de diez años a un profesional exitoso como tú se le ocurre reincidir con algo tan desfasado, estrafalario, que exige tanta inversión de tiempo y ofrece tan poco rédito económico como una novela?

R. En realidad no publiqué más cosas porque llegó la crisis y mi editora me lo dijo muy claro: "Ahora mismo sólo podemos publicar libros de famosos o de Isabel Allende". Pero sí, escribir una novela es un currazo muy bestia y no, no sé muy bien por qué lo hago... Pero, ¿por qué tienes hijos? Con el curro que da, con el dinero que cuesta. Yo por otra parte, tampoco soy un profesional realizado y nunca me he considerado periodista, en realidad. Cuando escribo me gusta más pensar en cómo lo cuento que en qué cuento, me gusta más entretener que informar, ese es mi estilo. Y al final, las viejas glorias del periodismo político van a ser cuatro, el resto vamos a estar haciendo branded content, escribiendo al dictado de las empresas, buscando el click como locos y dejando el prestigio a un lado. Para mí escribir una novela de 350 páginas de lo que yo quiera y con total libertad como esta es un caramelo. ¿Que no me va a dar dinero? Bueno, ya veremos, y si no me dinero este libro tal vez me lo dé el próximo.

P. Dice Woody Allen que el sexo sin amor es una experiencia vacía pero que, de todas las experiencias vacías, hay que reconocer que es una de las mejores. Tu alter ego en esta novela no parece estar del todo de acuerdo: siempre anda a la busca de una vía de escape de la célebre promiscuidad de los ambientes gays a la caza del amor.

R. Mira, yo llegué a Madrid con 26 años desde una pequeña ciudad de provincias como Pamplona y no había vivido. Siempre en silencio, me enamoraba de un chico de clase y no podía decir nada. Y de pronto aquí, lo que no había hecho en 26 años lo hice en un mes a la búsqueda de experiencias cada vez más salvajes... Y me volví loco. Veía aquellos cuartos oscuros, aquellas discotecas y flipaba. Pero claro, era una droga. Llegar una noche a un sitio y decir "¡con este!" y con ese era. El mundo gay es así. Pero después de diez años así, sin tener una pareja, a alguien que te quiera, levantándote otro domingo solo. Pues es muy duro. Todos los gays estamos un poquito desequilibrados por eso. En cuanto quedamos solteros descargamos el Grindr y a buscar polvos fáciles a lo loco. Me ha llegado a pasar de sugerir tomar una cerveza antes de ir a casa de un tío y que me bloqueara inmediatamente.

Me ha llegado a pasar de sugerir tomar una cerveza antes dei ir a casa de un tío y que me bloqueara inmediatamente

P. Los resacones de domingo en soledad, engullendo pizzas y viendo Netflix como los que describes pueden parecer duros pero, siendo sincero, Javi, cuando ahora yo me levanto de resacón un domingo y tengo que lidiar con mis dos maravillosas e insaciables mellizas de tres años, ejem, casi echo de menos aquellos domingos. Los heteros envidiamos la promiscuidad gay, la libertad, el no rendir cuentas a nadie. Y leyendo tu novela da la sensación de que los gays por su parte parecen envidiar la estabilidad y aburrimiento de la pareja hetero estándar.

R. Estoy convencido de que aquellos domingos tuyos en soledad no eran tan buenos como recuerdas, lo estás idealizando seguro, te comerías domingos de llegar a las ocho de la mañana a casa, taquicárdico, pensando en lo que te habías gastado o en el ridículo que habías hecho. Pero sí, yo veo a mis amigos heteros que van teniendo hijos y tal vez su vida sea un coñazo, estén ahogados de dinero y en verano mientras yo estoy en Thailandia viviendo la vida loca, ellos se van a un apartamento a Torrevieja y a las siete de la tarde están con la niña en casa con los pañales y la papilla. Pero, joder, tienen una misión, un proyecto, ya no te puedes morir porque unas criaturas dependen de ti. Y yo no tengo nada. Yo mañana me muero y ahí se queda la hipoteca. Que se joda el banco.

P. El amor engorda, la promiscuidad te pone cachas, cuentas en la novela. Después de tu más largo noviazgo con el Señor X, empiezas a obsesionarte con tu forma física y consigues un cuerpo 10 en 100 días. Una de las críticas quizás más interesantes que se le hace a la comunidad gay es su superficialidad consumista, esa obsesión por los cuerpos perfectos que se alzan sobre las carrozas del Orgullo y la frustración inevitable de la mayoría que no los consiguen. Tú que has estado en los dos lados, gay gordito y dios del olimpo... ¿con cuál te quedas?

R. Es verdad que a mí nunca me ha ido mal pero, cuando me puse en forma, empecé a tener acceso a tíos que antes me estaban vedados. Pero claro, esa gente está acostumbrada, son así, no tienen escrúpulos, saben lo que quieren y no les importas nada. Y lo pasas muy mal. Pienso que el gordo, por muy cachas que se ponga, seguirá siendo gordo de espíritu. Y yo me voy a morir gordo. Siempre tuve que echar mano de otras armas, de ser simpático, divertido, etc. Y así seguiré. Fíjate que cuando por fin me puse en forma y podía tirármelos a todos es cuando más frustrado estaba, cuando empecé a gastarme una pasta en psicólogos como cuento en el libro.

Los gays son las personas más clasistas que puedas encontrar, y entre ellos mismos hay una plumofobia que te mueres

P. Los heteros que nos creemos tolerantes y liberales siempre hemos mostrado un mohín de desprecio ante los carcas que exclamaban, escandalizados: “Que se manifiesten si quieren pero, ¿por qué tienen que enseñar el culo?”. Y ahora descubro que ese rechazo al plumazo del Orgullo también molesta a muchos gays. Como tú.

R. A ver, soy el primero que he ido en una carroza, he hecho el golfo después en la discoteca, en fin, lo habitual. Pero yo debo entender que ciertas cosas que se ven en el Orgullo chirríen a la gente que ve el informativo y se encuentra con veinticinco tíos medio en pelotas subidos a una carroza con una boa constrictor. O la carrera de tacones. A mí mismo me chirría eso. Vivimos en Madrid y pensamos que todo el mundo es abierto y eso pero no es verdad, a los que ven eso en un pueblecito de Badajoz alucinan y se piensan que los gays sólo hacemos eso. Y, por otra parte, los gays son las personas más clasistas que puedas encontrar, y entre ellos mismos hay una plumofobia que te mueres. En las aplicaciones gay se ve: cero plumas, cero depilados, sólo tíos masculinos... Los gays ahora estamos muy bien vistos en la sociedad y no sé si nos ha sentado bien. Ser gay es moderno y guay, te ríen las gracias... Pero, claro, nosotros hemos exigido a los demás que nos traten bien y no nos digan ni media y luego nosotros a veces parecemos medio nazis. Pecamos de lo que siempre hemos criticado.

P. ¿Y el follón del último Orgullo? La comunidad gay, como cualquier grupo humano, siempre fue plural. Hay homosexuales de izquierdas, de derechas, e incluso de extrema derecha. Independientemente del detalle, ¿lo ocurrido con Ciudadanos en la mani de Madrid no es un desastre para todos?

R. Ciudadanos fue al Orgullo como grupo político, sin firmar el manifiesto. Otros años firmaron, estuvieron con su carroza y no pasó nada. Pero esta vez una semana antes andaban pactando con Vox. Y quien se lo reprochó en la manifestación no fueron dirigentes gays señalados, lo que sí me hubiera parecido mal, sino gente anónima que se dieron la vuelta cuando ellos pasaron, más allá de los cuatro que gritaron o escupieron.

No me gustan las procesiones de Semana Santa y me quedo en casa, no voy a montar el pollo y a que me saque la policía a rastras

P. Pero, repito, más allá del detalle que cuentas, ¿no hace daño algo así al propio colectivo gay? Un colectivo que celebraba la fiesta más grande de Madrid y la más inclusiva, en la que nadie estaba de más...

R. Pero es que esta gente ha metido en el Ayuntamiento a Vox, es que Rocío Monasterio dijo una semana antes del Orgullo que le parecía antinatural y una aberración que los tío forniquen la calle durante la fiesta. Oye, perdona, yo no fornico en la calle. ¿Y había orines? Oye, perdona, que en las Jornadas Mundiales por la Juventud del Papa también había orines y se agotaron los preservativos. Mira, si no te gusta, no vas. A mí no me gustan las procesiones de Semana Santa y me quedo en casa, no voy allí a montar el pollo y a que me saque la policía a rastras.

P. España es un país extraño. Fuimos uno de los primeros en legalizar el matrimonio homosexual y ahora tenemos un partido, Vox, con casi tres millones de votos obsesionado con los gays, que quiere mandar el orgullo a la casa de campo, financiar supuestas terapias para curar la homosexualidad, pedir listas de trabajadores y ocultar a los niños la existencia de otras opciones sexuales. ¿A ti Rocío Monasterio le da risa o te empieza a dar miedo?

R. A mí no me da ningún miedo. Los que piensan como Rocío Monasterio no han nacido ayer. Estaban ahí. Uno no se levanta por la mañana y dice, de pronto: "¡Los gays a la Casa de Campo!". Lo que pasa es que encuentra un partido que focaliza ahí su pensamiento y sabe colocarlo en las urnas. A los gays hace cincuenta años nos metían en la cárcel por vagos y maleantes y hoy vivimos en un entorno favorable, somos profesionales liberales que ganamos dinero y tenemos una gran capacidad de consumo, tenemos influencia... ¿Nos van a llevar a la Casa de Campo? ¡Venga ya! Pero si lo intentan, me van a tener enfrente. A mí me han machacado de pequeño y me han llamado maricón mil veces. ¿Tú crees que Rocío Monasterio me puede dar miedo?

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