entrevista a cecilia bartolomé

La inesperada lección sobre Vox de la señora más franquista de España

Dirigió un documental maldito sobre la Transición convertido en clásico. Hablamos con la cineasta sobre filmar a todo el mundo —al margen de ideologías— y sobre los ecos del pasado en 2018

Foto: La señora más franquista, en el documental.
La señora más franquista, en el documental.
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Abróchense los cinturones: curva escorada a la derecha para empezar…

"Franco encontró una España destruida, desecha, llena de piojos, llena de cadáveres, saqueada miserablemente por el comunismo y la masonería, y nos dejó una España maravillosa... ¡Una España arriba! Una patria limpia y llena de alegría, y nos la han destruido, la han dejado llena de terrorismo, de miseria, de anarquía. Nos están destrozando todo, los impuestos nos destruyen, nos deshacen todo. Defendemos España, defendemos nuestro Caudillo, que sacrificó su vida por la patria y murió en una habitación miserable de la Seguridad Social... Allí murió nuestro Caudillo. ¿Y ellos cómo viven? ¡Cómo están! Nuestro Caudillo cómo vivía, y ellos en palacio, allí está Carrero Blanco en una casa corriente y vulgar y estos señores, ¿dónde viven? En el Palacio de la Moncloa, con un gasto enorme. Carrero Blanco murió en un coche y estos señores... Helicópteros, movilizando a la aviación... Señores, nos están arruinando miserablemente. ¡Arriba España! Vencimos y venceremos, tenemos fe en Dios, somos católicos apostólico-romanos, sabemos que tenemos que pasar este baño de sangre, pero el sagrado corazón de Jesús nos ayudará".

Estamos en el año 1979, en el Valle de los Caídos, una señora (visiblemente alterada) lanza una soflama a la cámara de los hermanos Bartolomé —Cecilia y José Juan—, que la incluirán luego en un documental sobre la Transición, ‘Después de…’, formado por dos filmes, 'Atado y bien atado' y 'No se os puede dejar solos'.

José Juan Bartolomé había sido ayudante de dirección de ‘La batalla de Chile’, monumental trilogía de Patricio Guzmán sobre el ascenso y caída de la Unidad Popular de Salvador Allende, considerado uno de los mejores documentales de todos los tiempos. En ‘Atado y bien atado’/‘No se os puede dejar solos’, los hermanos Bartolomé apostaron por algo parecido (salvando las distancias entre los procesos políticos de ambos países): bajar la cámara a la calle para contar lo que estaba pasando. Dar voz a la gente independientemente de su ideología: de los mítines del Partido Comunista a los de Fuerza Nueva, del Valle de los Caídos a los despachos de los abogados de Herri Batasuna, de las feministas a los ultramontanos, del activismo macarra de Vallecas a los agricultores cabreados.

¿El resultado? Un doble documental imprescindible para entender una época convulsa. Una película que se adelantó a su tiempo: el Gobierno de la UCD la enterró en 1981 porque daba una visión demasiado conflictiva de un periodo histórico, la Transición, que empezaba a venderse como modélico (imagen hegemónica hasta hace unos años).

Cecilia Bartolomé (Alicante, 1943) pasó hace unos días por la Filmoteca Española para participar en un ciclo sobre los 40 años de la Constitución. Hablamos con la cineasta, de 75 años, sobre la decisión de filmar a todo el mundo, sobre la sutil censura gubernamental y sobre cómo la señora más franquista de España ha resucitado para darnos una inesperada lección retrospectiva de la política española a día de hoy.

PREGUNTA. Se ha tendido a explicar la Transición desde arriba, como juego de despachos, pero ustedes tomaron la decisión de contarla desde abajo, a pie de calle. ¿Por qué?

RESPUESTA. Mi hermano y yo nos pasábamos el día hablando de qué pasaba en la calle, porque parecía haber conflictos en todas partes, pero los conocíamos de oídas, en la tele apenas se hablaba de ellos. Decían que la Transición iba bien, con sus pequeños problemas, pero bien. ¿Por qué no nos lanzamos a la calle a rodar y lo averiguamos por nuestra cuenta?, nos preguntamos. La idea era tomarle el pulso al país… alejándonos lo más posible de los periodistas. En cuanto veíamos a la prensa, huíamos como de la peste, y nos poníamos a rodar en otro lado, por ejemplo, en los tendidos de las plazas de toros, entre las bases de Fuerza Nueva.

Pronto notamos el desencanto de la gente. El desencanto de “ha llegado la democracia, pero”… siempre había un pero. No pudimos titularlo ‘El desencanto’, porque ya estaba la película de Jaime Chávarri, pero los tiros iban por ahí, barajamos titularlo ‘Un país desencantado’, aunque lo que nos encontramos fue sobre todo un país cabreado, esa fue la sorpresa, y cabreado por distintos motivos: los que querían desenterrar a sus muertos estaban cabreados porque seguían sin poder hacerlo; los de ultraderecha, porque querían volver al franquismo; los de extrema izquierda, porque decían que la Transición era un apaño… Era un país convulsionado, cabreado, que no tenía mucho que ver con la imagen que transmitían los medios. No obstante, en cuanto arañabas un poco, te encontrabas con el "virgencita, virgencita, que me quede como estoy", por encima del cabreo estaba la resignación, porque el franquismo estaba aún demasiado fresco, había miedo a una involución militar. Así que acabamos la película visitando al Ejército, con la sospecha de que podía acabar pasando algo ahí dentro. Y acertamos…

P. ¿Qué tipo de actos políticos cubrieron ustedes en lugar de la prensa?

R. Por ejemplo, rodamos en Zumaya, en la primera manifestación de la izquierda contra ETA que se hizo en el País Vasco, y no había ni un solo periodista. Era una cosa tan delicada que nadie se atrevió a cubrirlo. Estábamos nosotros y un corresponsal viejecito de la BBC que estaba en todas partes. Uno de los abogados de Herri Batasuna (HB) nos llamó luego para participar en la película, rodamos en su despacho, defendiendo la alternativa KAS. Hablamos con él igual que hablamos con todo el mundo.

Cuando estrenamos en el festival de San Sebastián, estaba Alfonso Sastre en el cine, con un grupo de personas vinculadas a HB. Yo conocía a Sastre y a su mujer, Eva Forest. Pensamos: "Se van a picar con lo de Zumaya", y no nos equivocamos. Al final de la proyección, Sastre me dijo que le parecía fatal lo de Zumaya. Al día siguiente, ‘Egin’ hizo dos críticas de la película: la ideológica, donde salimos mal parados, y la artística, donde salimos bien parados. La dicotomía de HB era de traca.

P. ¿Qué criterio siguieron a la hora de filmar o no en un lugar?

R. Todo era un gran follón en esa época, era difícil opinar sin equivocarse, decidimos mostrar las cosas con la mayor objetividad posible, rodando situaciones que no nos gustaban, que nos jodían incluso, aunque fueran declaraciones incendiarias en un mitin de Fuerza Nueva. A ver, nadie es totalmente imparcial, te mentiría si dijera que nos daba lo mismo el fascismo que el movimiento obrero, pero sí podíamos tratar de ser honestos y actuar sin prejuicios. Olvidarnos de nuestra ideología para reflejar la realidad con la mayor objetividad posible. Si había un fascista que levantaba a las masas, había que filmarlo.

P. Hay cosas que no han cambiado tanto: ahora mismo arrecian las críticas a los medios de comunicación por su cobertura de los mítines de Vox…

Si hay un líder que se lleva a la gente de calle, la respuesta no es decir "¡qué espanto!" y mirar hacia otro lado, sino analizar la situación en lugar de rasgarse las vestiduras

R. Si hay un líder que se lleva a la gente de calle, la respuesta no es decir "¡qué espanto!" y mirar hacia otro lado, sino analizar la situación en lugar de rasgarse las vestiduras. El de Vox es un fenómeno parecido al de Fuerza Nueva en su época, hay que moverse, hablar con ellos, tratar de entender qué les pasa por la cabeza. Yo hablé entonces con una dirigente muy importante de Fuerza Nueva, de una familia muy conocida, cuyo nombre no puedo decir, una persona muy brillante, a la que le dije: “¿Qué haces tú en este movimiento? No te pega”. Me contestó: “Todos andamos entre Eros y Tánatos, nos movemos siempre al límite de la autodestrucción. Acabé aquí tras una crisis personal muy grande. Sé que vamos en contra de la Historia, de la racionalidad, pero no puedo librarme de mi parte autodestructiva, de Tánatos". Le dije: “Coño, dime esto delante de la cámara”. Me contestó que ni de coña...

P. ¿Les rompían mucho los esquemas?

R. Cuando hablas con la gente te encuentras con muchas sorpresas. No creo tener nada de fascista, pero cuando tratas a las personas en las distancias cortas, te das cuenta de que una cosa es el disfraz y otra cosa es... lo otro. La política es el gran teatro del mundo. Con el tiempo, me he vuelto bastante escéptica: tengo más fe en las personas que en los políticos profesionales.

La actriz Charo Reina, que luego cambió de vida, era entonces dirigente juvenil de Fuerza Nueva. La veías dando un discurso contra la democracia y se te ponían los pelos de punta, pero luego hablabas con ella en privado y era dicharachera. Puro teatro. Encima era actriz. Su papel era ese y lo representaba como dios. Le poníamos la cámara delante, le preguntábamos si era fascista, y ofrecía su mejor actuación: “Si defender esto y lo otro es ser fascista, yo soy fascista”. Una interpretación magistral.

A mí me gustaría tomarme algo con Santiago Abascal, que me contara cosas, preguntarle sobre feminismo, como hice en su momento con Charito Reina, con la que mantuve una conversación en estos términos:

—¿Tú eres feminista?

—No, no, yo no, por dios.

—¡Pero si has puesto en pie a la plaza de toros y eres una de las líderes de las juventudes de Fuerza Nueva!

—Bueno, es verdad que soy más lista que muchos tontos del culo que hay en este movimiento, pero no soy feminista.

—¿Pero tú sabes qué es el feminismo? Tener los mismos derechos que el hombre. Tu derecho a liderar las juventudes de Fuerza Nueva por encima de cualquier hombre.

—Ah, vale, pues entonces sí que soy un poco feminista.

P. Siguiendo con Fuerza Nueva: cuando vieron el filme, ¿no les molestó que, además de ellos, salieran marxistas o militantes de Herri Batasuna?

R. El primer estreno del documental se hizo en Sevilla. Asistió la plana mayor sevillana de Fuerza Nueva. Estábamos un tanto acojonados, todo hay que decirlo, ¡pero resulta que les gustó! A la gente le encantaba entonces que le dieran voz y que le filmaran. Los de Fuerza Nueva estaban fascinados con los planos de masas con banderas de España y gritando “Franco, Franco, Franco” y “España una y no cincuentaiuna”.

P. Hay una escena de la película que ha cobrado vida propia al margen del filme, lleva decenas de miles de visualizaciones en YouTube, y ha sido bautizada como la de "la señora más franquista de España". ¿Recuerda el día que la rodó?

Nunca buscamos una escena premeditadamente. Salió lo que salió. Este país era y es un esperpento

R. Claro. La señora más franquista de España… y quizá de todo el planeta. A ver: esa señora estaba bastante trastornada; nos perseguía por el Valle de los Caídos para que la grabáramos. Solo habíamos hecho dos entrevistas ese día, porque teníamos miedo de que, si grabábamos a personas demasiado extravagantes o ridículas, alguien con dos dedos de frente pensara que nos queríamos reír de ellos. La gente que quería hablar a cámara era tremenda, pero nosotros teníamos instinto de supervivencia, si veían que solo grabábamos a la loca carioca de turno, igual se nos caía el pelo. No se andaban con chiquitas. Al acabar la manifestación, recogimos la cámara para salir zumbando, era el momento más peligroso, cuando aparecían grupúsculos excitados tras el acto y un periodista se podía llevar una paliza. Pero esta mujer se empecinó en que la grabáramos.

Entonces se acercó un grupúsculo alterado y nos reprochó que no quisiéramos grabarla. Lo hicimos. La mujer soltó su discurso. Y a los del grupúsculo les gustó: “Es una mujer del pueblo, con carácter, con sangre en las venas”, dijeron. Pues vale. Siempre vemos lo grotesco en los otros en lugar de en los nuestros, y esto vale para cualquier ideología. Nunca buscamos una escena premeditadamente. Salió lo que salió. Este país era y es un esperpento.

P. El documental no gustó mucho en las altas instancias…

En el fondo, el 23-F hizo un gran favor al país. A los señores Tejero, Armada y Milans del Bosch habría que hacerles un monumento: el golpe consiguió unificar el país en favor de la Constitución

R. El documental incomodó a algunas personas por cuestiones ideológicas, pero al que le molestó de verdad fue al Gobierno de la UCD… que lo enterró. La película estaba en el ministerio pendiente de calificación cuando se produjo el golpe de Estado. Entonces ya no se podían secuestrar películas tan fácilmente, pero sí se podían enterrar administrativamente. Mostrábamos un país mucho más convulso de lo que ellos daban a entender y vaticinábamos un golpe de Estado. Era un poco dinamita. Retuvieron la película unos meses, fuimos a reclamarla, y nos denunciaron a la Fiscalía con argumentos relativos a la violencia y a la pornografía (esto último no dejaba de tener su gracia). En otras palabras: si el documental se estrenaba, irían a por nosotros. La distribuidora reculó. La película tardó dos años en estrenarse y lo hizo a cuentagotas, de tapadillo, de mala manera. Un juego sucio y retorcido.

En el fondo, el 23-F hizo un gran favor al país. A los señores Tejero, Armada y Milans del Bosch habría que hacerles un monumento, porque el golpe consiguió unificar el país. Viví ese cambio subjetivo de primera mano: tenía amigos y familiares absolutamente republicanos, que habían votado no a la Constitución, porque les colocaban la monarquía y otras cosas que no querían. Pues bien: después del 23-F, empezaron a decir: “¡Quién me iba a decir a mí que me iba a manifestar en defensa de la Constitución!”. El 23-F fue providencial en ese sentido. Como el documental estaba medio secuestrado, nos quedamos sin ganas de rodar la tercera parte, ‘Todos al suelo’, sobre el ‘triunfo’ del golpe de Estado. La gente le había visto las orejas al lobo, la extrema izquierda y la extrema derecha se deshincharon y el país entró en una fase más tranquila. Apareció el coco, todo el mundo se la envainó y se acabó la crispación. Virgencita, virgencita, ¡que me quede como esté a pesar de todos los pesares!

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