viaje al cuarto oscuro del colonialismo en 1992

"El Negro nos pertenece": el bosquimano disecado de Banyoles se venga de Cataluña

Historia de la grotesca pieza de museo que los catalanes defendieron cual tesoro nacional en los 90. Frank Westerman desvela ahora que el hombre fue enterrado por error en Botsuana

Foto: A la izquierda, el Negro de Banyoles en el museo en 1992; a la derecha, en París en 1880. (Fotografía encontrada recientemente por Frank Westerman)
A la izquierda, el Negro de Banyoles en el museo en 1992; a la derecha, en París en 1880. (Fotografía encontrada recientemente por Frank Westerman)

Benditas casualidades. 1983: Frank Westerman era un estudiante holandés de 21 años cuando pasó unos meses viajando por España. Un día se puso a hacer autoestop con un amigo, en el extrarradio de Girona, con un cartel en la mano: FIGUERES. Pasaban las horas y no paraba ningún coche. Por fin, paró alguien y, aunque iba en otra dirección, se subieron al coche. Acabaron en Banyoles. Antes de llegar a su azaroso destino, el conductor les dijo:

"Banyoles tiene un magnífico museo de historia natural. El más antiguo de la provincia, famoso por su negrito disecado".

A Westerman le resultó chocante la expresión "negrito disecado"; pero aún no era consciente ni de la magnitud antropológica del asunto, ni de que su vida estaba a punto de cambiar (un poco) para siempre, ni de que 36 años después estaría hablando de lo que ocurrió ese día con un periodista español. Tampoco sabía entonces que acabaría escribiendo un libro sobre el Negro de Banyoles —'El Negro y yo'— y que iba a convertirse en uno de los grandes ensayistas europeos. Pero no precipitemos acontecimientos y volvamos a 1983...

Junto a la puerta del Museo Darder de Historia de Natural de Banyoles, el joven Westerman mantuvo la siguiente conversación con unas colegialas:

—¡Que sepáis que es de verdad! —chilló una niña espabilada de unos diez años.

—¿Qué es de verdad?

—¡El negro! —Su voz resonó por la plaza, escoltada por las risotadas de sus amigos.

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Westerman entró en el museo. Vio iguanas, caimanes y avestruces disecadas... hasta llegar al momento decisivo (e incómodo). "Tras pasar por delante de grandes simios antropomorfos y del esqueleto de un gorila, nuestro alborozo inicial se vio transformado en un ligero estremecimiento. Ahí estaba: el negro disecado de Banyoles. Una lanza en la mano derecha, un escudo en la izquierda. Vigilante y levemente encorvado, con los hombros encogidos. Medio desnudo, a excepción de un atavío de rafia y un diminuto taparrabos. Su piel era de un tono negro casi inhumano. Yo ignoraba que hubiera personas tan oscuras y además tan bajas y tan escuálidas. El Negro era un hombre adulto, de solo piel y huesos, que me llegaba al codo... No me hallaba en un museo de cera. No estaba contemplando una ilusión; el bosquimano no era un vaciado en molde aterradoramente realista, ni tampoco un cadáver encontrado por casualidad... Era un ser humano que había sido desollado y rellenado como se disecan los animales... Empecé a notar calor y sentí un hormigueo en el cuero cabelludo, preso de un difuso sentimiento de vergüenza", escribió Westerman en 'El Negro y yo', fascinante recorrido por la historia cultural de las perversiones colonialistas.

Westerman utilizó otra palabra para describir el calor interior que sintió ese día: "Rubor".

Este muerto está muy vivo

En 1830, Jules y Edourard Verreaux, naturalistas franceses, desenterraron un cuerpo en el sur profundo de África. Lo disecaron y se lo llevaron a París. El hombre disecado acabó en Banyoles, en 1916, de la mano del naturalista Francesc Darder. Se exhibió durante décadas como un bosquimano del Kalahari botsuanés, generó un gran escándalo internacional en los noventa, y en 2000 fue repatriado para ser enterrado en Botsuana, aunque pronto surgieron dudas sobre si ese era su verdadero origen.

Frank Westerman ha certificado ahora con más datos —incluidos en la nueva edición holandesa de 'El Negro y yo'— que los hermanos Verreaux nunca llegaron a Botsuana, que el Negro de Banyoles vivió en la actual Sudáfrica y que era allí donde tenía que haber sido enterrado. Westerman, autor de obras maestras del ensayo moderno como 'Ingenieros del alma', analiza las claves del caso en esta entrevista.

PREGUNTA. En 1983, visitó un museo en Banyoles y encontró un negro disecado. La experiencia se le quedó grabada para siempre. ¿Por qué? ¿Qué sintió ese día?

RESPUESTA. Una difusa sensación de vergüenza. Me pregunté quién sería y por qué solo había un cartel identificativo: "Bosquimano del Kalahari". Su piel era artificialmente negra: había sido ennegrecida con betún. No fue hasta veinte años después, mientras escribía 'El Negro y yo', cuando me di cuenta que el Negro había revelado toda mi blancura.

P. Una década después, en 1992, se montó una campaña para que el hombre disecado volviera a África. Los catalanes se resistieron y adoptaron al Negro como un tesoro nacional. ¿Por qué?

El Negro se convirtió en una mascota de la causa catalana

R. Como forastero fue algo difícil de entender para mí, pero 1992 fue un año decisivo en la relación entre Madrid y Barcelona. Los Juegos Olímpicos dieron un tremendo empujón a la identidad catalana y, a rebufo, aprovechando que la competición olímpica de remo se celebraba en Banyoles, "el negrito", como se referían a él afectuosamente en la zona, se convirtió en un peón en la búsqueda de más autonomía (y más adelante) la independencia. Figuras de renombre mundial exigieron a España que renunciara al Negro, o al menos que dejara de exponerlo, y Madrid presionó al alcalde de Banyoles, pero lo último que muchos catalanes querían hacer era aceptar las demandas de los castellanos. Así que el Negro se convirtió en una mascota —un tótem si quieres— de la causa catalana, y se hicieron chocolates con su perfil, insignias y chapitas.

P. ¿Debería haber sido enterrado en Sudáfrica? ¿Logrará descansar en paz en algún momento?

R. El hombre conocido como el Negro murió (probablemente de neumonía, su ADN se conserva en Girona) en la provincia del Cabo, no lejos de Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Fue profanado de su tumba —entre 1830 y principios de 1831— y desollado. El 5 de octubre de 2000, su calavera y unos pocos huesos (su piel permaneció en Madrid) fueron enterrados por segunda vez en Botsuana. No solo se le enterró en el lugar equivocado, sino en el país equivocado. Pero este no es el final de la historia, todavía hay una herida abierta. Creo que el Negro merece un final más digno y verdadero, descansar en paz en Sudáfrica, no sin antes aclarar del todo quién era en realidad este hombre.

El Negro de Banyoles en el museo. (EFE)
El Negro de Banyoles en el museo. (EFE)


Un enemigo del pueblo

El cuerpo anticipa a veces verdades que la cabeza aún no ha procesado. La vergüenza que sintió Westerman delante del Negro de Banyoles, en 1983, se podía traducir así: exhibir a un negro disecado en un museo no es ni medio normal. Pues bien: Cataluña y España tardarían todavía una década en darse cuenta de esto, y no fue de motu propio.

Es hora de que España se adapte al mundo moderno

La historia entra aquí en una deriva típica de película de Hollywood: o cómo un individuo solitario se enfrenta a las fuerzas vivas de un lugar y sale victorioso contra viento y marea... En Cambrils, a 183 kilómetros de Banyoles, vivía un hombre llamado Alphonse Arcelin: nacido en Haití en 1936, negro y afincado en Cataluña (era concejal del PSC en Cambrils). En 1991, Arcelin lanzó por su cuenta y riesgo una campaña contra la exhibición "racista" del Negro de Banyoles.

Su iniciativa fue "recibida con entusiasmo en la prensa española y con escarnio en los medios catalanes", según contó en el libro Arcelin, al que "la sección catalana de su partido (PSC) le había vuelto la espalda". ¿Los motivos? "La polémica sobre el asunto del Negro no servía al interés de Cataluña", según Arcelin, al que los diarios catalanes bautizaron como "el Quijote negro" y el "Negro de Cambrils". Arcelin, de hecho, vivía un sutil racismo cotidiano como médico negro: los autóctonos solían evitar su consulta; la mayoría de los que requerían sus servicios médicos eran turistas de paso por Cambrils...

Arcelin llevó la protesta hasta Banyoles, donde fue recibido de uñas, pero cuando parecía que su campaña no iba a ninguna parte, la prensa internacional llegó al rescate en pleno año olímpico. Todo lo relacionado con Barcelona 92 era noticia, y en Banyoles se iba a celebrar la competición de remo, así que Arcelin convenció al embajador de Nigeria en España para que amagara con boicotear las olimpiadas en protesta por el negro disecado. "Un bosquimano disecado desencadena una tormenta olímpica", "El Negro se convierte en una pesadilla para Barcelona", titularon periódicos como 'Los Angeles Times'.

"Es hora de que España se adapte al mundo moderno", zanjó un miembro negro del Comité Olímpico Internacional.

Todos somos negros

Pero Banyoles se mantuvo firme: todos los partidos del arco ideológico votaron en contra de renunciar a la pieza estrella del museo local, lo que da idea de lo impopular que era el asunto en el pueblo. Un portavoz municipal hizo entonces una de esas declaraciones que es difícil escuchar ahora sin perplejidad: "El Negro nos pertenece".

La resistencia catalana generó en folclore: "Obreros de la construcción llevaban camisetas contra la retirada del Negro, y señores distinguidos se colocaban una insignia en la solapa. En Semana Santa uno de los reposteros más renombrados de Barcelona adornó el escaparate de su negocio con un Negro de chocolate de cinco kilos; poco después comenzaron a venderse en Cataluña cajas de bombones con la efigie del Negro", resumió Westerman, que interpretó así el fenómeno cultural: "Sin darse cuenta convirtieron al Negro en lo que los norteamericanos denominan un 'cross-over': alguien de color que se hace con el favor de los suyos y que, después de cruzar el campo minado de los prejuicios, acaba triunfando entre los blancos. Stevie Wonder, Bill Crosby, Oprah Winfrey. Pero ¿cómo pudo el Negro recorrer ese trayecto, y además de forma póstuma? ¿Qué impelió a los habitantes de Banyoles a disfrazarse de negros estereotipados, con falda de rafia, huesos en el cabello y rostro ennegrecido, en el carnaval de 1992? Pese al carácter lúdico de la iniciativa, el mensaje escrito en los globos de los participantes no era ninguna broma: '¡QUÉDATE!'".

La tremenda crueldad de esta exposición merece ser condenada enérgicamente por todo aquel que profese un mínimo respeto a la vida humana

Arcelin no desfalleció pasado el 'boom' olímpico. Escribió cartas a todos los líderes internacionales que uno pueda imaginar, de Jimmy Carter a Jesse Jackson, de Juan Pablo II a Felipe González, que le respondió (en calidad ya de expresidente del Gobierno) diciéndole que comprendía su enojo, pero que era mejor que pisara un poco el freno para no arruinar la reputación de España. Figuras de relevancia mundial como Kofi Annan o Magic Johnson se sumaron a la campaña de Arcelin. Annan, secretario general de la ONU entre 1997 y 2006, cargó con dureza contra el museo: "La tremenda crueldad de esta exposición merece ser condenada enérgicamente por todo aquel que profese un mínimo respeto a la vida humana".

La batalla de la opinión pública empezaba a girarse del lado de Arcelin. En 1997, el médico llevó el caso a los tribunales. Banyoles respondió otra vez desde el carnaval: un centenar de habitantes se disfrazaron de negros de chufla. Al margen del racismo cultural más o menos inconsciente, Westerman interpretó la exhibición carnavalesca en clave nacionalista: "El desfile de negros de Banyoles servía de desfogue no solo a los protagonistas, sino también a la abrumadora mayoría de la población. Tras cada disfraz se ocultaban mil catalanes, sin duda más comedidos, pero no por ello menos convencidos de que el Negro tenía que quedase. Alphonse Arcelin resaltó que llevaba el suficiente tiempo en España como para darse cuenta de la presencia de una fuerte corriente de sentimiento popular catalanista. Llamó la atención sobre una idea recurrente en cartas de lectores publicadas en los diarios locales: 'No podemos abandonar la lucha por el Negro, porque si tiramos la toalla, corremos el riesgo de que en adelante cualquiera pueda decidir lo que debemos hacer o dejar de hacer'".

No podemos abandonar la lucha por el Negro, porque si tiramos la toalla, corremos el riesgo de que en adelante cualquiera pueda decidir lo que debemos hacer o dejar de hacer

O el Negro de Banyoles como tesoro nacional catalán que había que proteger de injerencias foráneas. "Nadie podía permitirse la osadía de dar lecciones a los catalanes. Tanto si la injerencia era atribuible a Alphonse Arcelin como a Kofi Annan, los catalanes se aferraban al Negro para defender su recién recuperado derecho a tomar las riendas de su destino. Era un error pensar que la cuestión nacional había quedado resuelta con la readmisión de la lengua catalana en las escuelas, la administración o el ente público de radio y televisión. Los catalanes no cejaban en su empeño de conquistar nuevas cotas de autonomía dentro del marco de España, y en esa prueba de fuerza con Madrid el Negro se había erigido en mascota de la causa catalana". Lo escribió Frank Westerman en 2004.

He aquí otro ejemplo de carta al director publicada en 'La Vanguardia' en 1996: "Que dejen en paz de una vez al negro disecado del museo mientras otros africanos viven y trabajan en paz en Bañolas". Traducción de "que dejen en paz al negro": el Negro se queda, el Negro no se toca, el Negro es NUESTRO NEGRO.

"Espero que el Ayuntamiento no ceda, porque significaría que puede venir cualquiera de fuera y decirnos lo que tenemos que hacer", contó un vecino de Banyoles a 'El País' en un artículo de 1997 titulado "Banyoles quiere a su negro". 7.300 vecinos (de una población de 17.000) firmaron a favor de la permanencia de su exótico fetiche.

Llegó una mujer pertrechada con varias bolsas de basura: vivía sola y estaba dispuesta a esconder al negro en su casa

Pero la suerte estaba echada: el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos denunció al museo por lucrarse con 'souvenires' del negro disecado. Varios estados africanos protestaron oficialmente, España empezó a tener un problema de reputación y el Ministerio de Exteriores presionó al Ayuntamiento de Banyoles. La diplomacia española pactó la repatriación del Negro para ser enterrado en su (supuesto) lugar de origen: Botsuana.

No obstante, todavía hubo tiempo para que el delegado de Cultura de la Generalitat en Girona, Joan Domènech, se cubriera de gloria al mostrarse contrario a la repatriación... en tono torrentiano: tras calificar a Arcelin de hombre "dolido por haber nacido negro", aseguró: "Devolviéndolo y dejándolo enterrar, el Negro ni mejora ni resucita, evidentemente... Más valdría que nos ocupáramos de los negros que lo pasan mal en estos momentos".

En esos años había unos 500 gambianos viviendo en Banyoles y trabajando en la construcción. Según contó a Westerman un vecino del pueblo, "un grupo ultranacionalista distribuyó panfletos por el pueblo con el mensaje: 'Si el Negro tiene que marcharse, que se marchen todos los negros'". Pero la cosa no pasó a mayores, la civilización se abrió paso y el Negro de Banyoles volvió a África... aunque fuera con nocturnidad...

Entierro del Negro de Banyoles en Botsuana en octubre de 2000. (Reuters)
Entierro del Negro de Banyoles en Botsuana en octubre de 2000. (Reuters)

La noche de autos

La noche del 8 al 9 de septiembre de 2000, el Negro de Banyoles fue evacuado a escondidas del Museo Darder de Historia Natural. Salió para Madrid en una furgoneta del Museo Antropológico. Se hizo de tapadillo para evitar líos: la "atmósfera estaba cargada" en el pueblo, aseguró a Westerman la conservadora del museo, Georgina Gratacós. Ejemplo del clima enrarecido: "Georgina me contó que había llamado a su puerta una mujer pertrechada con varias bolsas de basura: vivía sola y estaba dispuesta a esconder al negro en su casa".

El Negro de Banyoles regresó a África tras 170 años de desventuras europeas, fue enterrado con honores en Botsuana y pudo por fin descansar en paz. O eso parecía... Ahora que sabemos que igual habría que desenterrarlo otra vez, trasladarlo a Sudáfrica y volver a enterrarlo para hacer justicia, quizá podamos encontrar un sentido político a todo este absurdo: mientras el Negro de Banyoles siga removiéndose en su tumba, su historia seguirá viva, recordándonos que hubo un tiempo en el que un representante público podía decir "El Negro nos pertenece" sin que casi nadie se ruborizara a ambos lados del Ebro. La venganza póstuma del Negro de Banyoles.

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