entrevista

Juan Manuel de Prada: "En una época descreída, la rebeldía es creer"

El gran heterodoxo de la literatura española tiene nueva novela, 'Lucía en la noche'

Foto: Juan Manuel de Prada. (EFE)
Juan Manuel de Prada. (EFE)

El escritor Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) vuelve al ruedo literario con una novela, 'Lucía en la noche' (Espasa), donde una relación amorosa se convierte en una suerte de investigación policial. Alejandro Ballesteros, enamorado de Lucía, descubre tras la desaparición de su amada que todo cuanto creía saber de ella era mentira. Todo, quizás, salvo el amor. Hablamos con el autor sobre las relaciones de pareja, los anacronismos y la odiosa maldición de ser hijos de nuestra época.

PREGUNTA. Decía hoy Juan Tallón que pasa algo raro, porque hace como dos meses que un novelista no ha dicho que la novela ha muerto. ¿Tendrá usted ganas de decirlo en esta entrevista?

RESPUESTA. No. Lo que está muerto, fiambre y horrendamente podrido es todo este rollo de la autoficción y la literatura ombliguista, de contar lo que le pasó a tu tío abuelo, que era el jefe de Falange, y todas estas cosas. Eso sí está agotado, pero la novela sólo necesita un poco de chapa y pintura. A la novela le pasa como al Dios de los cristianos, que aunque esté muerto sabe cómo salir de la tumba. La necesidad de que la imaginación piruetee encaramada a unos personajes que nos recuerdan un poco a nosotros pero viven historias distintas va a existir siempre.

'Lucía en la noche'
'Lucía en la noche'

P. Usted me parece un inadaptado orgulloso de serlo. ¿Cuál cree que es la postura más sana hoy?

R. Aprendí de mi maestro Chesterton que la única forma de cordura es liberarse de la degradante esclavitud de ser hijos de nuestra época. Un comienzo de salud sería no aceptar que la época en la que vivimos tiene razón. Para un escritor especialmente. Aceptar que la época en la que has nacido tiene razón te castra, te convierte en un eunuco intelectual y creativo. Hay que rebelarse contra esta degradante esclavitud. A partir de ahí uno encontrará muchas fórmulas. En una época descreída, una forma de rebeldía es creer. En una época autojustificativa, la rebeldía es aceptar tus culpas. En una época que vive de forma enloquecida y frenética, la rebeldía es parar.

P. En 'Lucía en la noche' nos encontramos con viejos conocidos: Alejandro Ballesteros, Ramiro Cifuentes, la pintora tórrida Rosario Tena. ¿Alejandro Ballesteros es un heterónimo suyo?

R. Podría ser un trasunto. Una especie de alter ego, que me hace gracia que la gente vea como una proyección de mí mismo, pero no lo es. Puede tener algún rastro. Cuando me río de él sí me estoy riendo de mí.

P. Ballesteros ha pasado una época en las tertulias de la tele. Una época que mira con infinito asco, como le pasaba a Octavio Saldaña en 'Mirlo blanco'. Tengo la impresión de que usted no consigue sacarse la espina de los años que prostituyó en las tertulias. ¿Su regreso está siendo más sano?

R. Siempre me siento incómodo en la televisión porque es acelerada y distorsionadora. He vuelto en pequeñas dosis a un Espejo público por simpatía y admiración hacia su presentadora, y por ese prurito de que parece que tengas que estar visible para que la gente no piense que te has muerto. Pero no me gusta la tele. Allí, las opiniones sistémicas son las que imponen su ley. Siempre está representada gente que va a defender una determinada línea y esto me hace sentir allí un extranjero.

Juan Manuel de Prada. (EFE)
Juan Manuel de Prada. (EFE)

P. Su narrador describe al personaje de Lucía con las mismas palabras que emplea usted en los agradecimientos para describir a su mujer, María Cárcaba. ¿Le ha hecho posible el matrimonio, como a su protagonista, volver a escribir literatura?

R. Sí. Sin duda. Esta es la parte más autobiográfica de la novela. Yo viví una experiencia personal muy dura, un divorcio que me quebró interiormente, y estuve mucho tiempo muy desengañado de la vida y de mi vocación. El encuentro con la que luego fue mi mujer supuso una redención, un renacimiento de muchas cosas que creía perdidas para siempre. Lo que le pasa a Alejandro cuando Lucía aparece en su vida tiene mucho que ver con lo que yo viví.

P. ¿Su mujer es su musa?

R. Sin duda. Aunque la gente idiota considere esto machista, yo creo en la capacidad de una musa. Para mí es extraordinaria. Siempre vemos a la musa como alguien pasivo, pero no lo es. La musa interviene activamente en tu vida y la transforma. La mujer es una redención para el creador. Para el creador que yo soy, quiero decir.

P. Lucía es enigmática, hermética y desconfiada. ¿Ha exorcizado con ella las pequeñas desconfianzas que surgen de la vida en pareja?

R. Es posible. Nunca llegamos a conocer a la otra persona del todo y probablemente eso sea bueno. Creo que la mujer, aunque no tenga una voluntad consciente de ocultar cosas, siempre es un misterio para el hombre que se siente atraído por ella. Tiene algo de ángel, de criatura no terrenal. De hecho, diría que la magia del matrimonio es mantener esa curiosidad y ese misterio.

La poligamia es un síntoma de decadencia social, algo propio de débiles mentales

P. En su novela, la relación de pareja se convierte en un caso policíaco de lo más intrincado. Suerte que Alejandro Ballesteros no es poliamoroso, ¿no?

R. Entonces no habría misterio ninguno. La poligamia es un síntoma de decadencia social, algo propio de débiles mentales. Es un gesto de soberbia desmesurada: nadie es tan importante como para repartirse entre varias personas y tenerlas satisfechas. Es una cosa demente. Revela esa ansiedad y esa compulsividad propia del hombre contemporáneo. Es algo frenético que trata de llenar un vacío monstruoso y aplastante. Lo más verdadero del amor es su intimidad y su exclusividad. Ahí es donde surgen las complicidades y los misterios.

P. Algunos dirán que eso es un anacronismo.

R. Claro, eso dirán. Todo el que se atreve a desafiar el derretimiento mental del hombre contemporáneo en seguida lo quieren convertir en anacrónico. Pues no, es civilizatorio, pedazo de gilipollas. Lo otro te conduce a la disgregación.

P. ¿Por qué?

R. Lo que antes se entendía como comportamientos esquizoides, de personalidad escindida, hoy se trata de presentar como lo normal. Como si la vida fuera un supermercado en el que tú te cambias de identidad cada poco. Unas veces te cambias de sexo, otras de pareja, etc. Son los aspavientos de un gallo descabezado, que es como yo veo al hombre contemporáneo. A las personas las integra el sentido de pertenencia. Sin eso no somos nada, pero la cultura contemporánea y su ideología abyecta te está empujando permanentemente a cambiar. Tratan de destruir el apego, que es lo que nos hacía más fuertes.

P. De hecho, tras la desaparición de Lucía, Alejandro lucha precisamente por conservar el apego. Ella resulta ser una impostora y él emprende una búsqueda. Quiere averiguar quién era ella porque quiere conservar su amor por ella, aunque ella ya no esté.

R. Efectivamente. A él lo rompe la desaparición de Lucía pero lo rompe todavía más descubrir que la Lucía que había conocido era falsa. Que le había mentido. Entonces él, a través de ese intento de reconstruir a Lucía, está tratando de salvar el amor que se habían profesado. Él quiere creer que le mentía en las circunstancias pero no en lo esencial. La búsqueda obsesiva que se inicia tiene ese motor: la obsesión es mantener íntegro ese amor en medio de las mentiras que lo rodea.

Juan Manuel de Prada. (EFE)
Juan Manuel de Prada. (EFE)

P. Pero a medida que sus indagaciones avanzan, aumenta su desazón: cada vez que alguien le da información cierta sobre Lucía, él se siente humillado, casi celoso.

R. Más que celos es la consternación al descubrir que esa persona que amaba confiaba aspectos suyos a otras personas. Esto nos pasa a todos. Todos tenemos un afán posesivo y quien diga lo contrario miente. No solamente en la pareja. Conocemos a un amigo y queremos que sea nuestro amigo por encima otras amistades. Tenemos una necesidad vampírica de poseer al otro por completo. Lucía es un espejo quebrado y esto llena de zozobra a Alejandro.

P. ¿Nadie se expone por completo?

R. Nadie. Somerset Maugham dice que la vida sexual del más anodino de los hombres, expuesta a la luz pública, escandalizaría al hombre más libertino. Hay aspectos de nuestra personalidad que no podemos mostrar. Hay episodios en nuestro pasado que no podemos ni verbalizar. Por eso el sacramento de la confesión tiene tan poco éxito. A la gente le produce rubor abrirse de par en par. Ante el psicoanalista puedes fantasear, pero ante el confesor no. En las relaciones humanas pasa lo mismo: a medida que se crea una intimidad van cayendo velos, pero no creo que lleguemos a desnudarnos del todo. Posiblemente no sea soportable para la otra persona, así que siempre hay un componente de reserva. Por nuestra cabeza pasan cosas monstruosas. A lo mejor deseamos la muerte a alguien. Incluso a alguien querido, por divertirnos, por fantasear. La novela plantea la pregunta de hasta qué punto es saludable querer saber más.

Somerset Maugham dice que la vida sexual del más anodino de los hombres, expuesta a la luz pública, escandalizaría al hombre más libertino

P. Me hablaba de la confesión católica y no he podido evitar pensar en las redes sociales, donde fingimos una confesión pero curiosamente siempre somos virtuosos.

R. Eso es parte de la ola protestante. Es el triste legado de la reforma protestante. Al introducir el libre examen, es decir, la capacidad para reconocer los pecados ante Dios, al final lo que introduce es la libre justificación. Lo que hasta ayer eran pecados que reconocía, ahora, como soy yo el que los examina, se convierten en justificaciones. Me atrevería a decir que la idea de Rousseau de que el hombre es bueno por naturaleza ha sido la más nefasta del mundo moderno. El hombre en realidad está traspasado por el mal pero tiene la libertad y la capacidad para vencerlo. Negar esta idea conduce a todos los disparates que tenemos hoy. La gente, para no reconocer sus faltas, desarrolla una retórica victimista.

P. ¿No es imposible resistirse a la fuerza de la corriente?

R. Remar a contracorriente cansa mucho, pero sólo quien nada a contracorriente sabe que está vivo. Quien se hace el muerto es arrastrado y piensa gilipollezcamente que está vivo, pero se equivoca. Para mí este es el principio de salud mental. Los caminos de la heterodoxia son diversos y fecundos. En lo que no veo ninguna fecundidad es en el sometimiento a los paradigmas culturales de la época que te ha tocado vivir. Y mucho menos en una época terminal como esta.

P. Es lo que dice Camille Paglia.

R. Es una realidad. Se percibe claramente. El desfondamiento de lo que antaño se llamaba civilización occidental es evidente y a nadie se le escapa.

P. Pero la postura heterodoxa conduce al desprestigio.

R. No le demos excesiva importancia. El desprestigio no deja de ser una percepción que otros tienen sobre ti. Un espejismo, como el éxito. Lo primero que tiene que hacer uno es protegerse fortaleciéndose espiritualmente. Es fundamental. Si hoy día tantas personas tienen enfermedades y trastornos ligadas al espíritu, lo que los antiguos llamaban melancolía y hoy llamamos depresión, es precisamente porque la percepción que el mundo tiene de nosotros nos golpea violentamente y nos hunde, nos hace trizas. Uno tiene que saber atrincherarse. Hay que salir de las redes sociales. Hay que mandar a tomar por culo el ruido ambiental. Uno tiene que llevar una vida al margen de las reacciones que provoca lo que uno ha dicho. Esto es muy sano. Vivimos en la época más formidablemente tiránica de todos los tiempos en este sentido.

R. ¿No conduce eso a la soledad?

P. En cuanto a la soledad, ¿sabes lo que pasa? Que cuando te mandan al desierto descubres que en el desierto hay muchos amigos, ¿sabes? Descubres que el desierto está poblado por muchos eremitas como tú. Y un día enciendes una hoguera en el desierto y se apuntan unos cuantos amigos alrededor de ella, y lo vives con una alegría que no pudiste encontrar en la ciudad de la que te han expulsado. Pero es que, además, la gente que se va congregando en torno a esa hoguera va creciendo y entre tanto la ciudad se va quedando vacía. Hay una frase preciosa de Unamuno sobre Don Quijote, donde le compara con una voz que clama en el desierto. Pero dice: no, porque esa voz al final se convierte en una semilla que poco a poco convierte ese desierto en algo habitado. Hay que apartarse del vértigo banal en el que vivimos. El escritor tiene que ver el mundo desde una atalaya. No puede estar metido en el barullo, porque allí te van a sobornar y a corromper.

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